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Full text of "Hombres de América (Montalvo-Bolívar-Rubén Darío) Discursos parlamentarios"

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HOMBRES DE AMÉRICA 



ardo y José Sola, Valencia, 200, Tel. 1282 G. - Barcelona 



JOSÉ ENRIQUE RODO 

HOMBRES DE AMÉRICA 

(Montalvo - Bolívar - Rubén Darío) 

DISCURSOS PnRLffMEnTÜRiBS 



EDITORIAL CERVANTES 

Rambla d» Cataluña, 72. -Barcelona 
1920 



ES PROPIEDAD 




Apoderado general en Sud-Amérlca 

JOSÉ BLAYA 
Formosa, 463. -BUENOS AIRES 



MONTAIVO 



i 



Donde las dos hileras de los Andes del Ecuador 
se aproximan convergiendo al nudo de Pasto, reú- 
nen como una junta de volcanes, sin igual en el mun- 
do, por lo aglomerados y lo ingentes. Allí, rivalizan- 
do en altura y majestad, el Chimborazo, el Cotopa- 
xi, el Tunguragua, el Antisana...; y la plutónica 
asamblea se extiende a la redonda por la vasta me- 
seta que le sirve de Foro ; pero no sin que, de trecho 
en trecho, aquella tierra inflamada, como anhelosa 
de dar tregua a tanta grandeza y tanta austeridad, 
se abra en un fresco y delicioso valle, donde vuelca 
de un golpe todas las gracias que ha escatimado en 
las alturas, y se aduerme a la sombra de una vege- 
tación que colora, con la luz de los trópicos, sus jar- 
dines de magia. 

En el fondo de uno de esos valles ; mirando cómo 
se alzan, a un lado, el Chimborazo, que asume en 
una calma sublime la monarquía de las cumbres; 
al otro, el Cotopaxi, que inviste el principado de las 
que se dilatan al oriente; y más de cerca, y a 
esta misma parte oriental, el Tunguragua ; en medio 
de pingües campos de labor y sotos florentísimos, cu- 
yas márgenes besa la limpia corriente de un riachue- 
lo, prendido todavía a las faldas de la cumbre ma- 
terna, tiene su asiento una ciudad pequeña y gracio- 
sa, que llaman Arnbato. Esta ciudad gozó, desde los 
tiempos coloniales, cierto renombre geórgico e idílico. 
Celebrábanse la pureza de sus aires, la delicadeza de 



6 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

sus frutas, la abundancia do sus cosechas, y era 
fama que en ella amasaban un pan tan blanco y ex- 
quisito que en ninguna otra parte lograban imitar- 
lo, ni aún cuando llevasen de allí mismo el agua y 
la harina. Alguna vez, sintió caer sobre sí la garra 
del vecino volcán ; pero pronto resurgió a su vida de 
paz y sencillez bucólica, y de esta humilde sencillez 
no hubiera pasado, si no le reservase el porvenir una 
notoriedad más ilustre que aquella, primitiva y can- 
dida, ganada con su blanco pan y el fruto de sus 
vergeles y sus huertas. Habíala señalado el destino 
para cuna de uno de esos hombres que ennoblecen 
el obscUrp y apartado lugar donde vinieron al mun- 
do, y que atraen sobre él un interés que no pudieron 
darle, rodando al olvido silenciosas, las diez o las 
cien generaciones que les precedieron. En aquella 
ciudad nació Montalvo ; allí reunió en una sola per- 
sonalidad Naturaleza el don de uno de los artífices 
más altos que hayan trabajado en el mundo la len- 
gua de Quevedo, y la fe de uno de los caracteres 
más constantes que hayan profesado en América el 
amor de la libertad. 

Si, con la idea emersoniana de los hombres repre- 
sentativos, £e buscara cifrar en sendas figuras per- 
sonales las energías superiores de la conciencia his- 
panoamericana durante el primer siglo de su histo- 
ria, nadie podría disputar a Montalvo - la típica re- 
presentación del Escritor, en la integridad de facul- 
tades y disciplinas que lo cabal del título supone. 
Fué el Escritor entre los nuestros, porque, a la vez 
que la insuperada aptitud, tuvo, en grado singular 
y rarísimo dentro de una cultura naciente, la reli- 
giosidad literaria ; la vocación de la literatura, con 
el fervor, con la perseverancia, con los respetos y 
cuidados, de una profesión religiosa. Al elemento 
inconsciente, activo y eficaz en su inspiración de 
escritor, se unía un elemento consciente y reflexivo, 
que nutre sus raíces en el mucho saber y en el acri- 



J 



HOMBRES DE AMERICA 7 

solado dominio de su arte. Este fecundo consorcio 
imprime a Montalvo sello único como prosista ame- 
ricano de su tiempo. Condición de toda literatura 
americana había sido, hasta entonces, la discordia 
entre las dos potencias de que i (.pande la entereza 
y constancia de la obra : la que da de sí la centella 
elemental y la que preside a la ejecución perfecta 
y madura. Los dos tipos intelectuales antagónicos 
que respectivamente las personifican, en su oposi- 
ción más extrema, son aquellas a quienes puso fren- 
te a frente, cuando la repercusión de las guerras del 
romanticismo, la escena literaria de Santiago de 
Chile: Sarmiento, poderoso y genial, pero de cultu- 
ra inconexa y claudicante, de gusto semibárbaro, de 
producción atropellada y febril ; don Andrés Bello, 
de firme y armónica cultura, de acrisolado gusto, de 
magistral y bien trabada dialéctica, pero falto del 
aliento creador y de unción y arranque en el estilo : 
doctor ilustre a quien si, en verso y prosa, visitaba 
a veces la gracia, no es aquella que recuerda, por 
su divinidad, al don teológico. Es menester llegar has- 
ta Montalvo para hallar, entre nuestros escritores, 
uno en quien se consume el abrazo conyugal de am- 
bas potencias. La obra suya las muestra amorosa- 
mente enlazadas, dejando admirar, aunque no siem- 
pre en proporción igual y oncorde, la inspiración y 
el arte; la fuerza interna y la habilidad primorosa; 
la minuciosidad sutil del mosaísta y el aliento vul- 
cánico del forjador. 

Mientras en sus procedimientos de artífice se ma- 
nifiesta lo refinado, lo complejo, hay en su natura- 
leza de combatiente y de entusiasta, mucho de em- 
puje primitivo e indómito, de heroica y candorosa 
energía. En la flor de aticismo del humanista acli- 
matado trasciende la crudeza del terruño de Amé- 
rica. Y el efecto es una originalidad sujeta a núme- 
ros y tiempos, pero no , domeñada, que, como carác- 
ter literario, no tiene semejante en la América de 



8 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

nuestro idioma, y que habrá ocasión de definir más 
ampliamente en otras partes de este estudio. 

Nació don Juan Montalvo en 1833, de familia hi- 
dalga por el origen y el crédito. Don Marcos Montal- 
vo, su padre, hombre de temple enérgico y tenaz, 
procedía de un pueblo del Chimborazo ; doña Josefa 
Villacreces, su madre, de viejo solar ambateflo. Tu- 
vo hermanos en quienes las prendas del entendi- 
miento fueron grandes y ejemplar el carácter cívico. 
Su niñez fué concentrada y penserosa: el espectácu- 
lo de una naturaleza donde está perenne lo sublime 
la educó en el gusto de la soledad. Pasó a Quito en 
la adolescencia, y las aulas del Colegio de San Fer- 
nando vieron formarse y desplegarse aquella viva 
llama de su espíritu. Las letras clásicas, la historia, 
la filosofía moral, determinaron, desde el primer mo- 
mento, los rumbos de su vocación. De estudios ju- 
rídicos cursó un año ; pero si no adhirió a ellos por 
inclinación profesional, los prefirió y cultivó siem- 
pre en lo que se relaciona con los principios del de- 
recho y con el gobierno de las sociedades. Cuando 
la reorganización liberal que tuvo por punto de par* 
tida la revolución de 1851, la juventud de la época 
se congregó en un centro literario y político, donde 
templó Montalvo sus primeras armas de escritor. Pero 
para pasar de este punto de su vida y mostrarle des- 
cubriendo ya su originalidad y su grandeza, será 
bien que esbocemos antes la sociedad en cuyo seno 
se formó y a la que habían de aplicarse, en reacción 
heroica y genial, las fuerzas de su espíritu. 



HOMBRES DE AMÉRICA 



II 



Sesenta leguas de camino abrupto y penoso apar- 
taban del mar y de la comunicación con el mundo el 
encumbrado asiento de Quito, la vieja corte de Ata- 
hualpa, convertida luego, de presidencia sujeta a 
los virreyes de la Nueva Granada, en cabeza de una 
de las tres partes de Colombia, y finalmente, en ca- 
pital de república. 

Se levanta la ciudad sobre las faldas del Pichin- 
cha. El paisaje, en torno, abrumador de grandeza, 
como en toda aquella maravillosa región ; el cielo, 
purísimo en sus calmas, eléctrico y desbordado en 
la tormenta; el clima, suave, aunque con más incli- 
nación de frío. La población, estacionaria desde el 
tiempo de la colonia, llegaba apenas a los treinta y 
cinco mil habitantes. De ellos, sólo una octava parte 
era de blancos ; de indios o mestizos lo demás. En 
suelo de riscosa aspereza, entre quebradas que ta- 
jan con súbita energía la roca volcánica, está puesta 
la ciudad, cuyas calles, de violentos declives, no con- 
sentían tránsito de carros ni coches, lo que volvía el 
silencio más constante y la quietud más campesina. 
Casas comunmente de barro, con techumbre de teja; 
pobres, como si las humillara la perenne amenaza 
del temblor, parecían arrodilladas a la sombra tute- 
lar de los conventos, numerosos, ingentes, los más 
ricos y amplios del Nuevo Mundo. Acá, el de la Com- 
pañía, con su fachada primorosa, del gusto plate- 
resco, para la que no había rival en edificio ameri- 
cano ; allá, el de San Francisco, monumental tam- 
bién y suntuoso ; y a una y otra parte, el de Santo 
Domingo, el de la Concepción, el del Carmen, el de 
la Merced, el de Santa Clara, el de San Agustín... 
Adentro de esos muros convergía toda autoridad, 



1Ü JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

todo pensamiento y toda vida. Las campanas son lo 
único que suena alto en la ciudad. El depósito de 
cultura es la biblioteca del convento. La Universidad 
es una rama que se desprende y vive do ese tronco 
común. A aquellos claustros se acogerá, cuando haya 
menester de retiro espiritual, el vecino de solar co- 
nocido que cruza, envuelto en su capa, por las ca- 
lles, donde indios de embotada expresión pasan lle- 
vando a las espaldas la carga de leña o de hortaliza, 
o el cántaro de agua. Sobre esta plebe indígena re- 
posa todo trabajo servil. Los días de mercado, en la 
plaza de San Francisco, ella despliega, en curiosa 
muchedumbre, su originalidad de color; circulantes o 
sentados debajo de estrechos toldos, los vendedores, 
indios de la ciudad o del contorno, cuyos trajes de 
tintas vistosas se mezclan en pintoresco desconcierto, 
como la variedad de sus mercadurías: los cestos de 
junco, las tinajas, los pulidos juguetes de corozo, las 
flautas y vihuelas en que ha de infundirse el alma 
del pueblo, las tortas de maíz, la caña de azúcar, 
las fragantes frutas del valle... Este comercio bulli- 
cioso no tiene correspondencia en cuanto al trabajo 
del espíritu : la comunicación de las ideas carece, o 
poco menos, de sus órganos elementales. La librería 
no existe; la imprenta apenas trabaja. En las tien- 
das de paños suele venderse, por añadidura, algún 
libro de oraciones, o algún compendio para la ense- 
ñanza. Durante el gobierno liberal de Rocafuerte, de 
1835 a 1839, no salió a luz un sólo periódico. Publi- 
car un cuaderno impreso es empeño erizado de di- 
ficultades. 

La vida es triste y monótona. La diversión de la 
clase culta no pasa de las tertulias de confianza, que 
alguna vez se remontan a saraos ; la del pueblo, de 
las lidias de toros, con bárbaros retoques de inven- 
ción local, y las riñas de gallos. Pero la diversión su- 
prema, como la suprema meditación, como el arte 
sumo, se identifican y confunden con la devoción re- 



HOMBRES DE AMERICA , 11 

ligiosa. El espectáculo por excelencia es el culto. Las 
fiestas eclesiásticas revisten fausto imponente: la 
plata, el oro, las piedras preciosas, apu'an sus lu- 
ces en la gloria del altar; muchedumbre de sacerdo- 
tes oficia acompañada de ejércitos de acólitos. En 
las parroquias, es uso realzar las misas solemnes con 
el son de tambores y chirimías. Las procesiones, ori- 
ginales, pomposas, se suceden a cortos plazos, ha- 
ciendo de la ciudad como un teatro a pleno sol, don- 
de so representasen graves juegos escénicos : así la 
de Viernes Santo, grandiosa mascarada sacra, en la 
que el pueblo entero ondula componiendo como una 
plástica y animada alegoría de la Pasión ; figurados 
los actores del drama sublime con disfraces de res- 
peto o de escarnio, o cun imágenes de bulto, que se 
llevan en andas entre el bosque de luces de las mi- 
riadas de cirios ardiente:;. En la procesión de Corpus, 
indios contratados para este fin, y que llaman dan- 
za ates, marchan siguiendo con pasos de baile el com- 
pás musical. Allí la danza misma recobra su primi- 
tivo carácter hierático, como en el tiempo en que 
David iba danzando delante del arca. Para el día de 
Reyes, la costumbre popular consagra cierto género 
de candorosas representaciones, donde se asocian, 
como en las primeras fiestas de Dionisos y como en el 
amanecer del teatro moderno, la imaginación reli- 
giosa y el rudo instinto teatral : infantiles autos o 
burdos misterios, que consisten en simular, sobre ta- 
blados al aire libre, el palacio de Herodes, el portal 
de Belén y la entrada de los Magos, librando a la es- 
pontaneidad de los groseros intérpretes el bordado de 
la acción, que se colora de inocente bufonería como de 
polichinela o bululú. 

La mortificación voluntaria, el ofrecimiento exalta- 
do del dolor en acto público y edificante, son com- 
plementos que no faltan a esa religiosidad primitiva : 
siguiendo el paso de las procesiones marchan los que 
a sí mismos se flagelan ; los que van arrastrando 



12 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

gruesas vigas, sujetas a los brazos por ligaduras que 
revientan las carnes ; los que llevan a cuestas cargas 
de ramas espinosas, que desgarran sus espaldas des- 
nudas. 

Ese pueblo • era instintivo artista; conciliaba con 
su monacal austeridad, el sentido del color, de la 
melodía, y de los trabajos en que entra, como parte 
fundamental o accesoria, un objeto de belleza y agra- 
do. El don visual se manifestaba ya por el donaire 
en el vestir, común en el quiteño, con la habilidad 
para elegir y casar los tonos. De lejano tiempo, flo- 
recía en la ciudad toda una escuela de pintores, la 
«(escuela de Quito», que proveía de telas religiosas a 
los altares de las iglesias, los claustros de los mo- 
nasterios y los estrados de las casas principales. Uno 
de estos pintores, Miguel de Santiago, anima la cró- 
nica colonial del siglo xvn con su existencia, mitad 
de turbulento aventurero, mitad de fino artista, a 
imagen de las del Renacimiento italiano. Había tam- 
bién una tradición de escultura, con sus estatuarios 
y plateros. La afición a lo plástico y figurativo te- 
nía su infantil esbozo popular en la muchedumbre de 
las toscas imágenes vestidas, que, mostrando la can- 
dorosa maña del indio, comparecían en toda ocasión, 
para realzar la curiosidad de las fiestas y el aparato 
de las procesiones. Un arte menos rudo daba mues- 
tra de sí en los juguetes y figuritas de talla que se 
labraban de marfil vegetal. En Cuenca se trabajaba 
bien de alfarería, y se trataba delicadamente el már- 
mol y el carey. Los galones de oro, de plata y de seda 
que se bordaban en Quito, tenían nota de primorosos; 
y en ésa y las demás poblaciones serraniegas, la 
mano de la mujer era hábil en toda suerte de labo- 
res y encajes. De los telares de Otavalo salían, des- 
de el tiempo colonial, alfombras, colgaduras, tapi- 
ces, y chales de finos colores, que gozaban extendida 
fama. Allí mismo, los dedos del indio tejían gracio- 
sas canastillas de adorno. En nuestros días, los car- 



HOMBRES DE AMÉRICA 13 

pinteros de Guayaquil, donde las casas son de ma- 
dera, lucen su natural disposición esculpiendo, sin 
arte adquirido y con instrumentos vulgares, fachadas 
de hermosa apariencia. Pero el don más espontáneo 
y difundido, es el musical. El indio es delicado mú- 
sico. El arpa, invención de su raza, que tiene en su 
rústico albergue ; la flauta y la vihuela que le ha co- 
municado el español, son dulces alivios suyos. En el 
silencio de la noche, el viajero que, andando por los 
caminos de la sierra, pasa junto a la cabana del 
cholo, o que, en las poblaciones, se va acercando al 
arrabal, oye un suave tañer, que acaso se acompaña 
de una trova inventada o aprendida. Es música tris- 
te y querellosa ; es el hondo plañir del yaraví, la me- 
lodía que, en toda la extensión del destrozado imperio 
del inca, entrega a los vientos de los Andes las que- 
jas de una raza marcada con los estigmas del marti- 
rio y de la servidumbre. 

La tristeza, una tristeza que se exhala, en ráfagas 
perdidas, sobre un fondo de insensibilidad y como de 
hechizamiento, es el poso del alma del indio. Es tris- 
te esa vasta plebe cobriza, caldera donde se cuece 
toda faena material, escudo para todo golpe ; y aún 
más que triste, sumisa y apática. El implacable do- 
lor, el oprobio secular, la han gastado el alma y apa- 
gado la expresión del semblante. El miedo, la obe- 
diencia, la humildad, son ya los únicos declives de 
su ánimo. Por calles y campañas, vestido de la cuz- 
ma de lana que, dejando los brazos desnudos le cu- 
bre hasta las rodillas, el indio saluda como a su se- 
ñor natural al blanco, al mestizo, al mulato, y aún 
al negro ; y sin más que hablarle en son de mando, 
ya es el siervo de cualquiera. Poco es lo que come: 
un puñado de polvo de cebada o de maiz hervido, 
para todo el día ; y por vino, un trago de la chicha 
de jora, que es un fermento de maíz. No cabe condi- 
ción humana más miserable y afrentosa que la del 
indio en los trabajos del campo. La independencia 



14 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

dejó en pie, y lo estará hasta 1857, el tributo perso- 
nal de las mitas, iniquidad de la colonia : un reclu- 
tamiento anual toma de los indígenas de cada pue- 
blo el número requerido para cooperar, durante el 
año, al trabajo de las minas, de las haciendas de la- 
branza o de ganado, y de los talleres donde se labra 
la tela de tocuyo. Al indio de esta manera obligado 
se le llama concierto. Las formas en que satisface su 
tributo son las de la más cruda esclavitud. Sobre 
el páramo glacial, sobre la llanura calcinada, hay un 
perenne y lento holocausto, que es la vida del indio 
pastor o labrador. El ramal de cuero que ondea en la 
mano del capataz, está rebozado de la sangre del in- 
dio. Azotes si la simiente se malogra, si el cóndor le 
arrebata la res, si la oveja se descarría, si la vaca 
amengua su leche. Gana de jornal el indio un real y 
medio ; cuando la necesidad le hostiga, recurre al an- 
ticipo con que le tienta el amo, y así queda uncido 
hasta la muerte; muriendo deudor, el trabajo del hijo, 
monstruosidad horrenda, viene a redimir la deuda del 
padre. En tiempo de escasez, apenas se alimenta al 
concierto, o se le alimenta de la res que se infesta, del 
maiz que se daña. Si de esto que ocurre a pleno sol, 
se pasa al encierro de la mina, o al no más blando 
encierro del obraje, el cuadro es aún más aciago y 
lúgubre. El hambre, los azote», el esfuerzo brutal, han 
envilecido al indio de alma y de cuerpo. Cuando bárba- 
ro, es hermoso y fuerte; en la sujeción servil su fi- 
gura merma y se avillana. Abundan, entre los indí- 
genas de las poblaciones, los lisiados y los dementes. 
Quien consulta las Noticias secretas de Juan y 
Ulloa, donde el régimen de las mitas está pintado 
como era en los últimos tiempos de la colonia y como, 
sin esencial diferencia, fué hasta promediar el siglo 
diez y nueve, siente esa áspera tristeza que nace de 
una clara visión de los abismos de la maldad huma- 
na. Indios remisos eran arrastrados a la horrible pri- 
sión de los talleres, atándolos del pelo a la cola del 



HOMBRES DE AMÉRICA 15 

caballo del enganchador. De los forzados a esta es- 
clavitud miserable iban diez y volvía uno con vida. 
Para atormentar al mitayo en lo que le quedara de 
estimación de sí mismo, solían castigarle cortándole 
de raíz la melena, que para él era el más atroz do los 
oprobios. Toda esta disciplina de dolor ha criado, en 
el amia del indio, no sólo la costumbre, sino también 
como la necesidad del sufrimiento. Cuando le tratan 
con dulzura, cae en inquieto asombro y piensa que le 
engañan. En cambio, se acomoda a los más crueles 
rigores de la tiranía, con la mansedumbre, entre con- 
movedora y repugnante, de los perros menospreciados 
y golpeados. El cholito sirviente se amohina, y a ve- 
ces huye de la casa, si transcurre tiempo sin que le 
castiguen. Cuando la abolición del inicuo tributo per- 
sonal, bajo el gobierno de Robles, muchos eran los in- 
dios que se espantaban de ella, como si se vulnerase 
una tradición veneranda, y sentían nostalgias de la ser- 
vidumbre. Fuera el acicate y el fustazo del castigo, 
el indio es indolente y lánguido. No hay promesa en 
que crea, ni recompensa que le incite. El trabajo, 
como actividad voluntaria y ennoblecedora, no cabe 
en los moldes de su entendimiento. Noción de dere- 
chos, amor de libertad, no los tiene. El movimiento 
de emancipación respecto de España, en el generoso 
e infortunado alzamiento de 1809, como en la efímera 
declaración de independencia de dos años después, y 
finalmente en Ja adhesión al impulso triunfal de las 
huestes de Bolívar, fué la obra de la fracción de crio- 
llos arraigados y cultos, en quienes la aspiración a 
abres era el sentimiento altivo de la calidad y 
como del fuero. Do la rivalidad tradicional, en los hi- 
dalgos de las ciudades, entre chapetones y criollos, 
se alimentaron la idea y la pasión de la patria. La 
muchedumbre indígena quedó por bajo de la idea y 
de la pasión, aunque se la llevara a pagar, en asona- 
das y en ejércitos, su inamortizable cuota de sangre. 
La libertad plebeya no tuvo allí la encarnación heroi- 



16 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ca y genial que tomó esculturales lincamientos en el 
gaucho del Plata y en el llanero de otras partes de 
Colombia. Muchos años después de la Revolución, 
aún solía suceder que el indio gañán de las hacien- 
das, ignorante de la existencia de la patria, pensase 
que la mita, a que continuaba sujeto, se le imponía 
en nombre del Rey. 

La Revolución, que no se hizo por el indio, aún 
menos se hizo para él : poquísimo modificó su suer- 
te. En la república, el indio continuó formando la cas- 
ta conquistada: el barro vil sobre que se asienta el 
edificio social. El mestizo tiende a negar su mitad de 
sangre indígena, y se esfuerza como en testimoniar 
con su impiedad filial la pureza de su alcurnia. Los 
clérigos aindiados difícilmente llegan a los benefi- 
cios; la Universidad, para el de raza humilde, es ma- 
drastra. El indio de la plebe, como una bestia que 
ha mudado dueño, ve confirmada su condición de ilo- 
ta. En las calles, el rapaz turbulento le mortifica y 
le veja; el negro esclavo, cuando las faenas de la 
casa le agobian, echa mano del indio transeúnte y 
le fuerza a que trabaje por él. La crueldad, que tal 
vez se ha mitigado en las leyes, persevera en las cos- 
tumbres. Pasó la garra buitrera del corregidor, co- 
mo antes la vendimia de sangre del encomendero ; 
pero el látigo queda para el indio en la diestra del 
mayordomo de la hacienda, del maestro del obraje, 
del «alcalde de doctrina», del cura zafio y mandón, 
que también acierta a ser verdugo. Hánle enseñado 
sus tiranos a que, luego que le azoten, se levante a 
besar la mano del azotador y le diga : «Dios se lo 
pague» ; y si la mano que se ha ensañado en sus es- 
paldas es la del negro esclavo, por cuenta de su se- 
ñor, o de su propio odio y maldad, el indio, el po- 
bre indio de América, besa la mano del esclavo... Tal 
permanece siendo su noche, en cuyas sombras la vi- 
da del espíritu no enciende una estrella de entusias- 
mo, de anhelo, ni siquiera de pueril curiosidad. La 



HOMBRES DE AMÉRICA 17 

promesa vana, la mentira, engendros sórdidos de la 
debilidad y del miedo, son las tímidas defensas con 
que procura contener el paso a los excesos del mar- 
tirio. La esperanza del cielo no le sonríe, porque no 
conoce su aroma, y la religión en que le instruyen no 
es más que una canturía sin unción. La muerte ni 
le regocija, ni le apena. Sólo la efímera exaltación de 
la embriaguez evoca de lo hondo de esa alma male- 
ficiada por la servidumbre, larvas, como entumidas, 
de atrevimiento y de valor; fantasmas iracundos que 
representan, sobre el relámpago de locura, su simula- 
cro de vindicta. 

Sobre este mísero fundamento de democracia, la cla- 
se directora, escasa, dividida, y en su muy mayor par- 
te, inhabilitada también, por defectos orgánicos, para 
adaptarse a los usos de la libertad. Lo verdadera- 
mente emancipado, lo capaz de gobierno propio, no 
forma número ni fuerza apreciable. Hay en aquellas 
tierras unos termites o carcomas que llaman comeje- 
nes : en espesos enjambres se desparraman por las 
casas ; anidan en cuanto es papel o madera, aún la 
más dura, y todo lo roen y consumen por dentro, de 
modo que del mueble, del tabique, del libro, en apa- 
riencia ilesos, queda finalmente un pellejo finísimo, 
una forma vana, que al empuje del dedo cae y se 
deshace. Si hay expresiva imagen de aquella minoría 
liberal y culta, con que se compuso allí, como más o 
menos en lo demás de la América Española, la figura 
de una civilización republicana, es la capa falaz del 
objeto ahuecado por el termite. 

El entono hidalguesco, cifrado en el lustre de la 
cuna o la excelencia de la profesión, se mantenía en 
toda la pureza de la tridición española, ya con la 
preeminencia de las familias descendientes de los 
fundadores de ciudades y los dignatarios de la colo- 
nia, ya con la aureola aristocrática del clero, de las 
armas y de los grados académicos. Cualquiera ocu- 
pación de otro orden, trae diminutio capiti ; el traba- 

HOMBRES DE AMÉRICA 2 



18 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

jo industrial, las artes mecánicas, son cosa que se re- 
lega a indios y mestizos, o a la poca inmigración de 
extranjeros. La riqueza territorial, vinculada de he- 
cho en la sociedad de raíces coloniales, se distribuye 
en muy contadas manos. Aquella montaña, maravi- 
lla de la Naturaleza ; aquel llano a que no encuentra 
fin el galope del caballo; aquel valle que daría pan 
para un imperio, son, a menudo, propiedad de un 
solo hombre, pingüe patrimonio feudal donde las en- 
corvadas espaldas del indígena representan las del vi- 
llano que satisface sus prestaciones al señor. Un clero 
innumerable, repartido entre la población de los con- 
ventos y la muchedumbre de los clérigos seculares, 
pulula con el permanente hervor de la planta asalta- 
da de hormigas. Inteligencia, virtud, suelen mover, 
si se la disgrega en personas, esa incontrastable fuer- 
za ; pero de ordinario la mueven vulgaridad de es- 
píritu, pasión fanática, sensualidad, y codicia que 
arrebata, en derechos y priostazgos, al dinero del in- 
dio, las heces que haya dejado la usura del pa- 
trono. 

En inmediata jerarquía, el abogado ; el abogado 
hábil y único para toda maestría del entendimiento; 
político, escritor, poeta, orador, perito en cien dis- 
ciplinas, y llevando adonde quiera, como llaves de 
universal sabiduría, su peripato y su latín. Completa- 
ba el cuadro de los gremios que privilegiaba la cos- 
tumbre, el militar ¡ personificación de una energía 
por lo general inculta y grosera, pero que se realza- 
ba con los laureles de la emancipación y tendía al 
caudillaje político, en el que había de ofrecer algún 
punto de apoyo a las primeras tímidas reacciones 
contra lo omnímodo de la influencia clerical. El con- 
junto de la sociedad de esta manera constituida era 
el de un vasto convento, que, como en tiempos de los 
señoríos feudales, tuviese cerca de sus muros un vi- 
llorrio abadengo, cuyos ecos de trabajo, de disputa 



HOMBRES DE AMÉRICA 19 

o de fiesta, se perdiesen en la alta y austera majestad 
del silencio monástico. 

El temor supersticioso, la disposición penitencial, el 
tinte melancólico de la vida, se acrecentaban con 
aquella perpetua inseguridad propia de las tierras 
en que la misma firmeza del suelo es un bien pre- 
cario ; en que lo edificado por las generaciones suele 
desplomarse en un día: maldición la más fatal e ine- 
luctable que pueda pesar sobre la casa del hombre. 
Las poblaciones parecen quintadas para inmolar ya 
a la una, ya a la otra, en el cercano sacrificio. Sus 
vecindarios viven gustando el dejo de recuerdos como 
de justicias movidas por la cólera de Dios: leyendas 
de terribilidad y de exterminio, en que las ciudades 
se abisman y desaparecen, como las naos entre las 
olas de la mar. Quito cayó, en parte destruida, en 
1587, y luego, otras espantosas convulsiones la sacu- 
den, en 1660, cuando se precipitó desgajado de la cum- 
bre un pedazo del Sincholagua ; en 1678, en 1755, y 
finalmente en 1859. La ciudad de Riobamba es la del 
fúnebre sorteo en 1645 ; reconstruida, se sobrepone a 
sacudimientos menores; pasa los meses de abril a ju- 
nio de 1786 en un continuo baile siniestro ; once años 
después, la misteriosa fuerza subterránea la abate de 
raíz ; reálzase de sus escombros, y no bien repuesta, 
en 1803, el suelo amenaza con incesantes remesones, 
y los vecinos piensan, en su desesperación, abando- 
narla. Ambato sucumbe en 1698 ; Latacunga, en 1757 ; 
Imbabura, en la tremenda catástrofe de 1868. Entre 
las ruinas de la segunda destrucción de Riobamba 
quedan, según los cálculos más tímidos, no menos de 
seis mil cadáveres ; tres mil entre las de Ambato ; 
veinte mil, por lo menos, entre las de Imbabura. Las 
imágenes de estas escenas de horror reviven, año tras 
año, llamadas por alguno de los infinitos estremeci- 
mientos pasajeros, que son otros tantos temerosos 
amagos. Como un dejo de la espera milenaria parece 



20 JOSÉ ENRIQUE RODÓ" 

exacerbar, en aquella religiosidad ascética, el senti- 
miento de lo deleznable del mundo. 

Sobre la costa, Guayaquil, más en contacto con la 
civilización, más frecuentada de extranjeros, que, en 
las ciudades de la montaña, eran visitantes rarísi- 
mos; oyendo hablar a menudo inglés y francés, te- 
nía, materialmente, aspecto algo más moderno, y en 
su espíritu, la nota de relativa liberalidad que cum- 
plía a su condición de ciudad portería y mercantil; 
pero allí la violencia de un clima abrasador era el 
obstáculo para que perseverase cualquier florecimien- 
to de energías. 

La enseñanza, vinculada, desde el más remoto asien- 
to de la conquista, en las órdenes religiosas, no se 
diferenciaba esencialmente de la de los primeros cen- 
tros de instrucción, en que había competido el prose- 
litismo de agustinos, franciscanos, dominicos y jesuí- 
tas. Fundación de los dominicos, a fines del siglo xvii, 
fué el Colegio de San Fernando, que subsistió bajo la 
república y en el que Montalvo había de hacer sus 
estudios. La Universidad, instituida por los jesuítas, 
y reorganizada cuando la expulsión de esa orden en 
1786, gozaba de fama en las colonias e Imprimía en 
Quito prosopopeya de ciudad doctoral. La limitación 
y los vicios de esta enseñanza eran tales como puede 
inferirse d^ los moldes tomados en la decadencia es- 
pañola; de la tardía y escasa comunicación con el 
mundo, y de la crudeza del fanatismo religioso. A pe- 
sar de ello, el reparto sin ley averiguada que distri- 
buye las naturales superioridades del espíritu, había 
dado a la tradición de aquellas escuelas hombres ilus- 
tres y de mente atrevida. Allí alentó, en el crepúsculo 
de la colonia, el arrojado pensamiento de Espejo, no- 
ble personificación de ese «grupo profético» da crio- 
llos desasosegados y estudiosos, que precedió a la 
emancipación americana ; revolucionario de las ideas, 
que hizo difundirse al mismo seno de la metrópoli su 
propaganda por la reforma de los métodos de educa- 



HOMBRES DE AMÉfilGA Ül 

ción. Allí, en la primera mitad del siglo xvín, con los 
mezquinos medios de la física escolástica, se formó 
para las ciencias de la naturaleza Maldonado, el pre- 
curso de Caldas, el amigo de Humboldt y La Con- 
damine, honrado en academias de Europa. Allí ama- 
neció la elocuencia de Mejía, el orador de las cortes 
de Cádiz, no superado en esas cortes ni en la Amé- 
rica de su generación. Allí Olmedo, el poeta de las 
victorias, gustó el primer sabor de humanidades. 

El más temprano asomo de influencias extrañas a 
la nativa condición de la colonia, que había llegado 
a aquel ambiente claustral, tuvo por origen, desde los 
promedios del siglo XVIII, el paso de las expediciones 
científicas que empiezan con la de La Condamine y 
Bouguer, quienes, acompañados de los españoles Juan 
y Ulloa, llevaban el objeto de determinar en la re- 
gión equinoccial la medida de un grado de meridia- 
no; expedición a que siguió la del botánico Mutis, y 
ya a principios del siglo xix, la de Humboldt y Bon- 
pland. De estas misiones laicas, cuya presencia de- 
bió de llamar a sí toda atención e interés en la mo- 
nótona simplicidad de aquella vida de aldea, quedó 
en los espíritus más adelantados de la clase culta 
cierta emulación por algún género de estudios que no 
fueran teológicos o gramaticales, a la vez que se in- 
sinuaban, como de soslayo, con las primeras nociones 
de ciencia positiva y los primeros anhelos de mejora- 
miento material, vagos ecos de la filosofía revolucio- 
naria. En la postrera década del siglo xvín fundóse 
en Quito, con propósitos de desenvolvimiento cultural 
y económico que revelaban cierta presagiosa inquie- 
tud, la asociación que llamaron Escuela de la Concor- 
dia, bajo cuyos auspicios comenzó a redactar la docta 
pluma de Espejo un periódico de propaganda. Fué 
así cómo cierto fermento de ideas de libertad y de 
reforma se mezcló a la levadura de rivalidades de ori- 
gen e instintos de patria que obró para el malogrado 
movimiento de 1809. La aristocracia de Quito tuvo en 



22 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

aquella época espíritus liberales y animosos, como el 
conde de Casa-Jijón, mantenedor de un noble y en- 
tusiástico utilitarismo, al modo de Jovellanos o de 
Campomanes, y el Marqués de Selva Alegre, que, des- 
pués de favorecer con su riqueza todo empeño de cul- 
tura, contribuyó a glorificar con su martirio el infor- 
tunio de aquella primera rebelión. Pero ni estas ener- 
gías de naturaleza liberal que participaron en la obra 
de la independencia, ni las que, luego de consumada 
la obra, perseveraron en el mismo sentido, singular- 
mente durante la memorable administración de Ro- 
cafuerte, habían quitado a aquella sociedad, en los 
tiempos en que Montalvo se educaba, los rasgos esen- 
ciales que hacían de ella, en América, el refugio más 
incontaminado y resistente de la tradición del misio- 
nero y el conquistador. 



III 



Tal era el medio. Antes de pasar adelante, impor- 
ta todavía señalar con cierta precisión los precarios 
alientos de liberalismo político que, desde la indepen- 
dencia, precedieron a los años de la juventud de Mon- 
talvo. 

Constituyóse la República del Ecuador en 1830, 
segregada de la primitiva Colombia por la ambición 
de mando de uno de los tenientes de Bolívar : el ge- 
neral venezolano don Juan José Flores ; aquel a 
quien la arrogante musa de Olmedo tributó, harto 
generosa, el más soberbio rasgo con que se haya real- 
zado, en lengua castellana, una salutación heroica: 

Rey de los Andesl la ardua frente inclina 
Que pasa el vencedor... 

Hábil, atrevido, dueño de indisputable prestigio 
guerrero ; amigo, no menos que de la realidad del po- 
der, de sus alardes y sensualidades, gobernó como 



HOMBRES DE AMERICA 23 

primer presidente del Ecuador, apoyado en las ba- 
yonetas del ejército y cuidando de mantener en 
aquella sociedad la espontánea y fortísima propensión 
conservadora. Con sus compañeros de armas, casi to- 
dos, como colombianos del norte, extranjeros en la 
nueva república, dio a las provincias procónsules vio- 
lentos y rapaces, que las hicieron conocer la dureza 
del despotismo militar. Bajo esta dominación, la más 
lucida parte de los estudiantes de Quito, un grupo 
adelantado, que leía a los enciclopedistas, sabía de 
los liberales ingleses y en el que la eterna sugestión 
del Plutarco excitaba el sentimiento estoico y tribuni- 
cio de la antigüedad, comenzó a orientar en el sen- 
tido de la acción sus ideas de libertad política, en 
reuniones donde se meció la cuna del partido liberal 
ecuatoriano. Consejero y caudillo de esta organiza- 
ción incipiente vino a ser un hombre singular y de 
elevados méritos, que allá, en obscura choza, aparta- 
da de la ciudad, vivía una vida de ermitaño laico o 
de filósofo antiguo. Era el inglés Francisco Hall, dis- 
cípulo de Bentham, que, con recomendación del pro- 
feta del utilitarismo para el Libertador Bolívar, ha- 
bía llegado a América en tiempos de la Revolución 
y militado en las campañas de Colombia, donde ganó 
las presillas de coronel. Con la dirección de Hall, em- 
pezó a publicar aquella juventud El Quiteño Libre, 
que infundió los primeros alientos a la propaganda li- 
beral. Pero no tardó en sobrevenir la represión tiráni- 
ca, cohonestada por el estallido de desórdenes : el 
grupo juvenil salió proscripto, y Hall, víctima de ce- 
lada indigna, fué atropellado y muerto en las calles 
de la ciudad, por la guardia pretoriana de Flores. 

El liberalismo ecuatoriano, que había tenido en Hall 
su primer propagandista, tuvo el primer ejecutor de 
su programa en el presidente sucesor de Flores : Ro- 
cafuerte. Compañero de los Espejo y los Montúfar, en 
el movimiento intelectual de las vísperas de la Inde- 
pendencia ; diputado a las cortes de Cádiz ; viajero 



24 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

observador por la Europa de los días napoleónicos; 
agitador, en Méjico, contra el imperio de Iturbide ; di- 
plomático mejicano, después, en los Estados Unidos 
del Norte, Rocafuerte fué saludado, desde quo holló 
de nuevo ej suelo de la patria, como la esperanza 
profétlca del liberalismo naciente. Luego de acaudi- 
llar en 1833 la revolución contra Flores y de ser so- 
metido, entró con el vencedor en transacciones que lo 
valieron la sucesión del mando ; pero, a pesar de la 
forma de su encumbramiento, que so ensombrece con 
la luctuosa página do la rota de los últimos mantene- 
dores del levantamiento liberal, en la sangrienta jor- 
nada de Miñarica, su gobierno fué de generosa y enér- 
gica reacción contra los vicios del caudillaje militar. 
Ese varón insigne, si el medio hubiera opuesto re- 
sistencias menos duras a su esforzada voluntad, se- 
ría para la historia el Sarmiento o el Montt ecuato- 
riano : la personificación de la energía de gobierno 
aplicada, con transfiguradora eficacia, a la obra de la 
civilización. Intentos suyos, en parte conseguidos, fue- 
ron el buen orden de la hacienda, el fomento de la 
enseñanza, la dignificación social del trabajo, la edu- 
cación de la mujer, la moralización del ejército, la 
reforma de los hospitales y las cárceles, y aún la to- 
lerancia religiosa. Pero no halló correspondencia que 
le ayudase a remover en lo hondo la enorme inercia 
de los hábitos y las preocupaciones, y su labor rege- 
neradora fué efímera, como efímera había sido en 
Buenos Aires la de Rivadavia ; lo que no desvirtúa la 
gloria personal del uno ni la del otro. 

Acabado el período de Rocafuerte, volvió a la presi- 
dencia Flores, con quien reaparecieron el desarreglo y 
la arbitrariedad ; hasta que la revolución victoriosa 
en 1845 puso definitivo término a la fortuna del fa- 
moso caudillo. Desde aquel año hasta el de 1849, go- 
bernó, a nombre de los liberales, don Vicente Roca, el 
magistrado que ejercía el poder cuando llegó a Qui- 
to, para sus estudios, Montalvo, que admiraba en él 



HOMBRES DE AMÉRICA 25 

«la dignidad estoica y la prosopopeya». A pesar de 
ciertas sombras de peculado, su administración fué 
benéfica y de controversia libre. Pero en el gobierno 
de Novoa, que le siguió después de un intervalo anár- 
quico, la inclinación reaccionaria se anunció por ao- 
tos como el que franqueó las puertas del Ecuador a 
la Compañía de Jesús, alejada desde la histórica cé- 
dula de Carlos III. Contra la amenaza de recrudes- 
cencia clerical se levantó la revolución de 1851, que 
arrojó a Novoa del poder en circunstancias en que la 
admisión de la Compañía provocaba graves conflictos 
con el gobierno de Colombia, y que señala el tiem- 
po en que llegó a participar de los cuidados cívicos 
la generación de Montalvo. 

Fué ejecutor de aquel movimiento el general don 
José Urbina, que encabezó la nueva organización, pri- 
mero como Jefe supremo, y luego como Presidente. 
El impulso liberal llegó a ser esta vez algo más fran- 
co y eficaz que las anteriores. El entusiasmo cívico 
despertó, con desusada intensidad, para las eleccio- 
nes de la Convención constituyente, que se instaló 
en Guayaquil a 17 de julio de 1852. La manumisión 
de los negros esclavos; la libertad de navegación de 
los ríos; la renovada proscripción de la Compañía de 
Jesús, son históricos rasgos de esa Asamblea, donde, 
por poca diferencia de votos, no se arribó a la supre- 
sión del precepto constitucional que establecía la re- 
ligión del Estado. Algunos años más tarde, el régimen 
liberal había de completar aquellas reformas con la 
abolición de las odiosas prestaciones que pesaban so- 
bre el indígena. Al calor de las ideas liberales, una 
simpática emulación por todo empeño de cultura, con 
el brillo exterior de los certámenes y las exposiciones, 
removió el mortecino ambiente de Quito. La juventud, 
congregada en un centro social como el que había 
reunido, veinte años antes, a los discípulos de Hall, 
emprendió la publicación de El Iris, al que Montal- 
vo brindó las primicias de su pluma. Tenía conquia- 



26 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

tada en las nulas reputación de inteligente y de enér- 
gico; hermanos suyos disfrutaban, en el nuevo ré- 
gimen, altas posiciones, y el camino que lleva a los 
triunfos de la vida pública se abría, para él. Pero no 
era éste el rumbo por donde iban sus pensamientos, 
y la visión de la Europa lejana, con los prestigios de 
la civilización rebosante de belleza y de ideas, se le- 
vantaba sobre cualquiera otro anhelo de su espíritu. 

A pesar dé los positivos aumentos de libertad, la 
revolución de 1851 se malogró en gran parte. La in- 
clinación militarista, que estaba en sus orígenes y 
que ha sido siempre uno de los vicios del liberalis- 
mo ecuatoriano, dio por término a aquella revolución 
el gobierno cuartelario de Urbina, con sus despilfa- 
rros y desórdenes, su grosero séquito de lauras, y su 
arbitrariedad, apenas mitigada por cierta instintiva 
propensión de bondad y mansedumbre. A la presiden- 
cia de Urbina, siguió, en 1858, la de Robles, que muy 
luego había de desembozar igual carácter de preto- 
rianismo. Cuando ascendió Robles al poder, quiso ga- 
lardonar a su antecesor y compañero de armas con 
la Legación en Roma, y a ella fué incorporado, como 
adjunto, Montalvo; pero por fortuna para éste, que 
nunca hubiera llegado a tener duraderas paces con 
el desordenado caudillo, a quien pintó después con 
tan enérgicos colores en más de una página de las 
Catilinarias, Urbina hubo de quedar en el Ecuador, 
y en su lugar fué enviado a Europa uno de los más 
puros e ilustres ciudadanos con que aquella democra- 
cia podía entonces enorgullecerse. Era él don Pedro 
Moncayo, de vida austera y preclaros talentos; no- 
ble personificación del liberalismo civil, cuyo espíri- 
tu había difundido desde la prensa y la tribuna, y 
en cuyo servicio padeció más tarde persecuciones y 
destierros, que le llevaron a concluir en Chile, pobre 
y estoico, su inmaculada ancianidad. 

Junto a ese maestro vivió en Europa Montalvo. 
Luego de saludar los mármoles de Italia, los paisa- 



HOMBRES DE AMÉRICA 2? 

jes de Suiza, los recuerdos de España, quedó de 
asiento, siempre como adjunto diplomático, en Pa- 
rís. Allí se infundió en su alma aquel como patrio- 
tismo de adopción a que pocas almas generosas re- 
sisten. Allí recibió la confirmación, si no el bautis- 
mo, de su saber y su gusto, frecuentando aulas y 
museos. En casa de Boussingault, el sabio explorador 
y químico, que había estado en América en tiempo 
de la emancipación, cultivó el trato de algunos de 
los hombres de más representativa cultura. Guardó 
siempre escogida memoria de su visita al decadente 
y casi abandonado Lamartine, a cuyas puertas llegó 
precedido del interés y simpatía que despertó en el 
ánimo del poeta una elocuente página escrita por 
Montalvo en idioma francés, y enviada a consolar las 
soledades del ilustre anciano con la generosa efusión 
de la juventud enamorada de la gloria y compadeci- 
da del inocente infortunio. De estos mismos días de 
su iniciación europea, proceden otras páginas, que 
comenzaron a extender la notoriedad del escritor, y 
que publicó el semanario El Demócrata, de Quito : im- 
presiones de viaje, de naturaleza, de arte, donde res- 
plandecen ya los grandes dones de la forma, aun- 
que con cierta languidez romántica, que se disipó des- 
pués en la viril y marmórea firmeza del estilo. 



IV 



Corrían dos años que saboreaba esa dulce vida cuan- 
do enfermó gravemente ; y sea por haber de pasar la 
convalecencia en su país, sea porque en aquella mis- 
ma ocasión le faltara el favor oficial para continuar 
en el ejercicio de su cargo, volvió, muy a pesar suyo, 
al Ecuador, a principios de 1860. 

Durante su alejamiento, grandes vicisitudes ha- 



88 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

bían trastornado la situación que dejara al partir. 
El gobierno de Robles, caído en desprestigio desde 
sus primeros pasos, por su ineptitud y sus desórde- 
nes, había recibido el golpe final en las ulteriorida- 
des del rompimiento con el Perú, que tuvo origen 
en el aún hoy subsistente litigio de los territorios 
amazónicos, y que provocó el bloqueo de los puer- 
tos del Ecuador por la escuadra peruana. Frente a 
la amenaza del extranjero, las discordias internas, 
lejos de acallarse, se exacerbaron con los desacier- 
tos del poder; y sobrevino una situación de anar- 
quía, en que coexistieron por más de un año dos 
gobiernos: el de Robles, que trasladó su asiento a 
Guayaquil, y el del triunvirato revolucionario de Qui- 
to, del que entró a formar parte un hombre ya por 
aquel tiempo famoso, pero a quien pronto esperaba 
celebridad mucho más vasta e intensa: don Gabriel 
García Moreno. Mandando en persona, aunque hom- 
bre civil, el ejército del triunvirato, García Moreno, 
derrotado por Robles en Tumbuco, el 3 de junio de 
1859, hubo de refugiarse en el Perú, donde entabló 
negociaciones con el Presidente Castilla para resta- 
blecer la paz entre ambos pueblos, con la condición 
de la ayuda que Castilla prestara a fin de derribar 
el gobierno de Robles. En ejecución de este acuerdo, 
llegó García Moreno frente a Guayaquil, en nave pe- 
ruana; pero, ya después Robles por la sedición de 
los suyos y habiéndole sucedido en Guayaquil el ge- 
neral Guillermo Franco, Castilla prefirió ajustar las 
paces con éste; y García Moreno, abandonado, pero 
superior al desaliento, se internó, camino de la tie- 
rra, con ánimo de mantener, contra el sucesor de 
Robles, la bandera revolucionaria. Sus grandes pres- 
tigios caudillescos, su energía indómita y sagaz, le 
llevaron, tras rápida campaña, a entrar de nuevo en 
Quito, reintegrando con su presencia un gobierno que, 
a pesar de su composición triunviral, descansó des- 
de entonces en su voluntad exclusiva y celosa. Fué 



HOMBRES DE AMÉRICA 29 

por este tiempo cuando Montalvo volvió al seno de 
la patria. García Moreno, dedicado a asegurar el go- 
bierno de Quito, reprimió con férrea mano toda se- 
rial de inobediencia y desorden. Hubo un rasgo de 
esta represión que sublevó profundamente al gene- 
roso ser de Montalvo y que más de una vez había de 
evocar en las justicias de su pluma; y fué el bárba- 
ro castigo de Ayarza, el general de raza negra, bra- 
vo y leal conmilitón de Bolívar; a quien, con atroz 
humillación del ejército, condenó la dictadura a pena 
de azotes, abriendo, por la mano infamante del va- 
puleador, aquellas carnes consagradas con las cicatri- 
ces de las guerras de Colombia. 

Enfermo como venía, Montalvo se retiró, desde 
su desembarco, a- humilde lugar de la provincia del 
Guayas, San Jacinto de Yaguachi, de donde asis- 
tió, en forzosa quietud, a la continuación de aque- 
llas discordias. García Moreno, que había llamado en 
su auxilio al viejo Flores, marchó sobre Guayaquil, 
asiento todavía del gobierno de Franco, a quien pro- 
tegía la escuadra del Perú. La ciudad fué tomada tras 
recio combate ; Franco buscó refugio en las naves 
de sus aliados, y con esto, la autoridad del gobierno 
de Quito quedó afianzada del uno al otro extremo del 
país, y García Moreno se irguió con ínfulas cesáreas. 
En esa ocasión, Montalvo, desde el lecho donde aún 
padecía, dirigió al omnipotente vencedor la carta de 
26 de septiembre de 1860, que es como el exordio de 
sus futuras propagandas. 

Comedida a un tiempo y orgullosa, esa histórica 
carta muestra en el fondo el encrespamiento del hal- 
cón que, por primera vez, orienta el instinto a la ra- 
lea. Confiesa allí que, extraño hasta entonces a las 
disputas políticas de los suyos,, las ha visto desen- 
volverse sin parcialidad, pero no con indiferencia; 
declara en palabras de juvenil exaltación su dolor 
y su vergüenza patriótica ante la impunidad de la 
afrenta que el Ecuador ha recibido con el protec- 



30 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

torado del presidente del Perú y la invasión de sus 
ejércitos, y excita al gobernante ecuatoriano a ser 
eí vengador de aquella humillación inulta: «¡Guerra 
al Perú!» Duélese de que la enfermedad que le pa- 
raliza en el lecho le priva de acudir con las armas 
adonde anhela ver lanzarse a su pueblo. «Si de algo 
soy capaz, sería de la guerra». En el tono con que se 
dirige al poderoso, se mezclan, en el más justo pun- 
to, la ruda y viril sinceridad y el reconocimiento, no 
tanto confesado como virtual e implícito, de la in- 
contestable superioridad de aquel hombre, que aun 
no había descubierto claramente el término a que en- 
caminaba su poder. ((Sepárese — le dice — de la mise- 
rable rutina trillada aquí por todos». «Si las pasio- 
nes de usted son crudas, su razón es elevada». Pero 
líneas antes le ha enrostrado como acción traidora, 
de la que ha menester rehabilitarse, el precedente de 
su alianza con el gobierno del Perú ; y líneas después, 
le apercibe en cuanto a los indicios que ha dado ya 
de su violencia. «Hay en usted elementos para hé- 
roe y para tirano». Y luego añade, con generosa al- 
tivez: — «Salgo apenas de esa edad de la que no se 
hace caso, y a Dios gracias, principio abominando 
toda clase de indignidades. Algunos años vividos le- 
jos de mi patria en el ejercicio de conocer y aborre- 
cer a los déspotas de Europa, hánme enseñado al 
mismo tiempo a conocer y despreciar a los tiranuelos 
de la América Española. Si alguna vez me resigno a 
tomar parte en nuestras pobres cosas, usted y cual- 
quier otro cuya conducta política fuera hostil a las 
libertades y derechos de los pueblos, tendrán en mí 
un enemigo, y no vulgar». El cumplimiento de este 
voto es, .en la parte de civismo y acción, la historia 
de Montalvo. \ 

La reorganización constitucional de 1861 confirmó en 
el poder a García Moreno. El espíritu de la nueva 
Constitución era medianamente liberal, y no fué en 
ella donde pudo hallar su fundamento la autoridad 



HOMBRES DE AMÉRICA 31 

despótica y reaccionaria con que desempeñó su presi- 
dencia el caudillo conservador. Gobierno fué ése de 
rigor draconiano, puesto al servicio de la intolerancia 
religiosa, aunque, en este último respecto, no alcanza- 
se todavía a aquel grado de obsesión fanática del que, 
ocho años más tarde, había de ejercer el mismo famoso 
personaje. La imprenta, enmudecida por el temor, 
cuando no amordazada por la fuerza, no daba paso 
a la protesta cívica, que se resumía en las conciencias, 
o llegaba, en ecos débiles, del destierro. Montalvo ca- 
lló durante estos cinco años, pero a la sombra de su 
silencio maduraban las yerbas de la violenta y con- 
centrada intención con que debía enherbolar los dar- 
dos de El Cosmopolita. 

La libertad de la palabra se recobró con el trán- 
sito a nuevo gobierno. Fué elegido para desempe- 
ñarlo don Jerónimo Carrión, que subía en hombros 
de los conservadores y no desplacía a los liberales : 
hombre moderado y benigno, aunque sin las ener- 
gías de carácter ni la suma de prestigios propios, 
que hubieran sido necesarios para quebrar la in- 
fluencia personal con que su antecesor permaneció 
como arbitro de la política y concluyó por restituir- 
se al poder. El cambio dio lugar, sin embargo, a 
un respiro de libertad, que Montalvo utilizó de in- 
mediato para levantar bandera. En enero de 1866 
veía la luz el primer número de El Cosmopolita, pe- 
riódico exclusivamente escrito por él, que, sin térmi- 
no regular de salida y con las dificultades consiguien- 
tes a la precaria condición de aquellas prensas, con- 
tinuó publicando hasta tres años después. Tal como 
definió desde el principio su posición en la contro- 
versia política, entraba en ella a modo de combatien- 
te franco y singular, ni secuaz, ni, hasta aquel mo- 
mento, guía de otro alguno. Las fuerzas populares 
se repartían entre el conservatismo clerical y sangui- 
nario de García Moreno, y el liberalismo soldades- 
co y relajado de ürbina. La reacción contra el prime- 



82 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ro tendía a buscar brazo y eficacia en los prestigios 
del último ; pero Montalvo repugnó esta solidaridad, 
y manteniéndose distante de uno y otro partido, en- 
caminó su propaganda a suscitar la acción autonó- 
mica de los que entendiesen la libertad en formas or- 
gánicas y cultas. 

Avivando con enérgicas tintas los recuerdos del go- 
bierno pasado, para pugnar contra el ascendiente per- 
sonal que él dejaba en pie, tendía al propio tiempo a 
estimular la emancipación del sucesor, cuyas primeras 
determinaciones, como el decreto que declaró vigente 
la ley de Patronato, alentaron ciertas esperanzas, aun- 
que efímeras. Otro clamor de su propaganda era el 
pedido del levantamiento de la proscripción para los 
ciudadanos, muchos de ellos ilustres, que había ale- 
jado la venganza o la suspicacia del déspota. Ade- 
más de las inspiraciones que brotaban del despertar 
de aquella conciencia nacional, una grande ocasión 
de hablar traían los tiempos, y es la agresión que, 
por deplorable torpeza de la política española, vino 
a encender la guerra entre la antigua metrópoli y 
la república de Chile, provocando una alianza en que 
entraron a participar con ésta el Ecuador y el Perú. 
El brutal bombardeo de Valparaíso repercute en ira- 
cundos acentos de El Cosmopolita, como, más adelan- 
te, la invasión de México por el ejército francés; y es- 
tos temas inflaman la pluma de Montalvo de un ame- 
ricanismo áspero y heroico, que sienta bien a su tem- 
ple natural. 

Escribía desde apartado lugar de los contornos 
del Tunjuragua: el pueblo de Baños, donde le man- 
tenía el reparo de su salud y de donde enviaba sus 
manuscritos a la imprenta. Una naturaleza de Edén 
puesta en marco de volcánica fiereza, difunde en 
aquel sitio encantado una sugestión que a veces se 
le entraba lánguida en el alma, tentándole a dejar 
por la paz y el olvido de la soledad las disputas de 
los hombres. Con la prosa de combate alternaba, en 



HOMBRES DE AMÉRICA 33 

El Cosmopolita, la de deleite o estudio : casos y figu- 
ras que retenía en la imaginación, de sus viajes; 
ideas de moral, do política, de arte ; y donde quiera 
y siempre, alardes y primores de estilo. Allí aparece 
el bosquejo de una escena real contada a lo Cervan- 
tes, de donde nació después el pensamiento de los 
admirables «Capítulos». Allí anticipó fragmentos de 
obras de diversa índole en que entonces pensaba y 
que no llegó a terminar. Fuerte y colorida página la 
que le inspira el tormento que asoló, por aquel tiem- 
po, la ciudad de Imbabura. 

Allí suele aparecer también, y es particularidad cu- 
riosa, el Montalvo versificador, en composiciones no 
vulgares, sin duda, como nada que pudiera salir de 
él, pero que manifiestan que aquella forma de expre- 
sión no era la revelada a su estupenda magia verbal. 
Carecía de ese incomunicable modo de decir, y del 
sentido de esa peculiar especie de ritmo, que hacen 
que un hombre sea formalmente poeta ; aunque tuvie- 
se el imperio, mucho más amplio y soberano, del 
arte de la prosa, y poseyera, en su más viva pleni- 
tud, la vena del sentimiento poético. 



Pero antes de continuar con el desenvolvimiento de 
El Cosmopolita, importa ya que nos detengamos un 
instante frente a la singular figura del hombre en 
quien concentró Montalvo las hostilidades de su pro- 
paganda, del gobernante que, recién descendido del 
poder y en vísperas de escalarlo de nuevo, hubo de 
afrontar, en ese interregno de libertad, todos los odios 
que removía el recuerdo y todos los que engendraba 
el temor. 

Montalvo es, en la faz civil y militante de su histo- 

HOMBRES DE AMÉRICA 3 



34 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ria, el enemigo de García Moreno. Como Sarmiento, 
para Rozas, para García Moreno, Montalvo. No le 
era indigno en talla el enemigo, ni se trabó la lu- 
cha en campo falto de interés ideal. De cuantos des- 
potismos han pesado sobre la América Española, éste 
del gobernante ecuatoriano es de los que ofrecen más 
originalidad y carácter. Tuvo por fundamento la in- 
tolerancia religiosa, y acaso nunca, en pueblos mo- 
dernos, la reacción a un régimen teocrático se ha rea- 
lizado con tal franqueza y decisión. El hombre que 
concibió e impuso a su pueblo esa monstruosidad reac- 
cionaria, distaba mucho de ser un hombre vulgar, ni 
por la calidad de la energía ni por las prendas del 
entendimiento. Confundirle con dictadores de cuartel 
y advenedizos sin más norte que el mando, fuera em- 
pequeñecerle de modo que resultaría amenguada la 
propia magnitud de sus responsabilidades y sus ex- 
travíos. Hijo de noble cuna; realzado por su esfuerzo 
propio, en prestigios cívicos y sociales ; dueño de una 
cultura superior, menos literaria que científica, lar- 
gamente acendrada en viajes por Europa, y que le ha- 
bilitó en la juventud para ser el acompañante de Wis- 
se en la ascensión del Pichincha, don Gabriel García 
Moreno pasó a ser triunviro y Presidente desde una 
cátedra de la Universidad. En sus propósitos de go- 
bierno hubo cosas grandes, que le han sobrevivido : 
o en idea o ya cumplidas por él. A vuelta de sus abe- 
rraciones de inquisidor, reorganizó la hacienda ; mul- 
tiplicó las instituciones de educación, de beneficencia 
y de crédito ; abrió caminos que llevasen desde los 
puertos del Pacífico hasta el corazón de los Andes ; 
dio a su república el ferrocarril, y trató de darle el 
telégrafo. Tampoco era malvado por instinto, ni por 
ambición groseramente egoística. Era fanático religio- 
so, y ésta es la raíz de su maldad, porque es la clave 
entera de su personalidad de obsesionado. Aquella 
idea única y sublime que tiene cómo exaltar el barro 
humano a las ideales transfiguraciones de la santidad 



HOMBRES DE AMÉRICA 35 

y cómo despeñarlo a los más hórridos abismos del odio 
y la locura ; aquella idea que convertida, mientras 
América se colonizaba, en polo del pensamiento y de 
la acción histórica de un pueblo, encarnó en una vo- 
luntad y se llamó Felipe II ; aquella idea, le hincó la 
garra en la conciencia. Como el monarca del Escorial, 
este presidente, en pequeño escenario, se creyó seña- 
lado para brazo de Dios, para ejecutor de sus sancio- 
nes y vindictas. 

La realización de semejante sueño fué un régimen 
en que parece como que retoñara y creciera algún gajo 
de la España de los conquistadores, escapado del fue- 
go revolucionario. El Ecuador no es ya una nación 
cabal y señora de sí misma: es un feudo de Roma. 
Humillante concordato sella esa sumisión. Restabléce- 
se el diezmo en forma nunca vista : la décima parte 
de las rentas se aparta para costear los gastos del 
culto y para concurrir a aumentar el dinero de San 
Pedro. La facultad del patronato, heredada de los Re- 
yes Católicos, que la mantuvieron siempre frente a la 
potestad de la Iglesia, es abdicada por la República, 
como cismática abominación. Sobre lo que se lee y es- 
cribe, la censura. No pasa libro de la aduana, ni sale 
de las prensas, sin que un censor de la Iglesia lo au- 
torice. Detrás del Presidente hay como un senado ve- 
neciano, que es la Compañía de Jesús. La escuela pú- 
blica es cosa de la Compañía, y alguna vez el propio 
Ministro de Instrucción sale de las milicias tonsura- 
das. Atraída por aquella Jauja de los clérigos, com- 
parece de cien partes distintas una inmigración mo- 
nacal, hez y rezago de todos los conventos del mundo, 
e infesta las ciudades con la plaga de la ociosidad pa- 
rasitaria, mientras, en los pueblos de los campos, el 
cura trueca su autoridad espiritual en fueros de taita 
y de caudillo. Las divisiones y los regimientos del 
Ejército se denominan como las hermandades religio- 
sas : son los soldados del Nifio Dios;, o de las Cinco 
Llagas; los Ejercitantes voluntarios, los Hijos de Su 



30 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Santidad, los Guardianes de la Virgen. La inmigra- 
ción que venga de tierras protestantes, se abomina; 
el gobernante se precia de guardar inmune de esa 
sangre impura la que 61 llama «segunda Jerusalén», 
destinada a cuidar el «arca de la fe». Cuando las ar- 
mas de Italia entran triunfantes en Roma, la repú- 
blica del Ecuador envía indignada protesta; más ade- 
lante, se piensa en consagrar, por acto solemne, la 
república al corazón de Jesús. Para dar forma plás- 
tica al espíritu que obra en todo esto, la devoción ofi- 
cial se ostenta en espectáculos primitivos. El día de 
Viernes Santo, encabezando la procesión que va por 
las calles, marcha el jefe del Estado, corvas las es- 
paldas, cargando en ellas una cruz; sus ministros le 
rodean, y la muchedumbre les sigue, disciplinándose 
y gimiendo. Este candor patriarcal no excluye la ho- 
rrible contradicción en que culminó, en todo tiempo, 
la piedad fanática : el furor fratricida por amor de 
Dios. Cada nuevo amago de sacudir el yugo ominoso, 
de restituir la patria a la vida de la dignidad huma- 
na, acaba en represión cruelísima; el patíbulo consu- 
ma las prevenciones de la mazmorra y del azote, y 
sangre de generosas víctimas corre afrentando al no- 
ble pueblo de los Rocafuerte y los Moncayo. 

Tal había sido, en parte, o tal había de ser en su 
próximo resurgimiento, el sistema con que hubo de 
encararse la vengadora pluma de El Cosmopolita. 
Para el lector de esta parte de América en donde es- 
cribo, no será fácil empeño formar idea completa de 
él. En los pueblos del Plata, la intolerancia religiosa 
no ha sido, en ningún caso, fuerza de gobierno ni ban- 
dera de facción. Aquí la tiranía no usó nunca la más- 
cara de la fe, y las discordias civiles se movieron siem- 
pre por impulso de otras pasiones, otros intereses y 
otras ideas. Cuando en oportunidad de alguna refor- 
ma de la legislación, o cosa análoga que cruzase la 
trama de la vida real, la controversia religiosa ha 
trascendido de la tribuna académica a las luchas del 



HOMBRES DE AMÉRICA 37 

Foro, la agitación proveniente de ello ha pasado sin 
determinar en lo político deslindes ni organizaciones 
capaces de prevalecer. Sea por caracteres de nuestro 
organismo social que tienen ya su antecedente en cier- 
ta genialidad liberal y democrática que nos diferenció 
desde la dominación española; sea por esta exposi- 
ción continua y franca a los vientos del mundo, que 
debemos a la situación geográfica y la asiduidad de 
la inmigración cosmoplita, con los moderadores influ- 
jos de la convivencia de tantas disimilitudes y tantas 
contradicciones, ello es que el hábito de la libertad de 
pensamiento arraigó sin dificultoso cultivo en el alma 
de estas sociedades. Aun dentro del propio campo or- 
todoxo, y tomando por punto de comparación el tem- 
ple del fanatismo clerical en otros pueblos de Amé- 
rica, se ha respirado aquí siempre una relativa tole- 
rancia, un cierto latitudinarismo, que, por lo menos 
en la esfera de las aplicaciones a la realidad política 
y social, han mitigado prudentemente la lógica del 
dogma. Compruébase esto poniendo en parangón la 
calidad de espíritu de un Estrada, un Zorrilla de San 
Martín o un Goyena,' con la de alguno de los clerica- 
les significativos y famosos del otro lado de los Andes. 

La propaganda de Montalvo relampagueaba, pues, 
entre los palpitantes recuerdos de aquel régimen y los 
siniestros vislumbres de su cercana y exacerbada res- 
tauración. Sólo quien imagine fielmente, de una parte, 
la magnitud de esta ignominia, y de la otra, el natu- 
ral vindicativo y generoso del alma de Montalvo, po- 
drá representarse bien la heroica crudeza de aquella 
guerra de pluma. 

Grande y presagiosa inquietud ocupó el año de 1867. 
Votado para senador García Moreno, que continuaba 
en la posesión de su influencia, su diploma, viciado 
por un falso escrutinio, fué objeto de vigorosa impug- 
nación, y finalmente de rechazo. En lugar del apa- 
rente vencedor fué citado a jurar el candidato que ha- 
bía contendido con él. La opinión liberal cobró en ese 



38 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

instante nervio y esperanza. Por todos se reconoció en 
el abatimiento, que imaginaban radical, del poderoso, 
la sanción de la propaganda de Montalvo, el triunfo 
de El Cosmopolita. Pero no se detuvieron aquí las 
agitaciones de aquel año. La intromisión fraudulenta 
de que resultaban culpados los representantes de la 
autoridad en el proceso de aquellas elecciones, dejó en 
pie, entre el Presidente y el Congreso, un conflicto 
que llevó más allá de la solución del litigio de candi- 
daturas las pasiones que éste había enardecido. Ten- 
tábase la conciliación entre ambos poderes, cuando el 
destierro y la prisión decretados en la persona de al- 
gunos de los mediadores, a pretexto de que alejaban 
con fines sediciosos el acuerdo, colmaron la medida 
para que la oposición parlamentaria no demorase ya 
en llamar al Presidente Carrión a juicio de responsa- 
bilidad. Se exasperó esta discordia; rondaron en tor- 
no del Congreso amenazas de disolución, que él afron- 
tó con altivez en borrascosas sesiones, hasta que el 5 
de noviembre salió de su seno una severísima decla- 
ración, por la que se calificaba al Presidente de in- 
digno de su alta investidura. En esta violenta extre- 
midad, acudió García Moreno, para imponer a Carrión 
la renuncia de una autoridad que se había hecho in- 
sostenible en sus manos. Aceptóse esta forzada renun- 
cia, y las pasiones volvieron transitoriamente a su 
límite. 

Al presidente depuesto reemplazó don Javier Espi- 
nosa, ni menos probo ni más enérgico que aquél. La 
cercana terminación del período que él debía comple- 
tar, daba ya oportunidad al problema de la presiden- 
cia futura. García Moreno parecía tenerla asegurada 
para sí, con los recursos de su mal encubierto predo- 
minio. Frente a su candidatura, aparecieron las de la 
opinión liberal. La de don Pedro Carbo, que cifraba ' 
tendencias de franca y enérgica reforma, y que Mon- 
talvo hubiese preferido, tenía por obstáculo su propia 
radical excelencia. Era menester concentrar las fuer- 



HOMBRES DE AMÉRICA 39 

zas capaces de oponerse a la amenaza de reacción, al- 
rededor de un nombre que las concillase, y a este fin 
se convino en don Francisco Aguirre, templado en las 
ideas y alto en el respeto de todos. Quedó así definida 
la contienda electoral, y al paso que ella se acercaba 
jt su término, veíase más clara la desigualdad de las 
condiciones de ambos bandos, con la prepotencia del 
caudillo reaccionario ; y la exaltación de los ánimos 
arreciaba. 

Por este tiempo Montalvo venía con frecuencia a la 
ciudad, o estaba en ella de asiento. Su figura altiva 
y serena concentraba, en las calles, ya las miradas 
del odio, ya las de la admiración. Contábale los pa- 
sos el espionaje. Más de una vez el brazo fanático o 
venal anduvo cerca de su pecho. Otra, amenazada su 
casa del asalto de las turbas, generosa juventud cons- 
tituyó guardia en ella. Esta excitación heroica, este 
acicate del peligro y el agravio, avivaban los fuegos 
de El Cosmopolita. Por entonces, dio a la protesta sus 
más altos y viriles acentos en páginas como las de 
£2 Nuevo Junius. Allí denunciaba las violencias y las 
persecuciones, la amenaza del sayón y la infamia del 
libelista ; y tras el encantamiento del Presidente anu- 
lado, mostraba en todo ello la mano del omnipotente 
instigador. Puntualizando la verdad de la candida- 
tura reaccionaria, la señalaba a la abominación, al te- 
mor, a la vergüenza; y cuando el candidato hace oir 
su voz, él multiplica en ecos de escándalo sus pala- 
bras, que prometen por norma de gobierno las con- 
denaciones del «Syllabus», y por instrumento el rigor 
inexorable. Ya se dirigía a los partidos, y los inducía 
a un acuerdo superior; ya arengaba a los militares, 
para disputarlos al vértigo con que la sugestión que 
gobernaba de hecho la república los llevaba al abismo 
de la deslealtad sediciosa. «Militares — les dice; — no 
soy vuestro enemigo : en una gran nación habría sido 
yo soldado». También a la piedad inocente, movida 
con engaño tras la maquinación del fanatismo, bus- 



40 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

caba persuadir; y refiriendo una plática, no sé si real 
o fingida, con el manso varón que era entonces arzo- 
bispo de Quito, opone a las instancias de la poquedad 
escrupulosa, los fueros de la razón, que encuentra ám- 
bito y aliento dentro de la misma entereza de la fe. 

Todo esto se embotaba en el arraigo de un ascen- 
diente personal que la trabazón de las cosas volvía de 
hora en hora más incontrastable. Urbina amagaba con 
la revolución desde el destierro, o tal se decía con in- 
tencional suspicacia ; y este peligro era recurso que 
utilizaban los secuaces del bando reaccionario, para 
excitar las alarmas del núcleo social amigo del orden, 
acusar de débil e incapaz la acción del gobierno, y 
propagar la necesidad de la férrea mano salvadora. 
García Moreno había dejado las trazas de inerme pos- 
tulante al favor de los comicios. A sus puertas velaba 
guardia pretoriana. Los medios de la fuerza material 
no eran ya sino suyos. 

Comenzó el año de 1869 en este improrrogable con- 
flicto de una autoridad sin energía y un poder sub- 
versivo que la estrechaba con altaneras franquezas de 
autoridad. El 17 de enero se pronunciaba finalmente 
el motín militar que arrojó del gobierno al presidente 
Espinosa y confirió a García Moreno facultades de 
dictador. Todo se consumó y quedó quieto en un ins- 
tante, como preparado por forzoso declive. El restau- 
rado déspota quiso acometer, sin demora, la reorga- 
nización constitucional que diese formas de legalidad 
al sueño autoritario y teocrático que se proponía reen- 
carnar con más cumplida perfección. En mayo de aquel 
año se reunió la Convención constituyente, que tuvo 
por principales inspiraciones de su obra reforzar la 
sujeción del Estado al yugo de la Iglesia, y robuste- 
cer las atribuciones y los medios de la magistratura 
ejecutiva en la distribución del poder público. Sobre 
estas bases entró a ejercer aquel hombre extraordina- 
rio su nueva y más característica denominación. La 
libertad de escribir, el derecho de vivir en la patria, 



HOMBRES DE AMÉRICA 41 

habían perecido con el primer aliento de la dictadura. 
FA Cosmopolita acabó como la voz que queda trunca 
en la garganta, y Montalvo tomó el camino del des- 
tierro. 



VI 



Pasando la raya de Colombia, en lo más alto de una 
de las mesas que forman, de ambos lados de aquella 
abrupta frontera, las cumbres andinas, se asienta el 
pueblo de Ipiales, donde Montalvo halló por siete años 
su refugio : lugar de hermosas vistas, aunque harto 
castigado del frío de la altura para embozo del alma 
de un desterrado. 

Allí llegó sin libros, allí permaneció sin tenerlos. Y 
a pesar de ello, éste de su destierro aldeano es el 
tiempo en que produjo más, y más para su gloria; 
por lo cual viene aquí la ocasión de hablar del Mon- 
talvo literario. Su vida exterior, contenida casi en el 
cerco de su huertecillo, no tuvo episodios de mayor en- 
tidad que tal cual reyerta con algún vecino imperti- 
nente, o algún clérigo zafio y rapaz, de esos que fue- 
ron eterno blanco de su pluma. En cambio, su ima- 
ginación hirvió en soñados lances, en enjambres de 
ideas, en juegos y músicas de forma. 

Hay algo de representativo del destino entero de 
Montalvo, hay como una imagen abultada de la total 
desventura de su vida, en esto de la producción de lo 
mejor y más altamente literario de su obra, en la so- 
ledad de un villorrio. Entendedlo bien : no en la so- 
ledad del desierto, que es alta y soberana emancipa- 
ción, amor con la libre inmensidad, por donde vagan 
los divinos alientos que pueblan la naturaleza de sá- 
tiros y ninfas; sino en la soledad del villorrio, ruin 
y menguada, donde no tienen su habitación ni el ca- 



'r> JOSÉ ENlUQUE RODÓ 

ballero ni el bárbaro, sino el palurdo ; donde los ga- 
x líos cantan para que amanezca la murmuración, y eí 
sol se pone para que ella atisbe más a cubierto ; er: 
la soledad del villorrio, sin trato de semejantes y sin 
libros... Esto lo encarece él en su decir vehemente y 
gracioso : « ¡ Sin libros, señores, sin libros ! Si tenéis 
entrañas, derretios en lágrimas». Obra de escritor co- 
mo la suya, tan necesitada, por su índole y carácter, 
de la diaria ablución libresca y del fácil manejo de 
esos instrumentos de medida y rectificación que traen 
los libros en sí, tuvo que contentarse, para empresa 
de tal dificultad como la parodia del Quijote, con la 
biblioteca ideal que su memoria y su imaginación re- 
flejaban sobre las desnudas paredes de una casa de 
aldea. 

Pero, aun en la ciudad o cerca de ella, y con la 
compañía de sus libros, grandes hubieron de ser los 
obstáculos que puso ante él la precaria armazón de 
cultura de su pueblo. El nos refiere el heroísmo que 
era necesario desplegar para valerse de la imprenta : 
sólo a dura costa, y con ayuda de amigos, pudo dar 
a luz las entregas de El Cosmopolita. Y todo esto es, 
en su pasión, la parte menor y más liviana, porque 
queda el aislamiento y abandono espiritual, que es lo 
verdaderamente doloroso ; queda el calvario de la in- 
comprensión común : desde la que se eriza con las 
púas de la inquina a la superioridad, pasión de demo- 
cracias chicas, hasta la que se encoge de hombros con 
un zafio menosprecio de toda labor desinteresada de 
estilo y de investigación, y la que, dentro mismo de 
estas actividades, ensordece a lo nuevo y personal, o 
afecta comprender y no comprende... ; quedan, en fin, 
aquellos resabios de la aldea, por los cuales, para las 
altas cosas del espíritu, toda esta América Española 
ha sido, en escala mayor, soledad de villorrio, como 
la del rincón aquel donde Montalvo compuso la más 
difícil de sus obras, sin trato con semejantes y sin li- 
bros!... Bien se siente el resuello de esta herida cruel 



HOMBRES DE AMÉRICA 43 

en la admirable introducción a los Capítulos que se le 
olvidaron a Corantes. Y apenas hay alto ingenio ame- 
ricano que no haya expresado alguna vez parecido sen- 
timiento, o no lo deje percibir en una callada vibra- 
ción de sus escritos. El fundamento real de estos agra- 
vios de los superiores es de extensión universal y hu- 
mana ; radica en el primitivo barro de Adán ; pero 
ellos recrudecen en las sociedades de América por lo 
mal asentado y desigual de su civilización, donde, 
mientras las excepciones personales en ingenio y sa- 
ber, con las necesidades y los apetitos que uno y otro 
determinan, pueden subir tan alto como en los gran- 
des centros de cultura, las condiciones de atención y 
correspondencia sociales quedan muy inferiores, cen- 
tuplicándose así la desproporción entre el elegido y el 
vulgo. De aquí el desasosiego de la inadaptación, y 
cierto impulso de nostalgia, muy común en los hispa- 
noamericanos de vocación literaria y artística, por 
aquella patria de nuestro abolengo y nuestro espíritu 
que la civilización europea extiende del otro lado del 
mar. Expatriarse, como siempre lo anheló Montalvo, 
suele ser entonces justa y fatal gravitación; pero ex- 
patriarse, como él, con el pensamiento y la memoria 
dando cara a la tierra, más dulce cuando más lejana, 
y con el sueño de la vuelta, presidiendo a los anhe- 
los de asimilación y de cultura que un día traerán 
cómo pagar a la patria natural el precio de la ausen- 
cia. Quedar así, en espíritu, o quedar de hecho, es, 
indistintamente, mantener la vinculación obligatoria y 
fecunda con la obra común de los hermanos ; y sólo 
han sido grandes, en América, los eme han alcanzado 
a mantenerla, y en la proporción en que la han man- 
tenido. Sólo han sido grandes, en América, aquellos 
que han desenvuelto, por la palabra o por la acción, 
un sentimiento americano. Nadie puede cooperar efi- 
cazmente al orden del mundo sino aceptando con re- 
solución estoica, aún más : con alegría de ánimo, el 
puesto que la consigna de Dios le ha señalado en sus 



44 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

• 

milicias al fijarle una patria donde nacer y un espa- 
cio del tiempo para realizar su vida y su obra. La in- 
capacidad de adaptarse sólo es condición de progre- 
so, en la evolución social como en la orgánica, si se 
resuelve en energía de reacción, que acomoda a las 
necesidades de la propia superioridad el ambiente mo- 
ral a los inadaptados, cuando inferiores o débiles. 

A menudo refleja el pensamiento de Montalvo el rit- 
mo de un irrefrenable desapego a la transitoria reali- 
dad de la patria y un profundo sentimiento del ser 
ideal y permanente de ella. Hablando de su forzoso 
abandono de la secretaría que desempeñó en París, 
decía : «La suerte se mB puso zahareña de repente, 
y con un fiero ademán me volvió a echar a este rin- 
cón». Otra vez agregaba: «Si llega para mí el día de 
volver a Europa, prometo a mis conciudadanos que 
no les daré mucho que murmurar en justicia». Hay 
ocasiones en que manifiesta su desvío con amarga ru- 
deza: «Sólo siento no tener buena, noble y grande 
patria, donde no ser noble, bueno y gran patriota». Co- 
mentando el desorden de los pueblos hispanoamerica- 
nos, exclamaba: «¡Ah, repúblicas turcas! El cielo se 
contrista, el infierno sonríe, cuando echan los ojos a 
esta parte del mundo». Pero otros rasgos complemen- 
tan el sentido de aquéllos con palabras de fe y es- 
peranza: «América, joven, robusta, inteligente y ami- 
ga de lo grande, cumplirá su destino, se civilizará, 
será libre, feliz, y gozará sin estorbo de los dones 
de su gran naturaleza». Mientras estuvo en París, vi- 
sitador asiduo del Jardín de Plantas, gustaba demo- 
rarse, con la terneza del amor reconciliado por la au- 
sencia, frente a todo lo que despertaba en su espíritu 
la imagen del terruño : «el cóndor de los Andes, la or- 
tiga de América, la coronilla; el gallo tanisario, de 
canto solemne y melancólico». 

La integridad de la conciencia americana ; la In- 
tegridad que comprende el sentimiento profético de 
la cabal grandeza de nuestros destinos, y por tanto, 



HOMBRES DE AMÉRICA 45 

de la cabal grandeza de nuestro pasado, está presente 
en su obra, y ella le mueve, en uno de los Siete tra- 
tados, a aquella gallarda afirmación de la superiori- 
dad de Bolívar sobre Bonaparte, afirmación que hu- 
bo de espantar en su tiempo a la gente discreta y 
partidaria del apocamiento común, y que aún le asom- 
brará hoy mismo, aunque por ventura no tanto. — 
¿Quién ha consagrado acentos de más honda piedad 
a la suerte de las domadas razas indígenas?... Y en 
cuanto a la originalidad de la naturaleza, también 
supo sentirla y fijarla a menudo. Nada más propio 
para oído por la montaña que la voz con que im- 
precó a la majestad del Pichincha, de modo tal que 
imaginamos que aun está retumbando en los contor- 
nos del gigante. Nada más penetrado de aroma de 
la tierra y de divina humildad que aquel elogio del 
maiz, el trigo del pobre, el acumulador de la ener- 
gía que ha de desatarse por los brazos del indio la- 
brador, cuando, encorvado sobre el suelo hecho del 
polvo de los suyos, trueca su dulce paciencia en oro 
del amo... Cada vez que esta nota de americanismo, 
en el sentimiento o en el color, se levanta a presi- 
dir la armonía de una prosa tan clásica, tan limpia, 
tan de la antigua hechura, comparece en mi memo- 
ria la impresión de aquellos Comentarios reales, don- 
de un mestizo que unió a la doble nobleza de la ca- 
lidad el privilegio del estilo, dejó expresados, en la 
más pura lengua del conquistador y en la más rica 
y gallarda prosa de su tiempo, sabrosísimos cando- 
res del alma americana, que semejan allí las huellas 
de la sangre del indio en el lustre de una hoja de 
Toledo. 

Los Siete Tratados, que no publicó hasta diez años 
más tarde en Europa, fueron escritos, o por lo me- 
nos bosquejados, durante el año 1872, en aquel re- 
tiro de Ipiales. La literatura de Montalvo está allí 
en su más característica y remontada expresión. Ti- 
túlanse esas disertaciones : De la Nobleza, De la Be- 



46 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

en el género humano, Réplica a un sofista pseu- 
docatólico, Bel Genio, Los Héroes de Ja emancipación 
sudamericana, Los Banquetes de los filósofos y El 
Buscapié, trabajo éste que reprodujo, como estudio 
preliminar, en los Capítulos que se le oír id a ron a Cer- 
vantes. 

El ensayo al gusto de Montaigne, desordenado y li- 
bre de todo plan metódico, extrema en manos de Mon- 
talvo su curso voluntarioso y errabundo. El tema que 
se anuncia en el título persiste apenas como el hilo 
tenue y velado por la fronda, que enlaza, al rededor 
de su eje imperceptible, las vueltas caprichosas de la 
enredadera. Desde que se ha doblado la primera hoja, 
se echa de ver que el tema es lo accesorio para el 
ensayista, y lo principal el alarde continuo y el cen- 
telleante de ingenio, de lectura y de estilo. Cuando 
le sale al paso una idea accidental, jamás la aparta, 
ni la reprime, ni la urge, sino que se le entrega del 
todo y la sigue mientras ella da pábulo a la fanta- 
sía, o mientras no acude una idea nueva a torcer 
otra y otra vez su camino, como en esas carreras an- 
helantes y sin rumbo, que, en los cuentos de hadas, 
tienen por guía el vuelo de un pájaro maravilloso o 
el rodar de una piedra animada de una magia in- 
terior. Si se intenta reducirlo a substancia y a or- 
den dialéctico, el pensamiento fundamental compare- 
ce, flaco y escaso, do entre el follaje de las digresio- 
nes. Sirva de ejemplo el tratado sobre la Nobleza. Allí, 
de una disertación acerca del origen del hombre se 
pasa a discretear sobre las diferencias de razas y de 
clases, • y de esto a describir la naturaleza del polo, 
y la del trópico, y la aurora boreal ; y luego a enca- 
recer los extremos de que es capaz el amor a la 
ciencia, y en la siguiente página a pintar un insecto 
primoroso, y de esta pintura a las enaguas que usa- 
ba Clitemnestra ; para volver después al tema origi- 
nal, que no tarda en desviarse hasta dar término el 
ensayo con un comentario de los crímenes de los co- 



HOMBRES DE AMÉRICA 47 

muneros de París... En la entonación de estos trata- 
dos no hay más unidad que en el asunto. Ya se man- 
tiene en el carácter de la exposición didáctica ; ya se 
allana a la forma del cuadro de costumbres o de la 
sátira ligera ; ya se remonta, al lirismo de la impre- 
cación, del ditirambo o de la elegía. 

De Montaigne toma, además, el egotismo, la preo- 
cupación constante del «yo», no tanto por estímulos 
de investigación psicológica, ni por conflictos y tor- 
mentos que pasen en su alma, sino como tema de 
ameno divagar, que tiene más de inocente complacen- 
cia de amor propio que de la pasión austera del psi- 
cólogo empeñado en mirar al fondo de su herida, o 
en subyugar a la Esfinge del conocimiento interior. 
Pero aquí las semejanzas concluyen, porque, como 
carácter de estilo, la espontaneidad natural y suel- 
ta de Montaigne es el término opuesto a la artificio- 
cidad preciosa de Montalvo ; y como carácter mo- 
ral, la indolencia contemplativa del bórdales en nada 
se parece a la disposición militante y quijotesca con 
que nuestro americano asiste al espectáculo del mun- 
do. Montaigne es prototipo de escépticos ; y de este 
rasgo esencial, que es la raíz de sus superioridades, 
viene también aquella limitación de su naturaleza, 
que Sainte-Beuve definía : «la ausencia de la locura 
santa y del fuego del sacrificio generoso». En Mon- 
talvo no falta nunca este "fermento : antes rebosa y se 
derrama, como la más activa esencia de su espíritu. 
Montalvo, aunque razonador y malicioso, tiene su- 
mergido el pecho en el mundo de los Amadises y Es- 
plandianes. 

La singularidad y excelencia de la forma es prin- 
cipalísima parte en la literatura de Montalvo. Tuvo, 
en esto, por ideal la vuelta a los típicos moldes de la 
lengua, en sus tiempos de más color y carácter y de 
más triunfal y gloriosa plenitud. Quiso escribir como 
lo haría un contemporáneo de Cervantes y Quevedo 
que profetizase sobre las ideas y los usos de núes- 



48 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

tra civilización, y lo cumplió de modo que pasma y 
embelesa. El fabuloso caudal de vocablos, giros y mo- 
dos de decir, que rescató de la condena del tiempo, 
infunde en cada página suya un peculiar interés de 
sorpresa y deleite. Nunca se trajo a luz, de las ar- 
cas del idioma, tanta deliciosa antigualla; tanta hoja 
de hierro tomada de orín, tanto paramento de seda, 
tanta alhaja pomposa y maciza, tanta moneda des- 
gastada, de ésas donde agoniza en oro un busto de 
rey y se esfuma, en truncos caracteres, una leyenda 
ilustre. Aquella prosa semeja un museo; y tiene del 
museo hasta la profusión que desorienta a la curiosi- 
dad y que, dejándola suspensa a cada instante de lo 
menudo y primoroso, la impide el paso desenvuelto 
con que guiarse adonde está lo principal. 

La ciencia vasta y prolija, c. sentimiento profun- 
do del idioma, que semejante evocación supone, son 
verdaderamente incomparables. La obra de rehabili- 
tación de las buenas y sabrosas tradiciones de la 
sintaxis y el léxico, realizada en lengua española 
por Montalvo, no representa mérito inferior a la que, 
en lengua francesa, llevó a cabo, algo anteriormente, 
Pablo Luis Courier, abriendo paso en las lánguidas 
formas prosaicas de su tiempo al habla rancia y ge- 
nerosa desenterrada de los frescos sótanos de Mon- 
taigne y de Amyot. Como el traductor.de Dafnis y 
Cloe, a quien, por otra parte, le vincula la común 
potestad del dardo satírico, Montalvo fué artífice ori- 
ginal con piedras de las ruinas, innovador con alien- 
to de antigüedad. La literatura castellana no ofrece, 
en el siglo xix, otra tentativa de restauración arcai- 
ca comparable a la suya, por lo viva y orientada en 
sentido de arte, y no de solaz gramatical o acadé- 
mico, que la de las Escenas de Estébanez Calderón. 
Pero el costumbrista andaluz, a pesar de su opulen- 
cia de color y su caudal de lengua inexhausta y ga- 
llardísima, queda como escritor de muchos menos qui- 
lates que Montalvo. Faltan en su pintoresco artificio 



HOMBRES DE AMÉRICA 49 

aquella grande alma, aquel arranque hacia arriba, 
aquel verbo ferviente, que magnifican y realzan el pro- 
digio de forma de nuestro ecuatoriano. Lo que es cu- 
riosa habilidad en Estébanez, es en Montalvo m&ftft 
genial; la prosa de las Escenas andaluzas equivale a 
deleitable exposición de cuadros de género ; a multi- 
forme y soberbia galería la de los Siete Tratados. 

La lengua de Castilla se mira en el estilo de Mon- 
talvo como la madre amorosa en el hijo de sus en- 
trañas. Nunca hubo gusto literario de más neto so- 
lar español, por lo que tiene y por lo que le falta, 
que el suyo. Llevó a su realización más definida y 
concreta las virtualidades y disposiciones caracterís- 
ticas del instrumento verbal de la raza, que compo- 
nen lo que llamamos el genio del idioma ; sacando 
todo el partido posible de sus mayores ventajas y ex- 
celencias, sin evitar ninguno de los escollos a que 
por espontánea propensión se tuerce su. curso, ni ten- 
der a suplir ninguna de las deficiencias que, en de- 
terminados casos, limitan sus medios de expresión : de 
modo que aquella prosa acrisolada y magnífica, es, 
para el genio del idioma, como una lente de aumen- 
to, al través de la cual se viese abultado su relieve, 
engrosado su tejido, puestas en claro sus despropor- 
ciones, o como una artificiosa alquitara, de donde sur- 
tiera, en espeso jugo costosísimo, su más concentrada 
quintaesencia. Allí comparecen, y se desenvuelven 
hasta sus extremos, la firmeza de la línea, la energía 
del color, la elocuencia ardiente y pomposa, el ele- 
gante discreteo, el castizo donaire ; y junto a estas 
riquezas de la herencia común, manejadas habilísi- 
mamente, ningún esfuerzo dirigido a probar la efica- 
cia de la lengua para triunfos ajenos de su tradi- 
ción : nada por aligerarla y afinarla ; nada por in- 
fundirla el sentido de lo vago, de lo soñado, de lo ín- 
timo ; nada por ensanchar la aureola o penumbra de 
sugestión que envuelve el núcleo luminoso de la pa- 
labra y la prolonga en efectos de música ; nada, en 

HOMBRES DE AMÉRICA 4 



50 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

fin, por poner en manos del idioma la varita mági- 
ca con que se penetra al mundo de las cosas aé- 
reas y flotantes que hoy apetecemos más allá de la 
plena determinación de la forma y la idea. 

Por sus más soñados caracteres, la prosa de Mon- 
talvo, expresión violenta de un ideal de restauración 
en el habla literaria y de la personal genialidad de 
un escritor, es mucho más admirable en su singula- 
ridad que como norma y tipo adecuado para propa- 
garse. Vulgar y torpe es entender que todo lo- que en 
arte se hace de nuevo, va dirigido a solicitar la imi- 
tación, o siquiera la prevé y la supone ; cuando el 
propósito de que se le imite es de los que no cono- 
ció nunca la conciencia del artista verdadero y cabal, 
y se puede afirmar, sin sombra de paradoja, que lo 
más digno de ser admirado es lo menos capaz de 
ser imitado. Aquella prosa ha de juzgarse como una 
bella forma extinguida. En la relación 'estética, su 
singularidad es privilegio ; porque esa manera de de- 
cir, que no podría generalizarse para la comunica- 
ción actual de las ideas, gana con ello aquel encen- 
dimiento de beldad que se da en las cosas emanci- 
padas del uso, cuando originariamente contuvieron 
una centella hermosa : como los soberbios templos que 
se arruinan, las lindas armas con que ya no se com- 
bate, y la buena prosa de los libros añejos donde 
ya no se busca la verdad. Y sin embargo de lo di- 
cho, aunque la obra de restauración arcaica que em- 
prendió Montalvo sea, en su conjunto, singular e in- 
comunicable, ¡cuánto que aprovechar en ella; cuánto 
que mantener y restituir al comercio del habla, en 
ese vasto tesoro levantado del- fondo del tiempo, como 
del fondo del mar los despojos de un galeón de In- 
dias! A vuelta de prolijidades nada más que curio- 
sas y modos de decir de un sello exclusivamente per- 
sonal, ¡cuánto hallazgo de valor objetivo; cuánto efi- 
caz conjuro y oportunísima rehabilitación, que nos 
punzan con el sentimiento de las infinitas cosas ex- 



HOMBRES DE AMÉRICA 51 

presivas y bellas que el idioma no debió dejar perder- 
se en el proceso de una renovación mal vigilada, la 
cu ni no alcanzó nunca a compensar, con lo que gran- 
jeó de nuevo, la merma del rico patrimonio!... Por 
eso, el arcaísmo de Montalvo puede considerarse, en 
muchos de sus elementos, obra viva; antecedente ca- 
paz de felices sugestiones, para el intento, en que 
ahora estamos empeñados, de devolver a la prosa cas- 
tellana color, resalte y melodía, y de henchirla de 
sangre y encordarla de nervios, consumando una reac- 
ción que ni los románticos ni los realistas de la an- 
terior centuria llegaron más que a desmediar, en la 
sintaxis y en el léxico. 

No pudo asistirle en su empresa de restauración 
un gusto constante. Algo hay en la pasión que le 
animaba del fervor del coleccionista; y el gusto, como 
el discernimiento de cualquier especie de valor po- 
sitivo, no son medidas que regulen el peculiar crite- 
rio del coleccionista, para la valuación de las cosas 
en que se complace. Pero importa diferenciar la so- 
berana calidad de esa pasión no limitada por el gusto ; 
la naturaleza genial que la levanta cien codos sobre 
la manía sin nervio ni gracia del erudito vulgarmen- 
te prendado de lo viejo ; sobre la paciencia buscona 
del pedante huroneador de léxicos y glosarios; por- 
que aquel entusiasmo de las palabras es, en Montal- 
vo, sugestión de un numen, furor casi sagrado, fue- 
go de inspiración que tendría"" bastante con una sola 
de sus chispas para devorarse, como sacos de paja, 
las almas de todos los pedantes del mundo. Se em- 
briagó de arcaísmo : ésta es la imagen propia ; se 
embriagó con aquella báquica sensación de lo bello 
antiguo remozado, con que los heraldos del Renaci- 
miento, al modo como los que trasiegan el mosto 
suelen marearse del capitoso vaho, se marearon divi- 
namente trasegando el generoso vino de los clásicos 
y llevaron sobre su nativa lengua la reconquista ro- 
mana, en aquella prosa, hirviente de latín, que em- 



52 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

pezó en el reinado de don Juan II. Donde dije «roma- 
na», póngase «española del gran siglo», y ése y no 
otro es el caso de Montalvo. La prosa de Montalvo, 
después de Junín y de Ayacucho, es el desquite del 
Conquistador. Y por cierto que hay en el rebusco y 
acumulación, que manifiesta esa prosa, de riquezas del 
tiempo viejo, cierto soplo marcial, cierto ímpetu he- 
roico, como de conquistador que entrase a saco una 
ciudad antigua y volviera ufano y curioso del botín ; 
cierta exaltación que es todo lo opuesto que pueda 
imaginarse a la asiduidad linfática del literato de la 
especie académica. 

Para quien guarde diferenciado el sabor de cada 
uno de los prosadores del gran tiempo de la lengua, 
la lectura de Montalvo es como múltiple y maravi- 
llosa evocación. Un rasgo rememora al uno, otro ras- 
go al otro ; y de esta manera, sobre el fondo de 
aquella prosa, dorada de gloriosos reflejos, se ven 
pasar, como ¡irocesionalmente, sus sombras augustas, 
con tanta gracia y reverencia invocadas en la intro- 
ducción de los Capítulos que se le olvidaron a Cer- 
vantes. Por allí Granada, por allí León, por allí Que- 
vedo, por allí Malón de Chaide, por allí Saavedra Fa- 
jardo... Esta obra de selección y concierto de las va- 
rias riquezas del tiempo antiguo, bajo el imperio ar- 
quitectónico de un estilo personal y creador; ese cer- 
tamen de las suntuosidades de la lengua, se com- 
pararía con el alarde de magnificencia colectiva que 
presidió a la fábrica del Escorial, para cuya edifica- 
ción dicen que se reunieron, en piedras, maderas y 
metales, todos los primores de las tierras de España : 
el mármol de Filabres, el jasque de Tortosa, el pino 
de Cuenca y Valsaín, el hierro de Vizcaya, la caoba 
y el ébano de Indias. Nadie hubiera podido manejar 
con mejor tino aquellos tesoros. Por encima del co- 
nocimiento reflexivo y prolijo de la lengua; por en- 
cima de la acrisolada lección de sus clásicos maes- 
tros, tenía de ella Montalvo el conocimiento intuitivo, 



HOMBRES DE AMÉRICA 53 

el inspirado sentimiento del carácter y naturaleza idio- 
mática, que, como en cifra, reproducía en su propio 
carácter literario. Se comprende así que, siendo tan 
moderno y curioso en su pensar, y reflejando su obra 
ideas de tan esparcidos orígenes, mantuviese constan- 
temente inmune la nobleza antigua de las palabras y 
la frase ; porque el sesgo castizo que tomaba, en el 
primitivo arranque de la forma, cualquiera manifes- 
tación de su pensamiento, la guiaba a completar sin 
violencia su modo propio y genuino de expresión. No 
es humanamente posible expresar mayor copia y va- 
riedad de ideas ateniéndose tanto a la tradicional in- 
tegridad y pureza del idioma. La lengua de Montal- 
vo es victoriosa demostración de lo mucho que, a pe- 
sar de juicios vulgares, cabe contener en el roman- 
ce heredado del Conquistador, cuando se le conoce 
en lo hondo y se le solicita con enamoradas instan- 
cias; o es, si se prefiere, demostración de la indefi- 
nida amplitud que el genio personal de un gran es- 
critor logra arrancar a los endurecidos moldes de una 
lengua añeja, sin deformarlos ni descaracterizarlos. 
En presencia de este soberano dominio, y del amor 
ferviente que fué su inspiración, pasma averiguar, 
como sabemos por carta suya dirigida a don Miguel 
Antonio Caro, que alguna vez pasó por su espíritu, 
aquejado de la nostalgia de más ancho escenario, la 
ambición de radicarse en París y escribir para siem- 
pre en lengua francesa. ¿Qué hubiera resultado de 
la realidad de este sueño? ¿Un Heredia prosista? 
Aquella extraordinaria facultad de expresión, que tan 
íntima y congenial nos parece con el idioma en que 
se manifestó, como si a él estuviera votivamente con- 
sagrada, ¿pudo, sin desvirtuarse, buscar nuevo arrai- 
go y nueva adaptación?... La historia literaria testi- 
* monia que no hubo nunca gran escritor que lo fuese 
a la vez en dos lenguas distintas, y Heredia no había 
llegado a ser gran poeta en castellano cuando optó 
por serlo en francés. 



54 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Para hacer alarde de este absoluto dominio del 
idioma y del profundo sentimiento de su genio y 
tradición, en temeraria competencia con el más úni- 
co y abrumador de los modelos, escribió los Capítu- 
los que se le olvidaron a Cervantes, parodia del QuU 
jote, que hasta después de la muerte de Montalvo no 
conoció la imprenta. La obra es lucidísima, como de- 
chado de lenguaje y como interpretación y nuevo 
desenvolvimiento de los caracteres de la ficción ma- 
ravillosa. Pero quién allí aparece y campea es Mon- 
talvo, y no Cervantes, o es, si se quiere, el Cervan- 
tes de Montalvo, que, reflejando su imagen en lo vivo 
de tamaño temperamento, muestra, hondamente es- 
tampados, el sello y fisonomía del intérprete. Y Mon- 
talvo, en su natural de escritor, se parecía poco al 
modelo que en esta ocasión trató de imitar. Cervan- 
tes, en quien la invención novelesca conserva mucha 
parte del candor del primitivo épico, tuvo la divina 
inspiración del estilo, y como su arte infuso; pero 
careció, en fuerza de su propia absoluta naturalidad, 
de la conciencia del estilo, que es intensísima y pre- 
dominante en Montalvo, artista refinado y precioso, 
cuyas afinidades, dentro de la clásica prosa caste- 
llana, han de buscarse, mucho más que en Cervantes, 
en Quevedo o Gracián. Valióle sí a Montalvo para su 
magnífica parodia, ya que no la espontánea seme- 
janza en medios de expresión, el profundo sentimien- 
to del espíritu y la idealidad de la creación cervan- 
tesca; y no sólo manifestó ese sentimiento en la pa- 
rodia misma, sino también, y aún más si cabe, en 
las páginas críticas que la preceden. Nadie, en idio- 
ma castellano, ha hablado de Cervantes y del Quijote, 
como Montalvo en esas páginas. Sin asomo de hipér- 
bole puede decirse que ellas son el análisis condigno 
de la creadora síntesis del genio. La más durable es- 
tatua de Cervantes está allí, labrada con la unción 
que un artífice devoto pondría en cincelar una imagen 
sagrada. 



HOMBRES DE AMERICA 55 

Por lo demás, no hay cosa tan distante de la condi- 
ción intelectual de Montalvo como la de los «hom- 
bres de un solo libro», o de un solo autor, o de un solo 
círculo de autores. Su cultura era varia y difundida; 
su comprensión, de amplios alcances ; ágil y melifica- 
dora, su curiosidad. Dentro de las letras — y aún en lo 
que podríamos llamar los alrededores y baluartes de 
una cultura literaria, — tenía cabal noción de lo mo- 
derno, no ignoraba lo exótico, y era capaz de sentir 
la fuerza de la belleza y la de la persuasión, en otras 
lenguas que en la propia. Pero el núcleo de su saber, 
la medida y norma de su gusto, fueron siempre lo 
clásico : lo clásico de su lengua y las de la materna 
antigüedad. Comprendió enteramente la belleza anti- 
gua, porque empezó por comprender y admirar la vida 
antigua, en lo esencial de su carácter. Nada más elo- 
cuente, nada más revestido de la altivez y majestad 
de la vieja toga oratoria, que la defensa de la civili- 
zación pagana en su réplica a un detractor sacrista- 
nesco. El civis romanas sum se siente allí encrespan- 
do ejemplos y razones. Allí es donde se dice : ((No me 
cerréis las puertas de la antigüedad, porque os las 
derribaré a hachazos». La virtud romana le inspiró, 
en medallas de admirable prosa, figuras como la de 
Fabio Darso, cuando, ceñidos los hábitos sacerdotales, 
pasa por medio de los bárbaros ; o la del joven Cur- 
do, echándose al abismo; o la de la mujer de Ful- 
vio dándose la muerte para reparar su indiscreción. 
De Grecia remozó también eternos asuntos. ¿Quién 
mejor que él ha pintado la escena de la absolución de 
Fryné? Toda la gracia del diálogo ateniense está en 
los coloquios que animó entre los convidados de Xe- 
nofonte y de Platón ; y ún del primitivo helenismo, 
inocente y heroico, cruzan ráfagas por su obra, como 
en aquella página del tratado del Genio donde evocó 
la sombra de Homero vagabundo, y aquella otra de 
los Banquetes de los Filósofos donde mostró al asa- 



56 JOSÉ ENRIQUE RODO 

teado ciervo del Ida, presidiendo, en fuente de plata, 
el candor patriarcal de la mesa de Príamo. 

Fuera del residuo genial, extraño siempre a toda de- 
terminación del medio, la literatura de Montalvo, en 
sus más señalados caracteres, se vincula al ambiente 
donde se produjo, por relaciones fáciles de señalar. 
La fervorosa pasión del idioma, el tono clásico de la 
cultura literaria, son atributos que han singularizado 
siempre en América a los pueblos que consituyeron la 
primitiva Colombia. Allí la pulcritud del lenguaje es- 
crito ha sido estimada como pudiera serlo una nota 
de limpieza de sangre ; allí la teoría del idioma ha te- 
nido, más que en la moderna España, cultivadores 
aplicados y maestros ilustres, y aun en los más me- 
dianos escritores es condición frecuente la pureza de 
la elocución ; allí con la disputa política se mezcla la 
disputa del vocablo, y el saber gramatical ha sido a 
veces camino por donde se ha llegado al gobierno. In- 
fúndase en esta pasión colectiva, estrecha y prosaica 
en sus formas comunes, el soplo de un superior sen- 
tido estético y de un gran carácter de escritor, y se 
tendrá la magnífica pasión verbal de Montalvo, por 
una transfiguración semejante a la que trueca al cru- 
do barro en la fineza del esmalte, o al hierro bruto 
en la centella de la daga. En Montalvo, sobre el ofi- 
cioso afán de la corrección, se encumbraba el divino 
sueño de lo bello. 

Tenía, por amor de lo bello, el sentimiento tiránico, 
implacable, de la forma; la comprensión de lo artís- 
tico de la palabra, con aquel extremo de amor capaz 
de detenerse en mitad del más arrebatado apostrofe o 
de la más absorta reflexión, para extasiarse en la ca- 
dencia de una frase, en el relampagueo de un epíteto, 
o en la nobleza de un vocablo añejo. A la conclusión 
de tal rasgo, al final de tal cláusula, se adivina el 
grito de orgulloso júbilo del artista que ha llegado a 
hacer lo que quería y está contento del dios que alien- 
ta en él. Un libro suyo se puede abrir por cualquier 



H6MBBSS DE AMÉRICA 57 

parte, con la certeza de encontrar alguna cosa bella, 
original o curiosa; una palabra primorosamente pues- 
ta, un decir admirablemente burilado, o un donoso 
atrevimiento de dición, o un gallardo y personal arran- 
que del estilo. Cualquier pasaje de sus obras tiene, en 
su mérito y rareza formales, un valor independien- 
te del conjunto y bastante para interesar y deleitar 
por sí solo ; como el capricho ornamental que, aun 
sin representación alguna de ideas ni de cosas reales, 
es embeleso de los ojos en los relieves de un friso, en 
la cincladura de una copa o en la orla de un manto. 

Poseyó, entre sus más señaladas excelencias, el don 
de describir, y arrancó de las- entrañas del idioma 
cuantos caudales de color, de luz y de plástica ener- 
gía guardaba él en sus más recónditos y olvidados te- 
soros, para reencarnar en palabras pintorescas las co- 
sas materiales. En pintar la beldad de la mujer era 
prolijo y primoroso. Rica galería de este género des- 
pliega, multiplicando las variantes y contraponiendo 
los rasgos y las tintas, en el tratado sobre la Belleza, 
donde su pincel moroso y sensual se detiene, ya en 
las clásicas Helenas y Frynés, ya en las aéreas Mor- 
nas y Galvinas ossiánicas, ya en las lánguidas Zizis, 
Nardinas y Delises del harén. Otro alarde de esta mis- 
ma habilidad hizo, en los «Capítulos» agregados a 
Cervantes, con la pintura de las damas que rivalizan 
en el baile de doña Engracia de Borja. 

Para accesorios de sus animadas figuras, o bien por 
simple ostentación de su poder de describir, tomó de 
lo esplendente, de lo magnífico, de lo santuario, te- 
mas de descripción, sin más trascendencia ni sentido 
que el del puro reflejo de la apariencia bella, pero 
tratados con admirable triunfo de la palabra pictó- 
rica. Así, en la aventura del puente de Mantible, en 
la parodia cervantesca, la enumeración de los tribu- 
tos que impone de portazgo el tirano Galafre, sirve de 
pretexto para lucir toda suerte de bizarrías de len- 
guaje y de color, en la descripción de vasos, colgadu- 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ras, alhajas y caballos. De este animal predilecto de 
pintores sintió Montalvo vivamente la hermosura y el 
brío : pocas veces las líneas ondulantes, la noble y 
altiva expresión, la rítmica energía, del generoso bru- 
to, se habrán trocado en palabras como cuando él lo 
pinta, ya en el torneo del castillo a que hizo asistir 
a Don Quijote, ya arrebatado por el huracán de las 
batallas, en la carga de Junín. Y fué incomparable 
paisajista: tuvo de la naturaleza, no únicamente la 
visión sensual, sino el íntimo y delicado sentimiento, 
y se singularizó, en esta parte, por cierto género de 
tablitas de égloga o idilio, pero llenas de fragante 
verdad : floridas márgenes, rincones nemorosos, jar- 
dines como los de Academo, que describió en el Ban- 
quete de Platón, y grutas como la de los coloquios de 
Numa con la Ninfa, que pintó de modo que parece 
exhalarse realmente del ilusorio círculo de imágenes 
la bocanada de frescor y de aroma. 

Este pincel de cuadros edénicos es el mismo que do- 
minaba, si era oportuno, la rudeza y humildad del 
pormenor realista, ya deleitándose, con la morosidad 
de las pinturas flamencas, en la abundancia del co- 
medor y del mercado; ya bosquejando, como en un 
apunte para nuevas geórgicas, la escena del ordeño 
en la dehesa. Y es el mismo también en cuyos trazos 
ardía el fuego del pintor de batallas: nunca en nues- 
tra lengua hubo prosa tan henchida del soplo de la 
guerra, tan vibrante con el son de clarines y tambo- 
res, tan colorida por el fiamaer de las banderas y el 
relucir de las armas, como la de aquellos bélicos cua- 
dros de Los Héroes de la Emancipación. Allí el alien- 
to de la lírica heroica se infunde, sin perder su efi- 
cacia, en la amplitud del ritmo prosaico, y exalta 
hasta los más pujantes vuelos de la estrofa rasgos 
como los que reproducen la actividad de Bolívar en 
el mando, el ímpetu de Boves en el acometimiento y 
la grandeza de Ricaurte en el sacrificio. 

De la misma raíz de producción artificiosa y refle- 



HOMBRES DE AMÉRICA 59 

xiva, que da la escogida flor de sus bellezas, vienen 
los peculiares defectos de esa prosa, no difíciles de 
percibir. En ocasiones aparece la retórica aliñada y 
compuesta como en producción de certamen, con los 
recursos clásicos y el orden convencional que ajusta 
frases, giros y figuras, cual escuadrón dispuesto por 
sus hileras. Otras veces, es la persecución desconcer- 
tada del efecto violento, en la parte sentimental o en 
el color : el énfasis declamatorio, la barroca mezcla 
de tintas, el esfuerzo patético que produce aquel «son 
tíe cuerdas tirantes», de que hablaba Taine a propó- 
sito de ciertas páginas de Dickens. Véanse, para ejem- 
plo de estas deformaciones del sentimiento y la expre- 
sión, las cartas de los dos naturalistas reñidos por el 
descubrimiento del Aimaíocare, que se incluyen en el 
tratado De la Nobleza, o la imprecación al cadáver 
de Girardot, en el de Los Héroes de la Emancipación 
hispanoamericana. Y, sin embargo, no pocas veces al- 
canzó Montalvo, no ya el gusto de la riqueza, que ese 
le tuvo a cada paso, sino aún la escogida y sobria 
sencillez y la naturalidad diamantina : aquellas que 
podrían ser loadas en los términos con que él dijo 
maravillosamente, por boca de su reencarnado Don 
Quijote, la alabanza del agua, «inocencia de la na- 
turaleza». 

En los buenos y en los malos momentos, su prosa 
es personalísima. Lo es a pesar de que leyó inmen- 
samente y escribió con infinitas reminiscencias. Por 
esta apropiación de las lecturas en el torrente de la 
concepción personal, su modo de componer no se di- 
ferencia del de los prosistas y poetas del Renacimien- 
to, en quienes, frente al inagotable botín de la rique- 
za de los clásicos, el descubrimiento era invención, por 
la energía de entusiasmo y maravilla que entrañaba, 
y la memoria, facultad creadora, transfigurándose al 
confundirse y fluir, en abrazo indisoluble, con la obra 
espontánea de la fantasía. Entre las junturas de tan- 
ta pieza de mosaico como comprende esa extensa la- 



60 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

bor de polígrafo, corre, enlazándolo y vivificándolo 
todo, una energía asimiladora y libérrima, que basta 
para sacar a plena luz el ser individual del escritor 
y para estampar, con rasgos indelebles, su sentimien- 
to de la vida y de las cosas. Esta es la magia del es- 
tilo ; ésta es la eficacia de la expresión verdadera- 
mente propia. Pocos escritores hay que, analizados en 
la abstracta entidad de sus ideas, rindan al análisis 
tan escaso residuo personal, y pocos hay también 
que, tomados en conjunto y en vivo, tengan un sello 
de personalidad tan claró y resistente. Leído una voz, 
en una sola página, Montalvo, ya no se despinta su 
carácter de escritor, y basta" que diez líneas suyas pa- 
sen de nuevo bajo nuestros ojos para obligarnos a de- 
cir: «Este es Montalvo». 

Si la grandeza y personalidad del escritor se levan-, 
tan así sobre toda salvedad, hay más lugar a reser- 
vas y distingos cuando se le juzga en la condición de 
pensador. ¿Fué pensador Montalvo? Para llenar ca- 
balmente el concepto faltóle, sin duda, no sólo la su- 
perior serenidad que pone su atalaya por encima del 
tumulto y clamor de las pasiones, sino también la 
condición, más esencial, de interesarse en las ideas 
por sí mismas, y no principalmente, como tema ora- 
torio o como arena de una justa: faltóle aquel perti- 
naz afán con que se entra por las reconditeces de una 
idea, hasta iluminar lo más entrañado y secreto ; con 
que se la apura y exprime hasta verla soltar su más 
espesa substancia. Pero no sería lícito concluir de 
aquí que toda la obra de Montalvo sea la maravilla 
plástica y formal de su prosa. ¿Qué hay, entonces, en 
Montalvo, además del incomparable prosista? Hay el 
esgrimidor de ideas : hay aquella suerte de pensador 
fragmentario y militante, a que aplicamos el nombre 
de luchador. Y encarado bajo esta faz, el valor Ideo- 
lógico de su obra iguala, o se aproxima, al que ella 
tiene en la relación de puro arte. 

No se representa bien a Montalvo quien no le ima- 



HOMBRES DE AMÉRICA 61 

gine en la actitud de pelear, y siempre por causa ge- 
nerosa y flaca. Alma quijotesca, si las hubo ; alma 
traspasada por la devoradora vocación de enderezar 
entuertos, desfacer agravios y limpiar el mundo de 
malandrines y follones. Tocando a esta condición, po- 
nemos la mano en el fondo del carácter ; en el rasgo 
maestro y significativo, que, concertándose con aquel 
otro, no menos esencial, de la pasión del decir her- 
moso y pulcro, diseñan, como el perfil de una meda- 
lla, el relieve de la personalidad. Jactábase él mismo, 
alguna vez, del poder con que había sido dotado, ((de 
castigar, ya que no de corregir, a los perversos». Tú- 
volo, en verdad ; y fué su numen de los que, de tiem- 
po en tiempo, envía a la tierra la Némesis de las me- 
didas inviolables, para ejercer, en la conciencia de 
los hombres, la jurisdicción de la vindicta. No eran el 
blanco de su preferencia las culpas contra que basta 
sonreír ; ni el procedimiento de su gusto, la intención 
que se emboza en los pliegues del acento irónico. Des- 
cubierto el jayán, pillado el belitre, arremetía de fren- 
te y buscando el centro del pecho, y no había caso en 
que menos fallara aquella portentosa ciencia del idio- 
ma que tratándose de encontrar el vocablo que expri- 
miera, con más neta precisión, el grado de la infa- 
mia o la especie de la villanía. Aun cuando diserta 
de arte, de ciencia o de literatura; aun cuando más 
absorto parece en la labor de ataujía de su estilo, 
suele suceder que la asociación de las ideas le trae 
de pronto la ocasión de señalar a un bellaco o de sa- 
car a la vergüenza alguna injusticia clamorosa ; y 
entonces, de entre los medidos escarceos de aquella 
prosa gallarda, brota, sin hurtarle el primor, el gol- 
pe instantáneo e infalible, como del cincelado puñal de 
Benvenuto el relámpago portador de la muerte... Mal 
hice si lo comparé con el artíñce-bravo ; fuera menes- 
ter buscar el nombre del artífice-paladín ; pero quede 
la comparación hasta donde signifique el parecido con- 
sorcio de una acometividad de primitivo con el más 



G2 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

puro y religioso instinto de arte. Y como la difusión 
y perennidad de lo que el arte unge con su luz asegu- 
ran la difusión y perennidad del castigo para el mal- 
vado a quien, de otra suerte, escudaría la pequenez 
de su escenario en el mundo, pero a quien se condena 
a inmortal crucifixión en la cruz de la palabra bella, 
Montalvo, el artista y el honrado, levanta en los pun- 
tos de la pluma a su vecino el traficante, el cortesano 
o el difamador, y con su propio nombre, le fuerza a 
que desempeñe su papel, o a que se le recuerde por 
analogía, en la obra de entretenimiento que está tra- 
bajando para que dure. Así, en los capítulos de la 
parodia cervantesca, Don Quijote tropieza cierta oca- 
sión con un ahorcado, y este ahorcado es Ignacio Vein- 
temilla. Así, en el episodio de «Eutropio», del ensayo 
sobre El Genio, y en el Banquete de Xenofonte, y en 
muchas partes más, otros nombres reales comparecen, 
ya en la integridad de sus letras, ya muy tenuemen- 
te velados, y todo3 con puntual y terrible oportunidad. 
Este es fuero de artistas vengadores, que instituyó el 
más grande de ellos, señalando el lugar de sus con- 
temporáneos en los círculos del eterno dolor, y que 
usó también Miguel Ángel cuando puso a los repro- 
bos del Juicio final el semblante de sus enemigos. 

Y, sin embargo, como es frecuente que suceda en 
estas conciencias procelosas, había en lo hondo de la 
de Montalvo veneros inexhaustos de simpatía, de be- 
nevolencia y de piedad ; entre las asperezas de aque- 
lla alma desgarrada por pasiones volcánicas, arroyos 
de leche y miel, vallecicos de beato sosiego, que pres- 
tan sombra y frescura a no pocos pasajes de su obra, 
donde, en cerco de amargor y energía, las mansedum- 
bres parecen cobrar más suave encanto, como el pa- 
nal que creció en la boca del león. Y en estos reman- 
sos de la obra, suelen reflejar sus imágenes candidas, 
sueños de pureza y amor, bendiciones como de plega- 
ria, delicadezas y ternuras de su sensibilidad moral, 
que dejan comprender con cuánta verdad dijo de sí 



HOMBRES DE AMÉRICA 63 

propio : «Un tigre para los perversos, para los bue- 
nos siempre he abrigado corazón de madre». En oca- 
siones, la misma imprecación fulminadora brota de 
sus labios penetrada de una como ternura sacerdotal, 
de uno como amor querelloso, que, ablandándola el 
son, la hacen más excelsa y solemne. «¡Gabriel! — cla- 
maba una vez, en lo más recio de su guerra con Gar- 
cía Moreno. — ¡Gabriel! Nombre de ángel, nombre que 
el Señor pronuncia cuando quiere llamar a su prefe- 
rido...» 

Sazón de sus cóleras como de sus apaciguamientos 
fueron también las sales de la comicidad. Tuvo el don 
de reir, y le tuvo de cepa puramente esañola, como 
todas las partes de su ingenio, y diversificado en la 
más rica gama : desde la risa vengadora y mortal, 
hasta la de inocente regocijo ; y desde la sonrisa que 
punza, y la que compone con una lágrima el agridul- 
ce de la melancolía, hasta aquella otra, más vaga y 
persistente, que significa sólo salud de alma y vigi- 
lante apercibimiento del gusto. Porque, además del 
reir accidental y concreto, su obra entera está acor- 
dada a un tono de donaire, de desenfado y jovialidad, 
que es como un continuo sonreír, a través del cual se 
filtra la expresión y sale ungida de gracia. Páginas 
de donde falte ese espíritu, cediendo el paso a una, 
austera gravedad, pocas tiene Montalvo. Cierta vena 
de gracejo y malicia es elemento que se nos figura in- 
dispensable, hasta con relación a los procedimientos 
y el arte de su estilo. Aquella prosa tan raramente 
trabajada, tan compuesta y artificiosa, tan pregonera 
de singularidades y arcaísmos, escollaría, a menudo, 
en apariencia afectada y pedantesca, si no llevara den- 
tro de sí propia el correctivo, con este mordicante de 
la gracia, que disipa el sabor de fatuidad retórica, y 
por el que parece que los mismos amaneramientos y 
violencias del estilo están puestos allí con mica salís, 
como en la alegre petulancia de un juego. 

Otro carácter esencial de su literatura, porque lo 



64 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

fué también de su persona y de su vida, es el tono de 
nobleza y superioridad. Ese perenne agitador contra 
autoridades falsas y pequeñas, tuvo el profundo sen- 
timiento de las verdaderas y graneles. Liberal, hasta 
donde alcanza lo noble del sentido ; demagogo ni ple- 
beyo, nunca. En calidad de ideas, como en temple de 
ánimo, como en gustos de estilo, caballero de punta 
en blanco. Amó la libertad con el amor del corazón 
orientado a la justicia y de la inteligencia prendada 
de un orden ; jamás con la pasión lívida y astrosa 
del que padece hambre de lo que concedieron a los 
otros la naturaleza o la fortuna. En infinitas partes 
de su obra se siente vibrar hacia abajo el menosprecio 
por las que él graduaba, en medida de dignidad y gen- 
tileza, de «almas de marca menor». Repugnábale par- 
ticularmente la ruindad del libelista, del picaro de 
pluma, del villano borroneador que unta en babas de 
la plebe estos generosos moldes en que consagraron el 
bautismo de nuestra cultura los Stéfanos, Manucios y 
Elzevirios. Una vez escribió : «La imprenta, esa ma- 
trona romana...» Y su natural aristocrático se mani- 
fiesta con un sello muy español, muy proveniente de 
las raíces de la sangre. Cierto entono hidalguesco, 
cierto ritmo y alarde de castiza altivez, parecen dibu- 
jar, en derredor de su persona, la rozagante anchura 
de la capa. La inmortalidad no ha apodado el Don a 
su nombre, porque es complementario y característico 
de él. Don Juan Montalvo ha de decirse siempre, y 
nunca Juan Montalvo. El Don, antepuesto a moder- 
nos nombres famosos suena ordinariamente a señal 
de desestima; y así, ¿quién, sin intención de rebajar, 
diría don Domingo Sarmiento o don Gustavo Bécquer? 
Pero él recobra, en labios de la fama, su condición 
original de título de dignidad, cuando, por cierto tem- 
ple señoril de la persona ilustre o ciertas peculiares 
condiciones de su espíritu, cae el Don sobre el nom- 
bre con la oportunidad de un rasgo de carácter. Na- 
die lo suprimiría, sin mal tino, al nombrar a ese otro 



HOMBRES DE AMÉRICA 65 

don Juan de noble alcurnia, que se llamó don Juan 
Valera. Nuestro don Juan ecuatoriano, mucho más re- 
cia y andantescamente caballero que aquel sofista 
delicioso, en la parte grave de la vida, fué, tanto 
como él, hombre entendedor del vivir bello y rega- 
lado, artista en la sensualidad, según lo acreditan 
desde sus pinturas de mujeres, trazadas con delecta- 
ción morosa, en cuadros de salacidad a lo Boucher, 
hasta aquellas descripciones de manjares y primores 
de la mesa rica, donde puso la pericial prolijidad 
de un magnate razonador del paladar goloso, como 
don Enrique de Villena. 

Si, juzgado dentro del ambiente social contra que 
reaccionó, fué Montalvo un radical y un rebelde, nos 
lo parece mucho menos cuando le consideramos en 
relación al modo de pensar que, en su propio tiem- 
po, prevalecía allí donde llegaban sin obstáculo las 
corrientes del mundo. Su propaganda liberal, más que 
difundir ideas que labrasen en las creencias y los 
sentimientos religiosos, se dirigió a fulminar la reali- 
dad viva y concreta de la intolerancia erigida en 
fuerza política. No fué Montalvo, en el sentido en que 
lo fué Bilbao, un revolucionario de las ideas, venido 
a remover en sus mismos fundamentos la conciencia 
de una generación, franqueando el paso a filosofías 
de abierta independencia. Montalvo, más que en la 
doctrina, más que en el dogma, que nunca combatió 
de frente, se encarnizó en el hecho de la degeneración 
de la piedad, como sustentáculo de tiranía y como más- 
cara social de vicios y de bajas pasiones; y no sólo 
dejó a salvo, en su tradicional integridad, la fe reli- 
giosa, sino que, en mucha parte, desenvolvió su pro- 
paganda en son de vindicta y desagravio por la pu- 
reza de esa fe. Porque, con cierta vaguedad y libre 
arranque que le tuvieron siempre fuera de confesión 
determinada, era creyente y cristiano ; nunca ultra- 
pasó los límites de aquel inocente liberalismo que se 
compadecía, en nuestros padres, con la propia cali- 

HOMBJES DE AMÉRJCA 5 



66 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

flcación de católico, y sentía con intenso fervor la re- 
ligiosidad y la moral evangélicas, que más de una 
vez fijó su pluma en r-asgos de indeleble unción. Su 
concepto del clérigo ideal le inspiró el episodio de El 
cura de Santa Engracia, que recuerda a Monseñor 
Bienvenido, o al Fra-Cristóforo de Manzoni. Nada tan 
penetrado del sentimiento de la autoridad sacerdotal, 
como la comparación, desenvuelta en alguno de los 
Siete Tratados, de la palabra del ministro de Dios 
con el agua que satisface las ansias del sediento. Ese 
Anticristo, escándalo de sacristanes y beatas, era en 
realidad un alma profundamente religiosa. 

La literatura de Montalvo tiene asentada su peren- 
nidad, no solamente en la divina virtud del estilo, 
sino también en el valor de nobleza y hermosura de 
la expresión personal que lleva en sí. Pocos escrito- 
res tan apropiados como él para hacer sentir la con- 
dición reparadora y tonificante de las buenas letras. 
Su amenidad, su deleitoso halago, están impregnados 
de una virtud más honda, que viene del innato po- 
der de simpatía y del ritmo enérgico y airoso de la 
vida moral. En horas de abatimiento y displicencia, 
su lectura levanta y corrobora el ánimo ; y para 
quienes le conocen de cerca y han llegado a ser ín- 
timos con él, cualquiera página suya trae, aún in- 
dependientemente del sentido, una expresión de son- 
risa y de consuelo, como el son de esas dulces voces 
familiares que llevan su propiedad balsámica en el 
timbre, más que en la palabra. Hay autores que a 
sus prestigios y excelencias de orden literario, reú- 
nen un no aprendido don magistral con que instituir 
la disciplina de la sensibilidad y de la mente y for- 
mar el concepto de la vida. Montalvo es de éstos. La 
abundancia de ideas morales, pintorescas y cálidas ; 
el generoso entusiasmo, la fortaleza y alegría de al- 
ma, el temple varonil, le hacen particularmente ap- 
to como mentor y amigo en los días de la juventud, 
ruando el hervor de esas primeras lecturas, que, sí 



HOMBRES DE AMÉRICA 67 

son nobles y viriles, infunden en el alma, para el 
i de la vida, el dejo inextinguible de un bautismo 
de fuego o de una iniciación religiosa. Es de aquellos 
a quienes puede decirse : «Ármame caballero». Tuvo, 
entre los rasgos que má3 definen su carácter, la ad- 
miración franca y ferviente: el alma abierta a la 
prensión plena, entrañable, de todo lo bueno, de 
i lo grande, de todo lo hermoso : en la naturale- 
za y en el arte; en las cosas del pensamiento como 
on las de la acción; en el alma de los hombres como 
en el genio e historia de las sociedades. Era un ra- 
dical optimista por la constancia de su fe en aquellas 
nociones superiores que mantienen fija la mirada en 
una esfera ideal: bien, verdad, justicia, belleza; aun- 
que, frente al espectáculo de la realidad, le tentara, 
a menudo, aquel pesimismo transitorio que es como 
el lamento de esa misma fe, desgarrada por el áspe- 
ro contacto del mundo. «Un perverso para cada diez 
hombres, mucho honor para el género humano». Su 
potestad satírica, su profética fuerza de maldecir y 
fulminar, no eran sino como el aspecto negativo de 
virtud de admiración y de amor que fluía, en hir- 
ites olas, de su alma. Con igual apasionado im- 
pulso ensalza a Napoleón el grande y deprime a Na- 
poleón el chico. El sentimiento de la naturaleza era 
en él tierno y respetuoso. Idea inspirada, y de genui- 
no cuño quijotesco, es la que, en los «Capítulos» agre- 
gados a Cervantes, le lleva a hacer intervenir la acti- 
va piedad del caballero en defensa de los árboles he- 
ridos por el hacha del leñador. Al comentario y jui- 
cio de las obras del arte llegaba con esa a modo de 
inspiración refleja; con esa lúcida y enamorada sim- 
patía, que participa del estremecimiento y la virtuali- 
dad de la creación. Así acertó a reproducir el alma 
de los colores y las notas hablando de la Transfigu- 
ración de Rafael, de La Flauta Encantada de Mozart, 
de la sinfonía de El Océano de Rubinstein. Así glori- 
ficó, en admirables loas, a Byron, a Castelar, a Víctor 



68 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Hugo. Puso on esta crítica lírica la exaltación del ver- 
bo pindárico, y expresó elocuentemente su manera de 
entender el juicio y el sentido de lo bello, con aquel 
amplio y generoso concepto de la crítica que, en una 
página de su parodia del Quijote, puso en labios de 
don Prudencio Santiváñez, en discusión con el mar- 
qués de Huagra-Luigsa. 

Como realización de belleza, como obra de estilo, 
que es el aspecto principal en ella, la literatura de 
Montalvo ofrece, en su conjunto, un carácter difícil 
de comparar y definir. Los símiles comunes, que par- 
ten de la simplicidad de una idea de fuerza o de gra- 
cia, son por igual insuficientes para sugerir aquel ca- 
rácter. No es la espontaneidad desordenada e indó- 
mita de la selva virgen ; la abrupta irregularidad de 
la montaña enorme. No es la prosa de Sarmiento, sin 
proporción ni vigilancia de sí misma. Pero no es 
tampoco el jardín de Italia o de Grecia, la indefi- 
ciente sobriedad, el constante imperio de lo gracioso 
y de lo suave, el simple marco de plátanos y olivos 
del diálogo platónico. Para buscar a tan personal es- 
tilo imagen propia sería necesario figurarse una sel- 
va del trópico ordenada y semidomada por brazo de 
algún Hércules desbrozador de bosques primitivos; 
una selva donde no sé qué jardinería sobrehumana 
redujese a ritmo lineal y estupendo concierto la abun- 
dancia viciosa y el ímpetu bravio ; o bien una monta- 
ña recortada en formas regulares, una montaña co- 
mo aquélla que, en tiempos de Alejandro, Dinócrates 
soñó esculpida para monumento del conquistador. — 
I El Cotopaxi!... ¿Por qué recuerdo ahora al Cotopa- 
xi?... — ¿No está él allí, junto a la línea equinoccial, 
cerca de donde Montalvo vino al mundo, y no ofrece 
en sí mismo la representación de lo que quiero decir? 
El Cotopaxi es un primor colosal, un alarde arquitec- 
tónico de la montaña. Sobre sumiso acompañamiento 
de cumbres, levanta el éter la maravilla de su forma 
un inmenso cono truncado, de tal perfección como si 



HOMBRES DE AMÉRICA 69 

fuese obra de compás; y revistiéndolo perennemente 
de diamante, inmaculada nieve dibuja, en el azul in- 
tenso del cielo ecuatorial, la pureza de aquellas líneas 
sublimes. Acaso la singularidad de esta imagen exci- 
tó en el contemplativo espíritu del niño un primer 
sentimiento de la norma de belleza, a un tiempo re- 
gular y atrevida, que el hombre había de fijar al arte 
de su estilo : pocas veces, como en esa montaña y esta 
prosa, se ajustó a tan precisos números lo grande. 



VII 



La encantada labor literaria con que endulzaba 
el tedio de la proscripción en su pobre refugio de 
aldea, no era engañoso sueño que apartase del pen- 
samiento de Montalvo la sombra de la tiranía. Cuan- 
tas veces tuvo ocasión, desde aquella misma soledad 
o en sus breves salidas a centros más poblados, hizo 
resonar la palabra que le evocase, erguido e implaca- 
ble, en la memoria del tirano ; alentador y tutelar, 
en la de su pueblo. El continuaba personificando las 
protestas, él las esperanzas, de la libertad. 

En la ciudad del Istmo dio a la imprenta, en oc- 
tubre de 1874, el opúsculo La Dictadura perpetua, 
donde replica al periódico Star and Herald, que abo- 
gaba por la reelección de García Moreno. Allí se rea- 
bre, con impaciente y nerviosa brevedad, el proceso 
de la tiranía; allí se sostiene que conspirar es deber, 
contra el déspota que «dividió al pueblo ecuatoriano 
en tres partes iguales, y la una la dedicó a la muer- 
te, la otra al destierro, la última a la servidumbre». 
Rasgos de éstos quedan como en acero, entre las mar- 
chiteces de la entonación declamatoria. «El soldado 
sobre el civil, el fraile sobre el soldado, el verdugo 



70 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

sobre el fraile, el tirano sobre el verdugo, el demo- 
nio sobre el tirano». 

Esta elocuente invectiva resonaba en momentos en 
que había de tener tremenda eficacia. Aproximábase 
la hora del término legal del gobierno y de la reelec- 
ción indisputable. El largo silencio, la reforzada paz, 
concentraban en la cavilación de los indómitos la ener- 
gía estrechada con el cansancio y la adaptación del 
mayor número. La juventud que abría los ojos en los 
claustros universitarios era nueva y virgen conciencia 
donde imprimía sus imágenes el espectáculo de la 
opresión. Todo concurría a presagiar el arrebato ex- 
tremo y febril. Sin carteles en los pilares, la suges- 
tión anónima tentaba el ánimo de Bruto. En la tarde 
del 16 de agosto de 1875, cuatro conjurados, entre 
ellos un estudiante de la Universidad, aguardaban, 
dentro del propio palacio del gobierno, el paso del 
déspota. Cayó atravesado de bala y de puñal, tiñendo 
con sangre de sus venas las hojas del mensaje en que 
venía de escribir 3a ratificación de su programa. 

Crimen heroicamente inspirado, pero inútil, como 
casi todos los de esta especie, y más que inútil, fu- 
nesto. Pronto se había de ver que, después de la te- 
rrible violencia, no ganaría la causa de la libertad, 
y perderían la de la civilización, la del orden, la de 
la formación de la patria. Montalvo, participando de 
un extravío que ennoblecen, ya que no legitiman, los 
extremos del dolor patriótico y de la indignación hu- 
mana, recibió la noticia en su amargo destierro, y es- 
cribió, con mezcla de júbilo y soberbia: «Mía es la 
gloria; mi pluma lo mató». Luego, anhelando por avi- 
var con su aliento la vindicada libertad, volvió a la 
patria, de la que le alejaran siete mortales años de 
obscuridad y abandono. El voto popular había llevado 
a la presidencia a Borrero, hombre de prestigios cí- 
vicos y que gozaba reputación de liberal. Desde que 
él subió al gobierno, se aflojaron un tanto los proce- 
dimientos y las formas; pero quedaba en pie la Cons- 



HOMBRES DE AMÉRICA 71 

titución que García Moreno había modelado en su de- 
lirante fanatismo: aquella teocrática constitución de 
1869, que negaba el derecho de ciudadanía a los que 
no se declarasen católicos, y lo suspendía a los afilia- 
dos a sociedades prohibidas por la Iglesia. Instado 
por la opinión liberal a provocar la reforma de esa 
Constitución, bajo cuyo imperio era legalidad la in- 
tolerancia, extranjería el pensar por cuenta propia, 
Borrero lo resistió obstinadamente, y la reforma cons- 
titucional vino así a ser el símbolo de una oposición 
que pronto rebosó en inquietud revolucionaria. A esta 
oposición contribuyó Montalvo eficazmente con la pro- 
paganda de El Regenerador. 

No había transcurrido un año de la presidencia de 
Borrero cuando la revolución liberal cundía desde las 
costas del Pacífico hasta las faldas del Pichincha. Se 
pronunció el movimiento en Guayaquil, el 8 de sep- 
tiembre de 1876, y tuvo por jefe al general don Igna- 
cio Veintemilla. La personalidad vulgar y siniestra de 
ése hombre, bien diseñada ya por aquel tiempo, — se- 
gún se desprende de las propias Catüinarias de Mon- 
talvo, — podría justificar la inculpación que se hiciese 
a los liberales, de haber buscado o aceptado en él un 
instrumento de regeneración, si no fuesen tan fre- 
cuentes en las angustiosas crisis de estos pueblos, y 
tan humanas al fin, ese género de transacciones que 
olvidan o disculpan los antecedentes sombríos de un 
caudillo, cuando tiene en sus manos la fuerza con 
que dar impulso a una reacción y levanta por ban- 
dera el propósito de consumarla. Triunfante aquella 
revolución, generosa y justa en sus orígenes, y lle- 
gado Veintemilla al poder, no tardó el desengaño para 
los amigos de la libertad que se habían agrupado en 
torno suyo y que le vieron desembozar, desde su en- 
cumbramiento, una ambición grosera y torpe, ajena 
a toda mira superior y a todo estímulo ideal. Ese des- 
engaño tronó por boca de Montalvo. De él fué, esta 
vez como siempre, la más altiva palabra de acusación 



72 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

y de protesta. En 1878 lanzaba desde Ambato su 
opúsculo La peor de las revoluciones, donde fustigaba 
la suspicaz obsesión del gobernante ocupado en fin- 
gir, o magnificar, tenebrosas conjuras, que cohonesta- 
sen sus abusos de autoridad y sus alardes de fuerza. 
No demoraron en llegar a la persona del acusador ta- 
les excesos: el primer liberal desterrado por Veinte- 
milla fué Montalvo. 

Al gobierno reaccionario y despótico, pero inteli- 
gente y sabedor de sus rumbos, que se personificó en 
García Moreno, sucede así, tras breve interregno, el 
personalismo sin ideas ni orden, que representa Vein- 
temilla. Esta brutal dominación soldadesca, no tiene 
un rasgo que la realce, ni siquiera que la diferencie, 
dentro de las más bajas formas del despotismo mili- 
tar que ha sido el más frecuente remate de las con- 
vulsiones de la demagogia hispanoamericana. Es la 
vulgar historia del audaz improvisado, a quien la 
aventura del motín, u otra complicidad de la fortu- 
na, franquean el camino de una prepotencia personal, 
más o menos azarosa y efímera, más o menos sangui- 
naria y rapaz, que suele disfrazarse, como en este 
caso, con la grotesca máscara de un liberalismo his- 
triónico y alborotador. Las proscripciones a lo Sila 
despejaron el campo para mayores desafueros. El 
amordazamiento de la prensa ; el atropello de la cá- 
tedra; el látigo azotando en la prisión las espaldas 
de periodistas y estudiantes; muertes que dejan du- 
das y sombras de veneno ; y para pagar la perpetua 
orgía de cuartel, las exacciones y el despilfarro de las 
rentas públicas, mientras se desmorona, en la incuria 
y el desorden, la obra de organización con que ate- 
nuara las culpas de su férreo despotismo el gobernan- 
te clerical. Así se definió en breve tiempo ese régimen 
de barbarie afrentosa, que había de caer cinco años 
más tarde, vencido por sus propios excesos más que 
por las armas de otra revolución, después de haber 
renunciado a la apariencia de la legalidad procla- 



HOMBRES DE AMÉRICA 73 

mando la dictadura, y de haber puesto el colmo a sus 
rapiñas y violencias con el saqueo de un banco de 
Guayaquil, a la luz del mediodía, por los soldados 
del Ejército. Montalvo, refugiado en Panamá, asilo 
y tribuna tantas veces del liberalismo ecuatoriano, 
preparaba allí el arco de su palabra vengadora. 

Panamá vio nacer las Caiilinarias. Desde que esta 
obra salió a luz, hubo, para Veintemilla, América y 
posteridad que le mirasen. Nunca gavilanes de pluma 
se hincaron con más despiadada fuerza en las entra- 
ñas de una tiranía y en la fama de un tiranuelo. La 
prolijidad del odio no es capaz de más codicioso re- 
busco de afrentas; pero el odio que allí hierve es odio 
santo, que ennoblece y realza el furor del ultraje per- 
sonal. Abolengo, figura, antecedentes; vicios y tachas 
de la vida íntima ; defectos de la inteligencia y de la 
educación ; crímenes de la vida pública, puntualiza- 
dos en cuanto a la opresión, en cuanto a la felonía, 
en cuanto al asesinato, en cuanto al robo : nada de 
lo del déspota escapa a la terrible inquisición que 
lleva adelante la pluma; todo él cuelga a lo largo de 
ese libro, como de una horca, desgarrado y sangrien- 
to con los colmillazos de la sátira. Burla, sarcasmo, 
execración, infunden alternativamente su soplo a una 
retórica que, por lo demás, no pierde, ni un momen- 
to, la dignidad del ritmo oratorio. Quieren las condi- 
ciones a que ha debido adaptarse la obra de la inte- 
ligencia en los pueblos de América, que algunas de 
las cosas mejores de la literatura americana tengan 
originariamente el carácter de panfletos políticos, y 
que debajo de estas formas transitorias hayan alen- 
tado inspiraciones de pensamiento y de arte, de ésas 
que en un ambiente de cultura adulta florecen en su 
forma propia y cabal. Así, el Facundo es el panfle- 
to que participa de la índole de la historia pintores- 
ca y de la filosofía de la historia ; las Caiilinarias son 
el panfleto que vincula su naturaleza con la de la 
obra de estilo y de clásica literatura. Esa prosa, como 



74 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

el verso de los Yambos de Barbier y de los Castigos 
de Víctor Hugo, exprime el zumo mortal en copa cin- 
celada con el primor de un monje orífice; saca de 
belleza, energía, y cual si anhelase hacer sobrevivir 
el contagioso ardor de su pasión al tiempo que se- 
rena los odios, pide, para el odio suyo, a la magia 
de la forma, la fianza de la inmortalidad. 



VIII 



Consumado ese desquite, quiso Montalvo continuar 
en Europa su destierro. Allí le llevaban no sólo la 
natural gravitación de su espíritu y la perspectiva 
de larga expatriación, sino también el propósito de 
extender y realzar a una sanción definitiva su fama 
literaria. Con él iba el manuscrito de los Siete Trata- 
dos, su obra más característica y soberbia, y la que 
debía, en efecto, producir el acrecentamiento de su 
nombre. Llegado a Francia, dio a imprimir el libro 
en Besanzón. Con cuánta solicitud y cuánto anhelo 
cuidó de él mientras lo imprimían, se vé por el co- 
mentario que de los afanes de la impresión hizo en 
graciosas notas. Publicado el libro en 1882, y lleván- 
dolo como de heraldo, se trasladó a Madrid, de don- 
de le sonreía la esperanza del triunfo. 

Allí frecuentó por algún tiempo la sociedad litera- 
ria, en la que fué su introductor Emilio Castelar. Con- 
firmó admiraciones y simpatías por autores cultivados 
de lejos; decepcionóle el carácter real de otros, y no 
faltó ocasión en que su natural altivez de Inca de 
las letras, nacido en los contornos de la corte de Ata- 
hualpa, se encrespase con la acogida displicente de 



HOMBRES DE AMÉRICA /O 

algún ilustre infanzón de la pedantería. En lo verda- 
deramente alto, halló quienes le hicieran justicia ca- 
bal Leopoldo Alas habló de él con franco homenaje, 
y don Juan Valera túvole siempre en singular pre- 
dilección, inclinándose a señalarle el más encumbrado 
puesto entre cuantos, en verso o prosa, habían es- 
crito en América hasta entonces. El triunfo inmedia- 
to de su libro no fué, con todo, ""tan extenso ni in- 
tenso como hubiera sido justo esperar de aquel so- 
berano esfuerzo aplicado a devolver su integridad y 
resplandor a los tesoros de la lengua. Para privar en 
ciertos círculos y merecer ciertas sanciones, dañó, sin 
duda, a Montalvo la libre condición de sus ideas, que 
aún solía ser allí capitis diminutio para los tribunales 
de la literatura oficial. En suma, de las impresiones 
de este viaje pareció quedar en el fondo de su espí- 
ritu cierto dejo de acritud y desengaño. 

Volvió a París, donde permaneció hasta su muer- 
te. A poco de su vuelta, hubo de recoger el arco ven- 
gador de El Cosmopolita y las Catilinarias para po- 
ner en blanco un dardo de 'los suyos. Fué el caso 
que el Arzobispo Ordóñez, de Quito, escribió, con mo- 
tivo de los Siete Tratados, toda una Pastoral, en la 
que señalaba a la execración de los creyentes al li- 
bro y al autor. La censura era, por la forma, imper- 
tinente y grosera; y desde luego, el hecho de que 
obra que hoy nos parece de tan inofensiva amenidad 
suscitase de la intolerancia tal movimiento de escán- 
dalo, basta para dar idea de un estado social. Mon- 
talvo sintió el agravio en su altivez, y la indignación 
en su conciencia de libre pensador y ciudadano ; y 
de entrambos sentimientos tomó impulso la Memorial 
eclesiástica, o el Libro de las verdades, violentísima 
réplica, de donde la persona del provocador sale tan 
duramente tundida como, en general, el clero de su 
tiempo, y donde hay rasgos magistrales para satirizar 
la devoción viciosa y simoníaca y la apocada y servil. 



76 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

No fué ésa la última de sus publicaciones. Vol- 
viendo a la idea que le había inspirado El Cosmopo- 
lita, ' comenzó a dar, en 1887, El Espectador, nuevo 
ensayo de revista unipersonal, como la de Addison, 
de que alcanzó a imprimir, hasta poco antes de su 
muerte, unos seis números, en otros tantos primoro- 
sos tomitos (don Juan gustó siempre de la pulcridad 
y acicalamiento tipográficos), alternando en sus pági- 
nas los juicios de literatura, el comentario de actua- 
lidades sociales y políticas, las disertaciones sobre 
costumbres y legislación y las variedades amenas. De 
Addison pudo tomar para tal obra el nombre y el 
plan ; no, ciertamente, el carácter, que en nuestro 
impetuoso y brillante americano tiene poquísimo de 
aquella estrecha rigidez moral y aquel perpetuo come- 
dimiento de corte, del ensayista del primitivo Especta- 
dor. El estilo es, en estos opúsculos, más abandona- 
do y corriente que en los demás escritos de Montal- 
vo ; el valor e interés del fondo, muy desigual, como 
de obra, al fin, que participa de la naturaleza y con- 
dición del periodismo. 

Entre sus papeles inéditos se halló, después de su 
muerte, un opúsculo, o quizá esbozo de libro de más 
aliento : la Geometría moral, dada a la estampa en 
1902. El motivo que enlaza las varias partes de este 
capricho es la ingeniosa interpretación de las líneas 
y figuras geométricas como símbolos de caracteres y 
pasiones : allí el alma do Napoleón es el cuadrado, 
el triángulo la de César, el círculo la del Petrarca. 
Sobre el fondo de estos sutiles alambicamientos, que 
paran en la más donosa y pintoresca de las filosofías 
eróticas, pone Montalvo la novela de un seductor irre- 
sistible, a quien llama don Juan de Flor: nuevo y 
exacerbado Tenorio añadido a la incontable posteri- 
dad literaria del Burlador de Sevilla, con gran pres- 
tigio de la imaginación, aunque con menos de carácter 
real que de prototipo hiperbólico y tremendo. Citan- 



HOMBRES DE AMÉRICA 77 

se, además, del tiempo de su juventud, ensayos dra- 
máticos que no he visto, como tampoco un poema de 
viajes, a imitación de Childe-Herold, que bosquejó 
cuando sus primeras peregrinaciones por Europa. 

En cuanto a su vida de estos últimos años, muy 
poco más es lo que sé. De la política de su país tú- 
vose por definitivamente apartado, y nunca llegó a 
ver lucir en él el franco albor de libertad y organi- 
zación por que anhelaba en vano desde la juventud. 
Un movimiento revolucionario para el que aunaron 
sus fuerzas liberales y conservadores, había derriba- 
do, en 1883, la afrentosa dictadura de Veintemilla. 
Durante los dos gobiernos que, en vida de Montalvo, 
la sucedieron, si bien el ejercicio de la autoridad 
guardó mayor decoro y mejoró el orden de la admi- 
nistración, no llevó trazas de desarraigarse aquella 
lepra de intolerancia y apocamiento clerical que era 
allí el mal congénito de la patria. No sé si bajo el go- 
bierno de Caamaño, o bajo el de Antonio Flores, fué 
electo Montalvo senador; pero ni aceptó esa investi- 
dura, ni le tentó en ninguna otra ocasión el pensa- 
miento de la vuelta. Y no porque la vida del destie- 
rro tuviera para él ventajas de bienestar, ni halagos 
de especie menos alta que los que cabe suponer en 
la adaptación de su espíritu a un ambiente superior 
de cultura. Vivía pobre y con escasos amigos. Sólo 
las gracias invisibles llevaban risa y embeleso a aque- 
lla callada habitación de la Rué Cardinet. Aún en el 
oasis del arte, hubo de sentirse, a menudo, extraño y 
solo. Su propensión apasionadamente idealista, su 
gusto clásico y selecto, le apartaban, con todas las 
fuerzas de su alma, del naturalismo literario, que es- 
taba en su triunfal plenitud. Abominó, como cualquier 
otra simonía, la de la fama que se aumenta siguien- 
do la corriente del tiempo. Tampoco recurrió, a pesar 
de su poca prosperidad, al producir sin alma y por 
oficio, que jamás conoció en su vida, una de las ra- 



78 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ras de escritor en que el uso del natural privilegio 
mantuvo, del primero al último día, su soberana li- 
bertad. En cambio, cualquier empeño desinteresado y 
andantesco halló pronta y voluntaria su pluma, es- 
pada nunca enmohecida, como cuando fué la ocasión 
de salir en desagravio de la mujer americana, que 
un papel de París trataba torpemente, comentando 
los matrimonios de aristócratas del Viejo Mundo con 
ricas herederas de América. Por este mismo tiempo, 
algún tiranuelo viajante, de esos que las borrascas, o 
los turnos, de nuestras democracias, suelen enviar a 
las playas de Europa en blando ostracismo de despil- 
farro y vanidad, quiso desplegar hacia él un ade- 
mán de Mecenas, que él contuvo apenas esbozado. En 
la obscuridad de aquel solitario retiro no se encendió 
una luz que no reverberase en la limpieza de la 
honra. 

Sobrevino así el mes de enero de 1889. Ese invierno 
le postró en el lecho, dañado el pulmón con las re- 
liquias de un mal que le aquejara un año antes. Pro- 
nuncióse la gravedad desde luego ; fué menester ope- 
rarle, y rechazando el anestésico que le proponían, 
afrontó con estoica impasibilidad el dolor. Estoico tam- 
bién para la certidumbre de su próximo fin, le vio lle- 
gar entero en el ánimo, entero en la mente. — «Me sien- 
to capaz — decía a sus amigos, — de componer una ele- 
gía como nunca la hiciera en los años de mi juven- 
tud». — Cuando lució el postrero día quiso abandonar el 
lecho ; se vistió con pulcritud y aliño, como quien 
espera a su enamorada o su señora, y se sentó para 
morir. Aún tuvo un último deseo, y fué que le rodea- 
sen de flores. — «Un cadáver sin flores, — daba por ra- 
zón de esta voluntad, — me ha entristecido siempre».— 
Trajéronle las pocas y lánguidas que la estación ponía 
al alcance de la mano ; y teniéndolas consigo, espiró. 

Hermoso sueño de inmortalidad es la inmortalidad 
de los Campos Elíseos, donde las almas bienaventu- 



HOMBRES DE AMÉRICA 79 

radas mantenían, como en una tierra mejor, pero no 
esencialmente distinta de la realidad del mundo, los 
rasgos característicos de su personalidad terrena y las 
formas de su envoltura corpórea. Allí los que dedica- 
ron su vida a las ideas podían seguir consagrándose 
a tan altos amores; iluminados de nueva y más sere- 
na luz ; en los bosques de laurel donde Virgilio vio, 
ceñidos de ínfulas blancas, a los poetas y los sacerdo- 
tes. ¿Qué ficción más bella que ésta para complacer 
a aquel nostálgico anhelo con que pensamos en las 
grandes almas desaparecidas cuya intimidad quisié- 
ramos penetrar, más allá de lo que nos dicen de ellas 
los recuerdos que dejaron y los libros que escribie- 
ron?... Interesante cosa sería encontrar, en ten ama- 
ble eternidad, la sombra de Montalvo. Conservaríamos 
allí de la maravillosa condición y divina virtud de las 
palabras; de la música de su son y la arquitectura 
de sus ordenaciones ; del placer de cuando se nos 
rinden y el dolor de cuando nos huyen, y del don de 
evocar y de hechizar que en sí tienen. Conversaríamos 
también de los heroísmos de la historia, de la evoca- 
ción de la caballería y del amor de la libertad. 

Aquel grande espíritu encarnó, según dicen los que 
le conocieron, en figura consonante con la realidad de 
su ser. Yo la represento en mi imaginación por esas 
noticias : la talla procerosa, relevado el pecho, enhies- 
to el andar, la color morena, luengo el torno del ros- 
tro ; la frente amplia y desembarazada, entre la per- 
petua rebelión del cabello, montón de negros anillos, 
y el ignipotente mirar de unos ojos adonde confluían 
los relámpagos del pensamiento y las llamaradas del 
ánimo. La nariz, recta y valiente, como que daba tes- 
timonio de los atributos de la voluntad ; y en las co- 
misuras de los labios, desdeñosos y finos, se posaba 
aquel género de amargor con que persiste en el orgu- 
llo hidalgo el dejo de la ingratitud y la bajeza del 
mundo. 

Esta señoril imagen tiene ya, no sé si en Guaya- 



80 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

quil o en Quito, una estatua donde perdura. Cuando, 
en un cercano porvenir, los pueblos hispanoamericanos 
pongan en acervo común las glorias de cada uno de 
ellos, arraigándolas en la conciencia de los otros, la 
imagen de Montalvo tendrá cuadros y bustos que la 
multipliquen en bibliotecas y universidades de Améri- 
ca. La posteridad llamada a consagrar los laureles de 
este primer siglo dirá que, entre los guías y mento- 
res de América, pocos tan grandes como el hijo de 
Ambato. 



1913. 



BOLÍVAR 



Grande en el pensamiento, grande en la acción, 
grande en la gloria, grande en el infortunio ; grande 
para magnificar la parte impura que cabe en el alma 
de los grandes, y grande para sobrellevar, en el aban- 
dono y en la muerte, la trágica expiación de la gran- 
deza. Muchas vidas humanas hay que componen más 
perfecta armonía, orden moral o estético más puro ; 
pocas ofrecen tan constante carácter de grandeza y de 
fuerza ; pocas subyugan con tan violento imperio las 
simpatías de la imaginación heroica. 

Cuando se considera esa soberbia personificación 
de original energía, en el medio y la hora en que apa- 
rece, se piensa que toda la espontaneidad reprimida, 
toda la luz y el color escatimados en la existencia 
inerte de las diez generaciones sujetas al yugo colo- 
nial, se concentraron, por instantáneo desquite, en una 
vida individual y una conciencia única. Virtualidad 
infinita, el genio está perennemente a la espera en el 
fondo de la sociedad humana, como el rayo en las 
entrañas de la nube. Para pasar al acto, ha menes- 
ter de la ocasión. Su sola dependencia es la del es- 
tímulo inicial que lo desata y abandona a su liber- 
tad incoercible ; pero ese estímulo es la condición que 
se reserva el hado, porque la trae a su hora el or- 
den de la sociedad que tienta y solicita el arranque 
innovador. Larga sucesión de generaciones pasa, aca- 
so, sin que la extraordinaria facultad que duerme ve- 
lada en formas comunes tenga obra digna en que em- 

HOMBRHS DE AMÉRICA 6 



$2 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

plearse ; y cuando, en la generación predestinada, el 
rebosar de una aspiración, la madurez de una nece- 
sidad, traen la ocasión propicia, suele suceder que la 
respuesta al silencioso llamamiento parta de una vida 
que ha empezado a correr, ignorante de su oculta ri- 
queza, en un sentido extrañó a aquel que ha do trans- 
figurarla por la gloria. 

Algo de esta súbita exaltación hay en el heroísmo 
de Bolívar. Desde que su conciencia se abrió al mun- 
do, vio acercarse el momento de la Revolución, par- 
ticipando de los anhelos que la preparaban en la se- 
creta agitación de los espíritus; pero ese vago hervor 
de su mente no imprimió carácter a una juventud 
que, en su parte expresiva y plástica, tuvo un sello 
distinto del que se buscaría como anuncio de las su- 
premas energías de la acción. Su primer sueño fué 
de belleza, de magnificencia y de deleite. Si las fa- 
talidades de la historia hubieran puesto fuera de su 
época la hora de la emancipación, habría llevado la 
vida de gran señor, refinado e inquieto, que prome- 
tía mientras repartió su tiempo entre sus viajes, el re- 
til o de su hacienda de San Mateo y la sociedad de 
la Caracas palaciana y académica de los últimos días 
de la colonia. Algún destello del alma de Alcibíades 
parece reflejarse en el bronce de esa figura de patri- 
cio mozo y sensual, poseedor inconsciente de la lla- 
ma del genio, en quien la atmósfera de la Europa 
inflamada en el fuego de las primeras guerras napo- 
leónicas excitó el sentimiento de la libertad política, 
como una inclinación de superioridad y de nobleza, 
llena del tono clásico, y hostil, por su más íntima 
substancia, a toda afición demagógica y vulgar. Aún 
no anunciaba en aquel momento la gloria, pero sí el 
brillo que la remeda allí donde no hay espacio para 
más. Uníanse en la aureola de su juventud el lu 
de la cuna, los medios del pingüe patrimonio, todos 
los dones de la inteligencia y de la cortesanía, real- 
zados por el fino gusto literario y la pasión del bello 



HOMBRES DE AMÉRICA 83 

vivir. Y esta primera corteza de su personalidad no 
desapareció enteramente con la revelación de su pro- 
funda alma ignorada. «Varón estético», como se dijo 
de Platón, y como puede extenderse a toda una cas- 
ta de espíritus, continuó siéndolo cuando el genio lo 
llevó a sus alturas; y héroe, tuvo la elegancia he- 
roica: la preocupación del gesto estatuario, del no- 
ble ademán, de la actitud gallardea e imponente, que 
puede parecer histriónica a los que no hayan llegado 
a una cabal comprensión de su personalidad, pero 
que es rasgo que complementa de manera espontánea 
y concorde la figura de estos hombres de acción en 
quienes el genio de la guerra, por la finalidad visiona- 
ria y creadora que lo mueve, confina con la natura- 
leza del artista y participa de la índole de sus pasio- 
nes. — ¿No ha asimilado Taine, en riguroso análisis de 
psicología, la espada de Napoleón al cincel escultórico 
de Miguel Ángel, como instrumentos de una misma 
facultad soberana, que ejercita el uno en las entrañas 
insensibles del mármol y el otro en las animadas y 
dolientes de la realidad?... 

Así aparece desde el día en que selló sus esponsa- 
les con la vocación, que ya le enamoraba e inquieta- 
ba, ruando, de paso por Roma, sube, como arreba- 
tado de un numen, a la soledad del Aventino, a cu- 
yos pies mira extenderse el vasto mar de recuerdos 
de libertad y de grandeza; y como hablando a la con- 
ciencia de esta antigüedad, jura libertar un mundo. 
Así aparece luego, en Caracas, cuando, entre el es- 
panto del terremoto que despedaza la ciudad en vís- 
peras de la Revolución, levanta, sobre las ruinas con- 
vulsas de la iglesia de San Jacinto, su figura ner- 
viosa y altanera, y allí, en presencia de un español 
despavorido, prorrumpe en las soberbias palabras, a 
cuyo lado palidece la imprecación famosa de Ayax de 
Telamón : «Si la Naturaleza se opone, lucharemos 
contra ella y la someteremos». — En la batalla, en el 
triunfo, en la entrada a las ciudades, en el ejercicio 



84 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

del poder o entre las galas de la fiesta, siempre luce 
en él el mismo instintivo sentimiento de esa que pode- 
mos llamar la forma plástica del heroísmo y de la 
gloria. Concertando la febril actividad de una guerra 
implacable, aún queda huelgo en su imaginación para 
honrar, por estilo solemne, la memoria y el ejemplo 
de los suyos, en pompas como aquella procesión, se- 
mejante a una ceremonia pagana, que llevó triunfal- 
mente el corazón de Girardot, en urna custodiada 
por las armas del Ejército, desde el Bárbula, donde 
fué la muerte del héroe, hasta Caracas. En la memo- 
ria de sus contemporáneos quedó impresa la mages- 
tad antigua del gesto y el porte con que, constituida 
Colombia, penetró al recinto de la primera asamblea, 
a resignar en ella el mando de los pueblos. Ante las 
cosas soberanas y magníficas del mundo material ex- 
perimenta una suerte de emulación, que le impulsa a 
hacer de modo que entre él mismo a formar parte del 
espectáculo imponente y a señorearlo como protago- 
nista. En su ascensión del Chimborazo, que interpre- 
ta la retórica violenta pero sincera, en su énfasis, del 
«Deliriow, se percibe, sobre todo otro sentimiento, el 
orgullo de subir, de pisar la frente del coloso, de lle- 
gar más arriba que La Condamine, más arriba que 
Húmboldt, adonde no haya huella antes de la suya. 
Otra vez, se acerca a admirar la sublimidad del Te- 
quendama. Allí su espíritu y la Naturaleza compo- 
nen un acorde que lo exalta como una influencia de 
Dionysos. Cruzando la corriente de las aguas, y en 
el preciso punto en que ellas van a desplomarse, hay 
una piedra distante de la orilla, el justo trecho que 
abarca el salto de un hombre. Bolívar, sin quitarse 
sus botas de tacón herrado, se lanza de un ímpetu 
a aquella piedra bruñida por la espuma, y tomán- 
dola de pedestal, yergue la cabeza, incapaz de vérti- 
go, sobre el voraz horror del abismo. 

Era la continuación, transfigurada según conviene a 
la grandeza heroica, de aquel mismo carácter de su 



HOMBRES DE AMÉRICA 85 

juventud que le hizo escribir, mientras deshojaba en 
las cortes europeas las rosas de sus veinte anos, esta 
confesión de una carta a la Baronesa de Trobriand : 
«Yo amo menos los placeres que el fausto, porque me 
parece que el fausto tiene un falso aire de gloria». 
Y esto venía tan del fondo de su naturaleza que, en 
rigor, nunca hubo carácter más inmune de todo ama- 
fio y remedo de afectación. Nunca le hubo, en gene- 
ral, más espontáneo e inspirado. Todo es iluminación 
en sus propósitos; todo es arrebato en su obra. Su 
espíritu es de los que manifiestan la presencia de esa 
misteriosa manera de pensamiento y de acción, que 
escapa a la conciencia del que la posee, y que, subli- 
mando sus efectos muy por arriba del alcance de la 
intención deliberada y prudente, vincula las más al- 
tas obras del hombre a esa ciega fuerza del instinto, 
que labra la arquitectura del panal, orienta el ímpe- 
tu del vuelo, y asegura el golpe de la garra. Así, para 
sus victorias le valen el repentino concebir y el fulmi- 
nante y certero ejecutar. Y en la derrota, una espe- 
cie de don anteico, como no se ve en tal grado en 
ningún otro héroe ; una extrafia virtud de agigantar- 
se más cuanto más recia fué y más abajo la caída; 
una como asimilación tonificante de los jugos do la 
adversidad y del oprobio : no en virtud del alecciona- 
miento de la experiencia, sino por la reacción incons- 
ciente e inmediata de una naturaleza que desempe- 
ña en ello su ley. Su fisonomía guerrera tiene en este 
rasgo el sello que la individualiza. Bien lo sig- 
nificó el español Morillo en pocas palabras : «Más te- 
mible vencido que vencedor». Sus campanas no son 
el desenvolvimiento gradual y sistemático de un plan 
de sabiduría y reflexión, que proceda por partes, re- 
teniendo y asegurando lo ya dejado atrás, y propor- 
cionando las miras del arrojo a la juiciosa medida de 
las fuerzas. Son como enormes embestidas, como gi- 
gantescas oleadas, que alternan, en ritmo desigual, 
con tumbos y rechazos no menos violentos y espanta- 



86 JOSÉ EiNRIQUE RODÓ 

bles, desplomándose de súbito el esfuerzo que culmina- 
ba avasallador, para resurgir muy luego, en otra par- 
te, y de otro modo, y con más brío, hasta que un 
impulso más pujante o certero que los otros sobrepa- 
sa el punto de donde ya no puede tomar pendiente 
el retroceso, y entonces la victoria persiste, y crece, 
y se propaga, como las aguas de la inundación, y de 
nudo en nudo de los Andes cada montaña es un ja- 
lón de victoria. Nadie ha experimentado más veces, 
ni en menos tiempo, la alternativa del triunfo con vi- 
sos y honores de final, y el anonadamiento y el des- 
prestigio sin esperanzas — para los otros, — de levante. 
Revolucionario fracasado y proscrito, falto de superior 
renombre y de medios materiales de acción, se alza de 
un vuelo al pináculo de la fama militar y de la auto- 
ridad caudillesca con aquella asombrosa campaña de 
1813, que inicia a la cabeza de medio millar de hom- 
bres, y que le lleva, en ciento y tantos días de arre- 
bato triunfal, desde las vertientes neogranadinas de los 
Andes hasta el palacio de los capitanes de Caracas, 
donde, sobre lo transitorio de honores y poderes, vin- 
cula para siempre a su nombre su título de Liberta- 
dor. Aun no ha transcurrido un año de esto, y las 
costas del mar Caribe le miran fugitivo, abandonado 
y negado por los suyos; vuelta en humo, al parecer, 
toda aquella gloria, que ni aun le defiende de la ira 
con que le acusan y de la ingratitud con que le afren- 
tan. Y cuando se busca adonde ha ido a abismar su 
humillación, vésele de nuevo en lo alto, empuñando el 
timón de la Nueva Granada que desfallecía, entrando 
con la libertad a Bogotá, como antes a Caracas...; y 
apenas se ha doblado esta página, aparece otra vez 
desobedecido y forzado a abandonar en manos de un 
rival obscuro las armas con que se aprestaba a entrar 
en Venezuela; y entonces su reaparición es en Haití, 
de donde, con el mismo propósito, sale acaudillando 
una expedición que por dos veces acaba en rechazo, y 
la última, en nueva ruina de su poder y de su crédito, 



HOMBRES DE AMÉRICA 87 

entre denuestos de la plebe y altanerías de la emula- 
ción ambiciosa. 

Pero la natural autoridad que emana de él es una 
fuerza irresistible, como toda voluntad de la Natura- 
leza, y poco tiempo pasa sin que aquella grita se aca- 
lle, sin que sus émulos le reconozcan y obedezcan, sin 
que los destinos de la Revolución estén de nuevo en 
sus manos, desde la Guayana, donde Piar ha asegu- 
rado el respaldar de las futuras campañas, hasta los 
llanos del Apure, donde hierven las montoneras de 
Páez. Funda gobierno, guerrea, sofoca todavía rebelio- 
nes de los suyos ; la adversidad le persigue implacable 
en La Puerta, en Ortiz, en el Rincón de los Toros ; y 
una noche, después de la última derrota, un hombre, 
sin compañero ni caballo, huye escondiéndose en la es- 
pesura de los bosques, hasta que, a la luz de la auro- 
ra, reúne una escolta de jinetes dispersos, con los que 
orienta su camino. Es Bolívar, que, perdidos su ejér- 
cito y su autoridad, marcha — ¿qué mucho, siendo él? — 
a forjarse nueva autoridad y nuevo ejército. No tar- 
dará en conseguir lo uno y lo otro : la autoridad, ro- 
bustecida por la sanción de una asamblea que le da el 
sello constitucional; el ejército, más regular y organi- 
zado que cuantos tuvo hasta entonces. 

Este es el momento en que su constancia inquebran- 
table va a subyugar y volver en adhesión firmísima las 
desigualdades de la suerte. La iluminación de su ge- 
nio le muestra asegurados los destinos de la Revolu- 
ción con la reconquista de la Nueva Granada. Para re- 
conquistar la Nueva Granada es menester escalar los 
Andes, luego de pasar ciénagas extensas, ríos caudalo- 
sos ; y es la estación de invierno, y tamaña empresa 
se acomete con un ejército punto menos que desnudo. 
Otros pasos de montaña puede haber más hábiles y de 
más ejemplar estrategia; ninguno tan audaz, ninguno 
tan heroico y legendario. Dos mil quinientos hombres 
suben por las pendientes orientales de la Cordillera, y 
bajan por las de Occidente menor número de espec- 



88 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

tros, y estos espectros son de los que eran fuertes del 
cuerpo y del ánimo, porque los débiles quedaron en la 
nieve, en los torrentes, en la altura donde falta el aire 
para el pecho. Y con los espectros de los fuertes se 
gana Boyacá, que abre el camino de la altiplanicie 
donde Colombia ha de fijar su centro, y de vuelta de 
la altiplanicie se gana Carabobo, que franquea hacia 
Oriente el paso de Caracas, y desde ese instante el do- 
minio español ha perecido en cuanto va de las bocas 
del Orinoco hasta el istmo de Panamá. Desde ese ins- 
tante, a los altibajos de aquella guerra de angustiosa 
incertidumbre, sucede como un declive irresistible que 
la victoria, rendida y hechizada, hace con sus brazos, 
inclinados al Sur, para que el torrente de las armas 
emancipadoras corra a confundirse con aquel otro que 
avanza, desde los Andes argentinos, anunciando su ave- 
nida por los ecos de las dianas triunfales de Chaca- 
buco y de Maipo. Colombia ha completado sus fronte- 
ras, después que ha puesto bajo «el manto del iris» los 
volcanes del Ecuador, y es libre para siempre. Pero 
aun queda para Bolívar lidiar por América, que es más 
bu patria que Colombia. San Martín está frente a él, 
lauro para lauro. La gloria de lo que falta por hacer 
no es ambición <*twipartible. Cuando se trata de deter- 
minar cuál ha de gozarla de los dos, bastan, de una 
parte, la conciencia de la superioridad, y de otra par- 
te, el leal y noble acatamiento de ella. Bolívar será 
quien corone, como las campañas del Norte, las del 
Sur. Y como en Bogotá, como en Caracas, como en 
Quito, entra en Lima, en el Cuzco, en La Paz, el liber- 
tador de América; y mientras el último ejército espa- 
ñol, numeroso y fuerte, se apresta a esperarle, y él se 
consagra a apercibir el suyo, enferma, y doliente to- 
davía oye que le preguntan: — «¿Qué piensa usted ha- 
cer ahora?» — «Triunfar», contesta con sencillez de es- 
parciata. Y triunfa; triunfa después de cruzar las gar- 
gantas de los Andes, a la altura del cóndor, como en 
las víspera» de Boyacá, que ahora reproduce Junín ; y 



HOMBRES DE AMÉRICA 89 

con el impulso de Junín triunfa, por el brazo de Su- 
cre, en Ayacucho, donde catorce generales de España 
entregan, al alargar la empuñadura de sus espadas 
rendidas, los títulos de aquella fabulosa propiedad que 
Colón pusiera, trescientos años antes, en manos de Isa- 
bel y Fernando. Cumplida está la obra de Bolívar, pero 
aun rebosan sobre ella la aspiración y los heroicos 
alientos. Aun sueña el héroe con más ; aun querría lle- 
gar a las márgenes del Plata, donde padece bajo la 
conquista un pueblo arrancado a la comunidad triun- 
fante en Ayacucho ; ser, también para él, el Liberta- 
dor; arrollar hasta la misma corte del Brasil las hues- 
tes imperiales, fundar allí la república, y remontando 
la corriente del Amazonas, como Alejandro los ríos mis- 
teriosos de Oriente, cerrar la inmensa elipse de gloria 
en suelo colombiano, e ir a acordar y presidir la ar- 
monía perenne de su obra, en la asamblea anfictiónica 
de Panamá. 



El conjunto de este tempestuoso heroísmo es de un 
carácter singular e inconfundible en la historia. Lo es 
por el enérgico sello personal del propio héroe, y lo es 
también por la vinculación estrecha e indisoluble de su 
acción con cien íntimas peculiaridades del ambiente en 
que se genera y desenvuelve. Y ésta constituye una de 
las desemejanzas que abren tan ancho abismo entre 
Bolívar y el que con él comparte, en América, la glo- 
ria del libertador. San Martín podría salir de su esce- 
nario sin descaracterizarse, ni desentonar dentro de 
otros pueblos y otras epopeyas. Su severa figura cam- 
biaría, sin disconveniencia, el pedestal de los Andes 
por el de los Pirineos, los Alpes o los Rocallosos. Ima- 
ginémoslo al lado de Turena : valdría para heredero 
de su espada previsora y segura y de su noble y sen- 
cilla gravedad. Transportémosle junto a Washington: 
podría ser el más ilustre de sus conmilitones y el más 



90 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ejemplar de sus discípulos. Pongámosle en las guerras 
de la Revolución y del Imperio : llenaría el lugar del 
abnegado Hoche, cuando se malogra, o del prudente 
Moreau, cuando sale proscrito. Es, considerado aparte 
del gran designio a que obedece, el tipo de abstracción 
militar que encuentra marco propio en todo tiempo de 
guerra organizada, porque requiere, no la originalidad 
del color, sino el firme y simple dibujo de ciertas su- 
periores condiciones de inteligencia y voluntad, que el 
carácter humano reproduce sobre las diferencias de ra- 
zas y de siglos. En cambio, la figura de Bolívar no 
sufre otra adaptación que la real. Fuera de la Améri- 
ca nuestra y lidiando por otra libertad que la nues- 
tra, quedaría desvirtuada o trunca. Bolívar, el revo- 
lucionario, el montonero, el general, el caudillo, el tri- 
buno, el legislador, el presidente..., todo a una y todo 
a su manera, es una originalidad irreductible, que su- 
pone e incluye la de la tierra de que se nutrió y los 
medios de que dispuso. Ni guerrea como estratégico 
europeo, ni toma, para sus sueños de fundador, más 
que los elementos dispersos de las instituciones basa- 
das en la experiencia o la razón universal, ni deja, en 
su conjunto, una imagen que se parezca a cosa de an- 
tes. Por eso nos apasiona y nos subyuga, y será siem- 
pre el héroe por excelencia representativo de la eterna 
Tinidad hispanoamericana. Más en grande y más por 
lo alto que los caudillos regionales, en quienes se in- 
dividualizó la originalidad semibárbara, personifica lo 
que hay de característico y peculiar en nuestra histo- 
ria. Es el barro de América atravesado por el soplo del 
genio, que trasmuta su aroma y su sabor en propieda- 
des del espíritu, y hace exhalarse de él, en viva llama, 
una distinta y original heroicidad. 

La revolución de la independencia suramericana, en 
los dos centros donde estalla y de donde se difunde: 
el Orinoco y el Plata, manifiesta una misma dualidad 
de carácter y de formas. Comprende, en ambos cen- 
tros, la iniciativa de las ciudades, que es una revo- 



HOMBRES DE AMÉRICA 91 

Ilición de ideas, y el levantamiento de los campos, que 
na rebelión de instintos. En el espíritu de las ciu- 
dades, la madurez del desenvolvimiento propio y las 
influencias reflejadas del mundo, trajeron la idea de 
la patria como asociación política, y el concepto de 
la libertad practicable dentro de instituciones regula- 
res. Deliberación de asambleas, propaganda oratoria, 
milicias organizadas, fueron los medios de acción. Pe- 
ro en los dilatados llanos que se abren desde cerca 
del valle de Caracas hasta las márgenes del Orinoco, 
i las anchurosas pampas interpuestas entre los An- 
des argentinos y las orillas del Paraná y el Uruguay, 
hacia el Océano, la civilización colonial, esforzándose 
en calar la entraña del desierto, el cual le oponía por 
escudo su extensión infinita, sólo había alcanzado a 
infundir una población rala y casi nómada, que vi- 
vía en semibarbarie pastoril, no muy diferentemente 
del árabe beduino o del hebreo de tiempos de Abra- 
ham y Jacob ; asentándose, más que sobre la tierra, 
sobre el lomo de sus caballos, con los que señoreaba 
las vastas soledades tendidas entre uno y otro de los 
halos del Norte y una y otra de las estancias del Sur. 
El varón de esta sociedad, apenas solidaria ni cohe- 
rente, es el llanero de Venezuela, el gaucho del Plata, 
el centauro indómito esculpido por los vientos y los 
soles del desierto en la arcilla amasada con sangre del 
conquistador y del indígena; hermosísimo tipo de des- 
nuda entereza humana, de heroísmo natural y espon- 
táneo, cuya genialidad bravia estaba destinada a dar 
una fuerza de acción avasalladora, y de carácter plás- 
tico y color, a la epopeya de cuyo seno se alzarían 
triunfales los destinos de América. En realidad, esta 
fuerza era extraña, originariamente, a toda aspiración 
de patria constituida y toda noción de derechos polí- 
ticos, con que pudiera adelantarse, de manera cons- 
ciente, a tomar su puesto en la lucha provocada por 
los hombres de las ciudades. Artigas, al Sur, la vinculó 
desde un principio a las banderas de la Revolución ; 



92 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Boves y Yáfiez, al Norte, la desataron a favor de la 
resistencia española, y luego Páez, allí mismo, la ga- 
nó definitivamente para la causa americana. Porque 
el sentimiento vivísimo de libertad que constituía la 
eficacia inconjurable de aquella fuerza desencadenada 
por la tentación de la guerra, era el de una libertad 
anterior a cualquier género de sentimiento político, y 
aun patriótico: la libertad primitiva, bárbara, cruda- 
mente individualista, que no sabe de otros fueros que 
los de la Naturaleza, ni se satisface sino con su de- 
sate incoercible en el espacio abierto, sobre toda va- 
lla de leyes y toda coparticipación de orden social ; 
la libertad de la banda y de la horda; ésa que, en 
la más crítica ocasión de la historia humana, acudió 
a destrozar un mundo caduco y a mecer sobre las 
ruinas de la cuna de uno nuevo, con sus ráfagas de 
candor y energía. La sola especie de autoridad conci- 
liable con este instinto libérrimo era la autoridad per- 
sonal capaz de guiarlo a su expansión más franca y 
domeñadora, por los prestigios del más fuerte, del más 
bravo o del más hábil; y así se levantó, sobre las 
multitudes inquietas de los campos, la soberanía del 
caudillo, como la del primitivo jefe germano que con- 
gregaba en torno de sí su vasta familia guerrera sin 
otra comunidad de propósitos y estímulos que la ad- 
hesión filial a su persona. Conducida por la autoridad 
de los caudillos, aquella democracia bárbara vino a 
engrosar el torrente de la Revolución, adquirió el sen- 
timiento y la conciencia de ella, y arrojó en su seno 
el áspero fermento popular que contrastase las propen- 
siones oligárquicas de la aristocracia de las ciudades, 
al mismo tiempo que imprimía en las formas de la 
guerra el sello de originalidad y pintoresco america- 
nismo que las determinase y diferenciara en la histo- 
ria. Frente al ejército regular, o en alianza con él, 
aparecieron la táctica y la estrategia instintivas de 
la montera, que suple los efectos del cálculo y la 
disciplina con la crudeza del valor y con la agilidad 



HOMBRES DE AMÉRICA 93 

heroica ; el guerrear para que son únicos medios esen- 
ciales el vivo relámpago del potro, apenas domado y 
unimismándose casi con el hombre en un solo orga- 
nismo del centauro, y la firmeza de la lanza esgrimi- 
da con pulso de titán en las formidables cargas que 
devoran la extensión de la sumisa llanura. 

Bolívar subordinó a su autoridad y su prestigio es- 
ta, fuerza, que complementaba la que él traía origi- 
nariamente en ideas, en espíritu de ciudad, en ejér- 
cito organizado. Abarcó dentro de su representación he- 
roica la de esa mitad original e instintiva de la Re- 
volución americana, porque se envolvió en su am- 
biente y tuvo por vasallos a sus inmediatas personi- 
ficaciones. Páez, el intrépido jefe de llaneros, le reco- 
noce y pone sobre sí desde su primera entrevista, cuan- 
do él viene de rehacer su prestigio perdido con la in- 
fausta expedición de los Cayos ; y en adelante las dos 
riendas de la Revolución están en manos de Bolívar, 
y la azarosa campaña de 1817 a 1818 muestra, con- 
certados, los recursos del instinto dueño del terre- 
no y los de la aptitud guerrera superior y educada. 
En los extensos llanos del Apure, el Libertador convi- 
ve y conmilita con aquella soldadesca primitiva y ge- 
nial, que luego ha de darle soldados que le sigan en 
la travesía de los Andes y formen la vanguardia con 
que vencerá en Carabobo. Tenía, para gallardearse en 
ese medio, la condición suprema cuya posesión es tí- 
tulo de superioridad y de dominio, como en su ausen- 
cia nota de extranjería y de flaqueza: la condición 
de maestrísimo ginete, de insaciable bebedor de los 
vientos sobre el caballo suelto a escape, tras el venado 
fugitivo, o por la pura voluptuosidad del arrebato, 
tras la fuga ideal del horizonte. El Alcibíades, el es- 
critor, el diplomático de Caracas era, cuando cuadra- 
ba la ocasión, el gaucho de las pampas del Norte : el 
llanero. 

Este contacto íntimo con lo original americano no se 
dio nunca en, San Martín. El capitán del Sur, aparta- 



94 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

do de América en sus primeros años y vuelto a edad 
ya madura, sin otra relación con el ambiente, durante 
tan dilatado tiempo, que la imagen lejana, bastante 
para mantener y acrisolar la constancia del amor, pe- 
ni incapaz para aquel adobo sutil con que se infun- 
de en la más honda naturaleza del hombre el aire 
de la patria, realizó su obra de organizador y de es- 
tratégico sin necesidad de sumergirse en las fuentes 
vivas del sentimiento popular, donde la pasión de li- 
bertad se desataba con impulso turbulento e indómi- 
to, al que nunca hubiera podido adaptarse tan rígido 
temple de soldado. La accidental cooperación con las 
montoneras de Güemes no acortó estas distancias. En 
el Sur, la Revolución tiene una órbita para el mili- 
tar, otra para el caudillo. El militar es San Martín, 
Belgrano o Rondeau. El caudillo es Artigas, Güemes o 
López. Uno es el que levanta multitudes y las vincula 
a su prestigio personal y profético, y otro el que mue- 
ve ejércitos de línea y se pone con ellos al servicio de 
una autoridad civil. 

En Bolívar ambas naturalezas se entrelazan, ambos 
ministerios se confunden. Artigas más San Martín: eso 
es Bolívar. Y aún faltaría añadir los rasgos de Mo- 
reno, para la parte del escritor y del tribuno. Bolí- 
var encarna^ en la total complejidad de medios y de 
formas, la energía de la Revolución, desde que, en sus 
inciertos albores, la abre camino como conspirador y 
como diplomático, hasta que, declarada ya, remueve 
para ella los pueblos con la autoridad del caudillo, 
infunde el verbo que la anuncia en la palabra habla- 
da y escrita, la guía hasta sus últimas victorias con 
la inspiración del genio militar, y finalmente la or- 
ganiza como legislador y la gobierna como político. 



Valióle para tanto su natural y magnífica multi- 
plicidad de facultades. El genio, que es a menudo 



HOMBRES BE AMÉBICA 95 

unidad simplísima, suele ser también armonía estu- 
penda. Veces hay en que esa energía misteriosa se 
reconcentra y encastilla en una sola facultad, en una 
única potencia del alma, sea ésta la observación, la 
fantasía, el pensamiento discursivo, el carácter moral 
o la voluntad militante; y entonces luce el genio de 
vocación restricta y monótona, que, si nació para la 
guerra, guerrea silencioso, adusto e incapaz de fatiga, 
como Carlos XII, el de Suecia; si para el arte, pasa 
la vida, como Flaubert, en un juego de belleza, mi- 
rando con indiferencia de niño las demás cosas del 
mundo ; y si para el pensamiento, vive en la exclusiva 
sociedad de las ideas, como Kant, en inmutable abs- 
tracción de sonámbulo. La facultad soberana se mag- 
nifica restando lugar y fuerza a las otras, y levanta 
su vuelo, como águila solitaria y señera, sobre la yer- 
ma austeridad del paisaje interior. Pero no pocas ve- 
ces, lejos de obrar como potestad celosa y ascética, 
obra a modo de conjuro evocador o de simiente fe- 
cunda ; para su confidencia y complemento, suscita 
vocaciones secundarias que rivalizan en servirla, y co- 
mo si tras el águila del parangón se remontaran, de 
los abismos y eminencias del alma, otras menores que 
la hicieran séquito, la potencia genial se despliega 
en bandada de aptitudes distintas, que rompen con- 
certadamente el espacio en dirección a una misma 
cúspide. A esta imagen corresponden los genios com- 
plejos y armoniosos ; aquellos en quienes toda la re- 
dondez del alma parece encendida en una sola luz 
de elección ; ya ocupe el centro de esa redondez la 
imaginación artística, como en Leonardo ; ya la in- 
vención poética, como en Goethe ; ya, como en Cé- 
sar o Napoleón, la voluntad heroica. Tanto más ga- 
llardamente descuella la arquitectónica mental de es- 
tos espíritus múltiples, cuando la vocación o facul- 
tad que lleva el cetro en ellos,— el quilate-rey, si re- 
cordamos a Gradan,— halla cómo orientarse, de ma- 
nera firme y resuelta, en una grande y concentrada 



96 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

obra, en una idea constante que le imprima fuerte 
unidad y en la que puedan colaborar a un mismo 
tiempo todas las aptitudes vasallas, de suerte que apa- 
rezca operando, en el seno de aquella unidad enérgi 
ca, la variedad más rica y concorde. 

De esta especie genial era Bolívar. Toda actividad 
de su grande espíritu, toda manera de superioridad 
que cabe en él, se subordina a un propósito final y 
contribuye a una obra magna: el propósito y la obra 
del libertador; y dentro de esta unidad coparticipan, 
en torno a la facultad central y dominante, que es 
la de la acción guerrera, la intuición del entendimien- 
to político, el poder de la aptitud oratoria, el don 
del estilo literario. Como entendimiento político, na- 
die, en la revolución de América, lo tuvo más en gran- 
de, más iluminado y vidente, más original y creador ; 
aunque no pocos de sus contemporáneos le excedieran 
en el arte concreto del gobierno y en el sentido de 
las realidades cercanas. El, con más claridad que el 
presente, veía el porvenir. Desde Jamaica, en 1815, 
aún lejano y obscuro el término de la Revolución, 
escribe aquella asombrosa carta, ardiente de relámpa- 
gos proféticos, en que predice la suerte de cada uno 
de los pueblos hispanoamericanos después de su inde- 
pendencia, vaticinando así la vida de ordenado so- 
siego de Chile como el despotismo que ha de sobreve- 
nir en el Plata con Rozas. El sistema de organiza- 
ción propuesto en 1819 al Congreso de Angostura ma- 
nifiesta, a vuelta de lo que tiene de híbrido y de 
utópico, la crítica penetrante y audaz de los modelos 
políticos que proporcionaba la experiencia, y una fa- 
cultad constructiva, en materia constitucional, que 
busca su apoyo en la consideración de -las diferencias 
y peculiaridades del ambiente a que ha de aplicarse. 
Esta facultad toma aún mayor vuelo y carácter en la 
constitución boliviana, extendida luego al Perú, obra 
del apogeo de su genio y de su fortuna, donde los 
sueños de su ambición forman extraño conjunto con 



HOMBRES DE AMÉRICA 97 

los rasgos de una inventiva innovadora que ha me- 
recido la atención y el análisis de los constituciona- 
listas, como la idea de un «poder electoral», seleccio- 
nado del conjunto de los ciudadanos, en la proporción 
de uno por diez, al que correspondería elegir o pro- 
poner loa funcionarios públicos. 

Con estos planes constitucionales compartía la ac- 
tividad de su pensamiento, en los días de la pleni- 
tud de su gloria, la manera de realizar su vieja aspi- 
ración de unir en firme lazo federal los nuevos pue- 
blos de América, desde el Golfo de Méjico hasta el Es- 
trecho de Magallanes. No concurre en el Libertador 
merecimiento más glorioso, si no es la realización 
heroica de la independencia, que la pasión fervien- 
te con que sintió la natural hermandad de los pue- 
blos hispanoamericanos y la inquebrantable fe con que 
aspiró a dejar consagrada su unidad ideal por una 
real unidad política. Esta idea de unidad no era en 
él diferente de la idea de la emancipación : eran dos 
fases de un mismo pensamiento ; y así como ni por 
DE instante soñó con una independencia limitada a 
los términos de Venezuela ni de los tres pueblos de 
Colombia, sino fjne siempre vio en la entera extensión 
del Continente el teatro indivisible de la Revolución, 
nunca creyó tampoco que la confraternidad para la 
guerra pudiese concluir en el apartamiento que con- 
sagran las fronteras internacionales. La América eman- 
cipada se representó, desdo el primer momento, a m 
espíritu, como una indisoluble confederación do pue- 
blos : no en el vago sentido de una amistosa concor- 
dia o de una alianza dirigida a sostener el hecho 
de la emancipación, sino en el concreto y positivo de 
una organización que levantase a común conciencia po- 
lítica las autonomías que determinaban la estructura 
de los disueltos virreinatos. En el Istmo de Panamá, 
donde las dos mitades de América se enlazan y los 
dos océanos se acercan, creía ver la situación predes- 
tinada de la asamblea federal en que la nueva an- 

«OMÍP.ES DB AiláRICA V 



JO: 

Rctionfa erigiese su tribuna, como La anflctionía de 
Atenas en ej [simo ü que, ocupando a 

('..■liarais después de : afta do 1813, gobierna por 

primera voz en nombre de América, asoma ya en su 

Política esía, idea de la unidad continental que ha de 
air el supremo galardón a que spire cuando 

leedor y arbitro de \m mundo. La realidad inme- 
r su sueño: rail fuerzas de sepa- 

ion que obraban en el roto Imperto colonial, di 
la inmensidad de las distancias físicas, sin medios 

ulares de comunicación, hasta las rivalidades y las 

confianzas de pueblo a pueblo, ya fundadas en 
una. relativa oposición de inWeses, ya en o] mante- 
nimiento de prepotencias personales, volvían prema- 
turo y utópico el grande pensamiento, que aun hoy 

dilata más allá del horizonte visible; y ni siquié- 

la unida i de Colombia alcanzó a subsis- 

tir. ¿Qué importa? La visión genial no dejaba de an- 
ticipar por ello la con i necesaria, aunque 
baya de ser difícil y morosa, de los destinos de es- 
. la realidad triunfal e ineluctable de un 

venir que, cuanto más n e imagine, tanto 

más acreditará la intuición proféúca de la mirada 
que ilegí si. En lo formal y o, la uni 

inca más que un re- 
cuerdo h o de esta corteza ten 
la virtud perenne de la idea. Cuando se 
o Mazzini, en D'Azeglid o en Gioberti, la fe 

mciadora y propagadora de la Italia una, no se 
rep¡ las maneras de unión que propí 

i en el fervor eficaz con que aspiraron a lo ea 

: del magno objetivo. Con más o menos dilación, 
en una u otra forma, na lazo político unirá un día 
a los pueblos de la América nuestra, y ese día será 
el i tito del Libertador el que habrá resurgi lo 

y triunfado, y será su nombre el que merecerá, antes 
que otro alguno, cifrar la gloria de tan alta ocasión. 
El ■• fimeri del consulado vitalicio, que Bolívar preco- 

/ 



HOMBRES DE AMÉRICA 99 

bizaba, no podía resolver, ni el problema de la con- 
federación de estos pueblos, ni el de su organización 
Interior. Era un desvirtuado simulacro de icpública; 
pero en este punto debe decirse que si Bolívar no lle- 

i la aceptación franca y cabal del sistema repu- 
blicano, con su esencialísimo resorte de la renovación 
del cargo supremo, sostuvo siempre— y es indisputable 
gloria suya, — el principio republicano en oposición a 
la monarquía, de cuyo lado lo solicitaban las opinio- 
nes más prudentes y valiosas, y que era el ideal de 
gobierno con que venía del Sur, en cumplimiento del 
programa político de Buenos Aires, la triunfadora es- 
pada de San Martín. La república íntegra y pura tuvo 
en la América revolucionaria, y desde el primer mo- 
niento de la Revolución, un partidario fiidelísimo y 
un mantenedor armado : nada más que uno, y éste 
fué Artigas; pero aún no se sabe bien, fuera del pue- 
blo que vela dentro de su alma esa tradición glorio- 
sa, porque acontece que algunos de los aspectos más 
interesantes y reveladores de la revolución del Río de 
ía Plata, o no están escritos o no están propagados, 
ba hace poco leyendo el resumen, admi- 
perspicuidad y precisión, que de los orígenes 
de la América contemporánea hizo, en sus recientes 
conferencias de Madrid, el alto y noble talento de Ru- 
fino ¡Wancn Fombona. Dícese allí que la revolución del 
extremo Sur nació y se mantuvo en un ambiente de 

3 monárquicas; y es relativa verdad, porque no 
se cuenta con Artigas, y la revolución monárquica, 

la acción excéntrica de Artigas, el renovador de 
la democracia de los campos, hostilizado y persegui- 

:omo fiera en coso, por la oligarquía, monarquis- 
ta de los Posadas y los Pueyrredones, y despedazado 
c infamad' luego, en historias efímeras, por los es- 
critores herederos de los odios de aquella política oli- 

[uica. Una fundamental revisión de valores es ta- 

rea que empieza en la historia de esta parte del Sur; 

i revisión se haya hecho, mientras pasa- 



100 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

rán a segundo plano figuras pálidas y mediocres, se 
agigantará, como figura do América, la del caudillo 
de garra leonina que en 1813 levantaba, por bande- 
ra de organización, íntegra y claramente definido, el 
sistema republicano, que Bolívar opuso luego, aunque 
en menos genuína forma, al programa monárquico de 
San Martín. 



Tratándose del Bolívar político, llega de suyo el tema 
de su ambición. Este rasgo es capital e Inseparable de 
su imagen. Siempre formaré tan pobre idea del dis- 
cernimiento histórico de quien se empeñe en presentar 
a Bolívar inmune de la pasión de mandar, como del 
grado de comprensión humana de quien le inicie por 
tal pasión un proceso que tire a empequeñecerle o ma- 
cularle. Importa recordar, desde luego, que la perfec- 
ción negativa, en el orden moral, no puede ser la me- 
dida aplicable a ciertas grandezas de la voluntad crea- 
dora, de igual manera que no lo es, en el orden esté- 
tico, cuando se está delante de aquella fuerza de crea- 
ción que da de sí La Divina Comedia o las estatuas 
de Miguel Ángel. La naturaleza no funde en sus mol- 
des caracteres como los que cabe obtener por abstrac- 
ción, eliminando y añadiendo rasgos, para componer 
el paradigma a un cuerpo de moral que satisfaga las 
aspiraciones éticas de una sociedad o de una escuela : 
funde la naturaleza caracteres orgánicos, en los que 
el bien y el mal, o los que luego ha de clasificar como 
tales el criterio mudable y relativo de los hombres, se 
reparten según una correlación en que obra una ló- 
gica tan cabal e imperiosa como la lógica del pensa- 
miento discursivo, con que se construyen los sistemas 
de ética, aunque la una y la otra no se asemejen ab- 
solutamente en nada. Y si bien el análisis del criterio 
moral puede llegar lícitamente al carácter que modela 
la naturaleza, para señalar lo que halle en él de ln> 



HOMBRES DE AMÉRICA 101 

perfecto, transportado al mundo de la libertad, nunca 
deberá extremarse en ese fuero cuando se encuentre 
frente a los grandes temperamentos personales, de efi- 
cacia avasalladora, ni deberá aspirar a ver desintegra- 
da o enervada por un molde ideal de perfección facti- 
cia esa original estructura del carácter, cauce de pie- 
dra de la personalidad, donde reciben el pensamiento 
su troquel, y la acción el impulso con que se desata. 
Hay una manera de heroísmo en que la ambición es 
natural atributo. Quien dijera que la energía genial y 
el desinterés no caben en un centro, afirmaría una 
oposición sin sentido entre dos vagas abstracciones; 
pero quien dijera que cierto género de energía genial 
y cierto género de desinterés son términos naturalmen- 
te inconciliables, pondría la mano en una relación tan 
segura como la que nos autoriza a sentar que ningún 
animal carnicero tendrá los dientes ni el estómago de 
los que se alimentan de hierbas, o que nunca pudo 
haber una especie en que se unieran, como en el grifo 
mitológico, la cabeza del águila con el cuerpo del león. 
Y si la energía genial es de aquel temple que supone, 
como condición específica, la fe indomable en la vir- 
tud única y predestinada de la propia acción, y si con 
el nombre de desinterés se clasifica, no el fácil desarri- 
mo respecto de egoísmos sensuales, sino el apartamien- 
to de la obra cuando está inconclusa, y el desdén de 
la autoridad que trac en sí los medios de desenvolver 
la parte de obra que' aun está oculta y recogida en las 
virtualidades de una iluminación visionaria, entonces 
es lícito afirmar que la convivencia de ambos carac- 
teres implica contradicción. Un Bolívar que, después 
de la entrevista de Guayaquil, abandonara el campo a 
su émulo, o que, una vez consumada su obra militar, 
renunciara a influir decisivamente en los nuevos des- 
tinos de América, sería un contrasentido psicológico, 
un enigma irresoluble de la naturaleza humana. En 
cambio, estos desenlaces de renunciamiento son cosa 
espontánea y congruente en los héroes de la especie 



102 JOSÉ ENRIQUE ROnó 

moral de San Martín. Espíritus de vocación limitada 
y reflexiva, la abnegación de un poder al que no les 
atrae ningún alto propósiio que realizar viene después 
de la segura constancia con que han dado cima a un 
pensamiento único y eoncreto ; y aquella condición en- 
cima de ésta cae como esmalta. Así, nada más natu- 
ral, en uno y otro de los dos capitanes de América, 
que el voluntario eclipse y el mayor encendimiento de 
gloria con que resuelve sus opuestos destinos la histó- 
rica entrevista de 1822. Tiene r \ alejamiento de San 
Martín explicación en su noble y austera virtud, pero, 
en no menor parte sin duda, suénela en las indelibe- 
radas reacciones del instinto, y la había anticipado 
Gracián en el «Primor» decimocuarto de El Héroe, don- 
de define el «natural imperio» y dice: «Reconocen al 
«león las demás fieras en presagio de naturaleza, y 
»sin haberle examinado el valor le previenen zalomas: 
»así a estos héroes, reyes por naturaleza, les adelan- 
tan respeto los demás, sin aguardar la tentativa del 
caudal». Fuera de la actividad de, la guerra, en la 
aspiración o el ejercicio del gobierno civil, la ambición 
de mando de Bolívar deja más libre campo a la con- 
troversia y a la crítica ; pero, aun en esta paite, nuh- 
ca será legítimo juzgarla, sino levantándose a la al- 
tura de donde se alcanza a divisar, infinitamente por 
encima de egoísmos vulgares, al héroe que persigue, 
con el sentimiento de una predestinación histórica, un 
grande objetivo, que estimula y realza su ambición per- 
sonal. No significa este criterio que toda voluntad y 
todo paso del héroe hayan de concordar necesariamen- 
te con el fin superior que él trae al mundo, sin que la 
fe en sí mismo pueda inducirle a aberración. No sig- 
nifica tampoco sostener la irresponsabilidad positiva 
del héroe ante la justicia de sus contemporáneos, ni 
su irresponsabilidad ideal para el fallo de la posteri- 
dad. Significa sólo conceder todo su valor a la indivi- 
sible unidad del carácter heroico, de modo que aque- 
lla parte de impureza que se mezcla acaso en el fer- 



HOMBRES DE AMÉRICA 103 

te a juicio {distraída de las 

otras, como el elemento material que, dis e de 

un conjunto donde es virtud o sazón, para en crudo 

veneno. La muchedumbre que, valida de su instinto, a 

oro como el mismo instinto 

respa fíente al héroe y lo cruza el ;>., upo 

hombres de reflexión o de carácter, que opone a 

i- audacias de la voluntad heroica las previsione 

su sabiduría o la- :.]• . u derech m o 

: frecuente ís que la 
el historiador que luego tienda la vista por el 

plejidad del drama human la voluntad dis- 

da del hér< e un ■ ' ue se la 

ian y las que la limitan, concurre a la armonía de 
la historia, y jamás confundirá los mayores excesos 
de esa fuerza < ;on la baldía o perturbadora inquietud 
deFhéroe pie disfr¡ ambición egoística y 

ntida vocación de un heroísmo, simu- 
lo ] . jas del ' '•; de 
la raposa. 



Tan interesante como la aptitud política es, entre los 
tálenlos accesorios del Libertador, la facultad de la ex- 
ón literaria. Su nombre, en este género de gloria, 
vive principalmente vinculado a la elocuencia ardien- 
te y pomposa, de sus proclamas y arenga:', las i 
vibrantes, sin duda, que hayan escuchado, en suelo 
americano, ejércitos y multitudes. Pero ya, sin negar 
nuestra admiración a tan espléndida oratoria, muí 
somos los que preferimos gustar al escritor en la lite- 
ratura, más natural y suelta, de sus cartas. T.as pro- 
clamas y arengas, Como cualquiera análoga especie li- 
teraria, en que el énfasis del acento y el aparato de la 
o caracteres que legítima la oportunidad, 
tratando licitar el efe-cto pi o y violento 



104 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

en la conciencia de las muchedumbres, se marchitan 
de estilo mucho más que la obra acrisolada y serena 
y que la íntima y espontánea. Por otra parte, en la 
trama de esos documentos oratorios suele mezclar sus 
hebras desteñidas y frágiles el vocabulario de la retó- 
rica política, que es la menos poética de las retóricas, 
con bus vaguedades y abstracciones y sus maneras de 
decir acuñadas para socorro común en las angustias 
de la tribuna; y así, en las proclamas y arengas del 
libertador, el relámpago genial, la huella leonina, la 
imagen, la frase o la palabra de imperecedera virtud, 
resaltan sobre el fondo de esa declamación pseudoelá- 
eiea, adaptada al lenguaje de las modernas libertades 
políticas, que, divulgándose en los libros de Pvaynal, 
de Marmontel y de Mably y en la elocuencia de mon- 
tañeses y girondinos, dio su instrumento de propagan- 
da a la revolución de 1789 y lo dio después, de reflejo, 
a nuestra revolución hispanoamericana. Este inconsis- 
tente barro, en manos de Bolívar, es material que mo- 
dela un artífice de genio, pero barro al fin. En cambio, 
en las cartas la propia naturaleza del género mantie- 
ne un aire de espontaneidad, que no excluye, por cier- 
to, ni la elocuencia ni el color. Ya abandonadas y con- 
fidenciales; ya acordadas a un tono algo má3 lírico u 
oratorio, si la ocasión lo trae de suyo; ya dando voz 
a las concentraciones de su pensamiento ; ya a Loa as- 
pectos de su sensibilidad, radiante o melancólica, las 
carias forman interesantísimo conjunto. La imagen 
nueva y significativa realza a menudo la idea. — «Es- 
tábamos como por milagro — escribe en 1826 — sobre un 
»punto de equilibrio casual, como cuando do3 olas en- 
»furecidas S6 encuentran en un punto dado y se man- 
tienen tranquilas, apoyada una de otra, y en una cal- 
»ma que parece verdadera, aunque instantánea: loa 
«navegantes han visto muchas veces este original». — 
Hay soberanos arranques de personalidad, como éste 
de la carta en que repudia la corona real que le ha 
propuesto Páez:— «Yo no soy Napoleón, ni quiero ser- 



HOMBRES DE AMÉRICA 105 

»lo. Tampoco quiero imitar a César; menos aún, a 
rltúrbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi 
»gloria. El título de Libertador es superior a todos los 
»que ha recibido el orgullo humano. Por tanto, me es 
»imposible degradarlo».— Otras veres, subyuga la aten- 
ción el brío con que está sellada la sentencia: «Para 
»juzgar bien de las revoluciones y de sus actores, es 
«preciso observarlas muy de cerca y juzgarlos muy 
»de lejos». — «Sin estabilidad, iodo principio político 
«se corrompe y termina por destruirse». — «El alma de 
»un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana liber- 
»tad : se enfurece en los tumultos o se humilla en las 
«cadenas». 

Pérdidas de que nunca nos consolaremos han mer- 
mado este precioso tesoro de sus cartas; pero tal como 
ae le conserva, es, no sólo el indeleble testimonio del 
grande escritor que hubo en Bolívar, sino el más en- 
tero y animado trasunto de su extraordinaria figura. 
El poema de su vida está allí. Y en verdad ¡qué mag- 
nífico poema el de su vida, para esa estética de la 
realidad y de la acción que hace de una vida huma- 
na un poema plástico!... Nadie la vivió más bella, 
y aún se diría, en sublime sentido, más dichosa; o 
más envidiable, por lo menQS, para quien levante por 
encima de la paz del epicúreo y del estoico su ideal 
de vivir. Los ojos de la virgen fantasía, por donde 
llega la luz del mundo a despertar la selva interior, 
abiertos en el maravilloso espectáculo de aquella au- 
rora del siglo xix, que desgarra la continuidad rea- 
lista de la historia con un abismo de milagro y de 
fábula; para temple del corazón, un amor malogra- 
do, en sus primicias nupciales, por la muerte : una 
pasión ínsaciada, de esas que, dejando en el vacío el 
desate de una fuerza inmensa, la arrojan a buscar 
desesperadamente nuevo objeto, de donde suelen na- 
cer las grandes vocaciones; venida de aquí, la reve- 
lación íntima del genio, y para empleo e incentivo de 
él, la grandiosa ocasión de una patria que crear, de 



106 JOSK ENR1Q1 E RODÓ 

un mundo que redimir. Luego, el arrebato de i 
años de esta gigantesca aventura, mantenida i 
satánico aliento: la emoción del triunfo, cien ve< 
probada; la de la derrota, cien veces repetida; el es- 
cenario h enso, donde, para imagen de esas subli- 
mes discordi . cias, alternan los ríos como mares y tas 
montañas como nubes, el soplo calcinante de los lla- 
nos y el cierzo helado de los ventisqueros; y al fin, 
el dotante y fugitivo sueño que se espesa en plástica 
gloria: el paso por las ciudades delirantes, entre los 
vítores al vencedor; las noches encantadas der Lima, 
donde un lánguido deliquio entreabre la marcialidad 
de la epopeya, y la hora inefable en que, desde la 
cúspide del Potosí, la mirada olímpica se extiende so- 
bre el vasto sosiego que sigue a la última batalla... 
¿Queda más todavía? La voluptuosidad amarga que 
hay en sentir caer sobre sí la Némesis de las envi- 
dias celestes: la proscripción injusta e ingrata, de 
donde sabe exprimir la conciencia de los fuertes una 
altiva fruición: cuerda de ásperos sones que no pudo 
fallar en esa vida destinada a que en ella vibrase 
la más compleja armonía de pasión y belleza. Almas 
para estas vidas trajo aquel asombroso tiempo suyo, 
que renovó con un soplo heroico y creador las cosas 
de los hombres y dio a la invención poética el últi- 
mo de sus grandes momentos que merezcan nota de 
clásicos. Cuando la ex^osión de personalidad y de 
fuerza halló cómo dilatarse en el sentido de la ac- 
ción, suscitó los prodigios del endiosamiento napoleó- 
nico, con sus reflejos de soldados que se coronan re- 
yes. Cuando hubo de consumirse en imágenes e ideas, 
engendró el ansia devoradora de Rene, la soberbia 
indómita de Hárold, o la majestad imperatoria 
Goethe. Jamás, desde los días del Renacimiento, la 
planta humana había florecido en el mundo con tal 
empuje de savia y tal energía de color. Y el Rena- 
cimiento ¿no se llama, para la historia americana, 
la Conquista? Y entre los hombres del Renacimien- 



HOMBRES DE AMÉRICA 107 

to que conquistaron a América, o la gobernaron to- 
davía esquiva y montaraz, ¿no vinieron hidalgos del 
solar de los Bolívares de Vizcaya, cuyo blasón de 
faja de azur sobre campo de síncnle, había de tro- 
carse, en su posteridad, por un blasón más arto, que 
es la bandera de Colombia?... Cuando se ilumina es- 
te recuerdo, la vocación heroica lanzada a destrozar 
el yugo de la Conquista se representa en la imagina- 
ción como si el genio de aquella misma sobrehumana 
g ate que puso por sus manos el yugo despertase, 
Iras el largo sopor del - quietamiento col ,: - I, con 
el hambre de la aventura y el ímpetu en que acaba 
el desperezo felino. El Libertador Bolívar pudo lla- 
marse también el Reconquistador. 



Corría el final de 1826. En la cúspide de los en- 
cumbramientos humanos, numen y arbitro de un 
mundo, volvía Bolívar a Colombia para asumir el 
mando civil. Pronto la embriaguez del triunfo y de 
la gloria había de trocarse en la «embriaguez de ab- 
sintio» de que hablaban los trenos del Profeta. Todo lo 
que resta de esa vida es dolor. Aquella realidad cir- 
cunstante, que él había manejado a su arbitrio mien- 
tras duró su taumaturgia heroica; plegándola, co- 
mo blanda cera, al menor de sus designios; sintién- 
dola encorvarse, para que él se encaramara a domi- 
nar, como sobre el lomo de su caballo de guerra, y 
viéndola dar de sí la maraviHn, y el milagro cuando 
él los necesitaba y evocaba, se vuelve, desde el pre- 
ciso punto en que la epopeya toca a su término, re- 
belde y desconocedora de su voz. Antes las cosas se 
movían en torno de él como notas de una música 
que él concertaba, épico Orfeo, en armonía triunfal: 
ahora quedarán sordas e inmóviles, o se ordenarán 
en coro que le niegue y denigre. Lógica y fatal tran- 
sición, si se piensa. Esa realidad social que le ro- 



108 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

deaba, esa América amasada a fuego y hierro en las 
fraguas vulcánicas del Conquistador, escondía, cuan- 
do sonó la hora de su revolución, bajo el aparente 
enervamiento servil, un insondable pozo de voluntad 
heroica, de virtualidades guerreras, acrisoladas por su 
propio letargo secular, como el vino que se añeja en 
sombra y quietud. Apenas llegó quien tenía la pa- 
labra del conjuro, toda aquella efervescencia adormi- 
da salió a luz, capaz de prodigios: en el genio agi- 
tador y guerrero halló entonces la realidad el polo 
que la imantase según las afinidades de su naturale- 
za ; y allí adonde el genio fué, la realidad le siguió 
y obedeció con anhelo filial. Pero, consumada la par- 
te heroica, la obra que esperaba el héroe, a la vuel- 
ta del triunfo, como las preguntas de la Esfinge, era 
la manera de asimilar, de organizar, el bien con- 
quistado : de desenvolver, por la eficacia del valor ci- 
vil y de la sabiduría política, aquel germen precioso, 
aunque en pura potencia, que el valor militar y la 
inspiración de las batallas habían conquistado, me- 
nos como premio disírutable que como promesa con- 
dicional y relativa. Y para semejante obra no había 
en la realidad más que disposiciones adversas ; no 
había en el carácter heredado, en la educación, en las 
costumbres, en la relación geográfica, en la economía, 
más que resistencia inerte u hostil. Fundar naciones 
libres donde la servidumbre era un tejido de hábi- 
tos que espesaban y arreciaban los siglos ; naciones 
orgánicas y unas, donde el desierto ponía entre tie- 
rra y tierra habitada más tiempo y azares que la 
mar que aparta a dos mundos; infundir el estímulo 
del adelanto donde confinaban con la hosquedad de 
la barbarie el apocamiento de la aldea; formar ca- 
pacidades de gobierno donde toda cultura era una su- 
perficie artificial y tenuísima ; hallar resortes con que 
mantener, sin la represión del despotismo, un orden 
estable : tal y tan ardua era la obra. El conflicto de 
fin y medios que ella planteaba, a cada paso, en la 



HOMBRES DE AMÉRICA 109 

realidad externa, no perdonaba al mismo espíritu del 
obrero, del Libertador, mucho más predestinado para 
héroe que para educador de repúblicas; mucho más 
grande, en sus designios políticos, por la iluminada 
visión del término lejano y la soberana potencia del 
impulso inicial, que por el esfuerzo lento y obscuro 
con que se llega de éste a aquel extremo en las em- 
presas que son de resignación, de cautela y de per- 
severancia. Junto a estos obstáculos esenciales, que- 
daban todavía los que accidentalmente encrespaba la 
ocasión: quedaba aquella impura hez que deja al des- 
cubierto la resaca de las revoluciones : las energías 
brutales que se adelantan a primer término ; los calen- 
turientos delirios que se proponen por ideas ; la am- 
bición, que pide el precio usurario de su anticipo de 
valor o de audacia, y la exacerbada insolencia de la 
plebe, que recela el más legítimo uso del poder en el 
mismo a quien ha tentado, o tentará mañana, con 
l>;s excesos brutales de la tiranía. 

Desde sus primeras horas de gobierno, Bolívar tie- 
ne en torno suyo la desconfianza, el desvío, y muy 
luego, la conspiración que le amaga; mientras en el 
fondo de su propia conciencia él siente agitarse aque- 
lla sombra que, excitada por la hostilidad prematu- 
ra y violenta, pone en sus labios la confesión viril 
del mensaje en que ofrece al Congreso su renuncia : 
«Yo mismo no me siento inocente de ambición». No 
habían pagado de esto dos años y la autoridad que 
invertía no era ya el mandato de las leyes, sino el 
poder dictatorial. La organización política que de- 
jara fundada, con el omnipotente prestigio de sus 
triunfos, en el Perú y Bolivia, se deshace en su au- 
sencia; los intereses y pasiones toman allí otros cen- 
tros, que tienden al desquite de aquella sumisión ser- 
vil a las ideas y las annas del Libertador, encelan- 
do el espíritu de autonomía, y la guerra estalla en- 
tre Colombia y el Perú. El había soñado en congregar 
Jas naciones creadas por su genio, en nueva liga 



110 JOSÉ ENRIQUE RuDÓ 

anfictióniea ; y aún no bien constituidas, peleaban en- 
tre sí, como desde el vientre de la madre pelearon lus 
hijos de Rebeca. Entre tanto, en Colombia, la exacer- 
bación de la discordia civil llegaba hasta armar el 
brazo de los conjurados que, en la noche del 25 de 
septiembre de 1828, asaltando la casa de Bolívar, in- 
tentan dirigir sus puñales al pecho del Libertador. Y 
mientras la frustrada conspiración de sus enemigos 
deja en su pecho, si no la herida sangrienta, la amar- 
gura de tamaña iniquidad, el conciliábulo de sus pro- 
pios parciales hace relucir afanosamente ante sus ojos 
tentaciones monárquicas que él sabe rechazar con im- 

turbable conciencia de su dignidad y de su glo- 
ria. Merced a esta firmeza, no surge de tanto descon- 
cierto una completa ruina de las instituciones demo- 
cráticas; pero persiste la aciaga fatalidad de la dic- 
tadura, donde por fuerza había de amenguarse la 
talla del héroe, en ministerio indigno de su altura mo- 
ral. La rebelión contra el gobierno de hecho se desata 
en Popayán, con López y Obando ; más tarde en An- 
tioquía, con Córdoba; y no es reducida sino a costa 
de sangre, que fomenta los odios. Ni acaban las ca- 
lamidades en esto. En 1829, lograda ya la paz con el 
Perú, cosa aún más triste y cruel sucede a aquella 

rra fratricida: Venezuela se aparta de la unión 
nacional que, diez años antes, completó los laureles 
de Boyacá ; la unidad de Colombia perece, y el gri- 
to de esa emancipación llega a los oídos de Bolívar 
coreado por el clamor furioso y procaz con que, ó 
de la propia tierra en que nació, enceguecidas muche- 
dumbres le acusan y exigen de la Nueva Granada su 
anulación y su destierro. La estrella de Bolívar ha 
tocado en la sombra que la anegará; su ruina polí- 
tica es, desde ese momento, inconjurable. En enero 
de 1830 abría sus sesiones la asamblea llamada a res- 
taurar el orden constitucional, y el Libertador aban- 
donaba el poder y se retiraba, aunque todavía sin 
franco ánimo de obscurecerse, a su quinta de las ve- 



HON UUÉRII A 111 

de Bogotá, de donde salió muy luego para 

na, 'Mi alejamiento que había de ser defini- 

. Ni la salud ni ia fortuna iban con él, como 

! naufragio. Flaqueábale el cuer- 

diable mal de pecho, que estam- 
■ ya en su exterior los signos de una vejez pre- 
ura. De la heredada riqueza no quedaba nada: 
la habían consumido entre la abnegación y el 
ndono. En cuanto a penas del alma, cruzaban sus 
las del dolor desinteresado, como de 
• de maestro, y las del dolor egoístico de la 
lición rota y afrentada. Y ni aún en el pensa- 
porvenir había refugio a tanto dolor, por- 
lo más triste de todo es que Bolívar vivió el es- 
to de sus días en la duda de la grandeza de 
y la desesperanza de los destinos de Amcri- 
Por si alguna chispa de fe pudiera alentar bajo 
- cenizas, no tarda mucho tiempo en persuadir- 
e que su ostracismo no tendrá siquiera la virtud 
blecer el sosiego. Harto a menudo, un rui- 
do de armas removidas, allí donde hay guarnición 
de soldados, anuncio, no, como un día, la gloria de 
la guerra, sino la vergüenza Tíel motín: los restos del 
ejército que había libertado un mundo se disolvían 
ion miserable. De los vecinos pueblos 
menéanos llegaba el eco de parecidas tur- 
bulencias. Y como si todo este espectáculo de la Ame- 
lada y en delirio, necesitara, para he- 
rir a Bolívar más o' . condensarse en un solo 
faech que colmase las ingratitudes y las sub- 
1 i traspasara a id en el ccntio de sus /ifec- 
tos, pronto había de saber el vil asesinato de Sucre, 
el preclaro mariscal de Ayacucho, cazado, como un 
ai malhechor, en un desfiladero de le Nud^s, 
sin que fuese escudo a la saña de la demagogia la glo- 
ria militar más austera y más pura de la revolución 
de América. Amarguísima carta escrita en aquella 
ocasión por Bolívar trasluce hasta qué punto extre- 



112 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

mó su desaliento ese crimen. Tal es la situación de 
su ánimo, cuando se oye llamar de Bogotá, donde el 
gobierno de Mosquera ha sido derribado y el motín 
triunfante quiere la vuelta del Libertador. Un últi- 
mo encrespamiento de su instinto de dominación y 
de su fe en sí mismo le estremece, y por un instante 
vuelve los ojos a los que le llaman ; pero luego que 
advierte como es la sedición militar la. que, sin cono- 
cida sanción de los pueblos, le tienta con un podet 
arrebatado a sus poseedores legítimos, recobra su 
voluntad de apartamiento y su actitud estoica, y 
altivo arranque de su dignidad le libra de romper 
aquel solemne ocaso de su vida con las vulgares pom- 
pas de un triunfo de pretor. Agravado su mal, tras- 
ládase en el otoño de 1830 a Santa Marta. Allí, don- 
de diez y ocho años antes tomó el camino de sus pri- 
meras victorias, allí, arrullado por el trueno del mar, 
espera la cercana muerte, epilogando, como el mar, 
con la tristeza de una caima sublime, la sublimidad 
dinámica de sus desates tempestuosos. Su espíritu, pu- 
rificado y aquietado, sólo tiene, en aquellas últimas ho- 
ras, palabras de perdón para las ingratitudes, de ol- 
vido para los agravios, y votos de concordia y amor 
para su pueblo, Pocos hombres vivieron, en el tor- 
bellino de la acción, vida tan bella; ninguno murió, 
en la paz de su lecho, muerte más noble. Comenzaba 
la tarde del 17 de diciembre de 1830 cuando Simón 
Bolívar, Libertador de América, rindió el último 
aliento. 

Había dado a los nuevos pueblos de origen español 
su más eficaz y grande voluntad heroica, el más es- 
pléndido verbo tribunicio de su propaganda revolu- 
cionaria, la más penetrante visión de sus destinos fu- 
turos, y concertando todo esto, la representación ori- 
ginal y perdurable de su espíritu en el senado huma- 
no del genio. Para encontrarle pares es menester su- 
bir hasta aquel grupo supremo de héroes de la gue- 
rra, no mayor de diez o doce en la historia del mun- 



HOMBRES DE AMÉRICA 113 

do, en quienes la espada es como demiurgo innova- 
dor que, desvanecida la efímera luz de las batallas, 
deja una huella que transforma, o ha de transformar 
en el desenvolvimiento de los tiempos, la suerte de 
una raza de las preponderantes y nobles. ¿Qué falta 
para que en la conciencia universal aparezea, como 
aparece clara en la nuestra, esa magnitud de su glo- 
ria? Nada que revele de él cosas no sabidas ni que 
depure o interprete de nuevo las que se saben. El es 
ya del bronce frío y perenne, que ni crece, ni men- 
gua, ni se muda. Falta sólo que se realce el pedes- 
tal. Falta que subamos nosotros, y que con nuestros 
hombros encumbrados a la altura condigna, para pe- 
destal de estatua semejante, hagamos que sobre nues- 
tros hombros descuelle junto a aquellas figuras uni- 
versales y primeras, que parecen más altar, sólo por- 
que están más altos que los nuestros los hombros 
de los pueblos que las levantan al espacio abierto y lu- 
minoso. Pero la plenitud de nuestros desttooa ac acer- 
ca, y con ella, la hora en que toda la verdad de Bo- 
lívar rebosa sobre el mundo. 

Y por lo que toca a la América nuestra, él quéda- 
le para siempre como su insupeíado Héroe Epónimo. 
Porque la superioridad del héroe no se determina só- 
lo por lo que él sea capaz de hacer, abstractamen- 
te valoradas la vehemencia de su vocación y la ener- 
gía de su aptitud, sino también por lo que da de *i 
la ocasión en que llega, la gesta a que le ha enviado 
la consigna de Dios ; y hay ocasiones heroicas que, 
por trascendentes y fundamentales, son únicas o tan 
raras como esas celestes conjunciones que el girar de 
los astros no reproduce sino a enormes vueltas de 
tiempo. Cuando diez siglos hayan pasado ; cuando la 
pátina de una legendaria antigüedad se extienda des- 
de el Anáhuac hasta el Plata, allí donde hoy campea 
la Naturaleza o cría sus raíces la civilización ; cuan- 
do cien generaciones humanas hayan mezclado, en la 
masa de la tierra, el polvo de sus huesos con el pol- 

HO)»IU;S DS AMÉRICA 8 



114 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

vo de los bosques mil veces deshojados y de las ciu- 
dades veinte veces reconstruidas, y hagan reverbera* 
en la memoria de hombres que nos espantarían por 
extraños, si los alcanzáramos a prefigurar, miríadas 
de uoiobies gloriosos en virtud de empresas, hazañas 
y victorias de que no podemos formar imagen : to- 
davía entonces, si el sentimiento colectivo de la Amé- 
rica libre y una no ha perdido esencialmente su vir- 
tualidad, esos hombres, que verán como nosotros en 
la nevada cumbre del Sorata la más excelsa altura de 
los Andes, verán, como nosotros también, que en la 
extensión de sus recuerdos de gloria nada hay más 
glande que Bolívar. 



s 



RUBÉN DARÍO 



— No es el poeta de América, of decir una vez que 
la corriente de una animada conversación literaria 
se detuvo en el nombre del autor de rrosas profanas 
y de Azul. Tales palabras tenían un sentido de re- 
proche ; pero aunque los pareceres sobre el juicio que 
se deducía de esa negación fueron distintos, el asen- 
timiento para la negación en sí fué casi unánime. 
Indudablemente, Rubén Darío no es el poeta de Ame- 
rica. 

¿Necesitaré decir que no es para señalar en ello 
una condición de inferioridad literaria, como hago 
mías las palabras del recuerdo?... Me parece muy 
justo deplorar que las condiciones de una época de 
formación, que no tiene lo poético de las edades pri- 
mitivas ni lo poético de las edades refinadas, poster- 
guen indefinidamente en América la posibilidad de un 
arte en verdad libre y autónomo. Pero así como me* 
parecía insensato tratar de suplirlo con la mezquina 
originalidad que se obtiene al precio de la intoleran-/ 
cia y la incomunicación, creo pueril que nos obstine- 
mos en fingir contentos de opulencia donde sólo pue- 
de vivirse intelectualmente de prestado. Confesémos- 
lo: nuestra América actual es, para el arte, un suelo \ 

generoso. Para obtener poesía, de las formas, 
cada vez más vagas e inexpresivas de su sociabilidad, 
es ineficaz el reflejo; sería necesaria la refracción en 



116 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

un cerebro de iluminado, la refracción en el cerebro 
de Walt Whitman. — Quedan, es cierto, nuestra Natu- 
raleza soberbia, y las originalidades que se refugian, 
) progresivamente estrech: las, en la vida de los cam- 
pos. — Fuera de esos do3 motivos de inspiración, los 
poetas que quieran expresar, en forma umversalmen- 
te inteligible para las almas superiores, modos de pen- 
sar y sentir enteramente cultos y humanos, deben re- 
nunciar a un verdadero sello de americanismo ori- 
ginal. 

Cabe, en ese mismo genero de poesía, cierta im- 
presión de americanismo en los accesorios ; pero, aún 
en los accesorios, dudo que nos pertenezca colectiva- 
mente el sutil y delicado artista de que hablo. Ig- 
noro si algún espíritu zahori podría descubrir, en 
tal cual composición de Rubén Darío, una nota fu- 
gaz, un instantáneo reflejo, un sordo rumor, por los 
que se reconociera en el poeta al americano de las 
cálidas latitudes, y aún al sucesor de los misterio- 
sos artistas de Utatlán y Palenke; como, en sentir 
de Taine, se reconoce — comprobándose la persistencia 
del antiguo fondo de la raza, — al nieto de Néstor y de 
Ullses en los teólogos disputadores del Bajo Imperio. 
Por rni parte, renuncio a tan aventurados motivos de 
investigación, y me limito a reiterar mi creencia de 
que, ni para' el mismo Taín&¿ ni para Buckle, sería 
un hallazgo feliz el de tal personalidad en ambiente 
semejante. 

Su poesía llega al oído de los más como los can- 
tos de un rito no entendido. Su «alcázar interior)) — 
ese de que él nos habla con frecuencia — permanece 
amorosamente protegido por la soledad frente a la 
vida mercantil y tumultuosa de nuestras sociedades, 
y sólo se abre al sésamo de los que piensan y de los 
qne sueñan... Tal, en la antigüedad, la granja del 
Turar, el retiro de Andes o Tarcnto, la estancia sa- 
bina ; todos los seguros de aquel grupo de heleni- 
zados- espíritus que, con el pensamiento suspenso de 



HOMBRES DE AMÉRICA 117 

las manos de Atenas y sin mezclarse a la avasalla- 
dora prosa de la vida exterior, formaron como una 
gota de aceite ático en las revueltas aguas de la on- 
da romana. 

Aparte de lo que la elección de sus asuntos, el per- 
sonalismo nada expansivo de su poesía, su manifiesta 
aversión a las ideas e instituciones circunstantes, pue-j 
den contribuir a explicar el anti-americanismo invo- 
luntario del poeta, bastaría la propia índole de su' 
talento para darle un significado de excepción y sin- 
gularidad. Hay una línea que, como la que separa de 
lo azul la franja irisada del crepúsculo, separa en 
poesía americana el imperio de los colores francos y 
uniformes, — oro y púrpura, como en Andrade ; plata 
y celeste, como en Guido, — del sens des nuances de 
Rubén. Hablamos tenido en América poetas buenos, y 
poetas inspirados, y poetas vigorosos; pero no habla- 
mos tenido en América un gran poeta exquisito. Joya 
es esa de estufa ; vegetación extraña y mimosa de sa- 
via salvaje en que ha desbordado hasta ahora la ju- 
venil vitalidad del pensamiento americano ; algunas ve- 
ces encauzada en toscos y robustos troncos que du- 
rarán como las formas brutales, pero dominadores, de 
nuestra naturaleza, y otras muchas veces difusa en 
gárrulas lianas, cuyos despojos enriquecen al suelo 
de tierra vegetal, útil a las florescencias del futuro. 

Agreguemos, íncidentalmente, que tampoco es fruto 
fácil de hallar, dentro de la moderna literatura espa- 
ñola, el de la exquisitez literaria; entendiendo por tal 
la selección y la delicadeza que se obtienen a favor de 
un procedimiento refinado y consciente ; no lo «deli- 
cado» sentimental e instintivo de las Rimas. Suele te- 
ner aquella condición la prosa de don Juan Valera, 
por ejemplo ; pero es indudable que, ni la genialidad 
tradicional de la raza, ni mucho menos las actuales 
influencias del medio sobre la producción, conspiran 
a favorecer, en el solar de nuestra lengua, tal moda- 
lidad de la belleza y del arte. En cuanto a América, 



118 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

la espontaneidad voluntariosa e inconsulta, reñida con 
todo divino ensueño de perfección, ha sido cosa tan 
natural en la obra de su pensamiento, como las im- 
provisaciones agitadas en su obra de organización y 
de desarrollo material. Preferida escuela de sus poe- 
tas (como de sus repúblicos) ha sido hasta hoy la que, 
con intraductible modo de decir, llamarían en Fran- 
cia Vécole buisonniére de la poesía y la política. Por 
otra parte, los románticos pusieron excesivamente en 
boga entre nosotros las abstracciones de cierta psico- 
logía estética que atribuía demasiada realidad al mito 
del «numen». Se creía con una candorosa buena íe 
en la inspiración que desciende, a modo de relámpa- 
go, de los cielos abiertos; se tenían para cualquier 
severa disciplina los rencores del escolar para el la- 
tín; se iba a pasear a los prados y los bosques y, co- 
¡ mo Mathurin Regnier, se «cazaban los versos con re- 
chuno». 

Además, toda manifestación de poesía ha sido más 
o menos subyugada en América por la suprema nece- 
sidad de la propaganda y de la acción. El arte no ha 
sido, por lo general, sino la forma más remontada de 
la propaganda; y poesía que lucha no puede ser poe- 
sía que cincela. Este utilitarismo batallador, que, bien 
o mal depurado de la inevitable escoria prosaica, apa- 
rece en casi todas las páginas de nuestra Antología, 
basta para que resalte con un enérgico relieve de ori- 
ginalidad la obra, enteramente desinteresada y libre, 
del autor de Azul. No cabe imaginar una individua- 

; lidad literaria más ajena que ésta a todo sentimiento 
de solidaridad social y a todo interés por lo que pasa 

1 en torno suyo. Se diría que es lo menos Béiimger que 
puede ser un poeta; lo que en sentir de algunos, equi- 
valdría a decir que es todo lo poeta que puede ser 
un mortal. Alguna vez tuvo su musa la debilidad de 
cantar combates y victorias; pero la creo convencida 
de que, como en la frente de la Herminia del Tasso, 
el casco de guerra sienta mal sobre su frente, hecha 



HOMBRES DF. AMÉRICA 119 

para orlarse de rosas y do mirto?. Hoiedia, Olmedo, 
Andrade, dibujan, más o menos conscientemente, en 
derredor de sus versos, al circuito do un Forum, las 
gradas que se dominan desde una tribuna ; en tanto 
que la de Rubén Darío es una monte de poeta que ten- 
dí ía su medio natural en un palacio de príncipes es- 
pirituales y conversadores. Yo no le creo incapaz de 
predicar la buena nueva; poro afirmo que, para ha- 
cerle maestro de la verdad, sería necesario prepararle 
ana decoración renovada de los más bellos pasajes 
del Genezareth do idilio, de Renán; vestir al apóstol 
con tánica de oro y de seda; ungir de bardo su cabeza 
y sus hombros... y todavía, conseguir del Enemigo 
Malo que las prostitutas y los publícanos fuesen gen- 
tes delicadamente perversas, sin ninguna emanación 
de vulgaridad. 

Cierta referencia del mismo autor de La Abadesa 
de Jouarre, que glosaremos con una frase de Bacon, 
nos dará de antemano la síntesis de nuestro estudio 
de la personalidad y las ideas del poeta. «La verdad 
de los dioses debe inferirse únicamente por la belleza 
de los templos que se les han levantado», le decía a 
Renán un artista amigo. «No hay refinada belleza sin 
algo extraño en sus proporciones», afirmaba el genial 
y abyecto Canciller. — Todo Rubén Darío está en la 
doctrina que puede deducirse lógicamente de esos dos 
postulados. — El Dios bueno es adorable, porque es her-j 
muso ; y será la más verdadera aquella, religión que 
nos lo haga imaginar más hermoso que las otras... y 
un poco raro además. — Le rare est le bon, dijo el maes- 
tro. — Satán es digno de ser ponderado en letanías siem- 
pre que se encarne en formas que tengan la selección 
de Alcibíades, los fulgores de Apolo, la impavidez de 
don Juan, la espiritualidad de Mercurio, la belleza de 
Parts, En cuanto a las cosas de la tierra, ellas sólo' 
ofrecen, para nuestro artista, un interés reflejo que 
adquieren de su paso por la Hermosura, y que se des- 
vanece apenas han pasado. Frente a la realidad po-í 



120 JOSÉ ENRIQUE BOBO 

rsitiva, a las eme el Evangelio llama disputas de los 
hombres, a iodo lo obscuro y lo pesado de la agitación 
humana, su actitud es un estupor exotérico o un si- 
:clo desdeñoso. Nada sino el arte. Y como el arte 
significa esencialmente la Apariencia divinizada, y 
pone en las cabezas el mareo fácil de la alondra para 
ir hacia «todo lo que luce y hace ruido», prefiere un 
rey a un presidente de república — y a Washington, 
Hc.lagahal. Se reina bien cuando se reina de manera 
adecuada para proporcionar a una reducida porción 
de hombres elegidos las más frecuentes e intensas sen- 
saciones de felicidad y de belleza. La acción vale como 
parodia del ensueño. El grande hombre de acción se- 
ría el absoluto y todopoderoso monarca que, conside- 
ro la sociedad como el mármol donde él estaría obli- 
gado a cincelar una estatua a un tiempo enorme y 
exquisita, la recortara, la trazase, despiadadamente, 
para organizaría con arreglo a una suprema idea de 
originalidad novelesca y de magnificencia exterior. 

oda sino el arte, repito. Su «naturaleza literaria» 
vibra entera en esa palabra. Su talento la lleva por 
fetgño lo mismo en la faz que mira al Capitolio que en 
la que mira a la Tarpeya: en la de los aciertos y en 
la de las culpas. Imaginad su mundo íntimo como un 
'horizonte avasallado por una. cumbre solitaria, dondo 
la Belleza hace llegar sus rayos de cerca y donde el 
amor de la Belleza se levanta poderoso, altivo, vence- 
. dor. Todo lo demás de la realidad y de la idea queda 
en el fondo obscuro del valle... Las cosas sólo salen 
de la obscuridad de la indiferencia cuando un rayo de 
aquel amor las ilumina. Y del imperio de ese senti- 
miento único — receloso tirano de su reino interior, — ha 
nacido esta organización de poeta, verdaderamente ex- 
traña y escogida, como nace, de la cristalización del 
carbono puro, la piedra incomparable. 

Los que, ante todo, buscáis en la palabra de los ver- 
sos la realidad del mito del pelícano, la ingenuidad de 
la confesión, el abandono generoso y veraz de un alma 



HOMBRÍA DE AMÉRICA 121 

que Be og entrega tuda entera, renunciad por ahora a 
cosechar estrofas que sangren como arrancadas a en- \ 
trafias palpitantes. Nunca el áspero grito de la pasión ) 
devoradora e intensa se abre paso al través de los ¡ 
versos de este artista poéticamente calculador, del que ' 
ee diría que tiene el cerebro macerado en aromas y el 
corazón vestido de piel de Suecia. También sobre lat 
expresión del sentimiento personal triunfa la preocu-1 
pación suprema del arte, que subyuga a ese sentimien-> 
to y lo limita ; y se prefiere — antes que los arrebata- 
dos ímpetus de la pasión, antes que las actitudes trá- 
gicas, antes que los movimientos que desordenan en 
la línea la esbelta y pura limpidez — los mórbidos e 
indolentes escurzos, las serenidades ideales, las langui- 
deces pensativas, todo lo que hace que la túnica del 
actor pueda caer constantemente, sobre su cuerpo fle- 
xible, en pliegues llenos de gracia. 

Y ese mismo amaneramiento voulu de selección y de 
mesura que le caracteriza en el sentimiento, le do- 
mina también en la descripción. Está lleno de imáge- 
nes, pero todas ellas son tomadas a un mundo donde 
genios recelosos niegan la entrada a toda realidad 
que no se haya bañado en veinte aguas purifleadoras. 
Porque Rubín Darío sería absolutamente incapaz de 
extraer poesía de las excursiones en que el pie felino 
de la musa de Eaudelaire hollaba, con cierta morbosa 
delectación, el cieno de los barrios inmundos, y en 
que ella desplegaba sus alas de murciélago para re- 
mover la impureza de las nieblas plomizas. Ve inten- 
samente, pero no ve sino ciertos delicados aspectos del 
mundo material. La intensidad de su visión se reserva 
para las cosas hermosas. Cierra los ojos a la impre-, 
sión de lo vulgar. Lleva constantemente a la descrip- 
ción el amor de la suntuosidad, de la elegancia, del 
deleite, de la exterioridad graciosa y escogida. Su ta- 
ller opulento no da entrada sino a los materiales de 
que, si fuese suya la lámpara de Aladino, habría de 
rodearse en la realidad. Oro, mármol y púrpura, para 



122 JOSÉ ENRIQUE rodo 

construir, bajo la advocación de Schehezarada, salo- 
nes encantados. Todas las formas que ha fijado en el 
verso revelan ese mismo culto de la plasticidad triun- 
fal, deslumbradora, que se armoniza en él con el de 

la espiritualidad selecta y centelleante. El instinto del 
lujo — del lujo material y el del espíritu, — la adoración 
de la apariencia pulcra y hermosa, con cierta indo- 
lente non curanza del sentido moral. 

Tal inclinación, entre epicúrea y platónica, a lo Re- 
nacimiento florentino, no sería encomiable como mo- 
delo de una escuela, pero es perfectamente tolerable 
como signo de una elegida individualidad. De ese modo 
de ver no nacerán en el arte literario las obras arqui- 
tecturales e imponentes (y, desde luego, es indudable 
que no nacerán poemas cosmogónicos, ni romances si- 
bilinos, ni dramas cejijuntos); pero nacen versos pre- 
ciosos; versos de una distinción impecable y gentili- 
cia, de un incomparable refinamiento de expresión; 
versos que parecen brindados, a quien los lee, sobre 
la espuma que rebosa de un vino de oro en un cristal 
de baccarat, o en la peí fumada cavidad de un guante 
cuando apenas se lo ha quitado una mano principes- 
ca... Todas las selecciones Importan una limitación, un 
empequeñecimiento extensivo, y no hay duda de que 
el refinamiento de la poesía del autor de Azul la em- 
pequeñece del punto de vista del contenido humano y 
de la universalidad. No será nunca un poeta popular, 
un poeta aclamado en medio de la vía. El lo sabe, y 
* me figuro que no le inquieta gran cosa. Dada su ma- 
nera, el papel de representante de multitudes debe re- 
pugnarle tanto como al poeta de las Flores del mal, 
que, con una disculpable petulancia, se jactaba de no 
ser lo suficientemente béte para perecer el sufragio 
de las mayorías... Lejos del vano estrépito del circo, 
en la «sede del arte severo y del silencio», como él gus- 
ta decir evocando la grave frase d'annunziana, pule, 
cincela, a modo de «un buen monje artífice», y consul- 
ta a los «habitantes de su reino interior». Recuerdo a 



HOMBRES DE AMÉRICA 133 

este propósito que uno de loe personajes de T/Immor- 
/<•/, de Daudet, plantea esta cuestión interesante : —Si 
acaso Robinsón hubiera sido artista, poeta, escritor, 
¿hubiera continuado siéndolo en la soledad, hubiera 
producido? lie ahí una duda que, para los artistas de 
l;i raza del nuestro, apenas admite explicación. En el 
individualismo soberbio de este poeta — aunque prive a 
sil p ^sía de la amplitud humana y generosa que real-j 
/a a la de ios, que cantan con vocación y majestad de 
hierofantes — hay un fondo legítimo que ningún alma 
dotada de «entendimiento de hermosura» será osada a 
negar. Cierto: la Belleza soñada es, de todas las cosas 
del mundo, la que mejor justifica los individualismos 
huraños y rebeldes; es un santo horror el que tiene 
el artista a la tiranía de los más, al pensamiento ves- 
tido con librea de uniforme; el arte y la multitud es 
tan hechos de distinta suhstancia. El arte es cosa lev 
y Calibán tiene las manos toscas y duras. Pero se le 
puede ahominar en el arte y amarle cristianamente en 
la realidad. Rubén Darío no le ama ni en la realidad 
ni en el arte. Sé que no se indignará conmigo si atri- 
buyéndole un sibaritismo de corazón que haría rugir 
a Edmundo Schérer, cuyas invectivas contra Gautier 
acabo de dejar de las manos, me creo autorizado a 
pensar que, como el personaje de Mademoisette Mau- 
pin, sólo se siente inclinado a dar limosna cuando la 
sordidez y los andrajos tienen aspecto de cuadro de 
Ribera o de G ova... 

Todas las predilecciones que revelan sus versos ; todo 
e) grupo favorito de imágenes, de reminiscencias, de 
nombres que forman un característico corso e ricorso 
alrededor de la obra de cada artista, responden en el 
nuestro al mismo delicado instinto de selección. La 
Grecia clásica y la Francia de Luis XV le darán, al- 
ternativamente, objetos para sus decoraciones; sím- 
bolos todas de una organización espiritual que huye lo 
ordinario como el armiño lo impuro. Ama prodigar la 
a, el oro, el marmol, como términos de compara- 



124 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

cien. Aún más que la rosa purpurada «en sangre pe- 
cadora», es el lirio heráldico y beato la flor con que 
nos encontraremos al leerle. Y si se nos preguntase 
por el ser animado en que debería simbolizarse el ge- 
nio familiar de su poesía, sería necesario que citáse- 
mos — no al león ni al águila que obsedian la imagi- 
nación de Víctor Hugo, ni siquiera al ruiseñor que- 
rido de Heine, — sino al cisne, al ave wagneriana: el 
blanco y delicado cisne que surge a cada instante, so- 
bre la onda espumosa de sus versos, llamado por in- 
sistente evocación, y cuya imagen podría grabarse, el 
día que se blasonara la nobleza de los poetas, en uno 
de los cuarteles de su escudo de la manera corno se 
grabaría en el escudo poético de Poe el cuervo omi- 
noso, y el gato pensativo y hierático en el blasón de 
Baudelaire. 

Toda la complejidad de la psicología de este poeta 
puede reducirse a una suprema unidad, todas las an- 
tinomias de su mente se resuelven en una síntesis per- 
fectamente lógica y clara, si se las mira a la luz de 
esta absoluta pasión por lo selecto y por lo hermoso, 
que es el único quicio inconmovible en su espíritu. — 
No es parnasianismo extendido al mundo interior, y 
en el que las ideas y los sentimientos hacen el papel 
de lienzos y bronces. — Teófilo Gautier no tenía reparo 
en confesar que, consideradas las cosas poniéndose en 
el mirador del arte, le parecía preferible una magní- 
fica pantera a un ser racional ; lo que no impedía que 
el hombre pudiera hacerse superior a la pantera des- 
pojándola de su piel para recortarse una hermosa tú- 
nica. Hay en_Rubén Darío la virtualidad de una esté- 
tica semejante. 

El pensamiento malo que viene revestido con una 
pintada piel de pantera, vale más que el pensamiento 
bueno que viste de librea o con una corrección afec- 
tadamente vulgar. Pero se concede a los moralistas 
que si el buen pensamiento desnuda de su bizarra piel 



HOMBRES DI AMÉRICA 125 

al animal feroz y se la pone regiamente sobre los hom- 
bros, valdrá más que el pensamiento malo. 

Y ahora que he tratado de caracterizar a mi ma- 
nera la genialidad del poeta, y he sintetizado todo 
lo dicho en ese ejemplo extremoso, oigo que me pre- 
gunta una voz interior que se anticipa a muchas voces 
extrañas: ¿No crees tú que tal concepción de la poe- 
sía encierra un grave peligro, un peligro mortal, para\ 
esa arte divina, puesto que, a fin de hacerla enfermar 
de selección, le limita la luz, el aire, el jugo de la \ 
tierra? Seguramente, si todos los poetas fueran así. * 
Pero, ¿acaso no existiría un peligro igual para la ar- 
monía de la Naturaleza y para la sociedad de los hom- 
bres, si todas las plantas fueran orquídeas; diaman- 
tes y rubíes todas las piedras ; todas las aves cisnes 
o faisanes; y todas las -mujeres sirvieran para figu- 
rar en crónicas de Gyp y cuentos de Mendés?... 

Para proseguir nuestra esquisse de la personalidad 
que estudiamos, de la manera más segura; teniendo 
ante los ojos el inequívoco trasunto de su obra, elegi- 
remos de ella lo que nos parece más característico y 
de más alto valor. Es su última colección de versos la 
que representa — por así decirlo — la plena tensión del 
arco del poeta. El autor de Azul no es sino el boceto» 
del autor de Prosas profanas. 

Entiéndase que me refiero exclusivamente al poeln, 
en este parangón de los dos libros; no al prosista in- 
comparable de Azul; no al inventor de aquellos cu<n- 
tos que bien pedemos calificar de revolucionarios, por-] 
que, en ellos, la urdimbre recia y tupida de nuestro 
idioma pierde toda su densidad tradicional, y — como 
sometida a la acción del trozo de vidrio que .según 
Barbey d'Aurevilly, servía para trocar los fracs de 
Jorge Brummell en gasas vaporosas, — adquiere la le- 
vedad evanescente del encaje. 

Tomaremos, pues, la última colección del poeta por 
punto de partida. Los que conocéis -de las nuevas ten- 



120 JOSÉ ENRIQUE ROBÓ 

delicias literarias la parodia y de Rubén Darío la le- 
yenda, podéis alejar todo temor de que os juegue una 
mala pasada conduciéndoos al través de un libro som- 
brío, diabólico o impuro. Es un libro casi optimista — 
a condición de que no confundáis el optimismo poé- 
tico con la alegría de Roger Bontemps. No encontra- 
réis en él una sola gota del amargo ajenjo verleniano, 
porque el Verlaine que aparece no es el Verlaine que 
sabe la ciencia del dolor y el arrepentimiento; ni una 
onda sola del belado nephente de Reconté de Risle; ni 
un solo pomo de la farmacia tóxica de Baudelaire. En- 
contraréis mucha claridad, mucho champagne y mu- 
flías rosas. No bien hacemos nuestra entrada en el 
libro, el poeta nos toma de la mano, como el genio de 
algún cuento oriental, para que retrocedamos con él a 
la vida de una época llena de amenidad y de gracia. 
Vamos en viaje al siglo xvm francés. Cierto es que a 
mí, como a muchos de los que se decidan a seguirme, 
nos agrada de una manera mediana aquel ambiente 
en que la Naturaleza no era sino un inmenso madri- 
gal; en que un erotismo rococó ocupaba el lugar de 
la pasión fuerte y fecunda ; y en que cierta mitología 
de abanico hacía de Mercurio un mensajero de bille- 
tes galantes, y de Eolo un paje encargado de dar aire 
a las reinas, y de las butacas úc Balón los trípodes de 
Apolo. Pero no importa, por mi parte. Presumo tener 
entre las pocas excelencias de mi espíritu, la virtud, 
literariamente cardinal, de la amplitud. Soy un dócil 
secuaz para acompañar en sus peregrinaciones a los 
poetas, a dondequiera que nos llame la irresponsable 
voluntariedad de su albcdrío; mi temperamento de 
Simbad literario es un gran curioso de sensaciones. 
Busco de intento toda ocasión de hacer gimnasia de 
flexibilidad ; pláceme tripular, por ejemplo, la nave 
horaciana que conduce a Atenas a Virgilio, antes de 
embarcarme en el bajel de Saint-Pol Roux o en el raro 
yateh de Mallarmé. ¿Qué mucho que no me intimide 
ahora la peregrinación a que convida este desterrado 



HOMBRES DE AMERICA 127 

ric loa jardines de Versalles y los Trianones cucos, aun- 
que él no hayo de llevarme precisamente a las regio- 
nes por que suspira mi alma cuando toma la actitud 
de Mignon? La hospitalidad de las Marquesas es, al 
fin y al cabo, un;i hospitalidad envidiable, y la pre- 
sentación será hecha por un poeta de la corte. 

Era un aire suave..., dice el título de estos prime- 
ros versos. Y además del aire efectivamente acaricia- 
dor que simula en ellos el ritmo, ellos os halagarán 
los ojos con todos los primores de la línea y todas las 
delicadezas del color. Imaginaos un escenario que pa- 
rezca compuesto con figuras de algún sutil miniatu- 
rista del siglo xviii. Una noche de fiesta. Un menudo 
castillo do Le Nótre. en el que lo exquisito de la de- 
coración resalta sobre una Arcadia de parques. Los 
jardines, celados por estatuas de dioses humanizados 
y mundanos, no son sino salones. Los salones, tras- 
pasados por los dardos de oro de los candelabros, ar- 
den como pastillas de quemar que se consumen. Un 
mismo tono, delicado y altivo, femenil y alegre, de la 
Gracia, triunfa por todas partes, en el gusto de la or- 
namentación, en los tintes claros de las telas, en las 
alegorías pastorales de los tapices, en las curvas fe- 
meninas de las molduras... Las Horas danzan festivas. 
Se está en el siglo del ingenio y la conversación ha 
desatado en leves bandadas sus trasgos y sus gnomos. 
Declaraciones, risas, suspiros. Pueblan el aire los pas- 
tores acicalados de Watteau, repartidos, en grupos que 
se eclipsan y reaparecen, en los planos de seda de los 
abanicos, que conversan en el lenguaje de las señas. 
Se oye la sinfonía de las telas lujosas. Tañe la seda 
su pífano insectil, el gro rezonga su voluptuosidad, 
los encajes tiemblan azoradores... Cruzan la sala las 
mujeres de Marivaux. Por allá pasa Sylvia, por allá 
Araminta ,por allá Angélica y Hortensia. Los rostros, 
que semejan de estampas, y que parecen pedir, sobre 
las mejillas consteladas de lunares, la firma de Bou- 
cher, llevan, ellos también, esa nota de amaneramien- 



128 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

to querido que surge en todas partes en el siglo de la 
artificialidad. El baile luego. Una orquesta de Italia 
deslíe en el aire la música de un repertorio voluptuo- 
so. Los tacones de púrpura dibujan sobre la alfombra 
florida la Z del minué, o se abandonan a la fugaci- 
dad de la gavota, o hacen la rueda en la pavana. Oro, 
rosa, celeste, sobre los paniers de las danzantes y en 
los trajes de sus caballeros. Todo el ambiente ea una 
caricia y todo lo que pasa parece salir de la aljaba de 
la voluptuosidad. 

Tal amplifica mi fantasía, dócil a toda poética su- 
gestión, el fondo hechizado del cuadro en que la ma- 
gia del poeta hace revivir a esa marquesa Eulalia que, 
colocada entre un abate madrigalista y un vizconde 
galante, reparte risas y desvíos con una malignidad 
encantadora. Un paje audaz, de los que pirateaban con 
la patente de corso de los reyes en los mares munda- 
nos de la Regencia y de Luis XV, sabe el secreto que 
hará desvanecerse la risa de Eulalia, y la esperará, a 
la media noche, en una glorieta del jardín, que duer- 
me envuelta en sombras azules. Pero, entretanto, Eu- 
lalia ríe incansablemente ; y mientras la graciosa Eco 
mezcla en la copa del aire las desgranadas perlas de 
su reír con las notas perdidas que endulzan las onda» 
mansas del viento, la fiesta, en torno, continúa: las 
Horas danzan festivas, como en la pintura matinal de 
Guido Reni... 

¿Tocar así la obra del poeta, para describirla, como 
un cuadro, con arreglo a un procedimiento en que in- 
tervenga cierta actividad refleja de la imaginación, es 
un procedimiento legítimo de crítica? Sólo puede no 
serlo por la incapacidad de quien lo haga valer. La 
composición es de un tono enteramente nuevo en nues- 
tro idioma; porque el matiz de la Gracia que hay en 
ella, no tiene la correcta simplicidad de la elegancia 
clásica, ni la vivacidad del donaire puramente espa- 
ñol, hecho de especias y de zumo de uva, que nuestro 
propio poeta, con versos de gesticulaciones gitanas, no» 



HOMBRES DE AMÉRICA 129 

ofrece en el Elogio de la seguidilla. Es la gracia Wat- 
teau, la gracia provocativa y sutil, incisiva y amanera- 
da, de ese siglo xvm francés, que los Goncourt, que tan 
profundamente la amaron y sintieron, llamaban «la 
sonrisa de la línea, el alma de la forma, la fisonomía 
ritual de la manera». La originalidad de la versifi- 
cación concurre admirablemente al efecto de ese ca- 
pricho delicioso. Nunca el compás del dodecasílabo, el 
metro venerable y pesado de las coplas de Juan de 
Mena, que los románticos rejuvenecieron en España, 
después de largo olvido, para conjuro de evocaciones 
legendarias, había sonado a nuestro oído de esta ma- 
nera peculiar. El poeta le ha impreso un sello nuevo 
en su taller; lo ha hecho flexible, melodioso, lleno de 
gracia ; libertándole de la opresión de los tres acen- 
tos fijos e inmutables que lo sujetaban como hebillas 
de su traje de hierro, le ha dado un aire de voluptuo- 
sidad y de molicie por cuya virtud parecen trocarse 
en lazos las hebillas y el hierro en marfil. ¡ Tienen su 
destino los metros] podríamos exclamar, a este propó- 
sito, parodiando al anónimo poeta de la antigüedad. 
He aquí que el viejo ritmo del Libro de las querellas 
y de la Danza de la muerte ha doblado sus petrifica- 
das rodillas de Campeador sobre el almohadón de ro- 
sas de la galantería. 

El mismo cielo, azul y ópalo, de cuadro de Wat- 
teau, el de las vcrlenianas Fétes galantes, se tiende 
sobre la Divagación que viene luego. El poeta, hacien- 
do gala de un cosmopolitismo ideal, que liba volup- 
tuosidades en la copa de todos los sibaritismos huma- 
nos para refundirlas en una suprema quintaesencia, 
declara que quiere dar a su amor todos los encantos 
y todos los colores propios del estilo de amar de cada 
raza. Curioso mercadante del verso, reúne en su tien- 
da, para preparar un escenario nupcial, estatuas de 
Clodión y bandolines florentinos ; copas para el vino 
teutón y copas para el vino de España ¡ mil tesoros 
exóticos : tortugas y dragones chinescos, y joyas de 

HOMBRES DE AMÉRIC4 9 



130 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

bayaderas de la India, y labrada plata del Japón. 
Quiere un ,amor que sea universo. Quiere que, en su- 
cesivos avatares, su amada lo sea todo ; desde la Dia- 
na de muslos de marfil que blanquea en el rincón de 
un parque de Luis XV, hasta la negra Sulamita del 
«Cántico»... Pero fijaos bien, y veréis cómo, por de- 
bajo de esta, mutación superficial, ella sigue siendo 
siempre una francesa del siglo de los duques-pastores, 
una joven marquesa, una nieta mimada de Marivaux, 
como aquella deliciosa Eulalia que parece escapada de 
una página de los Juegos del amor y el azar o de las 
Falsas confidencias. Ella sabe de Grecia por las Ai- 
cadias de aquel siglo ; de Alemania por Gérard de 
Nerval; de España por Merimée ; de Oriente por Loti... 
Hay en todas estas estrofas toques realmente incom- 
parables; y se diría que el poeta, al mismo tiempo que 
hace la corte a su viajera, hace también la corte a to- 
das las exquisiteces del decir y a todas las graciosas 
petulancias de la forma. 

Pienso que la Sonatina que desgrana sus notas en 
la siguiente página, hallaría su comentario mejor en 
el acompañamiento de una voz femenina que le pres- 
tara melodioso realce. El poeta mismo ha ahorrado a 
la crítica la tarea de clasificar esa composición, dán- 
dole un nombre que plenamente la caracteriza. Se cul- 
tiva — casi exclusivamente — en ella, la virtud musical 
de la palabra y del ritmo poético. Alados versos que 
desfilan como una mandolinata radiante de amor y 
juventud. Acaso la imagen, en ellos evocada, de la 
triste y soñadora princesa, se ha desvanecido en vos- 
otros, cuando todavía os merece el eco interior con la 
repercusión puramente musical de las palabras, como 
el aire de un canto cuya letra habéis dejado de sa- 
ber... Imagináis que os arrulla una berceuse muy sua- 
ve, y que vuestra alma está en la cuna ; imagináis 
que tenéis el alma en la epidermis y que unas manos 
de hada os la acarician ; aquellas leves manos que 
dibujó una vez Régnier — inmunes de «haber hilado el 



HOMBRES DE AMÉRICA 131 

lino de toda vil labor» y que sobre las fiebres en que 
se posaban ((hacían nevar el celeste reposo de su fres- 
cura»... Una berceuse, nada más; pero, ¿no vale y no 
se justifica así también la obra de los poetas? No ha 
mucho tiempo que estuvo más de moda que hoy sa- 
ludar a la poesía versificada con el melancólico adiós 
de cierta heroína del Ricardo III a la reina de los 
tristes deslinos. Pero todavía escuchamos a menudo 
que, condenada a ser proscrita — en cuanto alada men- 
sajera del pensamiento, y en cuanto arte descriptiva — 
por otras formas más amplias de la expresión, lo está 
también a serlo de los dominios del sentimiento por la 
potencia infinita de la música, que es la única fuerza 
capaz de evocar y reunir soberanamente, en el con- 
cierto de la Naturaleza, las confidencias de todas las 
cosas que ríen... Ceci tuero, cela. — Cuando lo oigo de- 
cir, El Cuervo de Poe, El Lago lamartiniano — que son 
para mí los dos hitos terminales de la armonía ver- 
bal, — los sollozos rimados del Souvcnir y de Las No- 
ches, cien cosas más, aletean en mi memoria como 
pájaros amenazados de muerte... Y juro entonces que, 
por más que lo infinito se abra tras el horizonte re- 
velado por la magia sublime de los Schúmann y los 
Wagner, ella compartirá perpetuamente elr imperio 
de las vibraciones sonoras con esta otra música que 
no precisa adherirse a cosas tangibles ; la que nace di- 
rectamente del roce de la idea al entrar en el molde 
de la palabra; la que, a un tiempo mismo, significa 
y sugiere ; la que tiene instrumentos sutiles y mara- 
villosos en la orquesta de sus letras inmóviles, cu- 
yos rasgos — como tendidas cuerdas o sonoros tu- 
bos de metal — parecen plegarse y desplegarse de 
cien modos extraños, para arrancar a la onda pri- 
sionera de aire vibraciones desconocidas... Sí; yo 
creo que, para que se sostenga el trípode del verso, 
es suficiente que dure el pie que reposa sobre la mú- 
sica. Muerto para la idea, muerto para el sentimien- 



132 JOSÉ ENRIQUE BODÓ 

to, el verso quedaría justificado todavía como jinete 
de la onda sonora. ( 

Dos composiciones ha consagrado Rubén Darío 
a glorificar la candida hermosura del cisne, en quien 
he dicho que tiene su poesía una especie de genio 
familiar. Blasón se llama la primera, y con el pro- 
pio nombre del ave la segunda. Son dos homenajes 
diferentes. Para canter el cisne pintado sobre azur 
en el blasón de una condesa española, el poeta pa- 
rece prepararle en sus versos el claro y espumoso 
lecho de un lago en un parque de Le Nótre ; y en- 
tonces, la imagen que se levanta, dócil al llamado 
del poeta, en nuestro espíritu, es la del cisne meri- 
dional, el cisne de Leda — ese blanco remero del Eu- 
rotas, — glorioso en el cuadro de Leonardo, divina- 
mente cantado por Leconte en su evocación de Hele- 
na. Y cuando, para saludar la aurora de Wagner, 
llama segunda vez al cisne el acento del poeta, des- 
pliégase ante nuestros ojos la otra ala del ave legen- 
daria; y es el cisne del Norte el que canta entonces, 
dominando el estrépito del martillo formidable de 
Thor y las trompas que celebran la espada de Ar- 
gentir. 

• He dicho antes por qué me parece bien que un 
poeta como el de que se habla en esta confesión de 
impresiones, ame al cisne y le acaricie en sus ver- 
sos. Además, una poesía de los caracteres de la su- 
ya, que ha hecho sus triunfos invocando un propósi- 
to, más o menos bien fundado, de renovación, tiene 
que reconocer algo propio en el simbolismo clásico 
del cisne. — El cántico del ave de armiño es, para la 
leyenda tradicional, símbolo de crepúsculo, símbolo de 
cosa que muere ; pero, en cambio, el cisne sagrado 
entre cuyas alas el dios de la luz volvió sobre Del- 
fos desde la región helada, ¿no simbolizaba también, 
dentro de la fábula griega, la revelación de la luz 
nueva, y no llevaba en la blancura de su plumaje 
inmaculado el emblema de la claridad que nace?.,. 



HOMBRES DE AMÉRICA 133 

Aspirando la poesía revolucionaria do Rubén a repre- 
sentar, además de una renovación, un tamizamiento 
de la luz, esta nueva luz, cernida entre espumas, no 
podría ser anunciada, como la de todas las auroras, 
por el canto del gallo pregonero, sino por la presen- 
cia heráldica de un cisne. — ¿Quién duda de que es 
el cisne la menos terrenal y la más aristocrática de 
las aves? — Aristocrática por su pureza de nieve no 
tocada o de blanco lino monacal ; aristocrática por su 
«saudoso» ensimismamiento ; aristocrática por su aso- 
ciación inseparable, en la ficción humana, con las co- 
sas más delicadas de la tradición y con las ensoña- 
ciones más hermosas del mito, desde el episodio de 
Leda hasta la leyenda blanca de Lohengrin... Las alas 
diáfanas, la silueta del cuello largo y candidísimo, 
parecen dibujarse, al través de la transparencia del 
papel, bajo los versos que nuestro poeta dedica al 
blasón de la condesa de Peralta. — Delicada, femenina, 
graciosa, ¿no se podría decir que, como la Helena 
clásica, su poesía tiene sangre de cisne en las azules 
venas? 

Hay en el libro otras dos composiciones en que 
el poeta revela la voluntad de ser amable con el 
ambiente de la ciudad en que su figura literaria ha 
adquirido rasgos dominadores y definitivos ; con el 
ambiente en que ha florecido este «último mes de pri- 
mavera» de su producción, representado por las Pro- 
sas. 

Son ellas una deliciosa canción carnavalesca, y unos 
elegantes cuartetos alejandrinos, en los que se hace 
la descripción de una mañana de campo, con la gra- 
cia, menos rústica que palaciana, de la jardinería de 
Versalles. — Una y otra composición son plausibles por 
el desempeño. La Canción es uno de esos graciosos 
alardes de agilidad y desenfado en que Banville, no 
pretendiendo ser más qué un Debureau, un mimo, de 
la lírica, encuentra modo de ser, como Debureau, un 



134 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

mimo de talento. No hemos salido sino a medias del 
ambiente que hasta ahora hemos respirado en el li- 
bro y al que volveremos — pasadas pocas páginas — con 
la cena galante de El Faisán y el coloquio de amigos 
de la Gargonniere. Lo mismo bajo la copa del viejo 
ombú de Santos Vega y entre las ramas de los es- 
pinillos en flor, que al confundir su musa, puesta de 
máscara, en el corso de nuestras carnestolentadas de 
capa caída, el poeta evoca siempre, como por una 
obsesión tirana de su numen, el genius loci de la es- 
cenografía de París. — A Guido Spano le pasa algo se- 
mejante con ciertas composiciones de motivo local, en 
que las reminiscencias del Ática se transparentan muy 
luego bajo los nombres del terruño y en que paré- 
cenoa ver una enredadera de nuestros bosques salva- 
jes abrazando la fina columna de un templete. — La 
poesía enteramente anli-americana de Darío, produce 
también cierto efecto de disconveniencia, cuando resalta 
sobre el fondo, aun sin expresión ni color, de nuestra 
americana Cosmópolis, toda hecha de prosa. Sahu- 
merio de boudoir que aspira a diluirse en una boca- 
nada de fábrica; polvo de oro parisién sobre el neo- 
yorkismo porteño. 

Contenta más volver a verla en su medio natural. 
El Faisán, al que hemos aludido hace un instante, 
nos brinda una ocasión soberbia para ello. — Una com- 
posición que es la obra maestra de la Frivolidad. Un 
tema de una fugacidad y una ligereza que parezcan 
hacerla tanto más encantadora. El recuerdo de una 
aventura galante, de un posarse en la rama del amor 
volandero, la cena de una noche de carnaval en el 
gabinete de un café parisién. La estrofa de Brizeux, 
el monorrimo ternario de los himnógrafos medioeva- 
les — castellanizado en El Faisán de manera propia 
para hacerle quedar, de esta vez para siempre, entre 
las copas y los tirsos de nuestra métrica, — se rinde 
blandamente para recibir en su seno este oro líquido, 
excitador y dulce. Describe el poeta, con un vocabula- 



HOMBRES DE AMÉRICA 135 

rio que se diría seleccionado en un talles de mosaís- 
tas curiosos, la escena, acompañada musicalmente por 
la triunfante sinfonía del carnaval, zahumada por 
los aromas de los vinos, las rosas y las fresas, y pre- 
sidida por el ave de oro, símbolo de la mesa exquisi- 
ta. El nos cuenta que vestía aquella noche de más- 
caras la vestimenta blanca de Pierrot, y la melanco- 
lía final que suena, como una espuma que se apa- 
ga, en estos monorrimos lujosos, se parece a la pali- 
dez del enharinado gourmand. No es que «nieve por 
dentro» ; es apenas un copo de harina plateada por 
la luna... Pero ¡qué sugestiva habilidad en el trasun- 
to de la sensación del ambiente! ¡Qué arte adorable 
en la orfebrería de esta expresión, donde cada pala- 
bra se cuida como una faceta de la piedra preciosa, 
como una vena del nácar, como una inasible chispa 
de luz de las que han de constelar de diamente el 
oro Gruñido !... Con El Faisdii vino prisionera una rá- 
faga del aire fosfórico que hace cosquillas en el ta- 
lento de Mendés, de Aureliano Scholl, de Halévy... 
En nuestro idioma severo ¿cuándo la voluptuosidad 
ha obtenido del verso, para su carcax de cazadora, 
dardos semejantes? Porque la voluptuosidad es el al- 
ma misma de estos versos ; se hunden, se estiran, ron- 
ronean, como los gatos regalones, en los cojines de la 
voluptuosidad. Versos golosos, versos tentadores y fi- 
nos, versos capaces de hacer languidecer a una le- 
gión de Esparta... Si se tratase de ir a la guerra, yo 
los proscribiría como a la Maga ofertadora de un fil- 
tro pérfido y enervador. — Y si — merced al pequeño 
grano de sal que casi todos hemos recibido de las 
Gracias — mi incorregible inclinación al arte que com- 
bate y que piensa no estuviera lejos de ser pedante 
como la de los pedagogos, diría que son una mala su- 
gestión... 

La capacidad de admirar es, sin duda, la gran 
fuerza del crítico ; pero los que lo somos, o aspira- 
mos a serlo, tenemos nuestro inevitable trasgo fami- 



136 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

liar, a quien atormenta el prurito infantil de afilar 
sus dientes menudos hincándolos en carne noble. 
Cierta amargura mitigada y espiritual es un fermen- 
to sin el cual el licor que elaboramos no hace espu- 
ma. Yo tomaría mi divisa del título de cierta com- 
posición del poeta de los «Esmaltes» : Bombons el pom- 
ihes verts. Hasta ahora no se ha justificado en estas 
páginas más que la primera parte del mote. Pero he 
aquí que siguen a la Canción de carnaval, — que es, 
como he dicho, un juguete que podría haber salido 
de manos de Banville — y preceden a El Faisán, — que 
considero una verdadera golosina de arte, — tres com- 
posiciones madrigalescas que parecen intercaladas de 
intento para complacer a mi deseo de no dejar el ca- 
pítulo de las censuras. 

Reconvengo a Rubén Darío por esas esis páginas 
triviales de la colección. Ellas están admirablemente 
en los álbums donde fueron escritas ; pero, quitadas 
de allí, me parecen indignas de que semejante poeta 
las confirme y reconozca por suyas; pues va sans diré 
que si le tengo por un espíritu del siglo xviii francés, 
no es porque lo crea de la especie poética de los Ber- 
tin y los Dorat. No diré yo — ¿y quién se atrevería a 
confesar, aunque lo pensase, ese pecado de galante- 
ría? — que los poetas de veras estén moralmente impo- 
sibilitados de hacer versos de álbum. Un poeta no ha 
de ser feroz. Lo que yo pienso es que la fiesta solem- 
ne que significa para el poeta el acto de vendimiar 
entre las fructificantes vides de sus rimas y colmar 
las cestas doradas de sus Canéforas, debe ser consa- 
grada con la resolución viril del sacrificio, y debe 
acallar, en su corazón de autor, todas las predileccio- 
nes interesadas. — Efectivamente : una antología, aun- 
que ella sea personal, un Cancionero, para decirlo a 
lo siglo xv y a lo Heine, es por naturaleza obra de 
estricta selección — y si procede, como en este caso de 
gran poeta — de selección llevada a la crueldad. Pasen 
las humildes desigualdades en nuestra prosa plebeya, 



HOMBRES DE AMÉRICA 137 

y pasen, también, fuera del libro, las complacencias 
con la musa. Pero un libro de versos es la delicada 
fuente de fresas, donde sólo place ver admitidos, so- 
bre el esmalte o el cristal, las frutas perfumadas, el 
azúcar niveo y bien cernido, los ampos más blancos 
de la nata... 

El Verlalne de las Fétes ha solido dejar la huella 
de su paso por las páginas que hasta ahora hemos 
recorrido en la obra del poeta. Las composiciones que 
se titulan Mía y Dice mía nos colocan frente a otra 
faz del grande y raro maestro. Henos ahora en lo^ 
brumosos dominios del Verlaine de las Romances sans 
paroles ; en los dominios del Verlaine convertido por 
Rimbaud al culto de su poesía ultraespiritual y suti- 
lísima. Estamos en un país de cosas trémulas, donde 
debe marcharse reprimiendo el aliento. — Esas cantile- 
nas vagas y como tejidas de hilos de aire ; esos ver- 
sos calificados de enfantillages amorphes por Maurras, 
y en las cuales la sombra de un pensamiento o una 
emoción se expresa en una forma de balbuceo, tienen 
en Verlaine un encanto que nace de su propia falta 
de realidad y contenido ; de que nada preciso entra 
en lo que significan o figuran ; porque a la fantasía 
del lector le basta con la espuela de plata que la hie- 
re, abandonándola luego a su espontaneidad. Cada uno 
de nosotros pone, a su capricho, la letra a esta ver- 
dadera música verbal en la que las palabras hacen 
de notas. Cada uno tiene derecho a una interpretación 
personal sobre esta rara clase de versos, que son ape- 
nas como un papirotazo sugestivo, un resquicio ins- 
tantáneo abierto sobre una perspectiva ideal, un gol- 
pe rápido de filo sobre cristal vibrante... 

Acepto el género, legitimado por muy curiosas na- 
derías de los decadentes. Pero, ¿será posible usar, co- 
mo arco, el verso español, snbre esa cuerda de la lira 
novísima? Pienso q ue no. — Soberbiamente hermosa 
nuestra lengua, para el efecto plástico y para la pre- 



138 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

cisión y la firmeza de la forma sonora. Pero ella no 
ha tenido jamás por su naturaleza, por su genio; no 
tan sólo por deficientemente trabajada — esa infinita fle- 
xibilidad, esa dislocación de mimo antiguo, que hacen 
del francés un idioma admirablemente apto para re- 
gistrar las más curiosas sutilezas de la sensación, un 
idioma todo compuesto de matices... Está hecho, el 
nuestro, como para complacer al personaje de Gan- 
thier, que enamorado de lo firme, lo escultural y lo 
atrevido, soñaba cuadros que parecieran bajo-relieves 
de colores; figuras que resaltaran, hercúleamente es- 
culpidas por un sol triunfal, y nubes cuyos contornos 
mordaces sobre el azul les diesen las apariencias de 
pedazos de mármol. Por lo demás, el análisis tiene 
poco que hacer con estas composiciones enteramente 
irresponsables para su índole. Copos de espuma lírica 
que se desvanecen apenas se les quiere recoger en las 
manos. 

Salvando el Pórtico escrito para el libro En tropel 
de Salvador Rueda y que precede, en la colección que 
recorremos, a una composición del mismo tono : el Elo- 
gio de la Seguidilla, ábrase ante nuestro paso como lo 
que podríamos llamar el patio andaluz de esta ciudad 
soñada de las Prosas. Entremos. Es el mediodía ; la 
caricia del aire deja en las sienes perfumes de azahar ; 
cálidos cantares se diluyen en el silencio ; una fuente 
discreta arrulla el reposo en la frescura de la sombra, 
y las puertas de ébano de los sueños se abren movi- 
das por un genio infantil que usa turbante y albornoz. 

Salvador Rueda es, reconocidamente, en el Parnaso 
nuevo de España, el dueño del troquel con que están 
selladas estas composiciones. El lirismo pictórico y lle- 
no de locuaz amenidad del autor de los Cantos de la 
vendimia — a cuya briosa evocación parece haber re- 
nacido la genialidad de la vieja lírica andaluza, la 
del Góngora de los buenos tiempos, para conciliarse 
con el eco lejano de algunas nuevas corrientes litera- 



HOMBRES DE AMÉRICA 139 

rias, — pone su nota característica y vivaz en estas pin- 
torescas andaluzadas de Darío. 

El Pórtico que precedió a la obra del poeta sevilla- 
no, no tiene otro defecto que el de estar versificado en 
un metro asaz acompasado y monótono para emplear- 
se en composición de tan largo aliento. Evoca el poeta 
a la musa de los países amados por el Sol. Nos la 
muestra primero juvenil y altiva, con su tirso de ro- 
sas y su frente dorada por la luz meridional en los 
pórticos griegos y en las tibias granjas de Venusa ; 
la sigue luego al Oriente encantado, donde habita el 
rey del país Fantasía, «que tiene un claro lucero en 
la frente», y donde ella acompaña las danzas moras 
y conversa con los viejos califas de las barbas de pla- 
ta .; la ve partir, como una golondrina, a la ventura, 
con la caravana indolente que un día se detiene en 
suelo andaluz. Canta entonces el poeta a la musa in- 
dígena de España. Arde la estrofa con los ocres y ro- 
jos de la plaza de toros, la alegría de las verbenas, 
el reir de las chulas, el relampaguear de las navajas 
ebrias de sangre, el cálido son de los instrumentos 
característicos: la amorosa guitarra, admirablemente 
dibujada en el verso que le atribuye talle y caderas 
de mujer, los negros crótalos convocadores y el sonoro 
panadero que, en las brunas y sonrosadas manos, hace 
de fuente donde recoger los claveles y las guindas.— 
El canto es nuevo, lleno de garbo, y lo desenlaza bien 
la bizarría del rasgo final, en que el poeta envía su 
saludo a Hugo, soberano de la monarquía poética, 
emperador de la barba florida, como hermosamente le 
llama, con la frase de los cantos de gesta evocada por 
el propio verso hugoniano en Aymcrilot : 

Charlemagne, empereur á la barbe fleuric... 

No tiene el mismo Rueda una composición donde tan 
poderosamente se condense y resuma su propio estilo 
de pintar. — En el Elogio de la Seguidilla vibra tam- 



140 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

bien la cuerda netamente española; y esa estrofa ala- 
da y balzante, esa pequeña ánfora lírica donde el pue- 
blo ha derramado todos los jugos de su corazón, está 
cantada como cifra de españolismo poético y como el 
alma melodiosa de la vida de España. — Pero, entre 
tantos nombres significativos e ingeniosos como se dan 
en esos bizarros versos a la seguidilla, ¿por qué se 
llama rosa métrica, con lo que se ha dado pretexto al 
lápiz inquieto de mis glosas para recordar que aún 
existe la crítica ratonil en los desvanes y subsuelos 
del arte? Tal modo de decir sugiere en mí, por una 
explicable asociación, una extraña imagen de flor geo- 
métrica, angulosa... Y he aquí que mi lápiz ha d 
cendido a imitar, en la margen del libro, la glosa her- 
mosillesca... Quede ahora la observación sin borrar, 
para que no falte ni aun el mordisco hincado en el 
detalle, en estas páginas donde he puesto en movi- 
miento tantos modos del juicio. 

Para hacer su peregrinación a Grecia; para ser fiel 
a ese precepto del buen gusto, que acaso no desobe- 
decerá impunemente ningún alma religiosa del arte, 
nuestro poeta no ha buscado siempre el camino que 
indican las Arcadias de los trianones y las diosas de 
Clodión. Hay veces en que ha seguido una ruta me- 
nos sinuosa; porque también la Grecia original y ver- 
dadera, la que no se adora en ias diosas de Clodión, 
sino en las de Fidias, le parece digna de ser amada. 
Su espíritu — sonámbulo para lo actual, — se afirma en 
el pasado sobre dos trípodes : la Francia del siglo xvín, 
y la Hélade clásica que aquella Francia imitó capri- 
chosamente, trocando en dominó la túnica antigua. He 
ahí sus dos patrias. — Siempre he creído que todo ver- 
dadero espíritu de poeta elegirá, con más o menos con- 
ciencia de ello, su ubicación ideal, su ptaria de adop- 
ción, en alguna parte del pasado, cuya imagen, evo- 
cada perpetuamente, será un ambiente personal que lo 
aisle de la atmósfera de la realidad. — Lo presente sólo 



HOMBRES DE AMÉRICA 141 

puede dar de sí una poesía limitada por los cuatro 
muros de la prosa. — «No hay poesía— ha dicho Aná- 
tole France— sino en el deseo de lo imposible, o en el 
sentimiento de lo irreparable». ¡Honda verdad, a cuya 
luz aparece la incurable nostalgia de lo que fué como 
el más inmaculado y más fecundo de los sentimientos 
poéticos!... El porvenir es también tierra de poesía; 
pero -al porvenir le falta concreción, forma evocable, 
plasticidad y color de cosa que ha existido... El tiem- 
po muerto ha palpitado con visceras y sangre huma- 
nas; es la soledad de la casa que ha tenido habitacio- 
nes, el vaso en que el agotado licor ha dejado su esen- 
cia; la vida del pasado tiene el sugestivo desarreglo 
de un lecho que ha ocupado el amor... Y por sobre to- 
das las prominencias legendarias del pasado — fabulo- 
so Oriente, Egipto o Israel , Edad Media o Renaci- 
miento, — es todavía la atracción de la Hélade, lumino- 
sa y serena, la que triunfa cuando se trata de fijar el 
rumbo de los peregrinos. Nuestro siglo es, después del 
que vio propagarse sobre el mundo asombrado las ma- 
riposas áticas salidas de las larvas de los códices, el 
que más sincera y profundamente ha amado a Gre- 
cia. — El romanticismo tuvo una faz cuya significación 
es la de un segundo y prestigioso Renacimiento. — Hase 
hablado del «romanticismo de los clásicos» ; y, cierta- 
mente, no se aludiría a una realidad menos positiva 
en la historia de las letras modernas si, ínvirtiéndose 
los términos de la paradoja, se hablase del «clasicis- 
mo de los románticos». Conquista de los primeros re- 
volucionarios del arte y de la estética fué, como todos 
saben, la verdadera inteligencia de lo antiguo, la pe- 
netración de su belleza más escondida y substancial, 
largo tiempo vedada a los ojos de los que habían he- 
cho vocinglero alarde de clásicos. — Era aún el si- 
glo xvín ; Andrés Chénier cincelaba en el pórtico de 
la renovada poesía la figura homérica de El Ciego, re- 
velador del secreto perdido de la naturalidad de los 
rapsodas; al par que Gcethe, el Goethe transfigurado 



142 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

poK.et influjo denlas ruinas y los vientos de Italia, evo- 
caba, para aplacar la tempestad que se había difun- 
dido en su Werther, la Helena clásica y el simbolismo 
de Euforión. — Esta vena de mármol correrá, sin inte- 
rrumpirse un momento, al través de todas las piedras 
góticas del romanticismo. La pureza de la limitación 
auténtica, esencial, será, sin duda, secreto de pocos 
iniciados ; pero la inagotable virtud sugeridora de la 
poesía y de la fábula, se mezclará con las nacientes 
de toda inspiración. Limitándonos a las corrientes li- 
terariaa que más imperio han ejercido en la forma- 
ción del poeta que estudiamos, es indudable que el pro- 
pio orientalismo de Hugo no impide que el Maestro 
busque, alguna vez, en esa fábula, el punto de parti- 
da de su perpetua alucinación, y labre, por ejemplo, 
el Sátiro asombroso de la Leyenda. De Teófilo Gautier 
ha podido decirse que, habiendo sido chino de adop- 
ción durante seis meses, árabe durante tres, indio por 
un afio, fué griego de toda la vida. En el «Parnaso» 
el mármol helénico fué el material preferido para la 
anhelada dureza de la obra. En vano se lamenta Le- 
conte de que hayamos perdido para siempre el cami- 
no de Paros. La Grecia rediviva de sus traducciones 
y sus poemas, ¿no hace en vosotros, como en mí, la 
ilusión de unos titánicos hombros que rasgan las on- 
das del Egco y se hunden en la profundidad de sus 
abismos, para resurgir alzando serenamente a los cie- 
los todo el peso de aquella tierra sagrada? — ¿Qué es 
sino griego el Banville de Les Cariátides y Le sang de 
la coupel — Los mitos clásicos, ¿no son hoy mismo ob- 
jeto de una tenaz evocación que puebla de imágenes 
y símbolos el fondo poético de la decadencia contem- 
poránea? — El principio greco-latino, ¿no ha sido rei- 
vindicado por Moréas y Mauricio Du Plessys, en el 
seno mismo de esa decadencia, y no ha señalado uno 
de los rumbos más eficaces en esa aventurera navega- 
ción de poetas, que una brújula desordenada impulsa 
tan pronto al Norte como al Mediodía? 



HOMBRES DE AMÉRICA 143 

Cabe preguntar con Lemaitre si todos esos helenis- 
. tan desmejantes en la forma y en la interpreta- 
ción de la antigüedad, no son más modernos que pa- 
ganos; pero, aun así, queda como una realidad indu- 
dable la persistencia del impulso, del deseo, la tena- 
cidad de la aspiración ; y en los transportes de la imi- 
tación poética, como en los del misticismo religioso, es 
lo primero la infinita voluntad de identificarse con el 
objeto amado. 

Del «clasicismo modernista» de Rubén hay varios 
ejemplos en su libro. El Coloquio de los Centauros y el 
l'alimpsesto, que son los más hermosos, versan sobre 
una misma ficción de la inagotable fábula : la ficción 
del centauro, esculpida, como uno de los grandes bajo- 
relieves de la prosa francesa de este siglo, en la pá- 
gina perdurable de Mauricio de Guérin. 

La inspiración del Palimpsesto no ha ido a buscarse 
ciertamente, en los episodios de la mitología heroica. 
No son los suyos los 'ásperos centauros homéricos, co- 
mo el Eurito que traiciona la hospitalidad de Piritóo 
y se enamora de Ilipodamia ; los monstruos feos y bru- 
tales, a cuyo nacimiento cuenta la fábula que se des- 
deñaron las Gracias de asistir, y cuya imagen, escul- 
pida en los frisos del Partenón y las metopas de Olim- 
pia, sugiere una idea de bestialidad y de fiereza. — Las 
Gracias amarían a estos otros descendientes de Ixión. 
—Gallardos, correctos, elegantes, los héroes del Palimp- 
sesto hacen pensar más bien en aquellos blandos y 
enamoradizos centauros en que degeneró la enflaque- 
cida posteridad de los monstruos biformes, cuando, 
proscritos por la venganza de Hércules, fueron guia- 
dos por Neptuno a la isla en que las sirenas tendían 
sus redes de voluptuosidad. No pelean como los hé- 
roes de la Centauromaquia, contendores de los Lapitas ; 
ni lamentan con querellas simbólicas el conflicto de 
su noble naturaleza, cifra tal vez de la prisión del alma 
en la carne ; ni cantan la voluptuosidad salvaje del 
galope y del contacto con las ásperas fuerzas de la 



144 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Naturaleza, con la unción panteísta del admirable 
fragmento de Guérin.— Son unos delicados monstruos. 
Van al rapto amoroso con una elegancia enteramente 
humana ; retozan como en una fiesta de Eros ; y la 
verdad es que nos parecen dignos de aspirar a la con- 
quista de las ninfas bonitas. '*—■ 
El poeta los presenta dispersos, en bullicioso bando, 
sobre los prados dorados por el sol, cuando de súbito 
un ruido de ondas y de joviales" gritos los detiene. Dia- 
na se baña cerca con sus nifas. Cautelándose, el in- 
quieto tropel se acerca a las aguas con silencioso paso. 
— Impera la blanca Desnudez; bullen exasperadas las 
cantáridas de la tentación.— Una de las divinas bai- 
gneuses ha avivado la llamarada del sátiro en el más 
joven y hermoso de la tropa: centauro esbelto y pul- 
cro como el Cillaris descrito por Ovidio, el Cillaris de 
las Metamorfosis, cuya parte humana semejaba una es- 
tatua y a quien el poeta llama «bello, si cabe nombre 
de belleza en los monstruos». Roba el centauro Adonis 
a la ninfa azorada, y huye veloz, con el orgullo y la 
felicidad de su conquista. Pero Diana le ve. La casta 
Diva se lanza tras el galope del raptor y envía sobre 
él un dardo que se hunde, mortal, en sus entrañas, 
como la flecha de Hércules en el cuerpo de Neso. Hu- 
yen dispersos los centauros; llegan las ninfas; y las 
ninfas, desconsoladas, lloran, porque el dardo de la 
cazadora celeste ha matado también a la robada... Tal 
es la escena,, que me figuro como un bajo-relieve de 
Scopas o de Fidias. Tendido en tierra, el centauro, co- 
mo el altar de un sacrificio, sobrelleva a la víctima, 
clavada, exánime, sobre él, por el dardo todavía vi- 
brante. En derredor, el coro gracioso de las ninfas 
toma actitudes lastimeras. Diana, en último término, 
se yergue altiva y majestuosa. — La simplicidad de la 
descripción escénica, y de la del tropel de los centau- 
ros, en pocos rasgos firmes y severos, acentúa la ilu- 
sión de un bajo-relieve. La forma métrica — el decasí- 
labo repartido por la manera de acentuarse en dos he 



HOMBRES DE AMÉRICA 1 15 

mistiquios de sonoridad autónoma — imita el gracioso 
compás del asclepiadeo. Todo es hermoso, fresco, ju- 
venil, en esta encantadora evocación de la fábula, cu- 
versos quedan vibrantes en nosotros, con una de- 
liciosa sonoridad, aun después de extinguidos, como 
un golpear de cascos leves sobre una caja sonora... 

Los Centauros del Palimpsesto componen algo pare- 
cido a una cabalgata aventurera y galante. En el Co- 
loquio de los Centauros — que es quizás el trabajo de 
más aliento y reposo en la colección que recorremos 
— domina una concepción más amplia del mito. Folo 
y Caumantes, dos de los monstruosos interlocutores, 
la expresan lapidariamente, cuando atribuyen a su ra- 
za el significado de una triple personificación, en que 
se confunden la privilegiada naturaleza del dios, las 
pasiones de la naturaleza humana, y el impulso salva- 
je de la bestia. — Condúcenos el poeta a una playa aca- 
riciada por la luz matinal.— Quirón, el sabio centau- 
ro, — maestro y consejero de Aquiles, — que ha descendi- 
do de los cielos y que aún muestra, presas en sus cri- 
nes, las abejas griegas recogidas en los campos del 
Ática, reúne a su alrededor a los «crinados cuadrúpe- 
dos divinos)». Y entre las frescas galas de la Isla de 
Oro, invitados por la calma silente que se tiende so- 
bre la arena de la playa, los Centauros departen. Ver- 
1 coloquio sobre la próvida fecundidad de la Natu- 
raleza y sobre el alma universal que se reparte en el 
alma de las cosas ; sobre las apariencias opuestas del 
enigma, y sobre lo que cuentan las voces legendarias ; 
sobre el pérfido arcano que esconde la belleza de la 
mujer y la sagrada majestad y la inviolable hermosu- 
ra de la muerte, que es el único bien a que los Dioses 
no alcanzan... Este coloquio de Centauros es flor de 
esa poesía graciosamente docta y erudita, — para los 
iniciados, para los entendedores, — que, expulsada, con 
modales groseros, de los dominios del arte, por los que 
no encuentran inspiración, ni poesía de buena ley, si- 
no en los frutos de una nciiveté más o menos regresiva, 

HOMBRES DE AMÉRICA 10 



146 JOSÉ ENRIQUE KODÓ 

tendrá siempre, para reivindicar su legitimidad, los 
sufragios de cuantos no se avienen a imaginarse las 
cosas de erudición y de estudio con la desapacible ari- 
dez de los pedantes... Lo ha versificado el poeta en los 
dísticos alejandrinos, a la usanza francesa; y esta 
forma foránea, que al ser rehabilitada en español, evo- 
ca siempre en mi memoria el recuerdo de los viejos 
ritmos del Alexandre y de Berceo, imprime, para mí, 
a la versificación de ciertos fragmentos, cierto aire de 
antigüedad, cierto sabor arcaico, que no deja de formar 
armonía con la índole legendaria de la composición. 
Pasemos a los versos del Friso, que el autor ha ca- 
lificado, al par de los del Palimpsesto, de Recreaciones 
arqueológicas.— El clasicismo de esos versos es de un 
género que será más fácilmente reconocido por la ge- 
neralidad. — La tersura de la elocución ; el arte pura- 
mente horaciano del epíteto y de la pintoresca elec- 
ción de las palabras ; la versificación enteramente or- 
todoxa, dentro de la poética tradicional, y la maestría 
con que se maneja el verso suelto, rescatándose por 
la gallardía del movimiento rítmico y la pureza escul- 
tural del contorno, todo el encanto de que le priva la 
ausencia de la rima, son otras tantas condiciones que 
contribuyen a dar un carácter de singularidad a esta 
composición, en un conjunto donde lo normal y carac- 
terístico es lo raro. — No es ya la Grecia de parna- 
sianos y romanistas la que surge, sino, sencillamente, 
la que apareció bajo el sol de Italia cuando Perícles 
revivía en el avatar de los Mediéis. Estos sonoros ver- 
sos tienen todo el aire de la poesía del renacimiento 
italiano y español ; de la poesía de Sannazaro, de Gar- 
cilaso, de Fray Luis, tal como probó a rejuvencerla 
en la España de nuestro tiempo el formidable batalla- 
dor que ha evocado en los endecasílabos de la Epísto- 
la a Horacio el himno de triunfo de los humanistas de 
Salamanca y de Sevilla. — El poeta quiere, pues, que re- 
posemos, pasada tan agradable aventura, a la sombra 
de un mirto tradicional. Pero no olvidemos que se tra- 



HOMBRES DE AMÉRICA 147 

ta en todo caso de obra de un poeta, y que no hay 
temor de encontrarse con una de esas frías y laborio- 
sas exhumaciones que hacen sobre el antiguo «el efec- 
to de la humedad sobre el fósforo»— para valerme de 
una feliz imagen de Daudet; — porque la sensación es 
más bien la de una resturada habitación de gineceo, 
donde la gracia clásica sonríe, después de haberse la- 
vado la cara para quitarse el polvo de los estantes, 
como en esas deliciosas composiciones de Guido que os- 
tentan, a la vez, la pátina del bronce viejo y la hú- 
meda frescura de la espontaneidad. 

También debe incorporarse el Epitalamio bárbaro 
que figura en el libro, al número de las composicio- 
nes inspiradas en motivos clásicos. — Sagitario, la en- 
carnación celeste de Quirón, — el centauro transfigura- 
do en un arquero divino y colocado entre las estrellas 
después de haber representado, en su biforme raza, 
la austeridad y la sabiduría, — es una de las imáge- 
nes que se presentan con más complaciente asidui- 
dad al espíritu de nuestro poeta. Brilla en muchas 
otras de sus composiciones el torso altivo del Arquero ; 
y después de haber evocado en el Coloquio de los Cen- 
tauros la actitud terrena de Quirón, le busca ahora 
en el cielo, donde resplandece dominando con su ba- 
llesta argentina uno de los blancos baluartes de la 
noche. — Sagitario es, efectivamente, el héroe del Epi- 
talamio. — Acordándose de las legendarias aventuras de 
su estirpe, y olvidado a la vez de la gravedad de su 
saber y de su dignidad celeste, Quirón ha robado amo- 
rosamente una estrella y la lleva a su grupa por el 
espacio azul, con gran asombro de las Ninfas y de 
las Náyades. — La originalidad de ese pensamiento es 
feliz ; y en cuanto a la forma, me parece que puede 
entrar en la categoría de las extravagancias loables. 
Tiene un singular encanto la gracia tosca de esos 
versos. La esperanza «querida» de la versificación pa- 
rece bien en la envoltura de este fragmento curioso 



148 JOSÉ EN8IQUF. RODÓ 

y de las apariencias de una vieja medalla, de bordes 
roídos por el tiempo. — 

Hemo3 terminado de recorrer lo que llamaríamos 
el «repartimiento clásico» en el palacio de ideas y 
palabras que nos tienen huéspedes. La composición 
que lleva por epígrafe El poeta pregunta por Stella, 
nos conduce ahora a una estancia en la que el duro 
mármol ha dejado de reinar; a una sombría y deli- 
cada estancia en cuyo testero está esculpido el busto 
de Edgard Poe... 

¿Recordáis a «Ligeia», la heroína concebida en un 
sueño por la fantasía de los prodigios y las maravi- 
llas ; la que en la sobrenatural virtud de sus ojos 
llevaba el himno de triunfo de la voluntad sobre la 
muerte que no pudo apagarlos? «Hermana de Ligeia», 
ha llamado el poeta a esa Stella apenas nombrada 
fugazmente en sus versos y por cuya alma, que ha 
volado de retorno al nido celeste, pregunta al lirio 
que acaso la habrá visto pasar... Y la emoción, que 
levanta con ese hálito de verdad que no se simula ni 
remeda, el melancólico verso en que se la evoca, su- 
giere en nuestro ánimo la sospecha de una historia 
real ; hace pensar en la realidad de una memoria 
triste y querida sobre la que tienda su sombra esa 
pálida Astapho, de alas de niebla, que propició obs- 
curamente el amor de la heroína de Poe y que pa- 
trocinaba en el país de las Esfinges, el amor malo- 
grado. — Me detengo a señalar en esta composición la 
probabilidad de una honda realidad personal, porque 
en Rubén Darío no son los más frecuentes ni carac- 
terísticos los versos que se sienten brotar así, espon- 
tánea y rápidamente, del secreto del sentimiento. La 
cadencia sentimental con que concluye la elegía en 
que ahora me ocupo, tiene una inefable virtud de su- 
gestión, reforzada por la asociación de ideas merced 
a la vibración infinita que induce en la memoria el 
nombre poeniano de Ligeia. Y Stella es también un 



HOMBRES DE AMÉRICA 149 

nombre poeniano, porque se vincula al recuerdo de 
aquella dulce y generosa poetisa que usó ese nombre 
de seudónimo, a quien Poe recompensó con la dedi- 
catoria de El Enigma, y que fué una de las hadas 
buenas del pobre poeta martirizado por las gruesas 
Euménides de la vulgaridad. 

Otra afortunada visita del Sentimiento a la man- 
sión de este artista, gran señor, que nos tiene entre 
sus amigos más constantes, es un delicadísimo so- 
neto de alejandrinos, en el que se evoca — así como 
en la anterior composición el recuerdo de Ligeia — 
el recuerdo de Margarita Gautier. Cantando a un 
nuevo avatar de la eterna apasionada, el poeta ha 
hallado medio de comunicar a una imagen que no 
tiene, en sí misma, el prestigio de la novedad — la 
de la flor deshojada por la Muerte, — un perfume ori- 
ginal, intenso, inefable... 

I Paso ahora a la Sinfonía en gris mayor que des- 
taca sus notas vibrantes sobre la blancura del papel ! 
Bien de pías cher que la chanson grise... Encuentro 
que mi lápiz — que es, mientras leo, algo así como el 
Becretario de mis nervios e invade con correrías do 
colegial las márgenes blancas de los libros — ha mar- 
cado la página con esa reminiscencia de Verlaine. — 
Expreso en ella una preferencia que puede ser exclu- 
sivamente personal en mucha parte, porque se asocia 
con la superioridad intensa de las sensaciones de sor- 
presa. Fué la Sinfonía en gris mayor la primera com- 
posición de Rubén Darío que pasó bajo mis ojos, en- 
tonces ignorantes de ciertas sensaciones ya definitiva- 
mente traídas al idioma, e impresionados, ante aque- 
lla revelación de lo original, con la impresión del co- 
lorista en el momento en que sorprende una nota in- 
esperada y nueva en el relámpago de una piedra, e,n 
el matiz de una flor, en la caprichosa coloración de 
una tela, en la cristalización luciente de un esmalte... 
— Y la impresión aún dura. — Desde la blanca Sympho- 
nie de Gautier, bálsamo indispensable, para la fan- 



150 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

tasía, creo que poeta alguno ha acertado a convertir 
tan prodigiosamente en imágenes el poder sugestivo 
de un color. Henri Mariot osó dar un pendant a la 
misma Symphonie del maestro con las Variaciones 
azules, pero ni en la sonrisa de sus cielos, ni en la 
inocencia de sus flores, ni en la transparencia de sus 
aguas, hay para mí la condensación de poesía que 
en esta cenicienta marina tropical. Poesía que nace, 
como la mariposa de la larva, del color del tedio. Las 
playas áridas, el plomo de la ola desvaída, la niebla, 
el humo del carbón, la espuma sucia de las dársenas, 
todo eso que en la realidad se llama hastío, se llama, 
en la contemplación del trasunto, singularísimo de- 
leite; — ¡y triunfantes paradojas del artel— el iris re- 
sulta vencido por la bruma... 

Equiparo a mi impresión de la Sinfonía la de un 
alegórico cuadro de Año Nuevo que ocupa puesto in- 
mediato en la colección. Apenas lo he citado, cuando 
lo siento reproducirse, radiante, en mi memoria. Y, 
sin embargo, es una composición de Rubén Darío que 
he oído discutir. La opinión se dividía entre los que 
la tienen por trivial y los que la consideran encanta- 
dora. Está dicho que yo me cuento entre los últimos ; 
pero la verdad es que renunciaría a justificarlo en 
las formas habituales de la crítica. — Leedla vosotros. 
— Por mi parte, sigo creyendo lo que afirmé en otra 
ocasión : ese ingrato pelear con la insuficiencia de la 
palabra, limitada y rebelde, que hizo que el poeta an- 
helara trocar el idioma mezquino de los hombres por 
otro que diese a un tiempo sensación «de suspiros y 
de risas», que fuese color y fuese música, atormenta, 
más inútilmente aún, al espíritu del juez en cosas li- 
terarias, al esforzarse por traducir en vocablos ciertas 
sutiles reconditeces de la impresión, ciertos matices y 
delicadezas del juicio. — A las veces, transcribir es una 
manera de juzgar. — El, para mí, admirable donaire de 
esa alegoría, es de las cosas que sólo podrían demos- 
trarse por el fácil procedimiento de la transcripción, 



HOMBRES DE AMÉRICA 151 

que considero importuno y ocioso cuando se trata de 
artículos escritos, como éste, para quienes conocen la 
obra que se juzga. 

Bajo el título de Verlaine, el poeta ha reunido en la 
colección dos de sus más singulares composiciones. 
Ellas me inducen a formular aquí una pregunta que 
me inquieta, desde que he oído vulgarizarse la com- 
paración entre Rubén Darío y el poeta de Sagesse ; 
comparación a que Michel de Kaplan ha adherido con 
¡-u voto de calidad en uno de los últimos números de 
U Mercurio de América. — ¿Es, verdaderamente, el 
alma del último gran poeta de la Francia el troquel 
donde se ha fundido el alma poética de Rubén Darío? 
— No me parece dudoso que pueden reconocerse en la 
genialidad de nuestro poeta muchos de los elementos 
psíquicos y muchos de los elementos literarios que en- 
tran en la composición del complejo legado de Ver- 
laine ; pero no creo que pueda verse igualmente re- 
producido el carácter del conjunto, de uno a otro poe- 
t;\ : esa química virtud del conjunto, que engendra el 
precipitado de la personalidad. — Sellan de una mane- 
ra peculiarísima, a Verlaine, el consorcio de barba- 
rie y el bizantinismo, de infancia y de caducidad, de 
perversión y de ternura ; el alma candida, a modo de 
azorada paloma .engarzada en una garra perversa que 
brota de los sentidos exasperados del corazón oprimi- 
oo ; la divina inconsciencia, que paradojalmente se ca- 
lificaría como de un imposible aeda refinado o de un 
juglar docto en alambicamientos de magias y de amo- 
res ; todo eso que suele dar a su poesía el aspecto de 
un cielo límpido, transparente y azul, por donde se 
arrebata de súbito una nube formidablemente tempes- 
tuosa, para volver muy luego el azul y la serenidad. 
—Y esa dualidad extrañísima, por la que Verlaine, sin 
dejar de ser la más refinada de las organizaciones li- 
terarias y el símbolo viviente de nuestras contradic- 
ciones y nuestras dudas, es, al mismo tiempo, el úni- 
co de los poetas modernos que merezca el nombre sa- 



152 JOS'É ENRIQUE RODÓ 

grado y religioso de bardo, que reclamaba para She- 
lley el príncipe de los críticos ingleses; esa dualidad 
no se reproduce, por cierto, en Rubén Darío, artista 
enteramente consciente y dueño de sí, artista por com- 
pleto responsable de sus empresas, de sus victorias, de 
sus derrotas, y en cuyo talento — plenamente civilizado 
— no queda, como en el alma de Lelian, ninguna tosca 
reliquia de espontaneidad, ninguna parte primitiva. 

El Responso sobre la tumba de Verlaine es, a pesar 
del nombre austero que lleva, una elegía impregnada 
de una ideal serenidad ; llena de gracia y de luz, co- 
mo los ritos de las exequias clásicas, y sobre la q'ie 
se difunde el balsámico aroma de los túmulos griegos. 
— En cuanto al Canto de la Sangre, evoca algunas de 
las cosas trágicas o conmovedoras que la asociación 
puede representarse al espíritu frente al encendido 
jugo de la vida. Cada estrofa lleva su unción sangrien- 
ta, y cada mancha de. sangre de las que purpuran ese 
ramillete cosechado entre zarzas, ha sido recogida en 
la efusión de una herida diferente. Ondea en el verso 
la púrpura extendida de las batallas; viértese el vino 
de fuego de las venas del mártir; florecen las rosas 
líquidas del sacrificio virginal; y se desborda, como 
de una fuente impura, la sangre del suicida y el ajus- 
ticiado que colora los cuartetos postreros con el rojo 
sombrío de la hematites. El poeta ha asociado a cada 
estrofa— usando un procedimiento semejante al de las 
primeías estancias de Les Voix de Verlaine — el nom- 
bre del instrumento adecuado para sugerir musical- 
mente la idea que se expresa o la escena que se des- 
cribe en ella. 

Pone término al libro una interesante composición 
simbólica que se titula El reino interior, y que puede 
relacionarse con las que hemos citado últimamente por 
alguna reminiscencia del Crimen amoris verleniano.— 
Joven cautiva, el alma del poeta mira pasar, -esde su 
castillo carnal — avanzando sobre una senda de color 
de rosa como las que so pintan en las vidas de san- 



HOMBRES DE AMÉBICA 153 

tos de Fra Domónico — una procesión de vírgenes, que 
son las siete Virtudes, y un grupo de mancebos que 
son los siete Pecados. Y el Alma, que los sigue desde 
su soledad, queda pensativa, lo mismo por la satánica 
hermosura de los Pecados que por la divina gracia de 
los Virtudes. — Admirable, la originalidad de la ejecu- 
ción. Hay un hechizo propiamente prerrafaelista en ese 
cuadro simbólico. La descripción de la blanca teoría 
virginal es de una encantadora y femenina gracia. 
Todo color se rinde en ella místicamente desvanecido. 
La beatitud de la blancura envuelve al cuadro en una 
sonrisa ideal. Del choque de las rimas brotan ampos 
de espuma. Parece que se deshojan lirios sobre el ver- 
so... Y luego, cuando pasan por él los satanes de la 
tentación, resplandecientes y fascinadores con la nota 
violenta de sus púrpuras — se enciende, se ensangrien- 
ta admirablemente el fondo del cuadro ; diríase que lo 
azota duramente una pedrería de magnificencia infer- 
nal ; ascuas y carbunclos lo iluminan ; y las rimas que 
chocan hacen, en vez de la candida espuma de la es- 
cena anterior, relámpagos rojos y siniestros. — Me pa- 
rece de un efecto supremo la oposición de esos dos 
cuadros. El verso ópalo hace juego con el verso rubí. 
Y, en cuanto a la íntima significación del fragmento, 
creo que lo dicho antes sobre la naturaleza literaria 
de Rubén Darío me excusa de reconocer la propiedad 
de este admirable símbolo del alma del poeta igual- 
mente sensible a los halagos de la Virtud y a los ha- 
lagos del Pecado, cuando uno y otro se revisten del 
fascinante poder de la apariencia... 

La crítica no ha detenido hasta ahora su atención 
en un aspecto tan interesante de las Prosas profanas 
como el de las cuestiones relacionadas con la técnica 
de la versificación y de la forma que este libro pro- 
mueve, y que conducirían a estudiar una de las ma- 
nifestaciones más positivas y curiosas del talento in- 
novador de Rubén Darío. 



154 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

No aludo, ciertamente, con ello a originalidades tan 
poco recomendables como la de la híbrida contextura 
de El País del Sol, composición en prosa que lleva in- 
tercalada, al mediar y al concluir de cada párrafo, 
una frase que aconsonanta, a modo de informe verso, 
con la que le precede.— ¿Quién duda ya de que la ca- 
ricia para el oído, la virtud musical, sean tan propios 
de la prosa como del verso? Midas no serviría más 
para prosista que para versificador. Toda frase tiene 
un oculto número. El párrafo es estrofa. Rubén Darío, 
que domina con soberana majestad el ritmo del ver- 
so, ha probado que domina, soberanamente también, 
el ritmo prosaico. Ved la Canción del oro, La Ninfa, 
ciertos Raros, que están hechos en bronce... Pero, por 
lo mismo que es indudable que hay un ritmo peculiar 
y distinto para cada forma de expresión, uno y otro 
ritmo no deben confundirse nunca, y mucho menos 
debe intentar combinarse la flotante armonía de la pro- 
sa con el recurso de la rima para obtener una hibri- 
dación comparable a la de ciertos cronicones latinos 
de la Edad Media; porque esta rima parvenue, inte- 
rrumpiendo el curso libre y desembarazado de la elo- 
cución prosaica, hace el efecto de un incómodo cho- 
que, y porque le acontece al poeta, que por tal medio 
ha intentado refundir dos modos diversos de armonía, 
lo que al enamorado voraz que, presui'oso por besar 
las dos mejillas a un tiempo, no acertó a poner el beso 
en ninguna. 

Al hablar de las novedades técnicas de Prosas pro- 
fanas, me he referido a las que pienso que pueden de- 
jar una huella más o menos durable en el procedimien- 
to poético, y que consisten principalmente en la pre- 
ferencia otorgada a los metros que llevan menos nota 
de clásicos y más generosos en virtualidad musical ; 
la consagración de nuevas formas estróficas, como el 
monorrino ternario de dodecasílabos; la frecuencia y 
la ilimitada libertad con que se interrumpe métrica- 
mente la conexión gramatical de la cláusula, detenién- 



HOMBnES DE AMÉRICA 155 

dola aun en palabras de simple relación, y la libre 
movilidad de la censura, considerada independiente- 
mente de las pausas de sentido ; y — como nota aven- 
turera de la reforma— las disonancias calculadas, que 
de improviso interrumpen el orden rítmico de una com- 
posición con versos de una inesperada medida, o sim- 
plemente con una línea amorfa de palabras. 

La evolución amplísima cumplida en la técnica del 
verso francés desde que el poeta de las Orientales pudo 
jactarse de haber sustituido en él las plumas del vo- 
lante por las alas del pájaro — evolución cuyo sentido 
se representaría en el paralelismo de dos fuerzas que 
se apartasen, con impulso creciente, de la regularidad 
simétrica, para acercarse a la variedad y a la expre- 
sión, — no ha tenido un movimiento equivalente en las 
formas generosas y flexibles de nuestro idioma. Ape- 
nas si Salvador Rueda ha consagrado a estudiar la 
cuestión revolucionaria del ritmo algunos ensayos sa- 
gaces ; y es, seguramente, de poetas como él de quie- 
nes puede partir, con el ejemplo, la propaganda de la 
innovación ; porque la forma métrica no será nunca 
la obra del cálculo profano, labrando artificiosos mol- 
des, sino la obra divina del instinto, el resultado de 
esa misma economía misteriosa e infalible que ha en- 
señado a la abeja las ventajas de la forma hexagonal 
para los alvéolos de sus panales. 

Toca a los poetas de América ensayar la no bien 
bosquejada empresa de reforma. Advierto que no sig- 
nifica nada de esto conceder los honores de la serie- 
dad a las aventuras de Gustavo Kahn, por ejemplo, 
cuyos Palais nómades me hacen el efecto de la labo- 
riosa falsificación de un dibujo troglodita; reprocho a 
Rueda haber coincidido demasiado con la afición pa- 
rado jal de Mallarmé, según la cual sería infundada 
e inútil la distinción del verso y la prosa, y cualquie- 
ra antojadiza aglomeración de palabras tendría dere- 
cho a que se le reconociesen las franquicias del metro ; 
no es sin reservas como he aplaudido las audaces ten- 



156 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

tativas de Jaime Freyre, que ha sido el radical en el 
propósito de traer a nuestra poesía americana el in- 
flujo del vers librisme francés contemporáneo. Pero, 
realmente convencido de que las innovaciones con que 
las modernísimas escuelas francesas han aguzado y 
perfeccionado el sentido de la forma, quedarán entre 
sus conquistas más duraderas, y que no se ha afir- 
mado sin sentido profundo que toda concepción par- 
ticular de la poesía tiene derecho a crear su métrica 
propia, me encuentra muy dispuesto al estímulo para 
tentativa que se encamine a comunicar nueva flexibi- 
lidad y soltura a los viejos huesos de esta poesía cas- 
tellana, cuyo soporoso estado de espíritu se comple- 
menta—como dos achaques de una misma vejez — con 
una verdadera anquilosis del verso. 

No he de extremar la prolijidad, ya impertinente, 
de este análisis. Queden sin glosas dos sonetos primo- 
rosamente cincelados (Ite missa est, La Dea ; llamean- 
te de sensualidad el primero ; el último, un hermoso 
símbolo de estética idealista) ; una alabanza, muy lle- 
na de elegante vivacidad, a uno sojos negros, y una 
original alegoría en la que se pinta la proyección de 
las figuras de un ensueño sobre el vacío de una pá- 
gina en blanco y se nos muestra el tardo desfilar de 
los camellos que conducen al través del desierto el ba- 
gaje de la caravana de la Vida. — Pero al cerrar el li- 
bro algo hallo en la portada que me detiene para pe- 
dirme una opinión. — Ha hecho hablar a la crítica el 
título de Prosas profanas, aplicado a un tomo de ver- 
sos. La antífrasis aparente del nombre ha disgustado 
al excelente bibliógrafo americano del Mercure de 
Trance y le ha parecido de perlas a Remy de Gour- 
mont. Rubén Darío habrá recordado que no es la pri- 
mera vez que la portada de sus libros se discute. Don 
Juan Valera tuvo una arruga de su frente de márcnol 
para el nombre de Azul, y Enrique Gómez Carrillo 
halló que no todos los Raros eran raros. Y la cues- 



HOMBRES DE AMÉRICA 157 

tión no debe parecerle enteramente trivial, si conside- 
ra que el talento de encontrar títulos buenos es el úni- 
co que ha querido reconocer Max Nordau a los ofi- 
ciantes de las nuevas capillas literarias, esos clientes 
malgré eux de su clínica.— En el presente caso, par- 
tiendo las voces de censura de los que han entendido 
la palabra Prosas en la acepción que fué preciso en- 
señarla a M. Jourdain, creo que bastará con recordar- 
les que el adjetivo que la sigue revelaba el propósito 
evidente de aludir a una de las antiguas formas de 
la poesía eclesiástica. — Indudablemente, la antífrasis 
subsiste, a pesar de e"so ; porque nada podría seña- 
larse de más contrario a la índole esencialmente refi- 
nada y erudita de la poesía de este libro goloso, que 
el balbucir informe y candido de la poesía de las pro- 
sas y las sesecuencias. Pero yo creo que el autor ha 
contado muy particularmente, para la invención de.su 
título, con aquella misma interpretación vulgar, y ha 
sonreído al pensamiento de que el público ingenuo se 
sorprenda de ver aplicado a tan exquisita poesía el hu- 
milde nombre de prosa. — ¿Coquetería de poeta? — ¿O. 
acaso el pudoroso escrúpulo de la virtud en el sacer- 
dote bueno que, por serlo, tiene la obsesión de su in- 
dignidad ante el ara?— De cualquier modo, a mí me 
gusta la originalidad de ese bautismo, como rasgo vo- 
luntarioso y como cortesanía de señor que nos invita 
a que pasemos adelante -con un alarde de espirituali- 
dad. Laudable es que la espuma del ingenio suba has- 
ta el título, que es como si subiera hasta el borde. 



Mal entenderá a los escritores y a los artistas el 
que los juzgue por la obra de los imitadores y por 
la prédica de los sectarios. Si yo incurriera en tal 
extravío del juicio, no tributaría seguramente, al 
poeta, este homenaje de mi equidad, que no es el de 
un discípulo, ni el de un oficioso adorador. — Por lo de- 



158 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

más, está aúr\ más lejos de ser el homenaje arran- 
cado, a un espectador de mala voluntad, por la irre- 
sistible imposición de la obra. — No creo ser un adver- 
sario de Rubén Darío. — De mis conversaciones con el 
poeta he obtenido la confirmación de que su pensa- 
miento está mucho más fielmente en mí que en casi 
todos los que le invocan por credo a cada paso. Yo 
tengo la seguridad de que, ahondando un poco más 
bajo nuestros pensares, nos reconoceríamos buenos ca- 
ntaradas de ideas. Yo soy un modernista también ¡ 
yo pertenezco con toda mi alma a la gran reacción 
que da carácter y sentido a/ la evolución del pensa- 
miento en las postrimerías de este siglo ; a la reac- 
ción que, partiendo del naturalismo literario y del 
positivismo filosófico, los conduce, sin desvirtuarlos en 
lo que tienen de fecundos, a disolverse en concepcio- 
nes más altas. Y no hay duda de que la obra de Ru- 
bén Darío responde, como una de tantas manifestacio- 
nes, a ese sentido superior; es en el arte una de las 
formas personales ' de nuestro anárquico idealismo 
contemporáneo; aunque no lo sea — porque no tiene 
intensidad para ser nada serio — la obra frivola y fu- 
gaz de los que le imitan, el vano producir de la ma- 
¡ yor parte de la juventud que hoy juega infantilmente 
| en América al juego literario de los colores. 

Por eso yo he separado cuidadosamente en otra 
ocasión, el talento personal *de Darío, de las cansas 
a que debemos tan abominable resultado ; y le he 
absuelto, por mi parte, de toda pena, recordando que 
los poetas de individualidad poderosa tienen, en sen- 
tir de uno de ellos, el atributo regio de la irresponsa- 
bilidad. — Para los imitadores, dije entonces, ha de ser 
el castigo, pues es suya la culpa ; a los imitadores ha 
de considerárseles como los falsos demócratas del ar- 
te, que, al hacer plebeyas las ideas, al rebajar a la 
ergástula de la vulgaridad los pareceres, los estilos, 
los gustos, cometen un pecado de profanación quitan- 



HOMBRES DE AMÉRICA 159 

do a las cosas del espíritu el pudor y la frescura de 
la virginidad. 

Poro la imitación servil e imprudente no es, por 
cierto, el influjo madurador que irradia de toda fuer- 
mpresa intelectual; de toda producción puesta al 
icio de una idea y conscientemente atendida. — El 
poeta viaja ahora, rumbo a España. — Encontrará un 
gran silencio y un dolorido estupor, no interrumpidos 
ni aun por la nota de una alegría, ni aun por el ru- 
mor de las hojas sobre el surco, en la soledad donde 
aquella madre de vencidos caballeros sobrelleva, — me- 
como la Hécube de Eurípides que como la Doloro- 
sa del Ticiano, — la austera sombra de su dolor inme- 
recido. — Llegue allí el poeta llevando buenos anun- 
cios para el florecer del espíritu en el habla común, 
que es el arca santa de la raza; destaqúese en la 
sombra la vencedora figura del Arquero; hable a la 
juventud, a aquella juventud incierta y aterida, cuya 
primavera no da flores tras el invierno de los maestros 
que se van, y enciéndala en nuevos amores y nuevos 
entusiasmos. — Acaso, en el seno de esa juventud que 
duerme, su llamado pueda ser el signo de una reno- 
vación ; acaso pueda ser saludada, en el reino de aque- 
lla agostada poesía, su presencia, como la de los prín- 
cipes que en el cuento oriental, traen de remotos paí- 
ses la fuente que da oro, el pájaro que habla y el ár- 
bol que canto... 



Discursos 
parlamentarios 



Selección cié los discursos pro-. 
nunciadcs en la Honorable Cá- 
mara da Rspresentaniss del 

URUGUAY 

por JOSÉ ENRJQUE RODÓ 



En favor de una amnistía 
por delitos políticos 



(Sesión del 6 de abril de 1903) 



En antesalas, señor presidente, mi distinguido ami- 
go y colega el diputado Tiscomia, me insinuó que de- 
bía precederle en el uso de la palabra debido a la 
naturaleza de mi discurso, que va a referirse, en cier- 
to modo, a una cuestión previa a la que él va a abor- 
dar. * 

Yo voy a tratar esta cuestión de un punto de vista 
general ; y antes que la Cámara entre a preocuparse 
cialmente de las condiciones de esta ley de am- 
nistía, yo quiero decir algo sobre lo que tiene esta 
cuestión de político ; porque es indudable que la san- 
ción que nosotros prestemos a esta ley de amnistía y 
de olvido, será la forma o expresión con que se ma- 
nifieste nuestro asentimiento a la paz que acaba de 
realizarse. 

Y bien, señor presidente : yo no puedo dar mi voto 
a esa paz sin hablar antes ; y no puedo dar mi voto 
a esa paz en otras condiciones, porque tengo decla- 
raciones que hacer en lo que se refiere a mi actitud 
personal y mi voto. 

Por otra parte, un cuerpo esencialmente político — 
como lo es esta Honorable Cámara — no puede dejar 
pasar un acontecimiento tan trascendental, en ese sen- 
tido, como la paz que acaba de realizarse, sin enca- 
rarlo por su efecto político. 

HO.MBRES DE AilÍBICA 11 



102 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Empezaré por reconocer que este mensaje y esta ley 
de amnistía, antes de presentarse, antes de llegar al 
seno de esta H. Cámara, han sido presentados a una 
autoridad más alta, a una autoridad superior, a una 
autoridad que nos obliga materialmente, dentro del me- 
canismo de las instituciones, pero que, moralmcnte, 
a todos nos obliga : la autoridad de la opinión ; el 
juicio del pueblo. 

Con manifestaciones inequívocas, el pueblo ha san- 
cionado, por su parte la idea de la paz, la idea de esta 
amnistía y de este olvido; y nosotros, vamos a rati- 
ficar esa sanción del pueblo sin que sé produzca quizá 
una nota divergente ; porque aquellos, de entre noso- 
tros, que creyeron que debía buscarse a toda costa ia 
paz, la ven ahora realizada; y aquellos — si hubo al- 
guno — que pensaron que la paz no debía hacerse, com- 
prenderán, sin duda, la inoportunidad y lo impolíti- 
co que tendría un voto de oposición tratándose de he- 
chos ya definitivamente consumados. 

Señor presidente : al pedir el uso de la palabra, mi 
objeto no ha sido hacer la apología de una paz ya 
vitoreada y festejada de todos modos, y mucho menos 
levantar contra ella una protesta que consideraría de 
todo punto antipatriótica. No; mi objeto se reduce a 
exponer por qué voy a votar esta paz ; o, si se quiere, 
en qué concepto, en virtud de qué interpretación que 
doy yo a este acto de la paz, es que voy a votarla, y 
cómo encaro ese importante acontecimiento, cuya sig- 
nificación y trascendencias no todos, seguramente, in- 
terpretan de igual modo. 

Porque no es la idea de la paz, en sí misma, lo qué 
ha pedido levantar en ningún momento, resistencias 
que no procedan de espíritus extraviados o ilusos; no 
es tampoco la materialidad de las condiciones actuales 
de la paz, que siempre resultarían sobradamente com- 
pensadas por la magnitud del beneficio que ella impor- 
ta. | No! Es que este hecho de la paz, como resulta- 
do de un pacto, tiene una trascendencia política que 



DISCIKSOS PARLAMENTARIOS 168 

concepto do muchos, — en concepto de la opinión 
iea quizá, — significa la renovación, y aun la re- 
gión indefinida, de un estado de cosas que todos 
considerábamos esencialmente provisional, que todos 
nocíamos como subsistente todavía, y con derecho 
a subsistir, pero también como próximo a tocar a su 
nlace, dentro de los medios indicados por las ins- 
tituciones : dentro del ejercicio de las actividades cí- 
vicas de los partidos, resolviendo, en lucha pacífica, 
sus rivalidades, al amparo de la libertad. (\Muy bicnl) 

La solemne confirmación o renovación de este es- 
tado de cosas no importaría, en mi concepto, un mal 
ni un peligro (antes importaría un gran bien) si se 
la interpretase tal como creo yo que debe hacerse y 
como voy a procurar definir. Pero importaría en mi 
concepto, un gran mal y un gran peligro, si, como pa- 
rece entenderlo parte de la opinión, significase un pun- 
to de partida para prolongar más allá de sus límites 
naturales la situación de espectación, la situación pro- 
visional por excelencia, en que se encuentra el país 
del punto de vista de las relaciones de bus dos par- 
tidos ; relaciones que un diario de ayer caracterizaba, 
con justicia, diciendo que están regidas por una es- 
pecie de derecho internacional, que empieza por reco- 
nocer la existencia de un estado dentro del estado. 

Señor presidente : de una manera más o menos tá- 
cita, más o menos expresa, y, si no en la Integridad 
de sus condiciones, en espíritu por lo menos, ha sido 
renovado el pacto de la Cruz. Este es el hecho ; y de- 
bemos agregar que, sin ello, no hubiera sido posible 
llegar a la consecusión de la paz. 

Bien, pues; soy de los que creen que el pacto de 
septiembre fué una imposición de las circuntancias, 
enteramente justificada, oportuna, quizá salvadora. 
Pero es necesario no olvidar, señor presidente, siem- 
pre que de esto se trate, y sobre todo por lo que im- 
porta en cuanto a la interpretación de esta nueva paz, 
es necesario no olvidar que la cláusula fundamental 



164 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

del pacto de septiembre, la cláusula por la que se 
explicaban todas las otras, la piedra angular — podría 
decirse — de aquel acto de reconciliación cívica, fué la 
prompsa que se hizo al partido nacionalista de garan- 
tir el ejercicio de la libertad electoral siempre que los 
partidos concurriesen a la lucha de las urnas ; y to- 
das las otras cláusulas y condiciones no tuvieron, en 
rigor, otro carácter que el de garantías afectadas al 
cumplimiento de aquella cláusula suprema, cumplida 
o satisfecha la cual, era lógico suponer que las demás 
caducaran por su base. 

Es menester reconocer, señor presidente, que, desde 
entonces, no se han verificado en el país elecciones 
generales que se encuentren en tales condiciones, de- 
bido a la renovación de los acuerdos que yo también 
he contribuido a votar, dentro de mi partido, en cir- 
cunstancias en que creí que eran para él una necesi- 
dad angustiosa, debido a culpas y errores que ahora 
no es oportuno entrar a precisar. De modo que faltan- 
do el gran veredicto popular que resolviese en la con- 
tienda histórica de los partidos, las condiciones de 
paz de septiembre han podido o debido considerarse 
subsistentes por la subsistencia de las circunstancias 
que la determinaron. Y así lo entendió el actual pre- 
sidente de la República, cuando, formulando sus ideas 
de gobierno como candidato a la primera magistratu- 
ra del país, en declaraciones que hizo públicas el dia- 
rio El Tiempo, expresaba que las condiciones de la 
paz de septiembre, o su espíritu, debían ser respeta- 
das, en cuanto a las relaciones de los partidos polí- 
ticos, dando como fundamento do ello la circunstancia 
de que aún no se había hecho práctica la libertad 
electoral de la cual debía surgir el fallo inapelable 
de la contienda de nuestras dos colectividades histó- 
ricas. 

Tal fué, pues, el espíritu de la paz de septiembre : 
remitir las "disidencias de los partidos al fallo de 
la soberanía popular; y considerar todo lo demás co- 



DISCUBS03 PARLAMENTARIOS 165 

mo provisorio y en el carácter de prenda que se daba 
pora asegurar el cumplimiento de aquello. 

Ahora bien : yo creo, señor presidente, que votando 
esta nueva paz, hacemos obra sabia y patriótica; pe- 
ro creo también que no nos daríamos cuenta del ver- 
dadero significado, del único significado, que a mis 
ojos es lícito atribuir a esta paz, si no la relacionára- 
mos con ese íntimo espíritu de aquella obra; espíritu 
cuya observancia o cumplimiento es, esta vez, verda- 
deramente impostergable. Yo creo que, votando esta 
paz, no debemos considerar que hemos creado un es- 
tado de cosas normal ni siquiera duradero ; no ; debe- 
mos considerar tan sólo que hemos propendido a man- 
tener o a asegurar las condiciones más propicias para 
preparar la entrada definitiva al régimen de las insti- 
tuciones, fuera de todo pacto, en los comicios libres 
y sin acuerdo de 1904. 

Si la opinión, señor presidente, o parte de ella 
cree que hemos votado en otro concepto o con otro 
espíritu esta paz, en lo que a mí y a otros diputados 
se refiere, la opinión, o parte de ella, se equivoca. 

Es sabido, señor presidente, que estos pactos o con- 
venios políticos, más que por la maferialidad de sus 
cláusulas y condiciones, se caracterizan, ante la opi- 
nión, por la repercusión que dejan en el ambiente. 

Nadie ignora que anda flotando ya en la atmósfe- 
ra una idea que, en determinado momento, puede to- 
mar contornos, concretarse. Vaticino que se concre- 
tará. Es la idea de que este pacto de paz trae consi- 
go, como consecuencia lógica, la idea de un nuevo 
acuerdo, y que ese es el verdadero espíritu de esta 
paz, en vez del radicalmente distinto que yo, por mi 
parte, le atribuyo. Y como, por su propia naturaleza, 
un nuevo acuerdo traería en sus entrañas un nuevo 
pacto con la fatalidad con que las premisas traen 
la consecuencia, resultaría de ahí, que según el con- 
cepto que la opinión tiene formado, en gran parte 
de esta paz, lo que habríamos consagrado desde aho- 



1G6 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ni, vetándola, es la ratificación indefinida de la po- 
lítica de los pactos y de los acuerdos, que todos he- 
mos aceptado y bendecido en determinadas circuns- 
tancias ; que todos hemos considerado necesaria algu- 
na vez para la salud de la patria; pero que, como nor- 
malidad o como estado de cosas duradero, yo, por mi 
parte, absoluta y decididamente repudio. 

La repudio, se$5r presidente, por subersiva de las 
instituciones ; por disolvente de toda fibra cívica, y 
contraria a la educación del ciudadano; por restricti- 
va de las facultades legales de los gobernantes; por- 
que importaría una renuncia embozada al régimen 
del gobierno institucional y un reconocimiento implí- 
cito de nuestra incapacidad para ejercerlo. 

La repudio hasta como amigo ferviente de la paz. 
Porque, aunque a primera vista parezca contradicto- 
rio y paradógico, acuerdo permanente, pacto de paz 
permanente, significa amenaza de revolución perma- 
nente. 

Lo únieo que puede garantir la paz, de una mane- 
ra estable y duradera — lo digo con convicción profun- 
da — es la práctica leal y resuelta de las instituciones, 
es el régimen franco de la legalidad. Por eso yo voy 
a votar esta paz, de una manera decidida, sin res- 
tricciones mentales, aunque también sin infantiles op- 
timismos, pero voy a votarla como la última e im- 
postergable manifestación de un provisoriato que debe 
tener su solución institucional y pacífica en los, co- 
micios del año venidero. 

Hace treinta afios, señor presidente, se dijo por una 
voz inspirada, y se ha repetido hace pocos días por 
otra palabra digna de alto respeto, que la guerra ci- 
vil por la guerra civil no tiene término. Es cierto, y 
en ese sentido nada habría suficientemente enérgico 
para expresar la esterilidad deplorable de ese recurso 
desastroso. Pero, tampoco tienen término, en el sen- 
tido de llevar a una solución institucional, los acuer- 
dos, los pactos por los pactos, la paz ficticia que se 



DISCURSOS PAUL AMENTAR IOS 167 

renueva por otra paz ficticia, la suspensión del régi- 
men de las instituciones que conduce a una nueva 
suspensión de ese régimen. No : lo único que tiene 
un término, lo único que lo constituye, en el sentido 
de llevar a la solución institucional, es la decisión de 
afrontar, una vez por todas, con la práctica del voto, 
el régimen de las instituciones; es la voluntad inque- 
brantable de sujetarse leal e incondicionalniente a los 
resultados de la lucha cívica. 

Creo innecesario advertir, señor presidente, que, 
cuando hablo en esta forma de los pactos políticos, 
no confundo el hecho material del pacto con la idea 
de coparticipación, idea ésta que significa una hermo- 
sa conquista, ya incorporada definitivamente a la con- 
ciencia pública, y que no puede faltar, ni faltará ja- 
más, en ninguna política que no sea mezquina, reac- 
cionaria y estrecha. Y formulada esta declaración, sos- 
tengo, señor presidente, que si, como parece constata- 
do, este pacto de paz, por una de sus condiciones, 
debe durar todo el término de la presidencia actual, 
es indudable que después de realizados los comicios 
libres el año 1904, podrá quedar y quedará sub- 
sistente por la fidelidad del presidente de la Repú- 
blica a sus compromisos contraídos ; pero desde ese 
mismo momento el pacto habrá perdido toda su au- 
toridad moral ; desde el momento en que haya ha- 
bido en el país comicios libres, de los cuales surja 
una situación normal institucionalmente, este pacto 
de paz significará sólo una irregularidad y un con- 
vencionalismo. 

Creo, en efecto, señor presidente, que en el instan- 
te en que el país, por la práctica del sufragio libre, 
hubiese entrado definitivamente al régimen de las ins- 
tituciones, en ese mismo instante habría caducado, in- 
mediata y definitivamente también todo pacto surgido 
de la guerra civil, porque este pacto carecería de fuer- 
za moral con que imponerse dentro de un régimen 



168 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

surgido de la voluntad popular, consultada por los 
medios de la ley. 

Siempre que me ha tocado hablar a la juventud de 
mi partido, o escribir sobre política de actualidad, no 
he tenido reparo en decir a mis correligionarios y 
mis amigos que el partido colorado debe renovar su 
predominio en la fuente legítima del sufragio, si se 
considera digno de saguir gobernando la República ; 
porque después de cuarenta años consecutivos de go- 
bierno, empieza ya a tomar los caracteres de una gran 
anomalía histórica esta perpetuación indefinida en el 
poder sin títulos saneados de legalidad. 

¡ Sí ! Es la verdad ; hay que decirlo porque es la 
verdad. 

Pues bien, señor presidente : complemento esa de- 
claración, que he hecho reiteradas voces, agregando 
que, si el partido nacionalista, en comicios libres, lle- 
ga alguna vez a mejorar o aumentar las posiciones 
que tiene dentro del poder legislativo, yo, como colo- 
rado, lo sentiré mucho, porque tengo sentimiento par- 
tidario; pero como ciudadano, como legislador, como 
escritor pondré incondicionalmente mi voto, mi pala- 
bra, mi pluma, para contribuir a sofocar y a rechazar 
toda protesta que se levante contra ese hecho natural, 
dentro del régimen de las instituciones. 

Pues bien, señor presidente : con la misma sinceri- 
dad con que he formulado estas declaraciones, voy a 
formular otra, y es que no creo que pueda haber 
en las filas del partido nacionalista un solo hombre 
de pensamiento y de equidad que sostenga que, una 
vez entrado el país a un régimen normal de institu- 
ciones como resultado del sufragio libre, pueda haber, 
desde ese mismo instante, en el país, elementos en dis- 
posición permanente de ocurrir a la protesta armada, 
como no sea por grandes subversiones instituciona- 
les ; pueda haber en el país, entonces, ascendientes 
o prestigios militares que no se deriven de grados ad- 
quiridos en el escalafón del ejército de la república; 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 169 

pueda haber, entonces, en el territorio de la repúbli- 
ca, otros parques de guerra que el parque donde el 
estado deposita las armas que ha de confiar al ciu- 
dadano y al soldado, para velar por la integridad de 
las instituciones; y pueda haber, en fin, circunscrip- 
ciones territoriales intangibles, infeudadas a perpe- 
tuidad a uno u otro partido ; condición esta última 
la más triste y deplorable de todas, señor presidente, 
porque si se prolonga por algunos años más, y se cons- 
tituye en hábito, y crea, por decirlo así, una espe 
cié de derecho consuetudinario que se sustituya a la 
ley escrita, llegará hasta a quebrantar la unidad de 
la patria, tiñendo de un color el suelo de unos de- 
partamentos y de ctro color el suelo de los otros. 

Señor presidente: hago votos por que la confrater- 
íidad y la concordia realicen las promesas de esta paz 
:omo acto de noble conciliación cívica, previo a la 
entrada definitiva en el régimen de las instituciones, 
de los comicios libres de 1904. 
He dicho. (\Muy bienl) 



En favor de la 
libertad de ia Prensa 



(Sesión del 16 de junio de 1904) 
El Senado y Cámara de Representantes, etc., etc., 

DECRETAN 

Artículo 1.° Quedan sin efecto las disposiciones res- 
trictivas de la libertad de la prensa, dictadas por el 
íodcr ejecutivo en uso de las facultades que le con- 
fiere el artículo 81 de la Constitución, con las únicas 
excepciones que en esta ley se establecen. 



170 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Art. 2.° Mientras dure la actual rebellón armada, 
no será lícito a la prensa la publicación de noticias no 
autorizadas por el poder ejecutivo ni el comentario de 
las operaciones militares. 

Art. 3.° Será considerada como subversiva y puni- 
ble por los procedimientos que se indican en los ar- 
tículos 4.° y 5.°, la propaganda en favor de pactos que 
impliquen una violación del orden constitucional en 
cuanto a quebrantar la unidad política del país y 
coartar cualquiera de las facultades propias de los po- 
deres públicos. 

Art. 4.° Los editores de los diarios y periódicos que 
contravinieren las disposiciones de la presente ley, se- 
rán pesiados por el poder ejecutivo con la supresión 
temporal de sus publicaciones. 

Art. 5.° Si el término de dicha supresión fuese ma- 
yor de cuarenta y ocho horas, el poder ejecutivo de- 
beré remitir dentro de las mismas los antecedentes 
respectivos al juez que corresponda. 

Art. G.° Queda abolida la previa censura que esta- 
blece la disposición del poder ejecutivo de fecha 11 de 
enero. 

Art. 7.° Con la terminación de la actual contienda 
armada, cesarán ipso facto las disposiciones de la pre- 
sente ley. 

Art. 8.° Comuniqúese, publiquese, etc. 

Montevideo, 16 de junio de 1904. 

José Enrique Rodó, 
Representante por Montevideo. 



Como autor del proyecto, pido usar do la palabra, 
pnra fundarlo; tanto más cuanto que, formando par- 
te de la Comisión de Negocios Constitucionales, que 
se expidió en sentido desfavorable al proyecto del se- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 171 

flor diputado por Paysandú, quiero definir mi actitud 
en el seno de la Comisión y dar las razones porquo 
suscribí su informe. 

Mientras el proyecto que he presentado a la consi- 
deración de la H. Cámara tiende exclusivamente a dic- 
tar una ley de circunstancias, de aplicación transi- 
toria y actual, el proyecto del señor Pereda encara 
y resuelve la cuestión de modo general y permanente, 
fij;mdo de manera definitiva los límites dentro de loa 
cu ;des deberán contenerse las facultades extraordina- 
rias del poder ejecutivo, respecto de la prensa, en cual- 
quier caso de conmoción interior. De aquí mi discon- 
formidad con dicho proyecto ; por cuanto creo que son 
las condiciones de determinada situación de anormali- 
dad las que pueden fijar en cada ca90 esos límites, y 
no veo acierto ni conveniencia en dictar una ley que 
los establezca de modo permanente y los reduzca a 
los que el proyecto del señor Pereda señala. Si, en 
una ocasión dada, la asamblea entiende que el poder 
ejecutivo, al asar de sus facultades extraordinarias 
con respecto a la prensa, ha llevado las restricciones 
más allá de lo necesario o las ha hecho durar sobra- 
do tiempo, dicte en buenhora la asamblea una ley 
de circunstancias que deje sin efecto las restricciones 
al tusivas; por cuanto ella es la que debe resolver de 
la revocación o subsistencia de las medidas que el po- 
der ejecutivo tome en uso de sus facultades extraordi- 
narias. 

De conformidad con estas ideas manifesté en el seno 
de la Comisión de Asuntos Constitucionales que sus- 
cribiría el informo de la Comisión desfavorable al pro- 
yecto del señor Pereda, siempre que el informe se li- 
mitase a exponer las razones de nuestra comiin disi- 
dencia respecto de ese proyecto, y a condición tam- 
bién de que hiciera la salvedad de que, en cuanto a 
lo demás, cada uno de los miembros de la Comisión 
se reservaba la facultad de opinar libre y personal- 
mente en el seno de la Cámara. 



172 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

El hecho de que sea yo adversario del proyecto del 
sefior Pereda no significa, pues, que haya profesado 
en ningún momento opinión favorable a la subsisten- 
cia del régimen vigente en materia de libertad de la 
prensa ; hasta el punto que como lo recordó el mismo 
señor diputado por Paysandú en el discuro con qué 
fundó su proyecto, hube yo de presentar, días antes, 
otro, inspirado en iguales propósitos, proyecto que 
sólo postergué por consideraciones del momento. 

Es el que ahora someto al ilustrado criterio de la 
Cámara. 

La solución de este asunto, sefior presidente, no ad- 
mite dilación. 

Adquirido el hábito de una libertad, de la manera 
como este pueblo ha adquirido el hábito de la libertad 
de la prensa que, en cireuntancias normales, es de las 
conquistas desde hace tiempo incorporadas a sus pro- 
gresos políticos, no se prescinde de ella sin dificultad 
y sin violencia; y cuando la restricción de esa libertad 
es llevada, como yo creo que sucede ahora, más allá 
de lo que exige la necesidad o un alto interés, tal res- 
tricción concluye siempre por determinar en el espí- 
ritu público una impaciencia sorda y creciente, que 
en este caso vendría a hacer aún mayor el malestar 
de una situación como la que atravesamos. 

No me satisfizo la manera cómo el poder ejecutivo 
respondió a la espectativa general, con el proyecto de 
ley que acompaña a su mensaje. Ese proyecto no im- 
porta otra cosa que consagrar legalmente la subsis- 
tencia incondicional de las restricciones en vigencia. 
Y por más que en el mensaje se dice que el poder 
ejecutivo sólo desea dejar subsistentes algunas de las 
prohibiciones decretadas, lo cierto y positivo es que 
en su proyecto se dejan subsistentes, no algunas, si- 
no todas, con la diferencia de que hasta ahora esas 
medidas restrictivas no tienen el carácter de perma- 
nencia que les daría la sanción de una ley. 

Una sola ventaja trae consigo el proyecto del poder 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 1?3 

ejecutivo respecto del régimen vigente, en cuanto a la 
libertad de la prensa, y es la que se refiere a la su- 
presión de la censura ; condición esta, no sólo la más 
contraria al espíritu de nuestra constitución, que ha 
consagrado un artículo a eliminar en expreso el pro- 
cedimiento preventivo, en materia de imprenta, la 
censura previa, sino también la que más violencia debe 
necesariamente causar en el ánimo del que padece la 
limitación de sus libertades, y la que menos consul- 
ta la dignidad democrática de esa institución popular 
de la prensa, sometida a la condición, un tanto depri- 
mente, de una intervención policial. Pero, aparte de 
la forma en que la restricción se ha hecho práctica, 
el límite de la restricción ha sido llevado, sin duda, 
más allá de lo que la necesidad consiente y autoriza. 
Y en este sentido, nada innova el proyecto del poder 
ejecutivo, que mantiene los términos de la restricción 
fuera de lo conveniente y de lo lícito. 

En buena hora alcance la restricción a las informa- 
ciones de la guerra y a la crítica de la acción mili- 
tar; en buena hora también, en uso de medidas ex- 
traordinarias, prevéase toda explotación de la propa- 
ganda política que, de los desfallecimientos y angus- 
tias del espíritu público, tome ocasión para propiciar 
nuevas violaciones del orden institucional, nuevas sub- 
versiones, males todavía mayores y más hondos que 
los inmensos males del presente. Todo esto se compren- 
de y justifica. Pero la manifestación del deseo de paz, 
y la propaganda en favor de fórmulas más o menos 
acertadas, más o menos discretas y viables, para ha- 
llarla dentro del orden institucional, ¿por qué ha de 
ser objeto de prohibición, sefior presidente? ¿Por qué 
hemos de temerla y por que hemos de vedarla? ¿Qué 
significaría, en rigor, esa propaganda, sino la reso- 
nancia pública, la sanción popular de los anhelos y 
aspiraciones que la mayoría de los miembros de la 
asamblea expusieron al pueblo en su manifiesto de 
hace dos meses, y que el propio presidente de la re- 



174 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

pública corroboró e hizo suyos en las declaraciones 
de su nota de contestación al pedido de los enviados 
argentinos?... Y se se tiene en cuenta que esa pro- 
hibición es la que más se explota, sin duda, por loa 
interesados en el desprestigio de los poderes públicos, 
para arrojar sobre ellos el cargo calumnioso de que 
hay en su seno enemigos de la paz, como si esa ene- 
mistad absurda cupiese en ningún corazón bien pues- 
to ni en ninguna razón sensata, ¿cuál es la conside- 
ración política que pueda movernos a dejar en pie esa 
prohibición? 

Y no es que sea yo optimista, aunque de todas 
veras quisiera serlo, en cuanto a la eficacia que en 
este caso pueda tener la propaganda de la prensa 
para encontrar la solución pacífica de los males que 
afligen al país. Es, en primer término, que la liber- 
tad no sufre restricción innecesaria, aunque lo restrin- 
gido no fuera más que un ápice y aunque la restric- 
ción no durase más de un minuto. Y es además que 
basta la posibilidad de que, del lado del pueblo, sur- 
ja un rayo de luz, para que demos ocasión a que 
la luz se haga. 

Abramos paso a la opinión. La opinión no tiene, 
ciertamente, rol alguno que desempeñar en lo que se 
refiere a la solución militar de la guerra, que es cosa 
que, por su naturaleza, debe levantarse por encima 
de toda discusión y toda crítica; pero ella tiene sí, y 
ha tenido siempre, derecho a que se le atribuya un 
rol en lo que podría llamarse la elaboración política 
de los sucesos, como promotora de ese cambio de ideas, 
de sentimientos, de impresiones, con que se forma el 
ambiente en que respiran los gobiernos democráticos, 
y que en los momentos de prueba les permite compar- 
tir con el espíritu público la iniciativa de sus actos y 
la responsabilidad de sus tendencias. 

Negarle ese rol resultaría, no ya inútil e Ilícito, si- 
no contraproducente ; hoy más que nunca. Porque a 
mí me asiste la firme convicción de que si en los mo- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 1V5 

meatos actuales se dejara que esa poderosa voz anó- 
nima vibrara libremente en los aires, lo que primero 
se percibiría, lo que primero se haría sensible, en me- 
dio de todos los desalientos y a pesar de todos los 
lientos del espíritu público, sería hasta qué pun- 
to la causa de las instituciones tiene de su lado, en 
dolorosa crisis, las aspiraciones y los sentimien- 
fiudadanos y el decidido concurso de todos los 
intereses legítimos. 

Tales son las consideraciones que me han movido 
a presentar el proyecto de que se ha dado cuenta, 
que la solución que someto al juicio de la Cá- 
mara puede conciliar las opiniones en debate. Creo 
también que ella ofrece a la propia Cámara y al po- 
der ejecutivo el medio de conjurar una grave cues- 
tión política. 

No se me oculta que entre las restricciones que mi 
proyecto deja subsistentes hasta el restablecimiento 
del orden, hay una en que acaso está destinada a ser 
objeto de controversia, y es la única que limita la 
extensión de la propaganda: la que pena como acto 
subversivo, como sugestión delictuosa, la tendencia a 
excitar el espíritu público en el sentido de soluciones 
violatorias del orden constitucional, por quebrantar la 
unidad política del país; es decir, por lesionar y po- 
ner en peligro la entidad misma de la patria. Es, de 
todos modos, el resultado sincero de mi reflexión so- 
bre las calamidades que nos afligen, y de mi obser- 
vación en cuanto al estado del espíritu público. 

Toda situación anormal — de las que la constitución 
ha previsto al hablar de medidas extraordinarias — 
trae consigo condiciones propias, peculiares, de difi- 
cultad y de peligro ; y a estas condiciones hay que 
atender, en uso de las facultades que lo excepcional 
de las circunstancias legítimas, para conjurar los ma- 
les que no puedan ser convenientemente reprimidos 
dentro de las previsiones y sanciones de la legisla- 
ción vigente, 



176 JOSÉ ENRIQUE BODÓ 

No abusaré por más tiempo de la atención de la 
Cámara. Dejo fundado el proyecto susíitutivo que so- 
meto a su consideración, y hago votos porque él pue- 
da servir de fórmula de avenimiento entre los parti- 
darios del régimen a cuya sanción legal tiende el 
mensaje del ejecutivo, y los que profesan opiniones 
favorables al proyecto del señor Pereda. 

He dicho. (¡Muy bienl) 



(Sesión del 21 de junio de 1904) 

Señor presidente : 

No es mi propósito propender a que la discusión 
del asunto que nos ocupa se extienda más allá de sus 
límites convenientes, tanto más cuanto que la opinión 
espera con cierto anhelo la solución de este debate ; 
y al Senado, que tiene en trámite un proyecto rela- 
cionado con la misma cuestión, le interesa conocer 
a la brevedad posible el resultado de nuestras delibe- 
raciones. 

Como autor del proyecto modificado en parte por la 
Comisión de Asuntos Constitucionales, me creo en el 
caso de exponer algunas consideraciones sobre él, a 
pesar de haber hecho ya uso de la palabra en ese 
sentido al presentarlo. 

Noto que entre todas las objeciones que se han 
opuesto por los adversarios del proyecto que está en 
debate, pocas hay que se refieran al proyecto en sí 
mismo, y la mayor parte se dirigen, no a él, sino a 
las restricciones impuestas por el poder ejecutivo y 
al proyecto de ley que el mismo nos envió y luego 
fué retirado. 

Así, por ejemplo, el señor diputado por la Flori- 
da, en su meditado discurso hizo uso de una copiosa 
argumentación, muy valedera y oportuna si se la apli- 
ca a juzgar las restricciones que actualmente pesan 
sobre la prensa; pero después que el poder ejecutivo 



DISCUBSOS PARLAMENTARIOS 177 

ha retirado el proyecto de ley que nos propuso, dando 
sanción legal a las restricciones en vigencia, creo que 
mucha parte de esa argumentación se pierde en el 
varío y extralimita un tanto los términos en que está 
planteada la cuestión. 

Los que combaten el proyecto que está en discu* 
sión, a título de partidarios de la libertad de la pren- 
sa, sólo podrán justificar su disidencia si la refieren 
a aquella parte del proyecto que establece una limi- 
tación de esa libertad, una única restricción de la 
propaganda política, determinando que será considera- 
da subversiva y punible la propaganda en favor do 
concesiones o pactos que importen una violación del 
régimen constitucional, una enajenación o cercena- 
miento de las facultades propias e inalienables de loa 
poderes públicos. 

No me extraña que el señor diputado por la Flori- 
da considere injustificada esta restricción que el pro- 
yecto deja subsistente en la libertad de la propagan- 
da política, puesto que nos ha manifestado que en su 
concepto ni aún la crítica de las operaciones milita- 
res debe ser objeto de prohibición en las circunstan- 
cias presentes. 

Del punto de vista de esta identificación absoluta, 
que el señor diputado establece entre las condicione* 
de mía época de paz y seguridad y las condicione» 
de una época de conmoción interior en cuanto a los 
límites en que es lícito contener la libertad de la pren- 
sa, se explica bien que considere gratuita y falta de 
fundamento la más mínima restricción de la propa- 
ganda ; pero si se opina que las necesidades de la de- 
fensa social legitiman, en principio, diferencias y li- 
mitaciones, lo cual para mí no admite duda, creo que 
no podrá menos de reconocerse que la sola restricción 
que mi proyecto deja en vigencia, aparece plenamen- 
te justificada cuando se la considera en relación a las 
condiciones de la actualidad. 

Que la libertad de la propaganda política puede 

HOMBRES DE AMÉHICA 12 



178 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ser objeto de restricciones en circunstancias anorma- 
les, no es para mí cosa discutible, ni del punto de 
vista de la constitucionalidad y la doctrina, ni del 
punto de vista de las conveniencias y los intereses 
públicos. 

Uno de los motivos fundamentales de mi disidencia 
con el proyecto del diputado señor Pereda, fué que 
ese proyecto no consultaba, en lo presente ni para 
lo porvenir, (porque su carácter no era circunstancial, 
sino definitivo) la necesidad posible de restringir la li- 
bertad de la propaganda política en determinadas 
circunstancias. «En ningún caso de conmoción inte- 
rior — decía el proyecto — la restricción podrá versar si- 
no sobre las noticias de la guerra y sobre el comen- 
tario de las operaciones militares». Y puesto que el 
señor Pereda reconocía implícitamente que lo anormal 
de las circunstancias autoriza ciertas restricciones de 
la libertad de la prensa, desde el momento que su 
proyecto negaba a la prensa el derecho de dar noti- 
cias de guerra no autorizadas por el poder ejecutivo, 
y el de hacer el comentario de las operaciones mili- 
tares ; puesto que de esta manera el señor Pereda re- 
conocía en principio que el interés público, las nece- 
cidades de la defensa social, legitiman, en tiempos 
anormales, ciertas restricciones de la libertad de la 
prensa, ocurría desde el primer momento, preguntar 
si dentro de esas restricciones que el interés público 
autoriza, no puede ser forzoso incluir, en determinadas 
circunstancias, otras que no se refieran a la crítica 
de las operaciones militares, sino a manifestaciones 
de la propaganda política, que en tiempos normales no 
caigan bajo la sanción penal de la legislación vigen- 
te, y que, sin embargo, con relación- a las condicio- 
nes de una situación anormal, puedan causar males 
tan graves y dificultar tan seriamente, por lo menos, 
la solución de las calamidades públicas, como esa crí- 
tica de las operaciones militares que el proyecto del 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 179 

diputado señor Pereda consideraba, con razón, incon- 
veniente. 

Sr. Pereda. — ¿Y por qué el señor diputado que es 
miembro de la Comisión y a\itor de este proyecto, no 
aconsejó ninguna ampliación o modificación? Estaba' 
en sus manos... 

Sr. Vargas. — Quería aconsejarlas el diputado Befior 
Rodó : esa fué la disidencia en el seno de la Comi- 
sión. 

Sr. Rodó. — El diputado señor Pereda no ha reparado 
ientemente en la parte final del informe. Ya en 
el discurso que pronuncié hace pocos días expliqué 
detenidamente por qué razón la Comisión no propu- 
so como proyecto sustitutivo una ley de circunstan- 
cias ; e hice la salvedad de que yo había sido siem- 
pre partidario de que la propusiera. , 

Decía, señor presidente, que las necesidades de la 
defensa social en cierto momento, pueden hacer for- 
zosas determinadas restricciones a la libertad de la 
propaganda política, y que por eso es inconveniente 
el límite infranqueable aconsejado por el diputado se- 
Bor Pereda, cuando proponía a la Cámara a deter- 
minar definitivamente que en ningún caso de conmo- 
ción interior la restricción de la libertad de la prensa 
se referiría sino a las noticias de la guerra, y a la 
crítica de las operaciones militares. 

Hasta qué punto deban llevarse esas limitaciones de 
la propaganda y sobre qué hayan de versar, es cosa 
que sólo podrá resolverse con relación a las circuns- 
tancias de una situación dada, y dentro de esa situa- 
ción misma. 

Toda situación anormal, por el hecho de serlo, trae- 
rá consigo condiciones propias, peculiares, de dificul- 
tad y de peligro ; y estas condiciones, no sólo no se- 
rán nunca las mismas de un estado de cosas regular, 
sino que ni siquiera se parecerán siempre entre sí. 
Son condiciones esas imprevisibles por naturaleza ; 
porque anormalidad, ¿qué significa, sañor presiden- 



180 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

te? Significa desorden; y el desorden es lo menos sus- 
ceptible de previsión. 

¿Quién negará, por ejemplo, que no es el mismo el 
efecto que una propaganda encaminada a minar la 
autoridad de la ley y de los poderes públicos, puede 
causar en una época de paz y seguridad cuando esa 
autoridad, materialmente, es acatada por todos, que 
cuando ella es desconocida por una rebelión que la 
amenaza con las armas en la mano ; y que no es 
el mismo el concurso que, consciente o inconsciente- 
mente, puede llevarse a la causa de la sedición, cuan- 
do la sedición no se ha manifestado de hecho, que 
cuando ella se ha manifestado y agita sus banderas 
de uno a otro extremo del territorio de la República? 

Ahora bien : la incitación a violar la ley, a sub- 
vertir la constitución, es, en principio, punible, aun 
dentro de una época de normalidad y de paz. ¿Y es 
mucho, señor presidente, que interpretando y aplican- 
do ese principio dentro de las condiciones propias de 
una situación irregular, cuyos males y peligros se re- 
lacionan de una manera directa, en su origen, con re- 
petidas violaciones al orden institucional, se interdic- 
te como subversiva la propaganda que se dirija a abrir 
camino a la persistencia de esas violaciones? 

De este punto de vista, creo que quien sinceramente 
aprecia la única restricción que mi proyecto mantie- 
ne hasta tanto no se restablezca el orden, en la li- 
bertad de la propaganda política, ha de reconocer que 
ella no obedece a consideraciones del momento, ni a 
intereses de la actualidad, ni a tendencias a una so- 
lución política de circunstancias, sino que se inspira 
en motivos más hondos, los cuales no se ocultarán a 
la mirada del que estudie en su origen los males del 
presente y busque explicación a esta aparente anomalía 
de una revolución que estalla de una manera inopina- 
da en una época de administración y libertad. {\Mwj 
bien ! ) 

Cuando la pacificación de marzo, señor presidente, 



DISCURSOS PARLAMENTAMOS 181 

jfaive el honor do hacer uso de la palabra en laCáma- 
ra, y manifesté entonces, por extenso, cuál era mi 
briterio en cuanto al alcance y significación del esta- 
do de cosas que se creaba y que yo aceptaba sólo co- 
un nuevo y último provisoríato que debía prece- 
a la solución definitiva que surgiría de las urnas, 
di 1 voto público. 

Dije entonces: «Aunque a primera vista parezca con- 
tradictorio y paradógico, pacto de paz permanente, sig- 
nifica, amenaza de revolución permanente». Los hechos, 
por desdicha, no me desmintieron ; y después de algu- 
nos meses de paz precaria, la revolución estallaba de 
nuevo y ya irreparable ; "porque la revolución está en 
la lógica de pactos que nunca pudieron ser entera- 
mente definidos, por su propio carácter subversivo e 
irregular: la revolución está en la lógica de una si- 
tuación en que la mínima disidencia posible en cuanto 
a la interpretación de esos pactos, puede significar en 
determinado momento el estallido de la guerra civil; 
habiendo base permanente y consentida para la rebe- 
lión, territorio enfeudado donde ella se aperciba a es- 
tallar de nuevo, elementos de guerra retenidos fuera 
del poder del estado. 

En una época aún no muy lejana, señor presidente, 
porque no nos separan de ella más que veintitantos 
anos, aun cuando existieran elementos adversos por su 
naturaleza a la vida de las instituciones, elementos na- 
cidos para la asonada y el desorden, por lo menos 
los partidos de principios, los partidos de opinión ha- 
bían inscrito unánimemente en su3 programas esta 
cláusula hermosa : la paz, la renuncia a la lucha ar- 
mada, mientras ella no se justificara por grandes sub- 
versiones y grandes ignominias. Tan alto se tasaba el 
bien de la paz, que aun en presencia de gobiernos 
de fuerza, de gobiernos de represión, los partidos de 
principios aconsejaban a sus afiliados que se apura- 
sen hasta donde fuese posible los recursos de la lu- 



182 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

cha pacífica, y se renunciara hasta donde fuera de- 
coroso a los extremos de la reivindicación armada. 

Así sucedió, por ejemplo, cuando aquel vigoroso 
despertar de las energías ciudadanas que siguió, en 
1881, al lustre sombrío de la dictadura; cuando se or- 
ganizaban de nuevo, sobre bases cívicas, ambos par- 
tidos tradicionales y se fundaba el partido constitu- 
cional. Ya el partido nacionalista en su manifiesto de 
1872, obra, si mal no recuerdo, de uno de los espíri- 
tus más vigorosos, de una de las inteligencias más 
preclaras que han irradiado su luz en la prensa de la 
República y en las bancas de este mismo parlamen- 
to, obra del doctor don Agustín de Vedia, había con- 
sagrado ese mismo patriótico principio. 

La doctrina que prevalecía y contaba con el asen- 
timiento de todos era esta: mientras un gobierne ma- 
neje honestamente los dineros públicos, y proteja la 
vida y la hacienda de los ciudadanos, y respete la 
libertad de pensamiento y la libertad de reunión, y 
no haya conculcado la libertad del comicio, no es lí- 
cito por ningún motivo, por ningún pretexto, cualquie- 
ra que ellos sean, levantar la bandera de la revolu- 
ción, y comprometer con ella la prosperidad, el cré- 
dito, el porvenir, el destino de la República. (\Muy 
bien ! ) 

Grande, redentora doctrina, que encierra la única 
salvación posible de nuestro porvenir; doctrina que 
ojalá fuera posible grabar con caracteres plásticos, 
tangibles, en el corazón de todos los ciudadanos y en 
el corazón de los niños que forman su personalidad 
futura en los bancos de la escuela. 

Pues bien, señor presidente: al amparo de estos 
principios hubo un momento en que el sentimiento 
de la paz parecía tan hondamente arraigado en la 
conciencia pública, que no faltó quien creyese con- 
jurado para siempre el fantasma de la guerra civil. 
Era una ilusión prematura; y no es sin patriótica 
tristeza como debemos confesar que después de com- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 183 

pletada, tras costosos esfuerzos, la reacción contra la 
obra de las dominaciones personales, la guerra civil 
ha representado une proporción de probabilidad mu- 
cho mayor que en la época de los gobiernos de fuer- 
za, de los gobiernos de represión, cuando la libertad 
y el orden administrativo que hemos conquistado hu- 
bieran sido recibidos por todos como una bendición 
de Dios. 

Y bien : de está anomalía, de este salto atávico, de 
esta manifestación regresiva, fluye la abrumadora con- 
denación, no precisamente de los pactos, sino más bien 
de la situación irregular producida por la persisten- 
cia de pactos que sólo debieron tener una existencia 
transitoria, circunstancial, como el pacto de La Cruz, 
con sus feudos y su paz armada. La prolongación ab- 
surda y temeraria de esas irregularidades más allá 
de los límites que las circunstancias estrictamente les 
fijaban, es lo que explica ante el criterio desapasio- 
nado, esta dolorosa anomalía que levanta revolucio- 
nes en épocas de administración y libertad. 

El día en que por la autoridad de la costumbre, 
siempre superior a la autoridad y eficacia de las le- 
yes, quedara establecido que la paz pública sólo pue- 
de reposar en el país sobre la base de una repar- 
tición empírica y monstruosa de las funciones propias 
del estado, repartición que no hay que confundir en 
manera alguna con la idea de coparticipación que 
todos llevamos en el alma y que es una necesidad 
imprescindible de nuestro progreso político; (¡Muy 
bienl) el día que esto llegara a constituir en el país 
una especie de derecho consuetudinario que prevale- 
ciera sobre la ley escrita, no tardaríamos, señor pre- 
sidente, en asistir al fraccionamiento de la naciona- 
lidad, a su excisión irreparable, a un verdadero nau- 
fragio de la conciencia nacional, que se habría ma- 
nifestado incapaz de vivificar un cuerpo organizado y 
único. 

Creo con toda sinceridad que pocas veces, en el 



184 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

transcurso de nuestra vida nacional, se habrá presen- 
tado a la consideración de los hombres públicos un 
problema de más entidad y más gravedad que el que 
plantea esta nueva faz que amenaza tomar la discor- 
dia de nuestros partidos, en el sentido de constituir 
cada uno de ellos un estado que se relacione con el 
otro, por una especie de derecho internacional. 

Y estas experiencias de vivisección política, estos 
ensayos subversivos, no se repiten impunemente en la 
vida de los pueblos. En ella, como en la de los indi- 
viduos, la repetición del acto es lo que determina la 
costumbre, y la costumbre se identifica y confunde 
«on la propia naturaleza cuando no la sustituye y la 
vence. 

Es verdaderamente singular, señor presidente, lo que 
pasa respecto de las críticas que este proyecto ha 
suscitado ; y no me refiero en lo que voy a decir, a 
ninguno de los distinguidos miembros de la Cámara, 
que han manifestado opinión adversa a él, sino a los 
que, fuera de la Cámara, han escrito impugnando este 
proyecto. 

Se fulminan todos los rayos y centellas de las tem- 
pestades retóricas contra la más mínima restricción 
que transitoriamente se imponga a la libertad de la 
prensa, en virtud de una ley de circunstancias; j 
le fulmina a pretexto de una inconstiíucionalidad que 
no se ha demostrado, ni se demostrará jamás, porque 
es absurda : se alardea para esto de inflexibilidad de 
principios, y en el mismo escrito, quizá en la misma 
columna, entrando a tratar de los pactos subversivos 
que certísimamente implican inconstitucionalidad, y 
que no la implican así como quiera, sino en lo que 
la constitución tiene de más esencial y fundamental, 
es decir, en la fundación de un estado uno, de una 
asociación política indivisible ; entonces para cohones- 
tar la inconstitucionalidad y subversión de e*r,s pac- 
tos se argumenta con que es necesario encarar estas 
cosas, no del punto de vista de las especulaciones 



DISCUR909 PARLAMENTARIOS 185 

ideológicas, sino del punto de vista de la viviente rea- 
lidad ; y todo lo que era rigor de principios para ful- 
minar la inconstitucionalidad, por otra parte falsa e 
ilusoria, de una ley de circunstancias, se convierte en 
una admirable benignidad posibilista para aceptar la 
hilidad de que se vuelva a incidir en la subver- 
sión de las subversiones, en la subversión que mina 
el orden constitucional por su base y divide al país 
en dos estados antagónicos. (¡Muy bienl) 

Se dice también, señor presidente : «el pueblo no 
es menor de edad; no le sometáis a tutela; dejadle 
plena libertad para que, entre las fórmulas de paz 
posibles, examine y discuta también la que importa 
subvertir el orden constitucional y quebrantar la uni- 
dad del estado, y preparar el desdoblamiento de la 
nacionalidad». Este argumento pertenece a la especie 
sofística de los que por probar demasiado no prueban 
nada... No con menos fundamento podría argüirse 
que la incitación" franca y abierta a seguir las bande- 
ras de la revolución, tampoco debía ser velada ni pu- 
nida, porque el pueblo no es menor de edad para ce- 
der a sugestiones insensatas, o bien porque si su vo- 
luntad es seguir a los que le incitan a hacer armas 
en contra de los poderes constituidos, no debe coar- 
társele en el uso de su voluntad. 

Dícese, por último, que el proyecto de que soy au- 
tor y que en parte ha modificado la Comisión de Asun- 
tos Constitucionales, no introduce sino leves diferen- 
cias respecto del régimen vigente. 

Los que esto dicen, o no recuerdan cuáles son las 
restricciones del régimen vigente, — lo que me extraña, 
porque lo que causa mortificación o perjuicio suele 
recordarse con facilidad, — o bien no han reparado en 
los términos y alcance del proyecto. 

Mucho más exacto sería decir que él establece muy 
leves diferencias con respecto a lo que es lícito en 
épocas normales. 

Podrá el periodista comentar, sin limitación algu- 



186 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

na, los actos de los poderes públicos ; podrá censurar- 
los, si lo juzga conveniente, de todas las maneras y 
en todos los tonos como es posible hacerlo en una 
época de seguridad y de paz ; podrá distribuir cargos 
y responsabilidades en lo que se refiere a la guerra ; 
podrá (haciendo uso de un ejemplo del que se valía 
el diputado señor Muró) pedir, si le place, la renun- 
cia del presidente de la República, o la renuncia de 
los que estamos aquí, la renuncia colectiva de la 
asamblea; podrá historiar los antecedentes de los acon- 
tecimientos producidos y abogar en pro de una solu- 
ción transaccional : lo único que se le veda, lo único 
que se considera punible, es incitar a la violación de 
las instituciones, a la abdicación o cercenamiento de 
las inalienables facultades de los poderes públicos; 
y esto, señor presidente, en momentos en que se tra- 
ta de reprimir una insurrección cuyos orígenes y an- 
tecedentes se relacionan con repetidas violaciones del 
régimen constitucional. (¡Muy bienl) Si esto no jus- 
tifica la única y transitoria restricción qup la liber- 
tad de la prensa sufriría con la sanción de mi pro- 
yecto, declaro que habría que renunciar a la doctri- 
na, en mi sentir indiscutible, mucho más después de 
las citas que ha hecho valer nuestro distinguido co- 
lega el doctor Areco, de que la libertad de la propa- 
ganda política puede ser prudencialmente restringida 
en tiempos anormales, sin inconstitucionalidad, sin 
ilegalidad, sin opresión, cuando la salud pública exi- 
ge la restricción transitoria de esa libertad y es la ra- 
zón serena la que fija el límite de la restricción. 

Yo lo creo así de todas veras. Ignoro si esa es la 
opinión prevalente. Propendo, por natural tendencia 
de mi espíritu, a un individualismo, quizá exagerado, 
en materia de opiniones : formo las mías procurando 
apartarme de las influencias del ambiente en cuanto 
ellas puedan traer consigo sugestiones de pasión ; y 
las enuncio tal como sinceramente las concibo, sin 
preocuparme nunca de volver la mirada para ver si 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 187 

de paito de lo que yo pienso está la opinión que re- 
nta el mayor número, o está una parte de la 
opinión, o estoy yo solo. (¡Muy bienl) 



(Sesión de junio 21 de 1904) 

Sr. Rodó. — Señor presidente: cuando yo acepté, sin 
hacer mayor oposición, en el seno de la Comisión de 
Asuntos Constitucionales, que se agregara al artícu- 
lo la frase: y mermar su legítima autoridad, lo hice 
en el concepto de que esto entrañaba solamente una re- 
dundancia inofensiva, porque interpreté siempre que 
todo lo que fuera mermar la legítima autoridad de 
los poderes públicos caía dentro del alcance de la fra- 
se anterior: la que establece que no se podrá hacer 
propaganda en el sentido de coartar ninguna de las- 
facultades propias de dichos poderes. 

Completamente en desacuerdo con la interpretación 
que da al artículo mi distinguido colega de Comisión 
el doctor Vargas, creo que la propaganda que se di- 
rigiera a solicitar la renuncia del presidente de la 
República, (sin que esto importe de manera alguna 
apreciar la sensatez y oportunidad de una propagan- 
da de esa naturaleza) no caería dentro de las prohi- 
biciones de este artículo, cuyo significado se limitó, 
en mi intención, a impedir propaganda en favor de 
pactos subversivos que importaran violación de la 
constitución y de las leyes. Pedir la renuncia del pre- 
sidente de la República no es ir contra la observan- 
cia de la constitución o de la ley. 

Sr. Costa. — ¡Cómo no, señor! Es el acto más sub- 
versivo que hay. 

Sr. Rodó. — No es ir contra la observancia de nin- 
guna ley; no es propender a falsear la constitución, 
que es lo único que yo tuve en cuenta en mi pro- 
vecto. 



188 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Sr. Costa, — En éstos momentos, es un acto subver- 
sivo pedir la renuncia del presidente de la República. 

Sr. Rodó. — Yo no lo interpreto así, y dejo de ello 
constancia, salvando mi opinión a este respecto. 

Pedir la renuncia del presidente de la República, 
no es incitar a cometer una inconstitucionalidad ni 
una ilegalidad. 



'(Sesión del 9 de julio de 1901) 

Señor presidente : -la jefatura política y de policía 
comunicó con fecha de anteayer al diario titulado «El 
Tiempo», haberse resuelto su suspensión por el térmi- 
no de cinco días, invocándose como fundamento de 
esta resolución el hecho de haber violado el artícu- 
lo 3.° de la ley relativa a régimen de la prensa. 

No se habrá olvidado que cuando se discutió en la 
Cámara el referido artículo de la ley, hubo discre- 
pancia de opiniones en cuanto al alcance de la frase 
final agregada al artículo por la Comisión de Asun- 
tos Constitucionales; y como se manifestara que con 
arreglo a ella, la propaganda encaminada a pedir, 
como prenda de paz, la renuncia del presidente de la 
República, debía considerarse incluida entre las pro- 
hibiciones de la ley, me opuse, por mi parte, a esa 
interpretación, como me hubiera opuesto a cualquiera 
otra tendente a penar propagandas igualmente fue- 
ra de lo razonable y de lo sensato, pero que a pe- 
sar de ello, no se opusieran al espíritu de la ley, el 
cual en mi concepto fué siempre, pura y exclusiva- 
mente, el de prohibir propagandas que excitasen a 
violar el régimen constitucional, en el sentido de fa- 
vorecer pactos que quebrantaran la unidad política 
del país o coartasen las inalienables facultades de 
los poderes públicos. 

Insistí en esto, aunque desgraciadamente sin resul- 
tado ; y observé que había verdadera conveniencia en 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 189 

que, limitando el alcance de la ley a ese único y ex- 
clusivo objeto, definiéndola así de una manera clara 
y precisa, imposibilitaríamos multitud de dudas y am- 
bigüedades de interpretación, que, de otro modo, se- 
rían inevitables, y que quizá tuvieran por efecto colo- 
car a la prensa en una situación peor que aquella 
en que se encontraba bajo el régimen de la previa 
censura. 

No se ha hecho esperar la comprobación de lo que 
decía. Pero el hecho que lo ha comprobado, señor pre- 
sidente, excede de mis previsiones, porque no tiene 
acomodo razonable, ni aun dentro de la ley tal como 
quedó interpretada después de aquella parte del de- 
bate. 

La suspensión del diario «El Tiempo», ordenada por 
el poder ejecutivo, según la nota policial de fecha 7 
del corriente, es un hecho claramente violatorio de la 
ley que, sobre régimen de la prensa, acaba de dic- 
tar la asamblea. 

Es además un precedente que, si se le dejase en 
pie, colocaría a la prensa aun en peores condiciones 
que cuando intervenía el asesor policial. 

Examinemos los fundamentos de la resolución y el 
hecho que la ha motivado. 

Se invoca el artículo 3.° de la ley y se dice que, 
tendiendo la propaganda ^el citado diario a despres- 
tigiar la causa de las instituciones que defiende el go- 
bierno de la República, ha violado, en el espíritu y 
en la letra, aquel artículo. Pero, señor presidente : 
¿qué concepto, qué frase, qué palabra del artículo 3.° 
de la ley, ni de ningún otro de los comprendidos en 
ella, se refieren a penas que puedan imponerse por 
el hecho de tender «a desprestigiar la causa de las 
instituciones»? El artículo 3.° de la ley no se refiere 
a otro objeto de prohibición que a la propaganda en 
favor de pactos subversivos de la constitución de la 
República o que mermen la autoridad legal de sus 
gobernantes. Ese artículo no limita la libertad del pe- 



190 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

rioclista sino en cuanto a la defensa de determinadas 
fórmulas de paz. Tal es su espíritu, tal es su letra, 
Ni aún sometido el artículo a la acción de los rayos X, 
podría encontrarse, bajo su sentido literal, ninguna 
otra prohibición que esta, clara y patente. 

Las ambigüedades de interpretación que yo previ que 
se dejaban, no fueron esas. 

Cuando se agregó al artículo la frase «y mermar 
su legítima autoridad», el sentido de la cláusula que- 
dó intacto, en cuanto a referirse siempre a pactos o 
concesiones que mermaran la legítima autoridad de 
los poderes públicos ; no a propagandas que pudieran 
tender a mermar moralmente esa autoridad sin ha- 
blar de pactos de paz. 

La construcción del párrafo, para quien leal y sin- 
ceramente lo examine, no deja lugar a la más míni- 
ma duda sobre ello : en este punto el artículo es clarí- 
simo e intergiversable. La duda que yo previ que se 
dejaba en pie — y por eso me opuse al agregado de la 
citada frase — es la relativa a qué condiciones de los 
pactos de paz podía considerarse que mermaran la le- 
gítima autoridad de los poderes públicos. 

Tero no solamente la orden policial a que me re- 
fiero, sostiene que la publicación que ha motivado la 
clausura temporal del diario, contraría el espíritu de 
la ley, sino que sostiene que ha sido violada la letra, 
es decir, que ha defendido pactos subversivos, de los 
aludidos en el artículo 3.°. 

Y en efecto : la orden policial hace mención de una 
frase— separada cuidadosamente de la publicación— 
por la cual ha sido penado el referido diario ; una 
frase que es de uso común, que se emplea a cada 
momento para significar la necesidad o la urgencia 
con que debe procurarse determinado fin : la frase a 
toda costa, aplicada a la necesidad de que se haga la 
paz. ¡Este, según parece, es el cuerpo del delito! ¡Es- 
to es lo que hace del artículo de aquel diario, un 
alegato en favor de los pactos inconstitucionales o 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 191 

subversivos de la autoridad de los poderes públicos! 

Es necesario convenir, señor presidente, en que si 
con esta suspicacia, con este rebuscamiento de ápices 
y de minucias, con este apego a las menudencias de 
la letra, han de ser juzgadas las publicaciones de la 
prensa, la labor del periodista será, en adelante, una 
verdadera carrera de obstáculos; y el periodista, a 
pesar de que por la naturaleza de su oficio está obli- 
gado a improvisar, se verá en la necesidad de releer 
y someter a los prolijos análisis una y cien v£ces, 
todo lo que escriba, para evitar que se deslice en ello 
una locución, una frase, una palabra, que pudieran 
interpretarse, apurando el concepto, en un sentido 
que lo perjudicara. 

Todos los que somos aficionados a libros, señor pre- 
sidente, — y permítaseme esta breve reminiscencia lite- 
raria, siquiera sea en obsequio a mis aficiones, — nos 
hemos recreado más de una vez, leyendo alguno de los 
infinitos comentarios que se han compuesto a propó- 
sito de una de las obras maestras del espíritu huma- 
no : a propósito del «Quijote». 

Sucede con todas aquellas obras sobre las cuales se 
ha escrito intensamente, que, después de agotarse los 
comentarios e interpretaciones razonables, se llega a 
los comentarios alambicados y sutiles. Así, según al- 
gunos de los comentadores del «Quijote», Cervantes 
resultaría un precursor de la filosofía nacionalista; 
según otros, un precursor de la democracia, o de la 
revolución social, o bien del darwinismo, o del espi- 
ritismo... En fin: no hay doctrina, no hay credo so- 
cial o filosófico, aún los más opuestos e inconciliables 
entre sí, de que Cervantes no sea precursor, si hemos 
de atender a uno u otro de sus comentadores. Y la 
explicación de este hecho es sencilla. Toma el comen- 
tador una frase de Cervantes, la interpreta de cierta 
manera y de interpretación en interpretación, de de- 
ducción en deducción, me liante un poco de ingenio 
y de habilidad dialéctica, la frase llega al fin a sig- 



192 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

niñear todo lo que el intérprete quiere ; y es así como 
quizá una misma frase del «Quijote» da lugar para 
que tres intérpretes distintos se jacten de haber descu- 
bierto en Cervantes un precursor o profeta de otras 
tantas doctrinas diferentes. 

Pues bien: a mí, aunque estas interpretaciones 
nunca me convencieron, con frecuencia me han en- 
tretenido, por la ingeniosidad que suelen revelar; pa- 
ro confieso que toda la sutileza interpretativa, toda la 
habilidad dialéctica, que yo había admirado en los co- 
mentadores de Cervantes, palidece y se eclipsa ante 
la interpretación sutil en que se inspira esta nota del 
jefe de policía. 

El periodista usa, de paso, una frase hecha, una 
locución vulgar, para expresar con energía su anhe- 
lo de que la paz se haga urgentemente, y dice : «ííay 
que hacer la paz a toda costa» ; y apoderándose al 
vuelo de estas tres palabras, el intérprete, que en este ' 
caso tiene la facultad de imponer inapelablemente su 
interpretación, arguye: «Ha dicho usted que la paz 
debe hacerse a toda costa ; luego, implícitamente ha 
dicho que debe hacerse también a costa de la constitu- 
ción; y como hay un artículo de la ley que pi^ohi- 
be hacer propaganda a favor de pactos contrarios a 
la constitución, usted indirectamente ha abogado en 
favor de esos pactos, ha violado la ley, y su diario 
debe ser cerrado por cinco días». 

Con arreglo a este sistema de interpretación, así 
como la inmortal novela de Cervantes resulta, para 
algunos de sus comentadores, un libro precursor del 
darwinismo o de la doctrina espiritista, así dentro del 
criterio que informa la nota policial, el artículo del 
diario «El Tiempo», resulta un alegato en favor de los 
pactos subversivos de la constitución de la República. 

Pero lo peor de todo, señor presidente, es que, se- 
gún se deduce del texto de la citada orden policial, 
el poder ejecutivo entiende que toda propaganda en- 
caminada, en su concepto, a desprestigiar o perjudicar 



DISCURSOS PAIiLAMENTAMOS 193 

moralícente la causa de las instituciones, puede ser 
objeto de prohibición con arreglo a la ley que la 
asamblea ha dictado ; y yo no vacilo en afirmar que, 
interpretada y aplicada de esa manera la ley, lejos 
de haber beneficiado con ella la situación del perio- 
!, la habríamos perjudicado; y la habríamos per- 
judicado en términos que significan una desventaja 
aún con relación al estado de cosas anterior a la 
sanción de la ley. Porque, suprimida la censura, y 
si el .poder ejecutivo considera que toda propaganda 
encaminada a desprestigiar la causa de las institu- 
ciones cae dentro de las sanciones penales de la ley, 
¿quién define la vaguedad de esta restricción? ¿Quién 
fija la línea divisoria entre lo lícito y lo ilícito? ¿Cuán- 
do la propaganda política desprestigia y perjudica 
alíñente la autoridad de los poderes públicos y 
cuándo no la desprestigia y no la perjudica? ¿Dónde 
el instrumento de precisión de que ha de valerse 
el periodista para contener sus arranques en la me- 
dida del criterio oficial? 

No es necesario meditar más que un instante para 
prender que la interpretación que el poder ejecu- 
tivo parece dar a la ley que se lia dictado, tendrá por 
inmediata y forzosa consecuencia la imposibilidad de 
toda propaganda política. El poder ejecutivo resol- 
verá discrecionalmente cuándo la propaganda de la 
prensa perjudique moralmente su autoridad ; y siem- 
pre que en su concepto, se haya incurrido en tal de- 
lito, procederá inapelablemente a la suspensión del 
diario. En presera de este peligro, señor presiden- 
t<\ ,-.oo está claro que lo que la prensa hará será 
abstenerse de toda propaganda, desde que ya no hay 
censor al cual pueda remitir previamente sus escritos, 
y desde que no puede tener el periodista la intuición 
del grado de benignidad o de severidad con que el po- 
der ejecutivo ha de juzgarle? 

Es necesario, pues, que por nuestra parte definamos 
de una manera inequívoca ; si es posible, para 

HOMBBES DE AMÉRICA 13 



194 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

que la Cámara restablezca la recta interpretación de 

la ley y desautorice la interpretación que le da el po- 
der ejecutivo; y si esto no es posible, por lo menos 
para que la prensa tenga un criterio exacto y defi- 
nido en cuanto a los límites en que se contiene ac- 
tualmente su libertad, y también para que aquellos 
que estamos en absoluto disconformes con la interpre- 
tación que el poder ejecutivo da a esta ley de la pren- 
sa, salvemos nuestra responsabilidad después de ha- 
ber contribuido, en una forma u otra, a los anb 
dentes de que surgió la ley que de tal manera se in- 
terpreta. 

Tales son los motivos y fundamentos que me lian 
inducido a presentar a la consideración de la H. Cá- 
.! ¡a moción de que pido a la Mesa se sirva hacer 
dar lectura. (La manda a la Mest 

Si: Presidente. — Léase. 

(Se lee lo siguiente) : 

Para que se invite al señor ministro de gobierno ¡i, 
concurrir a la sesión del maltes próximo, a fin de dar 
explicaciones sobre la manera cómo ei poder ejecuti- 
vo interpreta el artículo 3.° de la ley sobre régimen 
de la prensa, invocado en la orden de suspensión del 
diario El Tiempo. 



(Sesión de 12 de julio de 1904) 

>'/". Rodó, — He oído ven atención los informes del B6| 
ministro de gobierno. 

Veo, ante todo, en sus palabras, el reflejo de una 
condición de su espíritu que todos le hemos recono- 
cidd siempre: la convicción sincera de las opiniones: 
la convicción sincera que pone en todas sus ideas y 
en todos sus actos. 

Agregar que el señor ministro no me ba convencido, 
me parecería una ingenuidad, porque se cae de su 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 

. Desde que formo parte del Parlamento, o me- 
jor dicho, desde que presencio debates parlamentarios, 
nunca he visto un ministro que convenza a un dipu- 
tado, ni un diputado que convenza a un ministro, ni 
siquiera dos diputados que se convenzan uno al otro 
o que convenzan a un tercero... Es casi ley sin excep- 
i que todos salgamos del debate con las opiniones 
que entramos, lo cual, dicho sea de paso, no cons- 
tituye un argumento muy poderoso en favor de la efi- 
cacia de la palabra y ele la virtud de la discusión... 
Por mi parte, después de oir al señor ministro, sigo 
endo que la suspensión del diario «El Tiempo» es 
un hecho violatorio de la lelra y del espíritu de la 
ky sobre régimen de la prensa, que acaba de dictar 
la asamblea. 

Creo, en primer término, que todo lo que en el ar- 
ticulo de dicho diario se ha considerado subversiva, 
fuera de la frase «a toda costa», excede del alcance de 
la ley, que ha previsto propagandas en favor de pac- 
eontrarios a la constitución de la República ; pero 
no propagandas que en otro sentido puedan comride- 
rarse adversas a la causa de las instituciones. Y, en 
Lindo término, creo que esa frase de uso común, 
frase hecha, esa locución vulgar, no constituye 
una insinuación a favor de pactos subversivos, si no 
alambican y sutilizan las cosas fuera-.de lo tole- 
rable. 

Es más, señor presidente: estoy interiorizado, por 
conversación particular, del espíritu que anima a la 
dilección de ese diario en su propaganda en pro de 
la paz; me consta que es adversa a una paz que se 
estableciera sobre la base de concesiones que implica- 
una transgresión de la constitución de la Repú- 
a y una enajenación de legítimas facultades do 
sus gobernantes. Mal podría, pues, una frase salida 
de su pluma, tener un sentido favorable a condiciones 
r inconstitucionales de la paz. 

Pero, apartándonos de la particularidad del caso 



196 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

concreto y llegando a lo que él tiene de general, es 
decir, al precedente que deja establecido, la exposi- 
ción del señor ministro de gobierno tiende a confir- 
mar la doctrina que entrañaba la nota del jefe de po- 
licía, comunicada al diario «El Tiempo» ; tiende a de- 
jarla establecida, como interpretación del artículo 3.° 
de la ley. 

Hay, pues, dos interpretaciones contrarias de ese 
artículo :. la que sostiene el poder ejecutivo y la que 
yo sostengo. 

Claro es, que por el solo hecho de haber yo contri- 
buido a la formación y a la sanción de esta ley, no 
he de atribuirme la facultad de imponer como genuina 
la interpretación que yo personalmente le de, tanto 
más cuanto que la ley fué objeto de modificaciones 
que no contaron con mi asentimiento. 

La interpretación valedera de la ley no he de darla 
yo ni ha de darla tampoco el poder ejecutivo — a pe- 
sar de sus facultades de colegislador, que invocaba 
un órgano de la prensa hace pocos días; — la interpre- 
tación valedera de la ley ha de darla la Cámara o, 
por mejor decir, la asamblea, después de la ley inter- 
pretativa que en ese sentido se presente (y desde luego 
anuncio que voy a presentarla) dando por supuesto 
que esa ley interpretativa pase de la Cámara y siga 
los trámites comunes hasta su sanción. En caso con- 
trario, la Cámara considerará que el poder ejecutivo 
ha aplicado convenientemente la ley; y la interpreta- 
ción del poder ejecutivo prevalecerá mientras la asam- 
blea no disponga otra cosa; pero prevalecerá, no por- 
que el poder ejecutivo tenga la facultad de interpre- 
tar las leyes, aun cuando, como colegislador, haya 
contribuido a formarlas o haya sido el exclusivo autor 
y prop mente de ellas, sino simplemente porque la Cá- 
mara, '[informidad con la aplicación que el 
poder ■ ha dado a la ley y el Senado con su 
silencio, manifestado implícitamente que el rao- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS ' 197 

do como interpreta la ley es el conducente a la apli- 
cación que de ella ha hecho el poder ejecutivo. 

Hay, como decía, dos interpretaciones del artículo 
3.° de la ley. 

Mi interpretación establece que él prohibe, única y 
exclusivamente, la propaganda explícita en favor de 
concesiones o pactos contrarios a la constitución o a 
la integridad de las legítimas facultades de los pode- 
res públicos. 

La interpretación del poder ejecutivo atribuye al ar- 
tículo un alcance casi indefinido, que involucra toda 
propaganda capaz en su concepto de desprestigiar o 
perjudicar moralmente la causa de las instituciones 
y la autoridad del gobierno. 

Mi interpretación fluye, clara e Inmediata, de los 
términos del artículo, que no son vagos ni indeter- 
minados, sino inequívocos en el sentido de fijar una 
prohibición única y concreta. 

La interpretación del poder ejecutivo sólo es posi- 
ble mediante una serie de deducciones que conduzcan 
a desentrañar el sentido íntimo del artículo, como si 
fuese lícito, señor presidente, apartarse de la. letra de 
la ley para investigar su espíritu, cuando la letra de 
la ley es clara y terminante. 

Desde luego, yo pregunto a cualquiera que encare 
esta cuestión de una manera desapasionada : si la 
mente de la asamblea hubiera sido prohibir toda pro- 
paganda moralmente encaminada a desprestigiar la 
causa de las instituciones y la autoridad de los pode- 
res públicos, ¿no es evidente que, tratándose de una 
ley tan laboriosamente preparada como esta, tan dis- 
cutida en la Comisión y en la Cámara, en el Senado 
y en la prensa, tan analizada en sus más mínimos 
detalles — porque aun las palabras de ella se midieron 
y se pesaron, — no es evidente, digo, que el legislador 
hubiera consignado esa prohibición de una manera ex- 
presa, y en primer término, y no la hubiera dejado 
en la vaguedad de un sobrentendido que resultaría 



198 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

anómalo, tratándose de la prohibición más extensa y 
más importante de la ley? 

Se concibe, señor presidente, que se haga uso de 
una proposición más general, dejando implícita y so- 
brentendida en ella una proposición menos general; 
se concibe que se hubiera dicho : (¡prohíbese toda pro- 
paganda que perjudique la causa de las institucio- 
nes», sobrentendiéndose que esta prohibición implica- 
ba la de propagandas a favor de pactos contrarios a 
las instituciones ; pero no se concibe lo contrario, no 
se concibe que se haga uso de una proposición menos 
general para que se sobrentienda dentro de ella una 
proposición más general ; no se concibe que se diga : 
«prohíbese hablar de pactos contra las instituciones», 
para que se sobrentienda : «prohíbese hablar en cual- 
quier sentido que. pueda considerarse contrario a las 
instituciones». 

Desde luego, la ley, tal como yo la interpreto 
tablece una prohibición de abogar en pío de pactos 
anticonstitucionales. De conformidad con esto, el pe- 
riodista sabría a qué atenerse sobre lo que le está ve- 
dado y lo que le es lícito; pero si prevaleciera la in- 
terpretación que da al artículo el poder ejecutivo, ¿no 
es evidente que la vaguedad de esta restricción im- 
portaría la imposibilidad de toda propaganda políti- 
ca? ¿Quién fija límite a esta restricción? ¿Quién de- 
termina los casos en que la propaganda política per- 
judica moralmente la causa de los poderes públicos? 
Es una facultad discrecional que se habría puesto en 
manos del poder ejecutivo. 

Todos los antecedentes relativos a los debates de 
que surgió esta ley, lo mismo en el seno de la Cá- 
mara que en el H. Senado, concurren a demostrar que 
mi interpretación es la que estaba en el espíritu de la 
asamblea cuando discutía la ley y la sancionaba. 

Recordaré un detalle del debate, que dio lugar a que 
la Cámara analizase y discutiese extensamente el sen- 
tido de este mismo artículo 3.°, sobre el cual versa ¡a 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 199 

3iíerencia de interpretación. Tendiendo yo a demos- 
tía!- que el proyecto, tal como lo había presentado, 
aseguraba a la prensa amplias libertades, sin otra 
restricción que la relativa a la propaganda explícita 
en pro ele pactos subversivos, indiqué algunos de los 
puntos sobre los cuales podría hablar la prensa, y 
manifesté que, con arreglo a la ley, sería lícito a la 
prensa censurar los actos de los poderes públicos, de 
todas las maneras y en todas las formas con que pu- 
dría hacerlo en una época de paz y seguridad. Mani- 
también que podría distribuir cargos y respon-. 
sabüidades, en cuanto a los antecedentes y consecuen- 
cias de la güeña. Nótese esto bien: según la Inter- 
pretación que yo di a la ley en el discurso con que la 
fundé, la prensa podría distribuir cargos y respon- 
sabilidades en lo relativo a la alteración de la paz 
pública. Agregué que también podría la prensa pedir, 
si lo creía conveniente, la renuncia colectiva de la 
asamblea o la renuncia del presidente de la Repúbli- 
ca : y de todas estas afirmaciones mías sobre el al- 
cance de la ley, la única que suscitó contradicción y 
discrepancia fué la relativa a la propaganda encami- 
nada a pedir la renuncia dei presidente de la Repú- 
blica, propaganda sobre cuya falta de sensatez no po- 
día haber dos opiniones (entre otras causas, porque 
se estrellaba contra la imposibilidad moral que le opo- 
nía nuestra dignidad, después del manifiesto del di- 
rectorio revolucionario) ; pero que, a pesar de ser in- 
sensata, no era, en mi concepto, punible con arreglo 
a esta ley. 

La Cámara lo entendió de otro modo y consideró 
que esa era una concesión subversiva, de las aludi- 
das en el artículo 3.° ; pero, respecto de las demás li- 
bertades de la propaganda, a que yo me referí, nadie 
me objetó cosa alguna, como evidentemente habría su- 
cedido si todas ellas, y no una sola, hubieran sido 
consideradas inadmisibles por la Cámara. 

Repito que dentro de esas libertades a que roe re- 



¡?00 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ferí estaba incluida la de censurar los actos de los 
poderes públicos de todas las maneras y en todas las 
formas que fuesen lícitas en una época de paz y de 
seguridad, y la de distribuir ampliamente culpas y res- 
ponsabilidades al hacer la apreciación de los aconte- 
cimientos o referir su historia. 

Hay todavía otra consideración que puede hacerse 
valer. Es Indudable que el motivo que se tuvo en cuen- 
ta al preferir esta ley a la que propuso el poder eje- 
cutivo y que éste mismo retiró para abrir paso a la 
primera, fué el de mejorar la condición del periodis- 
ta respecto de la situación en que el proyecto guber- 
nativo lo dejaba. 

Ahora bien: tal como interpreta el poder ejecutivo 
la ley, ¿cumple ella ese objeto? ¿Mejora la situación 
del periodista? Interpretada la ley, como quedaría si 
se autorizase la validez de este precedente, no sólo no 
habríamos mejorado esa situación, sino que le habría- 
mos empeorado. La ley no solamente sería, en cuan- 
to al objeto que se tuvo en cuenta, inútil, sino con- 
traproducente y perjudicial, porque, como me parece 
haberlo demostrado en la sesión del sábado, suprimi- 
da la previa censura y dejándose en pie una restric- 
ción tan indefinida, tan vaga, tan sometida al crite- 
rio discrecional del poder ejecutivo como la que éste 
pretende deducir de la ley, toda propaganda política 
llegaría a ser bien pronto imposible; o, por mejor de- 
cir, es de inmediato imposible. 

Yo concibo fácilmente, señor presidente, que el po- 
der ejecutivo crea que dentro de las presentes circuns- 
tancias es necesaria la prohibición de toda propagan- 
da política que, en su concepto, pueda perjudicar la 
causa de las instituciones o el prestigio de su autori- 
dad. Es este un criterio como cualquier otro, aun 
cuando yo no lo comparto ; pero lo que yo no com- 
prendo fácilmente es cómo el poder ejecutivo, cuando 
retiró su proyecto de ley y adhirió al mío y colaboró 
en las modificaciones de que este último fué objeto en 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS! 201 

el seno de la Comisión de Asuntos Constitucionales, 
no propendió a que dentro de esas modificaciones 
incluyeran aquellas que evidentemente hubieran sido 
necesarias en el texto del artículo 3.° para que el sen- 
tido de la ley correspondiera sin violencia a la inter- 
pretación que hoy aplica a su ejecución. 

El espíritu de la ley — cuya letra lo define en mi sen- 
tir claramente — no es otro que el que yo expuse al de- 
fender ]a ley en ftu primera forma. Dije entonces: 
«La libertad de la prensa, como cualquier otra liber- 
tad, no admite restricciones que no sean estrictamen- 
te necesarias. 

»Toda situación anormal, por el hecho de serlo, trae 
consigo condiciones propias de dificultad y de peli- 
gro, y estas condiciones son las que deben fijar en 
cada caso, el límite de la restricción de aquella liber- 
tad. El peligro propio de esta situación anormal es, 
sobre todo, que, explotándose las angustias y los des- 
fallecimientos del espíritu público, se abra camino a 
una subversión permanente del orden institucional que 
ponga en peligro la unidad, la entidad misma de la 
patria. Este peligro justifica, pues, una restricción : 
la relativa a propagandas favorables a pactos subver- 
sivos j/-pero fuera de esa restricción, la libertad de la 
propaganda política debe ser limitada, o, por mejor 
decir, debe volver a su extensión normal, quedando 
únicamente sometida a los procedimientos y sanciones 
de la legislatura ordinaria)). 

Ese fué el espíritu de la ley tal como yo la propuse ; 
y aun cuando luego ella fué objeto de modificaciones, 
nunca fué desnaturalizada hasta el punto de que se 
alterara su. espíritu y su esencia. 

Yo no voy a proponer ninguna moción relativa al 
caso concreto que ha motivado esta interpelación ; y 
esto por dos consideraciones : una de orden teórico, y 
otra práctico. Esta última consiste en que, cumplién- 
dose precisamente hoy el término de la suspensión 
impuesta al diario objeto de la pena, nada puede ha- 



202 JOSi': ENRIQUE RODÓ 

ccrse ya en cuanto al caso concreto, aunque si pueda 
y deba prevenirse la repetición de hechos análogos. 

La razón de orden teórico es la de considerar yo que, 
desde hace tiempo, hay criterio establecido en nuestro 
Parlamento en cuanto al alcance constitucional de 
tos pedidos de explicaciones o de informes, que — im- 
propiamente, dentro de nuestro régimen — solemos lla- 
mar interpelaciones. Una moción de desagrado o de 
censura, lo mismo que otra de aprobación y de con- 
fianza respecto de los actos del poder ejecutivo, no 
tiene sentido congruente con la índole de nuestro sis- 
tema político, dentro del cual el Parlamento legisla, 
pero no gobierna. 

El procedimiento constitucional que toca a la Cá- 
mara en presencia de las transgresiones o conculca- 
ciones de la ley en que incurre el poder ejecutivo, no 
puede nunca ser otro que uno de estos dos : o bien 
acusar al poder ejecutivo ante el Senado, si el de- 
lito en que haya incurrido es de aquellos que por su 
gravedad la Constitución ha citado expresamente — o 
bien (y esto es de todos los casos) legislar en un sen- 
tido que prevea y evite la persistencia del atentado o 
del error. 

Legislar es lo que en la presente oportunidad inte- 
resa : interpretar la ley por otra ley ; y a esa necesi- 
dad he atendido. Tengo aquí mi ley interpretativa y 
voy a presentarla ; pero, como faltan pocos días para 
la terminación del período ordinario, y como se trata 
de una ley de circunstancias, cuya interpretación sólo 
podría ser eficaz si se la diera dentro del actual pe- 
ríodo, prevengo desde ahora que si — presentada la ley 
interpretativa — fuera apoyada y entrara en trámite, 
yo haría moción para que fuera informada en cuarto 
intermedio. Si la Cámara se negara a acceder a esta 
indicación, habría manifestado implícitamente su dis- 
conformidad con la ley interpretativa que presentaba, 
porque en este caso es evidente que postergar la ley es 
matarla. 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 203 

Autos de dejar el uso de la palabra, voy, señor pre- 
sidente, a hacer una breve manifestación. 

Se ha dicho fuera de aquí, en la prensa, que la ini- 
ciativa que he tomado en el sentido de que se aclare 
la interpretación y alcance de esta ley, es injusta e 
inoportuna, y se ha dicho más: se ha agregado que 
esta iniciativa constituye nada menos que una pala- 
bra de aliento dirigida a aquellos que pugnan por 
obstaculizar el triunfo de las instituciones. 

Hay en estos cargos, y sobre todo en el último, que 
es grave y malévolo, una absoluta falta de equidad. 
Si yo he contribuido a la formación y a la sanción de 
una ley, interpretándola de una manera determina- 
da, que expuse durante su discusión, y si veo que en 
la aplicación de esa ley prevalece una interpretación 
contraria y que en mi concepto desnaturaliza la ley, 
¿puede exigírseme razonablemente el sacrificio del si- 
lencio, que importaría la solidaridad con opiniones 
que yo no comparto? ¿Puede exigírseme por razones 
de oportunidad y de orden político? Preferible hubie- 
ra sido, sin duda, que estas disidencias se hubieran 
dilucidado antes de la sanción de la ley ; pero si no 
pasó esto, no es mía ciertamente la culpa, porque la 
misma interpretación, el mismo concepto de la ley que 
yo expongo ahora, lo expuse detenidamente durante 
la discusión de ella. ¿Por qué no se me replicó en- 
tonces? 

Por otra parte, cuando se habla de falta de oportu- 
nidad, ¿se quiere insinuar acaso que estas disiden- 
cias y estas interpelaciones tienden a perjudicar la 
unidad moral de los poderes públicos, hoy más que 
nunca, necesaria? ¡Falso y estrecho concepto sería este 
de la unidad moral de los poderes públicos! Estas li- 
bres discusiones levantan el prestigio de esta situa- 
ción, robustecen la autoridad moral de los poderes pú- 
blicos. 

Cierto es que la solidaridad en la defensa de una 
causa común, de la causa de las instituciones, impone 



204 JOSÉ ENRTQUE ROPO 

la necesidad de estrechar la acción conjunta de di- 
chos poderes; pero esta acción conjunta, esta armo- 
nía, esta concordia, podría decirse esta ((amistad», no 
ha de excluir la discusión que remueve y depura las 
ideas; son la armonía y la concordia que persisten a 
través de estas pasajeras disensiones; no son la paz 
del sepulcro, donde todo reposa porque todo está muer- 
to ; no son la concordia del silencio, donde nada di- 
suena porque todo está mudo! 

Dentro de la unidad superior impuesta por la soli- 
daridad de la causa común que defendemos, cabe el 
juego armónico de todas las opiniones, la espontanei- 
dad del criterio individual. Y así lo he visto y^o com- 
prender y practicar por esta Cámara, a la cual siem- 
pre me enorgulleceré :de haber pertenecido, porque 
la he visto siempre conciliar la prudencia del criterio 
político con la altivez de la independencia moral. 
{'i Muy bien\). 

Perseverando en ello, señor presidente, esta Cáma- 
ra, que contribuyó a elegir al presidente de la Repú- 
blica, como resultado de una lucha democrática, que 
será en la historia un timbre de honor para nuestro 
país, le demostrará que la acompaña en estos críticos 
momentos con la prueba mejor de estimación ; con 
aquella, por lo menos, que más grata debe ser a I03 
espíritus levantados sobre la vulgaridad de la lison- 
ja; con la estimación que se manifiesta por la since- 
ridad, y que unas veces se traduce en el aplauso des- 
interesado y otras veces se traduce en la crítica amis- 
tosa. 

He terminado. (\Muy bienl). 

Sr Presidente. — Va a darse lectura del proyecto pre- 
sentado por el diputado señor Rodó. 

(Se lee lo siguiente) : 

Artículo 1.° Declárase que la prohibición estableci- 
da en el artículo 3.° de la ley restrictiva de la libertad 
de la prensa, se refiere exclusivamente a la propagan- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 205 

da explícita en pro de concesiones o pactos contrarios 
a la Constitución, por coartar alguna de las faculta- 
des que ella confiere a- los poderes públicos. 

Art. 2.° Cualquier otro género de ataques, que ni 
el transcurso de la actual insurrección se dirigieren 
por la prensa a la causa de las instituciones o a la 
autoridad de los poderes públicos, estarán únicamen- 
te sometidos a los procedimientos y sanciones de la 
legislación ordinaria, 

Art. 3.° Comuniqúese, etc. 

José Enrique Rodó, 
Representante por Montevideo. 

Sr. Rudo. — De conformidad con lo que manifesté en 
mi discurso, pido que la Mesa designe una Comisión 
especial encargada de estudiar este proyecto en cuar- 
to intermedio. 



La reforma de la Constitución 



(Sesión de 23 de diciembre de 1904) 

Señor presidente : a pesar de la vigorosa defensa 
que hicieron del informe de la Comisión de Asuntos 
Constitucionales en la sesión de anteayer los señores 
diputados por Treinta y Tres y por Tacuarembó, y de 
la que ha dicho en la sesión de hoy el señor diputa- 
do por Minas, no resisto al deseo de intervenir en es- 
te debate. Por regla general, creo en la conveniencia 
de que la discusión parlamentaria se contenga dentro 
de breves límites, pero en casos excepcionales, la mag- 
nitud de la cuestión que se dilucida, puede, como en 
el caso presente, reclamar la más amplia discusión y 
el más prolijo y detenido análisis. 

Me propongo principalmente tomar en considera- 



206 JOSÉ ENRIQUE RODO 

ciún el extenso y elocuente discurso que el señor di- 
putado por Río Negro pronunció en una de las se- 
siones anteriores impugnando el informe de la Comi- 
sión de Asuntos Constitucionales. 

Su discurso puede dividirse en dos partes, según la 
índole de los argumentos que se hacen valer en él. 
En la primera, se propende a demostrar la inconsti- 
tucionalidad de los procedimientos propuestos para la 
reforma constitucional ; y en la segunda parte se im- 
pugna la conveniencia y la oportunidad de la refor- 
ma en sí misma. 

Respecto del primer punto, considero, como la ma- 
yoría de la Comisión de que formo parte, que cabe 
una interpretación de los artículos constitucionalei- 
lativos a la reforma que legitime el procedimiento que 
consagra el proyecto ; y esto sin violencia alguna, sin 
desnaturalizar el espíritu de esos artículos. Pero no 
tengo inconveniente en agregar que me interesa rela- 
tivamente poco esta faz de la discusión ; le concedo 
una importancia muy relativa y subalterna. Yo plan- 
teo y encaro la cuestión del punto de vista de los al- 
tos intereses públicos, de la alta conveniencia nacional 
que puede haber en la reforma, y de la posibilidad 
de verificarla con acierto; y creo que si se demues- 
tra que la reforma es conveniente, que la reforma es 
oportuna y que responde a una aspiración nacional, 
y que hay medios de llevarla felizmente a término, 
detenerse ante la inconstitucionalidad por lo menos 
dudosa del procedimiento, es verdade ■uniente un te- 
mor supersticioso, siendo infinitamente discutible que 
los hombres en quienes delegó el ejercicio de su so- 
beranía una generación remota, aunque haya sido la 
generación fundadora de la nacionalidad, hayan podi- 
do amarrar a su voluntad y su criterio el criterio y 
la voluntad de las generaciones sucesivas, en cuanto 
a la forma de resolver en cualquier instante de sus 
propios destinos, y modificar, con arreglo a necesida- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 207 

nuevas, que pueden ser perentorias, sus institu- 
ciones fundamentales. (¡Muy bienl) 

Participo, como el que más del respeto histórico 
que se debe a la obra de los constituyentes del año 
30 : pero ese respeto no asume en mi espíritu el ca- 
rácter de una idolatría literal. 

uLa constitución— decía con acierto el diputado se- 
i >!• Vargas— no es un fetiche. La constitución no es 
un ídolo pagano. Merece culto sólo en cuanto concre- 
consagra los deberes y los derechos de todos ; 
pero si las necesidades de los tiempos y los progresos 
del espíritu público traen la posibilidad de una for- 
ma mejor como expresión de esos deberes y de esos 
derechos, esta forma nueva será la digna de venera- 
ción, porque en ella estará el espíritu y estará la \ i- 
da, y la forma vieja será sólo letra muerta, venerable 
también — no lo dudo — pero del modo como lo son las 
reliquias que se llevan a los museos o las armas que 
se guardan como recuerdos gloriosos, cuando no sir- 
ven para esgrimirlas en las luchas del presente. (\Muy 
bical) 

¿Es necesaria, es conveniente, es oportuna la refor- 
ma de la constitución? 

Desde luego, señor presidente, hay algo que demues- 
tra que el sentimiento público ha reconocido la nece- 
sidad, la conveniencia y la oportunidad de esa re- 
forma. 

En el transcurso de la última revolución, cuando el 
espíritu del pueblo se afanaba por encontrar el medio 
con que propender a recobrar el bien inmenso de la 
paz, surgió una fórmula que proponía corno base don- 
de afianzar la paz del país, la reforma constitucional ; 
to ereo equivocarme si afirmo que esa fórmula fué 
la que despertó mayor interés y la que merecía ma- 
yor atención, porque reconoció en ella el carácter ra- 
dical que estaba destinada a hacerla eficaz. Y cuando 
de parte de la revolución llegó el momento de propo- 
ner bases de paz al P. E., en esas bases surgió espon- 



208 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

téneamente la de la reforma constitucional, como ex- 
presión de aspiraciones inequívocas de la masa revo- 
lucionaria. 

Y esta coincidencia, señor presidente, tiene una ex- 
plicación bien fácil. Hay un hecho que surge, claro y 
evidente, de la dolorosísima experiencia de los últi- 
mos años, y es la absoluta ineficacia de los pactos ar- 
tificiosos y subversivos que menoscaban la legítima au- 
toridad de los Poderes públicos, la absoluta inefica- 
cia de estos pactos para garantir al país una paz es- 
table y fecunda. Nadie lo duda ya; nadie hay que 
abogue por la resurrección de esos pactos. Fracasado, 
pues, este medio de paz, hay interés nacional en bus- 
car garantías sólidas para la evolución pacífica de 
nuestra vida política, y en buscarlas, no como antes, 
por la adulteración o por la suspensión del régimen 
institucional, sino, por el contrario, mediante el leal 
cumplimiento de instituciones capaces de asegurar, en 
lo posible, el bien de la paz. 

Se dice, señor presidente, que el estado permanente 
de guerra en que ha vivido el país, y las dificultades 
con que ha luchado para consolidar su organización 
política, no se debe a las imperfecciones de su régi- 
men constitucional, sino a la violación constante de 
régimen. Más exacto sería atribuir a cada una de 
estas causas la eficiencia que en justicia le corresponde. 

Es cierto que la mayor proporción de influencia en 
los infortunios porque ha atravesado el país % ha de 
atribuirse a las violaciones de la Constitución, al des- 
orden de la anarquía, y al orden que reposa en la 
fuerza brutal del despotismo, pero no es menos cierto 
que los errores y la forzosa inexperiencia de los cons- 
tituyentes contribuyen a explicar muchos de los fra- 
casos y muchas de las calamidades de nuestra política. 

Así lo reconocían, con la experiencia del poder, el 
doctor don Manuel Herrera y Obes y don Bernardo 
Berro, que no pueden ser sospechados de ligereza ni 
de intemperancia innovadora, Y cabe afirmar más : 



ríos 209 

cabe afirmar que no os justo que se exima a nuestros 
constituyentes de toda responsabilidad en los anl 
dentes de las primeras guerras civiles que asolaron el 
país, y que depositaron el germen de los odios que 
■ > fueron triste herencia de las generaciones orlen* 
y se multiplicaron en calamitosa cosecha de 
rras fratricidas. 
Como lo decía nuestro distinguido colega el doctor 
o, la obra de los constituyentes se verificó bajo 
el influjo de una constante prevención contra la in- 
fluencia perturbadora del caudillaje; pero no tuvo ni 
pudo tener la experiencia política que le hul> 

lo los medios de limitar eficazmente la influencia 
de los caudillos, atemperándola a la 

ida organizada. Los prohombres de la A 
íituyente, obedeciendo a ese sentimiento de pre- 
ión y quizá impresionados por las turbulencias mi- 
es que habían dificultado sus primeras delibera; 
clones^ votaron el precepto constitucional que impidió 
3 miembros del ejército la entrada al Poder Le- 
gislativo. 

ntra lo opinión del hombre más eminente, quizás, 
entre los que se sentaban en aquellas bancas, del que 
fué tal vez el primero de nuestros estadistas contra 
la opinión y la previsión clarovidente, de don Santia- 
Vázquez, la Asamblea Constituyente sancionó esa 
¡sión insensata que apartó a los militares de la 
la cívica del Parlamento y que trazó la primera 
i divisoria entre la fuerza moral de la opinió' 
la fuerza ma ferial de las armas, divorcio que debía 
una de las calamidades de nuestra turbulenta his- 
toria, porque dividió en campos opuestos y alejados 
por desconfianzas recíprocas, elementos que siempre 
debieron marchar unidos, vinculándose el derecho 
ciudadano con la espada del soldado, y robustecién- 
dose con la eficacia del poder material las energías 
'les del espíritu público. 
Cuando la Asamblea Constituyente hubo sancionado 

HOMBHÍS DE AMÉRICA 14 



210 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

la incapacidad de los militares para formar parte del 
Poder Legislativo, el elemento militar de la época, enr¿ 
el cual formaban el vencedor de Sarandí y el vence- 
dor del Rincón, presentó a la Asamblea Constituyen-! 
te una varonil y elocuente protesta, que no se puede! 
leer hoy sin admirar en sus cláusulas la intuición pro- 
fética de que están poseídos. Se anticipa allí la filoso- 
fía de muchas de las calamidades que sucedieron des-1 

pues. 

Apreciando la significación de este memorable docu-J 
mentó, uno de nuestros primeros constitucionalist&s, 
el ciudadano don Francisco Bauza, decía en palabras 
que no puedo citar literalmente, pero que recuerdo en 
esencia : «Fué tan desacertada la resolución de la 
Asamblea Constituyente, negándose a atender aquelia 
justa protesta, que yo me inclino a pensar que si el 
general Lavalieja hubiera pertenecido al Senado de 
la República cuando el gobierno del general Rivera, 
y algunos de sus amigos militares hubieran sido di- 
putados, no estalla el movimiento militar de 1831, que 
abrió la calamitosa serie de nuestras revoluciones ; y 
si el general Rivera hubiera sido senador bajo el go- 
bierno del general Oribe y algunos de sus amigos mi- 
litares hubieran formado parte de la Cámara de Re- 
presentantes, se hubiera evitado la guerra civil que 
comprometió al país en aquel dédalo de complicacio- 
nes internacionales». 

No está, pues, exenta la obra de los constituientes 
(y debemos decirlo sin mengua del respeto que les de- 
bemos), no está exenta de responsabilidad en las gue- 
rras civiles que impidieron la consolidación del orden 
institucional que ellos habían fundado. 

El diputado señor Tiscornia manifestaba en su dis- 
curso la posibilidad de que, facilitando el camino a 
las refeormas constitucionales, se llegase un día hasta 
modificar la forma de gobierno de la República. 

El argumento puede ser admisible como recurso diais 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 211 

léctico, pero no concibo que ningún espíritu despre- 
venido admita la realidad de peligro semejante. 

En lo fundamental, nuestro régimen de gobierno re- 
posa sobre un sentimiento tan connaturalizado con el 
espíritu de nuestro pueblo, como el propio sentimien- 
to de la nacionalidad ; y me parece tan quimérico te- 
mer que ese régimen pueda seré vulnerado por ningu- 
na generación de orientales, como sería quimérico té- 
mer que por el hecho de ser llamado el pueblo a revi- 
sar sus instituciones, se diera ocasión a que abjurara 
del artículo constitucional que consagra su indepen- 
dencia y optase por ponerse de nuevo bajo el yugo de 
un poder extranjero. 

Otro argumento de que hacía caudal el señor dipu- 
tado, consiste en afirmar que, según este procedimien- 
to de reforma, el pueblo no conocería de antemano el 
género de modificaciones de que sería objeto su cons- 
titución, puesto que una sola Asamblea, la nueva 
Constituyente, las propondría y las sancionaría. 

Esta observación tiene sólo un valer aparente. La 
convocatoria de la nueva Asamblea Constituyente, o 
mejor la discusión del proyecto de reforma constitu- 
cional por la próxima legislatura, será, indudablemen- 
te, la señal de un activo movimiento de ideas en el 
país, movimiento de ideas que asumirá todas las for- 
mas de la propaganda y la discusión, en la prensa, 
en el panfleto, en la tribuna de los clubs, y que per- 
mitirá al pueblo orientarse y definir su criterio en todo 
lo que atañe a la reforma constitucional ; de modo que 
serán llevados a la Asamblea Constituyente aquellos 
que conocidamente interpreten el sentimiento del pue- 
blo en lo relativo a las cuestiones fundamentales. 

Añadía el señor diputado, que aun cuando las pri- 
meras intelectualidades del país formaran parte de la 
Asamblea Constituyente, la constitución que de ella 
surgiera no sería sino obra de esa asamblea de hom- 
bres de pensamiento ; pero no la obra del pueblo. De- 
claro que no acierto con el significado que pueda te- 



212 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ner esta observación, señor presidente. La nueva cons- 
titución sería obra del pueblo, por intermedio de los 
constituyentes en que él delegaría al efecto el ejerci- 
cio de su soberanía. No es otro el origen de las leyes 
en el régimen representativo, no es otro el origen de 
la constitución actual. 

El pueblo daría la norma, las ideas fundamentales, 
al designar a sus constituyentes, puesto que se aten- 
dría, para elegirlos, a la filiación de ideas de cada 
uno ; y lo demás, lo que viene después de eso, es pro- 
pio del legislador, del hombre apto para legislar y 
para organizar los pueblos. 

Pero, ni aún se manifestó seguro el señor diputado 
por Río Negro de que la composición de la Asamblea 
Constituyente estuviera, por su calidad intelectual, a 
la altura de la magna obra que sería llamada a rea- 
lizar, Mi impresión es completamente contraria. Yo 
creo que el hecho de que una Asamblea de esa natu- 
raleza esté exenta de toda función política de circuns- 
tancias, garantiza que su elección se verificará fuera 
de toda consideración o influencia que pueda perjudi- 
car la calidad de los elementos que han de componer- 
la ; y permite esperar que en esa Asamblea tendrán 
representación, por órgano de sus hombres más ca- 
racterizados, no sólo los partidos militantes, sino tam- 
bién esa masa de intereses y de opinión que perma- 
nece fuera de la organización de los partidos. 

Insistió el señor diputado en sus temores respecta 
del acierto cómo podría verificarse la revisión cons- 
titucional. Manifestó su consternación al pensar en la 
posibilidad de que esa Asamblea diera curso a ab- 
surdos, a anomalías, a monstruosidades como las que 
se citó, entre las que se cuenta la institución del Se- 
nado vitalicio, el fraccionamiento del país en canto- 
nes, la división del Poder Ejecutivo entre varios pre- 
sidentes, etc. 

Yo no veo fundamento serio a semejantes temores. 
El hecho de que esas o parecidas ideas hayan sido 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 213 

sostenidas en el país por hombres de significación, no 
tiene valor alguno para el caso. En lodos los países y 
en todos los tiempos, ha habido hombres de significa- 
ción que sostuvieran ideas absurdas y extravagantes. 
El hecho indiscutible es que ninguna de aquellas ideas 
lia cundido entre nosotros, en la masa de opinión ilus- 
trada, ni en el pueblo. 

¿Por qué hemos de pensar que en la Asamblea Cons- 
tituyente haya de prevalecer lo monstruoso, lo anó- 
malo, lo absurdo, en vez de prevalecer lo justo, lo sen- 
sato y lo discreto? 

Yo tengo más fe en el tino, la ciencia y la experien- 
•cia de nuestros hombres de consejo ; yo tengo más fe 
en la eficacia del pensamiento de esos hombres. 

Y si en 1830, salidos apenas de las sombras del ré- 
gimen colonial, desganados por veinte años de gue- 
i ra continua, sin hábitos de libei'tad, sin hábitos de 
ejercitar el pensamiento propio, sin escuelas, sin ele- 
mentos apreciables de cultura; con una población to- 
tal que apenas sería suficiente para una sola ciudad 
I de cuarto orden, con una campaña semidesierta y se- 
mibárbara — si en 1830 — digo — una Asamblea, donde es- 
taban presentes los reducidos elementos intelectuales 
con que contaba el país, afrontó y realizó, con relati- 
vo acierto, la obra de nuestra organización, ¿no es, 
señor presidente, un exceso de excepticismo dudar de 
la sabiduría y del acierto con que se la resolvería hoy, 
cuando nuestra población es doce veces mayor, cuan- 
do nuestros elementos de civilización, de intelectuali- 
dad y de cultura, son inmensamente superiores, cuan- 
do una experiencia de 75 años nos ha revelado tantas 
cosas que ignorábamos sobre nosotros mismos, y, en 
fin, cuando las doctrinas constitucionales y políticas 
están umversalmente mucho más depuradas y mucho 
mejor planteadas que como lo estaban entonces? 

Otras objeciones que el señor diputado opuso al pro- 
yecto que ha de pasar a consideración de la legisla- 
tura venidera, no se refieren a lo que hay en él de 






214 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

esencial o fundamental, sino a sus particularidades o 
detalles. Si el señor diputado opina, en mi sentir con 
acierto, que el número de miembros fijado para la 
composición de la Asamblea Consituyente es exiguo, 
y que debería duplicarse ; o si el señor diputado opi- 
na, con acierto también en mi opinión, que el térmi- 
no de duración de la Asamblea Constituyente debe di- 
latarse hasta un máximum de un año, nada se opone 
a que esas y otras modificaciones y mejoras se pro- 
pongan en la discusión particular del proyecto en la 
próxima Legislatura. 

Se dice : la antigüedad de las leyes es condición de 
estabilidad y de respeto, y una constitución nueva ca- 
recería necesariamente del presigio y del arraigo que 
tiene ésta que representa para todos una tradición ve- 
neranda. 

La antigüedad de ley es , efectivamente, una base de 
estabilidad, que puede ser peligroso remover, cuando 
la ley encarna prácticas que han llegado a ser instin- 
tivas por la acumulación del hábito ; cuando se trata 
de instituciones de esas que los pueblos elaboran, por 
decirlo así, con su propia sustancia, en el transcurso 
de las generaciones. Entonces modificar la ley, es vio- 
lentar la costumbre. Pero, tratándose de una consti- 
tución mucho más teórica que asentada en las cos- 
tumbres, una constitución que no ha arraigado en los 
hábitos del pueblo, porque si a algo pudiera estar ha- 
bituado el pueblo sería a vivir fuera de ella, y que no 
ha fundado un orden estable y consecuente, porque 
fué en su origen, como todas las de la América es- 
pañola, un molde artificial, mediante el cual se aspiró 
a regularizar el desenvolvimiento de pueblos que no 
tenían entonces, ni todavía han logrado por completo, 
la aptitud del gobierno propio — tratándose, digo, de 
una constitución de esa naturaleza, modificarla, refor- 
marla, para adaptarla a necesidades reales, no es tras- 
tornar la naturaleza ni la costumbre, no es violentar 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 215 

ningún hábito que Be haya incorporado hondamente al 
organismo social. 

Es indudable la conveniencia de mantener cierta es- 
tabilidad en el régimen político, de evitar que la cons- 
titución esté sujeta a los embates de las pasiones y 
los intereses transitorios; pero no sería, por cierto, 
en nuestro pueblo donde podría hablarse de un exce- 
sivo prurito reformador en materia constitucional. 

Hace tres cuartos de siglo que por caso único en 
América, permanecemos inmovibles y extáticos, no en 
la verdad de una constitución, sino en el culto plató- 
nico de una constitución ; y la primera vez que, des- 
pué sde largas vacilaciones, nos resolvemos a anali- 
zarla y reformarla, ¿se nos acusaría de sobradamente 
veleidosos y sobradamente revolucionarios? 

Para probar el arraigo que se atribuye a la consti- 
tución del año 30 en el sentimiento público, se aduce, 
señor presidente, que todos nuestros partidos la han 
levantado indistintamente como bandera. 
Hay en éstos una confusión de términos. 
Lo que puede decirse es que nuestros partidos polí- 
ticos no se han diferenciado entre sí, explícitamente, 
por programas opuestos; sino que cada uno de ellos 
ha reivindicado sólo su mayor aptitud para el cum- 
plimiento de la constitución y de las leyes, es decir, 
su mayor aptitud para contener su acción dentro de 
las formas regulares de la vida democrática. Pero nin- 
guno de nuestros partidos ha hecho bandera de la 
constitución del año 30 en el sentido de considerarla 
la forma fija e inmutable de sus ideales cívicos. (\Muy 
bien'.) 

Un partido hay, o hubo, que tomó su nombre de la 
constitución, y ni aún ese hizo bandera de la consti- 
tución vieja: se llamó constitucional en el sentido de 
aspirar a la vida regular, al orden que reposa sobre 
las instituciones libres, pero no en el sentido de as- 
pirar a la conservación p inmutabilidad de una cons- 
titución. (\Muy bienl) 



216 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Si hubiéramos de plantear la cuestión en esto terre- 
no, llegaríamos, señor presidente, a averiguar que lo 
que verdaderamente constituye tradición en el país, e.s 
el sentimiento de la necesidad de reformar la consti- 
tución, antes que el sentimiento de la necesidad de 
mantenerla inmutable. Aun la constitución no hal 
sido jurada, cuando, corno ya he dicho, toda una cía- 
te poderosa e influyente, representada por los bene- 
méritos soldados de la independencia, levantaba justa 
protesta contra ella, y pedía su modificación; y des- 
de entonces acá, puedo bien afirmarse que el senti- 
miento de la necesidad de la reforma ha resonado, 
casi sin interrupción, en la palabra de los estadistas 
y publicistas de tres generaciones. Se objeta a esto 
con el hecho de que, habiendo sido tantas veces pro- 
puesta la reforma de la constitución, siempre se ha 
desistido de ella en último término, y nunca ha ha- 
bido la resolución de consumarla. Pero esta conside- 
ración, lejos de ser contraria a lo que digo, antes 
bien lo favorece ; porque examínense los motivos pol- 
los cuales se ha postergado la reforma de la consti- 
tución, y se verá que se la ha postergado siempre por 
ideraciones de oportunidad, por circunstancias 
del momento ; pero reconociéndose siempre que la cons- 
titución debía ser modificada, una ve?, eliminados los 
motivos que hacían su reforma inoportuna. 

Y ya, señor presidente, que aludu a la cuestión de 
uportunidad, permítaseme, para ,conclusión de estas 
palabras, dar lectura a los párrafos finales de una co- 
rrespondencia que acabo de escribir a un diario del 
extranjero ; y pido esta autorización contra mi costum- 
bre de no leer nada en la Cámara, porque iodo lo que 
podría decir sobre los puntos a que me refiero en e 
párrafos, está en ellos, de la manera concreta y con 
la concisión que puede emplearse, cuando se usa de 
la forma escrita. 

Digo así. (Lee): «Hay un argumento circunstan- 
cial que no se ha manifestado en la Asamblea, por- 



DISCURSOS P- RI03 217 

que ninguno do sus miembros ignora lo vano de su 
fundamento, pero que corre fuera de la Asamblea, y 
(.cusiste en la denuncia úc que esta reforma constitu- 
cional involucra y disfraza un plan de inconfesables 
ambiciones. Digámoslo con plena sencillez : se tende- 
ría, por la reforma, a hacer posible la reelección pre- 
sidencial — ¡esto, nada menos, se denuncia! — convir- 
tiendo así la constitución nueva en escabel de un tor- 
pe personalismo. Sólo la insistencia con que esto se 
divulga puede mover el ánimo o señalar lo absurdo de 
que la enormidad que importaría, en un pueblo de las 
condiciones políticas y las experiencias históricas del 
nuestro, la posibilidad de la reelección de los gober- 
nantes, pueda atreverse a desafiar la luz del día en 
una asamblea de hombres conscientes. 

»Por fortuna, no es el caso de argumentar con el 
sentimiento cívico que debe suponerse — siquiera sea en 
razón de lo augusto de sus funciones y de lo impo- 
nente de sus responsabilidades, — en la Asamblea a 
quien estará sometida la reforma de la constitución. 
Basta con que se la suponga dotada del más elemen- 
tal, del más infantil y del más egoísta buen sentido. 
Pero, de todas maneras, conviene purificar el ambien- 
te de este germen de sospechas absurdas». 

Y agrego más adelante : 

«La reforma constitucional fué saludada como un 
horizonte de esperanza por la opinión del país, ávida 
de paz duradera, desencantada de recursos de paz pre- 
carios y angustiosos. Tengo por mi parte la patriótica 
intuición de que esa esperanza no será defraudada ; 
de que la nueva Asamblea Constituyente ofrecerá a los 
partidos el medio de hallar la fórmula de un defini- 
tivo avenimiento. Cambiando ideas sobre soluci 
institucionales, sobre altos intereses de todos para una 
obra de tal magnitud, se aplacará el hervor de pasio- 
nes en que hoy vivimos; se pondrá la mira en lo por- 
venir y se abandonará el debate estéril de las recon- 
venciones e inculpaciones recíprocas. Es necesario, en 



218 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

verdad, «formar ambiente» a la reforma ; poner el 
sentimiento público en el diapasón que ella reclama. 
Toca la rñayor parte de esa tarea a los que ejercen el 
el gobierno ; y lo más importante y esencial en ella, 
es propender a que la paz vuelva a los espíritus, como 
se ha restablecido en la realidad material ; porque sólo 
en verdadero ambiente de paz la obra de la Asamblea 
Constituyente puede ser fecunda y prestigiosa». 

He concluido. (¡Muy bicnl Aplausos en la Cámara 
y en la barra). 



Proyectos de ley sobra los Es- 
tudios históricos y derogación 
de las leyes de Duelo Nacional 

(Sesión de 25 de marzo de 1911) 

PROYECTO DE LEY 

El Senado y Cámara de lie presentantes de la Re- 
pública Oriental del Uruguay, etc., etc., 

DECRETAN : 

Articulo 1.° El Poder Ejecutivo comisionará a una 
persona idónea en estudios históricos, para que veri- 
fique, en los archivos de España, una investigación 
encaminada a reproducir o extractar los documentos 
de interés que se relacionen con la historia nacional. 

Art. 2.° De acuerdo con la persona que sea desig- 
nada, el Poder Ejecutivo fijará el tiempo que deba 
prudencialmente durar dicha investigación. 

José Enrique Rodó, 
Diputado por Montevideo. 



DISCUBSOS PARLAMENTARIOS 219 



EXPOSICIÓN DE MOTIVOS 



En noviembre de 1906, el representante diplomático 
de la República en Alemania, doctor don Luis Gara* 
belli, se dirigía por nota al Ministerio de Relaciones 
Exteriores, manifestando que un reputado historiador 
alemán, de regreso de España, habíale encargado la 
conveniencia qué habría para el Uruguay en designar 
sin demora una persona entendida en su historia na- 
cional, a fin de proceder eri los archivos españoles a 
la copia de documentos de cuya profusión e impor- 
tancia había tenido ocasión de formar idea, al inves- 
tigar, con otro objeto, aquellos archivos. 

Agregaba el doctor Garabelli que, en concepto de su 
autorizado informante, urgía dar principio a esa in- 
vestigación, porque el tiempo deterioraba los perga- 
minos y papeles, a tal punto, que pronto se perdería 
para nuestra historia tan preciosa fuente de conoci- 
mientos. 

Esta comunicación vino a avivar, en el espíritu de 
los que se interesan por los estudios históricos nacio- 
nales, el sentimiento de una necesidad de que ha tiem- 
po tenían conciencia, y que nunca se había tendido a 
satisfacer, pues ni por encargo oficial, ni por inicia- 
tiva privada, se han realizado nunca, en los archivos 
españoles, investigaciones metódicas y asiduas, del 
punto de vista del interés histórico de nuestro país. 

En lo que se refiere a la historia general del Río de 
la Plata, los historiadores argentinos han atendido a 
esa necesidad, e investigadores como el general don 
Bartolomé Mitre y el doctor don Vicente Quesada han 
explorado con fruto en los copiosos legajos del «Ar- 
chivo de Indias» ; pero es evidente que esos estudios 
de conjunto, o de aplicación especialmente argentina, 
no pueden llenar las exigencias de un conocimiento 
particular y preciso de la historia uruguaya; sin con- 
tar con que, aún tratándose de hechos de común inte- 



220 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

res, el criterio para guiar la investigación y valorar 
los testimonios puede diferir profundamente entre los 
que se inspiren en el sentimiento de una y de otra 
nacionalidad. 

La obra más completa y fundamental que hasta hoy 
poseemos sobre la dominación española y la revolu- 
ción de 1811 — la «Historia» del señor Bauza, — fué pre- 
parada por su ilustre autor con amplia base de eru- 
dición bibliográfica; pero, en pinito a investigación de 
archivos, sólo le fué dado poner a contribución los 
del propio país y algunos de los de Buenos Aires. 

Vasto campo queda, seguramente, para quien bus- 
que ensanchar la extensión de esas primeras noticias, 
en los depósitos de documentos de la antigua metró- 
poli. 

El («Archivo de Indias», radicado en la ciudad de 
Sevilla, atesora inagotable manantial histórico relati- 
vo al descubrimiento, conquista, colonización y gobier- 
no de las que fueron posesiones españolas de América. 
Sólo una parte de esta riqueza documental ha sido 
ordenada y publicada en colecciones muy interesantes 
y meritorias, sin duda, pero necesariamente incomple- 
tas del punto de vista de nuestra historia propia y 
de las investigaciones a ella referentes, como las dos 
extensas compilaciones de Documentos inéditos sobre 
las colonias españolas de América y (Decanía; las Car- 
tas de Indias, Jas Relaciones Geográficas de Indias y 
algunas otras obras semejantes, a las que hay que 
agregar los documentos obtenidos por la investigación 
personal de eruditos americanos. 

Fuera de ese importantísimo depósito, ofrecen abun- 
dosa cosecha de material histórico americano algunos 
otros de los archivos españoles. Así, en el famoso do 
Simancas, se guardan numerosos papeles de los anti- 
guos Consejos de Indias. El «Histórico Nacional», de 
Madrid, a donde confluyeron las colecciones particu- 
lares de los monasterios y conventos clausurados en 
el transcurso del pasado siglo, contiene la correspon- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 221 

dencia epistolar enviada de Indias a aquellas institu- 
ciones religiosas. En los archivos eclesiásticos y los de 
propiedad privada, será difícil también al investigador, 
orientado por un dominio suficiente de las fuentesThis- 
tóricas, realizar más de una exploración eficaz. 

Puede contarse de antemano con la benévola dispo- 
sición del gobierno y de los archiveros españoles, para 
ayudar a una tarea que tendrá, por otra parte, pro- 
vechosas guías en obras de descripción de los archi- 
vos de España, como el libro monumental de Rodolfo 
Beer, publicado en Viena en 1894, y otros análogos, ci- 
tados por el ilustre historiógrafo Rafael Altamira en 
su interesante monografía de los archivos, museos y 
bibliotecas de aquel país. 

Dando resultado la investigación que propone mi 
proyecto de ley, no deberá ser sino el primor paso de 
un plan más vasto de estudios de ese orden, que abar- 
que los archivos de otras naciones europeas, como la 
Inglaterra y Portugal, y los de las repúblicas ameri- 
canas, especialmente las limítrofes de la nuestra, don- 
de, además de los depósitos públicos, consta que exis- 
ten, en poder de particulares, colecciones preciosas en 
lo relativo a nuestro interés nacional y cuya adquisi- 
ción se haría, más de una vez, con relativamente es- 
caso dispendio. 

Complemento necesario de esto plan de investiga- 
ciones sería también la institución de becas para el 
estudio, en los centros europeos, de los cursos de di- 
plomática y trabajos prácticos de bibliotecas y archi- 
vos: aplicaciones que constituyen en todo país de ple- 
na civilización una aptitud profesional diferenciada. 

Mientras preparamos estos investigadores técnicos 
urge comenzar la tarea utilizando la laboriosidad y 
las luces de algunos de los eruditos, formados por pro- 
pia vocación, con que contamos en materia histó- 
rica. 

Por lo que toca a los archivos de España, a que 
se concreta el ensayo propuesto en mi proyecto, la 



222 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

demora puede no significar en todos los casos una 
mera pérdida de tiempo. El estado de conservación 
de aquellos archivos, a pesar de la labor inteligen- 
te y esforzada del benemérito cuei^po de archiveros 
españoles, tiene que resentirse aún de las vicisitudes 
y dé la desorganización de muchos años y de la insta- 
lación inapropiada en que permanecen algunos de ellos, 
como en el de Simancas; por lo cual el peligro de 
desaparición de verdaderas riquezas, que apuntaba el 
señor ministro Garabelli en su nota, es muy real y 
digno de tomarse en cuenta. 

Apenas me parece necesario entrar en otro género 
de consideraciones. 

No sólo la creciente complexidad de nuestra cul- 
tura científica requiere ya que concedamos verdade- 
ra atención a un orden de estudios, tan relacionado 
con los más altos intereses sociales como los que se 
refieren a la historia, sino que, en nuestro país más 
que en otro alguno, esa atención debe ser considera- 
da una exigencia imperiosa de la conciencia nacio- 
nal. Hasta hace poco tiempo, nuestra literatura his- 
tórica fué siempre tributaria de la de países vecinos, 
cuya actividad en tales estudios se adelantó en mu- 
cho a la nuestra; y esa circunstancia, además de re- 
ducir considerablemente el campo de investigación re- 
lativo a lo peculiarmente nuestro, contribuyó a pre- 
sentar amenguada y privada de sus más legítimos 
prestigios la participación de nuestro pueblo en pá- 
ginas de la historia americana que al criterio extraño 
interesaba interpretar de modo adverso a la integri- 
dad de nuestras tradiciones patrióticas. Sólo el ins- 
tinto popular salvó, durante muchos años, el culto de 
aquellos hechos y personalidades del pasado que no 
podíamos reivindicar, contra apasionadas detraccio- 
nes, con la autoridad de una historia que no tenía- 
mos escrita. El esfuerzo meritísimo de investigadores 
y escritores que han carecido de otro estímulo que su 
noble y desinteresada vocación, tiende a llenar desde 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 223 

hace algún tiempo tan deplorable vacío; comenzamos 
a tener historia nuestra; pero es necesario que a la 
iniciativa individual se una, para la prosecución de 
esa obra, la cooperación decidida del Estado, única 
que puede tender eficazmente a acumular los elemen- 
tos de investigación y de estudios cuya deficiencia es 
el más poderoso obstáculo con que han luchado has- 
ta ahora los que han querido dedicar sus afanes a 
escribir de historia natural. 
Montevideo, 25 de marzo de 1911. 

José Enrique Rodó. 

A la Comisión de Instrucción Pública. 

El señor representante don José Enrique Rodó pre- 
senta el siguiente 

PROYECTO DE LEY 

El Senado y Cámara de Representantes de la Re- 
pública Oriental del Uruguay, etc., etc. 

DECRETAN 

Artículo 1.° Desde la promulgación de la presente 
ley dejarán de conmemorarse las fechas declaradas, 
por leyes anteriores, de duelo nacional. 

Art. 2.° Comuniqúese, publíquese, etc. 

José Enrique Rodó, 
Diputado por Montevideo. 



EXPOSICIÓN DE MOTIVOS 

La coneag ración, por la ley, de fechas permanen- 
tes de duelo nacional, es una extravagante originali- 
dad de nuestras costumbres cívicas, que sólo puede 
subsistir por la inercia con que suelen mantenerse, en 
medio de la general indiferencia, los más absurdos le- 
gados de la tradición. 



224 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Desde luego, la perpetuidad de estas conmemoracio- 
rfes fúnebres pugna c^n todo concepto real de la vida 
y del espíritu de una sociedad humana. 

Se comprende,— y aún se justifica, — que, bajo la in- 
mediata impresión de un acontecimiento que conmue- 
ve dolorosamente el ánimo público, quiera extenderse 
al porvenir la sombra de esa pena, y que, por más 
o menos tiempo, se evoquen, como manifestación sen- 
sible del recuerdo, los signos de aquella primitiva im- 
presión. Pero no se justifica ni comprende que esto 
no haya de tener término con el paso de los años y la 
renovación de las generaciones. Aún en la limitada 
duración de la vida doméstica, los duelos de familia 
deben ceder, y ceden, a la normalidad de la existen- 
cia, que vuelve a su cauce, y recobra su tono habi- 
tual, comenzando por abandonar las exterioridades del 
luto. 

Las fechas gloriosas, los días de júbilo y orgullo 
para la comunidad, tienen títulos suficientes con que 
perpetuarse y motivar imperecederas conmemoracio- 
nes, porque son en sí mismos una afirmación de vi- 
da, un estímulo perenne de los sentimientos que exal- 
tan la vitalidad social y vinculan al porvenir con el 
pasado por el lazo de continuidad que se sobrepone 
a la muerte, a los contrastes, a los dolores, y lleva 
triunfalmente adelante la entidad colectiva de un pue- 
blo. 

Sólo una sociedad que se reconociera en condicio- 
nes persistentes de humillación y de luto; en secu- 
lar esclavitud, como los polacos, o en perdurable ex- 
patriación, como los judíos, podría buscar naturalmen- 
te retemplar su sentimiento patrio consagrando fechas 
constantes de duelo público, que en pueblos progre- 
sistas y libres no tienen razón de ser sino, a lo sumo, 
hasta cierto tiempo después del infortunio o la cala- 
midad que hayan interrumpido el ritmo normal de su 
existencia. 

Aún más de relieve aparece la anomalía de estas 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 225 

conmemoraciones en nuestro país si se consideran los 
motivos que las determinan. 

Nuestros duelos nacionales conmemoran el falleci- 
miento, en tiempos lejanos, de hombres ilustres de 
nuestra historia, que pagaron su tributo a la Natu- 
raleza después de haber desenvuelto ampliamente su 
personalidad y su obra, ganando gloria para sí y pava 
su patria. 

Vincular al recuerdo del hecho natural de la muerte 
de un hombre, — después de medio siglo, o más, de 
haber desaparecido de la tierra, y cuando han desapa- 
recido también casi todos los que fueron sus contem- 
poráneos, — la afectación de un dolor público imposible 
de sentir, es un convencionalismo repulsivo en fuerza 
de su falsedad. 

A los hombres ilustres se les honra recordándoles 
en las mil formas consagradas por el uso universal : 
perpetuando su imagen en estatuas, y su vida en la 
historia, festejando el aniversario de sus triunfos, o 
de sus grandes hechos, o el centenario del día en que 
vinieron al mundo : conmemoraciones todas que se 
asocian a sentimientos de entusiasmo y de júbilo, muy 
justificados en las generaciones que se enorgullecen 
de ser las herederas y mantenedoras de su gloria : 
no se les honra señalando ete mámente, con falsos sig- 
nos de dolor, el día en que el cumplimiento de una 
ley natural dio necesario desenlace a la obra fecunda 
que les sobrevive y constituye como la personalidad 
ideal en que se inmortalizan. 

Que, en algún caso, la muerte haya sido prematu- 
ra o violenta, trayendo consigo la gloria del martirio, 
no basta para desvirtuar lo fundamental de las razo- 
nes que he invocado : la absoluta impropiedad de «due- 
los» sempiternos de la vida de un pueblo que avan- 
za y se renueva ; tanto más cuanto que la abolición 
del «duelo oficial» no significa, para la historia, olvi- 
do ni renuncia a la aplicación severa de sus fallos 



226 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

y de sus castigos en la forma conciliable con la in- 
fluencia aquietadora del tiempo. 

Nada más plausible y edificante, para la educación 
cívica de nuestro pueblo, que la obra de fomentar en 
él la admiración y el culto de lo que hay de grande 
en su pasado ; pero, precisamente, en interés de esa 
obra, deben proscribirse las falsedades y las vetuste- 
ces que tienden a que el sentimiento popular no vea 
sino vanas ficciones en la conmemoración de los re- 
cuerdos que deben representársele con una viva y glo- 
riosa realidad. 

José Enrique Rodó. 

Montevideo, marzo 25 do 1911. 

A la Comisión de Constitución y Legislación. 



Homenaje al Dr. Castro 



(Sesión de 28 de octubre de 1911) 

Señor presidente : en las primeras horas de esta tar- 
de ha fallecido el esclarecido ciudadano doctor don 
Carlos de Castro. 

Era el doctor Castro una de las figuras consulares 
de una generación que dio a la República hombres 
eminentes en todas las manifestaciones del pensa- 
miento y de la acción ; y su mejor elogio consiste en 
decir que ocupó merecidamente, en tan brillante gene- 
ración, uno de los puestos de más espectabilidad e in- 
fluencia. 

Su actuación política se confunde con los aconteci- 
mientos más salientes de la historia de la República, 
desde hace medio siglo. Hombre de ideas liberales, 
prestó, como tal, su más decidido concurso a la cau- 
sa de un partido político que abrazó desde su prime- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 227 

ra juventud ; pero sus merecimientos excedían el ni- 
vel de los que constituyen sólo el patrimonio de un 
partido, y lo convertían en personalidad nacional. 

Su actividad se desarrolló en múltiples esferas : en 
las funciones legislativas, en las tareas del Gobierno, 
en la diplomacia, en la cátedra, en la magistratura, 
y en todas dejó impresa la huella de su talento po- 
deroso y de su nunca interrumpida consagración al 
bien común. 

Como todos los hombres de una figuración política 
continua, que ha atravesado por épocas azarosas, su 
actuación dará lugar a diferencias de apreciación en 
más de un caso ; pero lo que nunca nadie podrá des- 
conocer es la inspiración patriótica que lo guió fun- 
damentalmente, y el honor que el país recibe en de- 
flinitiva de sus talentos y de sus virtudes. 

Seguro de interpretar con estas palabras el senti- 
miento unánime de esta Cámara, a la cual pertene- 
ció más de una vez el doctor Castro, hago noción pa- 
ra que ella se ponga de pie en homenaje a su memo- 
ria y autorice a la Mesa para dirigirse a la familia 
del esclarecido ciudadano, expresándole sus senti- 
mientos de pésame. (\Muy bien]) 



Las reformas constitucionales 



(Sesión de 9 de diciembre de 1911) 

El señor diputado Melian Lafinur ha espigado en 
gran parte el campo que yo me proponía recorrer, ex- 
presando, con la reconocida autoridad de su palabra, 
muchas de las cesas que yo pienso. 

Pero si me decido a hablar inmediatamente después 
de él, sin esperar a que tome otras proporciones es- 
te debate, es porque considero que mi discurso puc- 



228 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

de ser, en cierto modo, complementario del suyo, en 
virtud de una consideración que él mismo ha hecho 
valer: — la de que su condición de persona extraña 
al partido político a que pertenece la inmensa ma- 
yoría de la Cámara, lo inhibe para encarar la tras- 
cendental cuestión que se debate, de ciertos puntos 
de vista en que esa cuestión toma un interés de par- 
tido, que yo procuraré interpretar, sin perjuicio de 
entrar también en consideraciones de otro orden. 

El principio de la representación proporcional, apli- 
cado en ciertas y determinadas condiciones a la elec- 
ción de Asambleas Legislativas, forma parte del pro- 
grama del Partido Colorado. 

La paz de 1897, comprendiendo los que actuaron 
en ella que la conciliación de los partidos no podía 
tener base segura dentro del sistema de elecciones en- 
tonces vigente, que condenaba a la minoría electoral 
a no tener representación sino en contadas circuns- 
cripciones de la República, o a tenerla sólo por con- 
cesión discrecional y graciosa de las mayorías o de 
los gobiernos, incluyó, entre sus condiciones, la adop- 
ción del sistema electoral de la lista incompleta, que 
ha venido rigiendo desde entonces. 

Pero para el Partido Colorado, en la reorganización 
que se dio a raiz de aquellos sucesos, esa primera re- 
forma electoral no fué sino el primer paso de una 
evolución que debía coronarse un día con el sistema 
de la representación proporcional. 

Llegada la ocasión en que formuló su programa de 
principios, esa aspiración quedó claramente expresada 
en lo referente a la elección de Asambleas Legislati- 
vas que hubieran dejado de tener a su cargo la de- 
signación de Presidente de la República. 

Frente al problema de la reforma constitucional, 
¿esa adhesión al principio de la proporcionalidad pa- 
ra un caso determinado, constituye un precedente de 
tal naturaleza que convierta en inconsecuencia o en 
contradicción la resistencia opuesta al mismo prin- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 229 

cipio, tratándose de la, elección de Convención Cons- 
tituyente? Indudablemente no, si queremos referirnos 
a una inconsecuencia de hecho, a una contradicción li- 
teral, no habiendo, como no hay sobre ese punto, de- 
claración expresa que importe un verdadero compro- 
miso. Pero, indudablemente, si queremos referirnos a 
una inconsecuencia interna, a una contradicción en el 
espíritu de dos actos vinculados por una estrecha re- 
lación, y esto, señor presidente, porque por mucho que 
se sutilice y por mucho que se desvíe la cuestión de 
su terreno propio, planteada ella en los términos con- 
cretos de su aplicación a nuestro país y a nuestras 
cosas, todos los argumentos que militen a favor de la 
representación proporcional para la elección de Asam- 
bleas Legislativas son argumentos «a fortiori» cuan- 
do se trata de la aplicación de ese principio a la 
elección de Convención Constituyente. 

Pero el señor diputado Várela Acevedo, en su elo- 
cuente discurso, nos decía con oportunidad que aún 
cuando esto implicara contradicción, la contradicción 
no constituye por sí sola un hecho anormal y censu- 
rable en la vida de las colectividades políticas. 

Yo la concedo sin dificultad. Eso es tan de las co- 
lectividades políticas como de todas las colectivida- 
des humanas y de todos los hombres. La contradicción 
no es siempre un mal. Es simplemente una modalidad 
de nuestra naturaleza. No se vive, no se piensa sin 
contradicción. La lógica absoluta, que no es un atri- 
buto de la vida, no es, por consiguiente, un atributo 
distinto del pensamiento vivo. Pero si no tenemos el 
derecho de condenar en principio la contradicción, nos 
queda el derecho de examinar si en determinado caso 
la contradicción ha debido producirse, si ha sido ne- 
cesaria u oportuna, si se ha traducido en una ventaja 
o en un bien. 

Yo concibo perfectamente que no se sea partidario 
del sistema de la representación proporcional. 

Yo concibo que se la juzgue prematura, o arries- 



230 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

gada, o ilógica ; pero lo que sostengo que difícilmen- 
te se explica es que, aceptándola en principio y pre- 
conizándola en nuestro país para la elección de Asam- 
bleas Legislativas, se la repudie y rechace y se vean 
convertidas todas sus excelencias en defectos, cuando 
se trata en nuestro país también de la elección de 
Asamblea Constituyente. 

Y sin embargo, esto se hace, y no solamente por 
razón de circunstancias y en virtud de peligros tran- 
sitorios, sino aún planteando la cuestión en el terre- 
no de la doctrina y de los principios. 

Leyendo los interesantes artículos que el órgano de 
publicidad que más genuinamente representa en nues- 
tra prensa el espíritu de esta situación política ha 
consagrado a la reforma constitucional, me he en- 
contrado con un argumento que me ha producido pro- 
funda extrañeza. 

La organización fundamental de una sociedad, — se 
dice, — debe ser obra de la mayoría absoluta; la re- 
presentación proporcional no tiene ahí nada que ha- 
cer. La oportunidad de la intervención de las mino- 
rías viene después de esa organización fundamental, 
cuando se entra a la práctica de las instituciones, 
en las Asambleas Legislativas. 

Pues bien, señor presidente : en vano he procurado 
hallar cuáles sean las razones de equidad o justicia 
en que pueda fundarse ese criterio. 

Quiere decir que tratándose de las asambleas comu- 
nes, cuya esfera de acción está circunscripta dentro 
de principios insalvables y cuya función política o le- 
gislativa puede no interesar ni afectar a todos los ciu- 
dadanos por igual y de una manera constante, se 
preconiza un sistema que asegura la intervención 
proporcionada de rodas las fuerzas de opinión, a fin 
de limitar la influencia de las grandes mayorías: pe- 
ro cuando se trata de lo que más vital y directamen- 
te afecta a todos sin excepción y en igual grado, por- 
que es la base, la norma de la organización social a 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 231 

que todos pertenecen ; cuando se trata de los funda- 
mentos mismos de la sociedad, de los fundamentos de 
la vida civil, de los fundamentos de la vida económi- 
ca, de los fundamentos de la vida política ; cuando se 
trata de los principios que han de regir las activida- 
des de todos, cualquiera que sea el rumbo que tomen 
en la vida, y que han de determina r los derechos y las 
obligaciones esenciales de cada uno, envolviendo la 
personalidad del ciudadano en un ambiente que será 
tan inseparable de él como el aire que respira y co- 
mo la luz que lo alumbra, entonces se cierra el paso 
a la intervención de las minorías, se prescinde de su 
opinión y de su voto y se entregan los más altos y 
fundamentales intereses, — no ya del ciudadano sino 
del hombre, — al exclusivo arbitrio de esas mismas ma- 
yorías absolutas a las que se ha considerado insufi- 
cientes, cuando se trata de actividades ordinarias de 
la legislación y de la polílica. 

Sr. Várela Acevedo. — Pero en la Cámara nadie ha 
propuesto eso. 

.Sr. Sosa. — Y en los diarios tampoco. 

Sr. Rodó. — Sí, señor diputado. 

Sr. Sosa. — Lo único que se estableció en el artícu- 
lo a que se refiere el señor diputado Rodó, es que pa- 
ra la Asamblea Constituyente debería regir un siste 
ma de elección de mayoría y minoría exclusivamen- 
te : eso no lo ha dicho. 

Sr. Rodó. — Recorriendo la colección de «El Día», va 
a serme fácil citarle al señor diputado la frase con- 
creta a que me he referido. 

-Sr. Sosa. — El artículo publicado por el diario «El 
Día» dice exclusivamente lo que yo digo. 

Sr. Rodó.— Se niega la oportunidad de la represen- 
tación proporcional tratándose de las Asambleas Cons- 
tituyentes. 

Sr. Sosa. — Es cierto : eso sí ; pero no de que no in- 
tervengan las minorías, que es otra muy distinta. 



232 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Sr. Rodó. — ¿La intervención de las minorías como 
ahora, por la lista incompleta'? 

5?'. Várela Acevedo. — Tendrán acceso todas las mino- 
rías. 

Sr. Rodó. — En el sistema que el señor diputado pro- 
pone, y que después examinaré de paso ; pero esa es 
una simple idea del señor diputado... 

Sr. Várela Acevedo. — Pero que tiene bastante pro- 
babilidad de pasar en la Cámara. 

Sr. Rodó. — Pero no tenemos la seguridad para que 
argumentemos sobre la base de que eso es lo que 
va a hacerse. 

Sr. Várela Acevedo. — Ni tampoco de que pase la idea 
del diario citado, porque el Parlamento se gobierna 
por su autoridad. 

Sr. Rodó. — No me refiero a eso... 

Sr. Massera. — Pero ¿aquí en la Cámara se sabe de 
antemano lo que se va a votar?... ¡Estoy horroriza- 
do, señor diputado Várela! 

Sr. Várela Acevedo. — No, señor diputado; pero to- 
dos los representados tienen el derecho de creer que 
sus Ideas cuentan con mayor o menor número de 
probabilidades de ser aceptadas. 

Sr. Rodó. — Pero no puede presentar eso como una 
seguridad que nos exima de argumentar. 

Sr. Várela Acevedo. — Es evidente: como la Comisión 
no puede tener tampoco esa seguridad. 

Sr. Roció.— Yo me he referido a un argumento que 
tiene oportunidad de ser citado, por las condiciones 
de influencia y de representación del diario en que ha 
salido a luz. 

Continúo, señor presidente. 

Decía que todos los argumentos que se puedan adu- 
cir a favor de la representación proporcional en lo re- 
lativo a la elección de Asamblea Legislativa, son argu- 
mentos «a fortiori» cuando se trata de la elección de 
Asamblea Constituyente. 

El señor diputado Várela Acevedo no podía me- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 233 

nos de reconocer que el fundamental defecto del régi- 
men electoral que está hoy en vigencia, es el de pri- 
var a la representación de las minorías del carácter 
de complejidad que debe tener, dando cabida a todas 
las fuerzas de opinión que revistan alguna importan- 
cia. 

El sistema electoral hoy vigente, como cualquiera 
otro análogo, no asegura sino la representación de las 
dos grandes colectividades en que se divide tradicio- 
nalmeníe la opinión ; pero qué ya no la representan 
ni absorben por completo. 

No diré yo, como el doctor Melian Laflnur, que 
exista actualmente en el país un número de partí- 
dos organizados que pueda elevarse a seis ; pero di- 
ré, sí, que al lado de las dos colectividades históricas 
hay ya otros núcleos de opinión que por las tenden- 
cias que encarnan, o por la calidad de los elementos 
que comprenden, y aún, quizá, por su significación nu- 
mérica, tienen derecho a ser tenidos en considera- 
ción, y en ningún caso pueden ser llamados, más 
oportuna y legítimamente, a intervenir en la solución 
de los intereses de todos, que cuando se trata de lo 
más fundamental, de lo más universal de esos intere- 
ses. 

Hay, desde luego, esa suma de opinión obrera que, 
orientada en el sentido de sus reivindicaciones sociales 
y económicas, forma un partido naciente que tiene ya 
bu representación en esta Cámara ; pero que la tiene 
merced a la abstención accidental de fuerzas políticas 
más poderosas. Las ideas que esa suma de opinión en- 
carna, son indudablemente una fuerza en el espíritu 
de nuestro tiempo, y deben resonar en el choque de 
las doctrinas y de las aspiraciones que removerá la 
reforma constitucional ; pero deben resonar por obra 
de sus propios votos, y en la medida que sus propios 
votos le fijen, no por la inclusión que otro partido po- 
lítico pudiera hacer en sus listas de candidatos que 
no le pertenezcan, en virtud de simpatías o conexio- 



234 JOSK ENRIQUE RO 

nes accidentales que nunca contentarán a los genui- 
nos representantes de esa tendencia, porque es evi- 
dente que el partido colorado, siendo por su tradición, 
su composición y su programa, un partido que se en- 
cuadra dentro de las líneas fundamentales del régi- 
men social y político que el socialismo repudia y com- 
bate, no es ni podrá ser jamás un partido socialista. 

Hay, de otra parte, ese núcleo de opinión católica, 
que ha empezado a tomar ya forma orgánica y militan- 
te, y que representa una tradición y una fuerza conser- 
vadora poderosa, con vinculaciones profundas en la 
más arraigada sociedad del país; núcleo de opinión 
que tiene derecho a ser oído en la ocasión solemne de 
la reforma, porque van a tratarse ideas e intereses que 
vitalmente lo afectan y que deben resolverse en un am- 
biente de plena discusión, oyendo como se opone a la 
palabra que afirma la palabra que niega: porque eso 
es lo que cuadra a un régimen liberal y ese ha sido. 
siempre el espíritu de la tradición política a que nos 
honramos en pertenecer. (\Muy bienl) 

Y hay, además, — y quizá debería decir, hay sobre 
todo, — ese numeroso conjunto de elementos dispersos, y 
frecuentemente caracterizados, ya por su significación 
intelectual y su cultura, ya por la importancia de los 
intereses gremiales que representan, en la vida urba- 
na o en la rural, y que no están vinculados a nin- 
guna agrupación orgánica permanente, pero que, es- 
timulados por lo excepcional de la ocasión, podrían 
formar agrupaciones electorales transitorias, o agre- 
gar sus fuerzas a las de otras minorías, para pesar, 
con su voz y con su voto, en la reorganización ins- 
titucional del país. 

El señor diputado Várela Acevedo reconocía todo es- 
to y nos anunciaba que, teniéndolo en cuenta, se pro- 
ponía presentar oportunamente a la Cámara un pro- 
yecto de ley fundado en un sistema que, sin ser es- 
trictamente proporcional en el sentido que este con- 
cepto tiene generalmente, garantiese la representación 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 235 

proporcional de las minorías, dejando aparte la re- 
presentación de la mayoría. 

No es esta la ocasión oportuna de analizar la idea 
que ha esbozado nuestro distinguido colega : sólo di- 
ré de paso que me parece que, del punto de vista de 
los efectos morales que se buscan para el ambiente de 
la reforma, ese procedimiento sería, no sólo ineficaz, 
sino contraproducente ; porque, si no lo he entendido 
mal, lo que resulta de él es que el partido de la ma- 
yoría, después de reservarse intacta su parte, o sea la 
parte del león, concede generosamente que, en las so- 
bras, todas las minorías tengan representación, y como 
se comprende... 

Sr. Várela Acevedo. — No, señor diputado. 

¿Me permite aclarar mi pensamiento? 

Sr. Rodó. — ¿Cuál es el pensamiento del señor di- 
putado? 

Sr. Várela Acevedo. — El partido de la mayoría no 
se reserva nada: a las urnas pueden ir todos los ciu- 
dadanos. 

Sr. Rodó. — Ya se ve, pero resulta claro que el par- 
tido que es mayoría en el país, si no hay proporcio- 
nalidad más que en lo referente a las minorías, con- 
servará intacta su proporción. Eso es evidente. 

Sr. Sosa. — La proporción que le dé la ley. 

Sr. Rodó. — De modo que lo que se obtendría con la 
idea del señor diputado, es que la minoría más pode- 
rosa, la minoría que puede hacer más contrapeso a 
la mayoría, o sea en este caso el partido nacionalis- 
ta, vería mermada forzosamente su parte de represen- 
tación, para hacer lugar a la de otras minorías. 

Sr. Várela Acevedo. — Pero el señor diputado olvi- 
da que yo amplío la base reservada a la minoría. 

Sr. Rodó. — La proporción no dijo que la modifi- 
case. 

Sr. Sosa. — ¡Cómo no! 

Sr. Várela Acevedo. — ¡Pero si amplío la base que se 
reserva a las minorías! 



236 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Sr. Rodó.— ¿La proporcionalidad entre la represen- 
tación de la mayoría, y la de las minorías en con- 
junto, no será la misma que en la actualidad? 

Sr. Sosa. — No, señor; está en error. 

Sr. Várela Acevedo. — Actualmente la mayoría tiene 
do3 tercios y la minoría en conjunto tiene un tercio ; 
y con mi sistema, la mayoría tendría sólo tres quin- 
tos y las minorías dos quintos. 

Sr. Rodó. — ¿Y de e3as cuentas no resulta que la mi- 
noría más numerosa, la que representa más fuerza nu- 
mérica con la ' aplicación del sistema de la lista in- 
completa, tendría que quedar menoscabada para dar 
entrada a otras minorías? 

Sr. Várela Acevedo. — No, señor, porque ampliando 
el número de los diputados que se fija para las mi- 
norías, no hay ose perjuicio para una de ellas. 

Sr. Rodó. — Puede ser; pero no es el caso de entrar 
ahora a analizar el sistema del señor diputado Várela 
Acevedo. Ya llegará la ocasión... 

Sr. Várela Acevedo. —Sin embargo, señor diputado, 
yo creo que sería el caso. 

Sr. Rodó. — No, porque ésta ha sido simplemente una 
digresión. Esto es ajeno al fondo del debate. Ya llega- 
rá la ocasión, cuando presente su proyecto de ley, si 
hay oportunidad de que lo presente. 

Continúo, señor presidente. 

El argumento fundamental o uno de los argumentos 
fundamentales a que se hacen contra el sistema de la 
representación proporcional, es el de su supuesta no- 
vedad. 

Se dice que no tiene precedentes que lo autoricen 
en lo referente a la elección de asambleas con facul- 
tades constituyentes. 

Desde luego, esto no es absolutamente exacto, por- 
que hay precedentes notorios y preclaros como el de 
Bélgica, en lo relativo a la elección de asambleas 
legislativas, y no se ha podido demostrar que exista 
una diferencia esencial que invalide para el primer 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 237 

caso la autoridad de los ejemplos que militan a fa- 
vor del segundo. 

Pero, aun cuando no fuera así, podría decirse que 
si lo que autoriza la decisión para realizar una re- 
forma que no tiene la autoridad de la experiencia, es 
el propósito de justicia y de equidad que con esa re- 
forma se persigue, ninguna novedad habrá más autori- 
zada que ésta, porque ninguna responde a un propó- 
sito más equitativo y más justo. 

Por otra parte, debo confesar que me parece que 
desentona de una manera inexplicable este argumento 
misoneista, viniendo del seno de una situación políti- 
ca y administrativa que, si por algo se caracteriza, 
es por un espíritu audaz de reforma, que manifiesta 
conceder un valor muy relativo y muy secundario a los 
antecedentes de la experiencia ajena, y a la autoridad 
del ejemplo universal, cuando se trata de llevar a la 
práctica una idea que le parece benéfica o le parece 
justa. No hace muchos días pasó, con sanción de esta 
Cámara, un proyecto de ley que pone en manos del 
Estado el monopolio de los seguros, afrontando así 
para el país la prioridad en una experiencia econó- 
mica respecto de la cual no hay precedentes en la le- 
gislación de los países que nos sirven de mentores y 
modelos. En las carpetas de la Comisión de Trabajo 
existe, próximo a informarse, otro proyecto de ley que 
consagra el horario uniforme, inflexible y rígido de 
ocho horas para todos los gremios obreros, resolvien- 
do de plano uno de los más graves y cmplejos proble- 
mas relativos a la organización del trabajo, en un 
sentido en que tampoco la experiencia universal pue- 
de suministrar precedentes porque no lo ha realiza- 
do ningún pueblo del mundo... 

Sr. Frugoni. — Está equivocado el señor diputado : 
en Nueva Zelandia existen precedentes. 

Sr. Rodó. — Desde luego, sería una excepción, y so- 
bre todo, no se trata de los pueblos maestros, o cuya 



238 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

afinididad con el nuestro pueda en este caso dar opor- 
tunidad concluyente al ejemplo. 

Sr. Frugoni. — Es muy semejante. 

Sr. Vecino. — Es de los más semejantes por su sim- 
plicidad de organización, precisamente. 

Sr. Rodó. — Pero, señor presidente, yo no he citado 
estos ejemplos, como parece creerlo el señor diputado 
Frugoni, para juzgar del acierto o desacierto de cada 
una de dichas iniciativas ; no : yo los he citado como 
signos de que el espíritu que domina esta situación, 
el criterio que la informa en las cuestiones más fun- 
damentales, no se caracteriza por un exagerado res- 
peto a la autoridad de la experiencia y la costumbre : 
y, por tanto, nada puede haber más inesperado en el 
seno de esta situación política que el argumento que 
se hace valer contra la representación proporcional, 
denunciándola como una novedad que no tiene mode- 
los que la autoricen y prestigien para la elección de 
asambleas constituyentes. 

Sr. Várela Acevedo. — ¿Me permite una interrupción? 

Sr. Rodó.— Sí, señor. 

Sr. Várela Acevedo. — Pero no hay tampoco nada tan 
sorprendente como ver a los espíritus conservadores 
desdeñar, en este caso, la experiencia ajena de que 
siempre hicieron caudal. 

Sr. Rodó. — ¿Y qué me dice usted a mí con eso? A 
menos que quiera clasificarme, amablemente, entre los 
espíritus conservadores... 

Continúo, señor Presidente. 

Los ejemplos que de las naciones europeas aducía 
el señor diputado Várela Acevedo para demostrar la 
resistencia que en la teoría y en la práctica ha encon- 
trado el sistema de la representación proporcional, no 
tienen, desde luego, nada que se resista a una expli- 
cación muy fácil, ni que les de un valor independiente 
de las circunstancias históricas. En primer lugar, sa- 
bido es, que en los pueblos de Europa lo más funda- 
mental de las instituciones, del régimen político, la 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS ?39 

misma forma de gobierno, están sujetos a loa embates 
encontrados de los partidos; y no hay nada en mate- 
ria política que sea objeto de una general conformi- 
dad. Las instituciones monárquicas tienen como ame- 
naza perenne, o una aspiración republicana poderosa 
como la que acaba de triunfar en Portugal, o esa ten- 
dencia socialista, que lejos de ser, como en nuestro 
país, una fuerza incipiente, es una energía formida- 
ble, y seriamente organizada, que sube y crece como 
la marea y que amenaza batir los fundamentos del 
orden social y político. Las instituciones republicanas 
corno en Francia, tienen frente a sí, no sólo al socia- 
lismo, que las estrecha y apura, sino las reivindica- 
ciones monárquicas, siempre en acecho, prestigiadas 
por tradiciones seculares y con profundo arraigo, en 
considerable parte de las clases conservadoras. 

Si se tiene en cuenta esta instabilidad fundamental, 
se concibe perfectamente que, no ya tratándose de elec- 
ciones de asambleas con facultades constituyentes, sino 
de elecciones de asambleas comunes, puramente legis- 
lativas, el espíritu de los hombres que en el régimen 
de cada país velan por la estabilidad de sus institu- 
ciones, se sienta sobrecogido por la visión de peligros 
que resultarían naturalmente fomentados con un sis- 
tema de representación, que tiende a poner en manos 
de las minorías una influencia mucho más eficaz y 
más compleja que la que alcanzan en la actualidad. 

En cambio, entre nosotros — y es una ventaja inapre- 
ciable — reina absoluta conformidad en cuanto a la for- 
ma de gobierno y general acuerdo sobre los proble- 
mas más fundamentales de la organización. La más 
trascendental de las cuestiones que aquí ponga en vías 
de solución dudosa una reforma constitucional, es un 
grano de arena en comparación de los gravísimos pro- 
blemas que una reforma semejante plantea en un pue- 
blo del viejo continente. Con el corazón ligero con- 
cederían los políticos de Europa, republicanos o mo- 
nárquicos, la representación proporcional a trueque 



240 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

de que se les garantiera esa unánime conformidad en 
cuanto a la forma de gobierno y los fundamentos de 
la organización política. 

Decía el señor diputado Várela Acevedo que se con- 
cibe perfectamente que, concediendo la representación 
prooprcional para lo menos, como son las funciones 
de las asambleas legislativas, no se la conceda para 
lo más, como son ías funciones de una asamblea cons- 
tituyente. Pero no es la mayor o menor importancia 
de las funciones de esas asambleas lo que debe deter- 
minar la diferencia en que se encuentren para el caso : 
es la índole o la naturaleza de sus funciones. Y con- 
siderando la cuestión de ese punto de vista, yo no 
trepido en afirmar que si peligros y dificultades hay 
en el sistema de la representación proporcional, esos 
peligros y dificultades son mucho mayores en lo que 
se refiere a la elección de las asambleas legislativas 
que en lo que se refiere a la elección de Convención 
Constituyente. Porque- las asambleas legislativas co- 
operan permanentemente a la función activa y con- 
creta del gobierno, en la cual puede ser una dificul- 
tad o un peligro la falta de mayorías compactas que 
den firme base a los rumbos de una situación política ; 
porque el gobierno es acción, y la acción requiere siem- 
pre cierta fundamental unidad ; y, sin embargo, se 
teme el desconcierto y el caos de la representación 
prooprcional en una asamblea constituyente, que no 
ha de desempeñar funciones activas de gobierno, y 
no se teme el desconcierto y el caos de ese mismo sis- 
tema en asambleas legislativas que van a cooperar ac- 
tiva y permanentemente, en el gobierno del país. 

Sr. Várela Acevedo. — Le recuerdo que no es en mía 
asamblea legislativa, sino en una Cámara de Dipu- 
tados. 

Sr. Rodó. — Ya lo sé : de eso hablaremos después. Ya 
se que se reserva el Senado. 

Sr. Várela Acevedo.— Y el veto del Poder Ejecutivo 
como poder colegislador. 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 241 

Sr. Rodó.— Y el veto del Poder Ejecutivo. Ya habla- 
remos de eso también. 

Se ha referido varias veces el señor diputado a la 
existencia de peligros que amenazarían las institucio- 
nes con la aplicación de la representación proporcio- 
nal a las elecciones de la Constituyente; pero, a lo 
menos yo, no he podido ver que los haya concretado 
de una manera bien clara. 

Sr. Várela Acevedo. — Si el señor diputado lo admi- 
tiera, aunque sea molesto con tanta interrupción, yo 
se los concretaría en dos palabras. 

Sr. Rodó.— No, señor diputado; después le llegará 
el momento : voy a decir algo que le interesa. 

Yo comprendería, señor Presidente, que hablara de 
peligros, ante la perspectiva de la reforma constitu- 
cional, una persona vinculada a determinado partido 
político, si este partido político fuese una agrupación 
conservadora, que, por excesivo apego a lo existente, 
temiera que la presencia de un conjunto demasiado 
numeroso y complejo, de elementos extraños a sus ten- 
dencias, pudiera precipitar en determinado momento 
la reforma, en el sentido de impaciencias o de aven- 
turas temerarias: pero está lejos de ser así. Sucede 
precisamente lo contrario. Puede asegurarse de ante- 
mano que el ímpetu de la reforma, que el movimiento 
más decidido hacia adelante, lo dará el partido de la 
mayoría, tal como lo caracterizan hoy las influencias 
que lo orientan y dirigen, mientras que la interven- 
ción de las minorías se concretará, en general, a res- 
tringir, a atemperar ese impulso, desempeñando así 
una función que de todo tendrá menos de peligrosa 
tratándose de una reforma en la cual, indudablemen- 
te, son mucho más de temer las precipitaciones incon- 
sultas que el espíritu conservador. 

Si el peligro consiste en que determinadas ideas de 
reforma, determinados propósitos que interpreten las 
aspiraciones del partido de la mayoría, pudieran no 
hallar ambiente en el seno de una convención elegida 

HOMBRES BE AMÉRICA K5 



242 JOSÉ ENRIQUE ROI.'ó 

con arreglo a este sistema, ocurre, desde luego, decir 
que la ley de las democracias es el acatamiento a la 
voluntad del mayor número, leal y verdaderamente 
consultado, y que si reconocemos, como no podemos 
menos de reconocer— porque por algo hemos inscripto 
el principio de la representación proporcional en nues- 
tro programa de partido — si reconocemos que el me- 
dio más leal y verdadero de consultar la libre vo- 
luntad del pueblo es la representación proporcional, 
es dudoso que tengamos derecho de obstaculizar este 
medio de perfeccionamiento electoral por el temor de 
que la voluntad del pueblo, así consultada, se incline 
en un sentido divergente de nuestras ideas o de nues- 
tras pasiones. 

Sf. Várela Aceveda. — ¡Pero nadie ha pretendido eso! 

Sr. Rodó. — Pero yo no deseo detenerme en este te- 
rreno doctrinario y teórico, que no es el que más sue- 
le interesar la atención de las asambleas políticas. Yo 
voy al terreno de los hechos. Admitiendo por un mo- 
mento que el partido de la mayoría pudiera temer de 
la representación proporcional resultados políticos que 
contrariasen sus intereses y sus tendencias, y tuviera 
el legítimo propósito de salvaguardarlos, aún así, aún 
concediendo hipotéticamente la realidad de ese peli- 
gro, el señor diputado Várela Acevedo, que, según en- 
tiendo, es partidario del procedimiento de la ratifica- 
ción para las sanciones de la Convención Constitu- 
yente, podría haber reparado en que esta condición 
de la ratificación le ofrecía medios suficientes para 
buscar garantías que desvaneciesen todos los temores 
que le han inducido a negar su opinión y su voto a 
este gran principio de justicia y de verdad política que 
consagra el proyecto de la Comisión. 

Basta que las sanciones de la Convención Constitu- 
yente no sean el término último e irrevocable en el 
proceso de la reforma, basta que haya que apelar a 
la sanción de una autoridad ulterior, para que todos 
esos peligros se desvanezcan, porque aceptado el prin- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 243 

cipio de la ratificación, sea por el pueblo, sea por la 
Asamblea Legislativa, las funciones de la Convención 
Constituyente elegida por el sistema de la representa- 
ción proporcional, no serían, en suma, otra cosa que 
funciones de iniciativa o de proporción, muy impor- 
tantes, sin duda, porque nada podría hacerse en sen- 
tido afirmativo sin ella, pero nunca decisivas para el 
caso de una proposición inconveniente o peligrosa, que 
estaría sujeta siempre a las facultades negativas del 
cuerpo político que tuviera a su cargo la ratificación. 
Cuando el señor diputado nos decía que el sistema de 
la representación proporcional ha sido adoptado en 
los comicios de Bélgica, no lo ha sido sin el contra- 
peso del voto plural, de que gozan allí determinados 
electores ; cuando decía también que, adoptado en 
nuestro país para la Cámara de Representantes, ten- 
dría siempre el contrapeso del Senado y de las facul- 
tades de observación del Poder Ejecutivo, como poder 
colegislador, olvidaba que, en su aplicación a la re- 
forma constitucional, ese sistema tiene, dentro del al- 
cance de estos mismos proyectos que están a nuestro 
estudio, la posibilidad de un contrapeso como el de la 
ratificación, que, por otra parte, concuerda con Ins 
opiniones del señor diputado. Habiendo, pues, un me- 
dio tan eficaz y tan fácil de desvanecer todo temor, 
incluso el de ese fantasma pavoroso de una Conven- 
ción Constituyente que se habilita a sí misma para ele- 
gir Presidente de la República, habiendo un medio 
tan eficaz y tan fácil, ¿no valdría la pena de dejar de 
obstinarse en • esta oposición vehemente a un sistema 
cuya bondad fundamental y cuya aureola de presti- 
gios en el espíritu público ha reconocido el mismo se- 
ñor diputado Várela Acevedo? [Yo creo que esta sería 
la ocasión de que me interrumpiera! 

Sr. Várela Acevedo. — Sí, señor: con el mayor gusto. 
¿Ese contralor o esa ratificación la hará una autori- 
dad elegida por otro sistema? 

Sr. Rodó. — Cabe pensarlo así. 



244 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Sr. Várela Accvedo. — Si es así, prueba que el señor 
diputado desconfía mucho de la justicia teórica y prác- 
tica del sistema proporcional. 

Sr. Rodó. — No, señor ; porque una cosa es la facultad 
de iniciativa y de proposición, y otra cosa es la facul- 
tad definitiva de aceptar o rechazar (nunca de hacer 
lo que no esté propuesto), que puede concederse a otra 
corporación o a otra entidad, como se hace en mu- 
chos otros mecanismos políticos. La prueba de que ese 
ha sido mi pensamiento está en que en el proyecto de 
reforma que yo he presentado constan las dos cosas : 
el principio de la representación proporcional y el prin- 
cipio de la ratificación. 

Sr. Várela Acevedo. — El principio de la ratificación, 
yo creo que no. El señor diputado Rodó ha presenta- 
do dos fórmulas, en una de las cuales no hay ratifi- 
cación. 

Sr. Rodó. — Me he referido a la fórmula que sostuve 
en Comisión y en la cual constan los dos principios : 
el principio de la proporcionalidad y el principio de 
la ratificación. 

Sr. Várela Acevedo. — Por eso yo, partiendo de un 
punto de vista cronológico, me refería a la última, 
creyendo que era la mejor. 

Sr. Rodó. — Precisamente, la última en orden crono- 
lógico, aunque no en el del repartido, es la que esta- 
blece la ratificación, sin perjuicio de establecer la pro- 
porcionalidad. 

Bien, señor Presidente ; yo tengo esperanzas de que 
este último argumento — que el señor diputado Várela 
Acevedo no ha podido desvanecer, — tenga eficacia para 
convencerlo, ya que se le demuestra que los peligros, 
si existen, son perfectamente conjurables; porque, des- 
pués de todo, como decía con mucha oportunidad el 
doctor Melian Lafinur, aún suponiendo que la repre- 
sentación proporcional no sea más que una ilusión, 
una preocupación, un sueño del espíritu público, ¿no 
es sabido que las preocupaciones, las ilusiones y los 



DISCURSOS PARLAMr.NTAP.I03 2-Í5 

sueños de las colectividades humanas son también una 
fuerza que los hombres reflexivos no pueden dejar de 
tornar en cuenta para aplicarla a la dinámica de las 
sociedades políticas? 

Argumentaba también el seftor diputado con la difi- 
cultad de encontrar una fórmula concreta que deter- 
minara entre los sistemas de representación proporcio- 
nal, cuál debería ser el elegido. 

Pero yo creo que la solución de este punto e3 más 
propia de una ley que de una Constitución. 

Se establece, desde luego, el principio : se establece 
un principio cuya intención y cuyo objeto son noto- 
rios en el sentido de asegurar a las minorías una re- 
presentación más justa, más amplia, y, sobre todo, 
más compleja que la que tienen en la actualidad. La 
Asamblea que, después de incorporadas a la Consti- 
tución estas modificaciones, declare la conveniencia na- 
cional de la reforma y haya de dictar una ley que dé 
forma orgánica a lo que aquí se hubiere establecido 
en principio, tendrá en cuenta el alcance claro y re- 
saltante de este principio y tendrá en cuenta también 
las condiciones de la realidad, para buscar la fórmula 
que concilie ambas exigencias : pero puede asegurarse 
de antemano que cualquiera que sea la forma en que 
se resuelva esto, siempre se llegará a una conclusión 
que signifique para las minorías una ventaja sobre lo 
que tienen actualmente. 

Hay un orden de consideraciones de que no pode- 
mos prescindir, si nos juzgamos en el deber de asegu- 
rar en lo posible el éxito de la reforma; y cuando ha- 
blo de su éxito no me refiero a la manera cómo ella 
se resuelva, al acierto con que se desempeñen los que 
la hagan ; me refiero al concurso de fuerzas cívicas 
que entonen el acto electoral, de cuyo seno debe sur- 
gir la Convención Constituyente con toda la suma de 
autoridad moral y de prestigio, dignos de su altísima 
representación. 

Todo lo que sea facilitar y estimular la concurren- 



246 Jüíf; ENRIQUE RODÓ 

oia de la mayor suma de fuerzas a esos comicios ex- 
cepcionales, combatiendo el indeferentismo, inculcando 
en el ánimo del pueblo la persuasión de que el voto 
de todos y cada uno de los ciudadanos, de todas y 
cada una de las agrupaciones, ha de pesar positiva- 
mente en la solución de los magnos problemas que se 
plantearán, importa, señor Presidente, no sólo realzar 
el prestigio nacional de la reforma, sino también ale- 
jar uno de sus grandes peligros. 

Yo he sido siempre decidido partidario de la refor- 
ma constitucional ; yo he visto siempre en ella, si no 
la solución milagrosa de todos los problemas nacio- 
nales, sí el medio de contribuir a resolver algunos de 
ellos, en la manera condicional y relativa con que 
puede aspirarse a resolver, por leyes escritas, los pro- 
blemas de la realidad viviente. Pero esto no me ha 
impedido nunca reconocer que una reforma constitu- 
cional en un país como el nuestro, lleva en sí misma 
un gran peligro que puede ser evitado, pero que no 
puede jamás ser olvidado. 

Durante ochenta años, en medio de la confusión y 
el desconcierto de esta anarquía moral que ha sido 
a la vez la causa y el efecto de nuestra anarquía po- 
lítica ; cuando todo ha dividido a nuestros hombres ; 
cuando ni aún las tradiciones comunes han ofrecido 
a los partidos un campo de conciliación y de tregua, 
porque han buscado en la historia más razones para 
el odio que para la fraternidad ; durante ochenta años 
quizá el único símbolo inmune que se ha impuesto 
a la veneración de todos es esa vieja Constitución de 
1830, no como la expresión de un ideal político per- 
fecto e inmodiflcable, sino como tradición nacional, 
como signo de una aspiración generosa de libertad y 
de organización que las generaciones se han transmi- 
tido en herencia, esperando la hora en que una gene- 
ración más afortunada o más apta que las otras, lle- 
gara a convertirla en realidad. (¡Muy bien\) 

Una Constitución que representa así una tradición 



DíSCURSOS PARLAMENTARIOS 

secular y unánimemente venerada, es, indudable- 
mente, una fuerza nacional. Las exigencias implaca- 
bles del tiempo pueden obligarnos a abandonarla y 
sustituirla; pero no lo debemos hacer sin gran cui- 
dado en la manera cómo llenemos el vacío que ella 
va a dejar al desaparecer. 

No basta que una Constitución sea buena, sea óp- 
tima en sí misma : es necesario que tenga arraigo en 
la conciencia nacional ; es necesario que el pueblo 
vea alrededor de ella el prestigio, la aureola, la luz, 
que la imponga a su veneración y la vincule, como 
parte integrante, a ese conjunto de afectos, de costum- 
bres, y si se quiere, de supersticiones, que forman el 
sentimiento de la nacionalidad, el sentimiento de la 
patria. (¡Muy bienl) 

Por eso, todo lo que se haga en el sentido de es- 
timular en el ánimo del pueblo la decisión de concu- 
rrir a estos comicios excepcionales y asegurar así, de 
antemano, el prestigio de la obra que se va a reali- 
za]', es poco con relación al interés patriótico que ello 
representa. 

El doctor Melian Lafinur lo ha dicho con razón 
sobrada : una Constitución que surgiera de una con- 
vención de partido, frente al retraimiento hostil o la 
pasividad indiferente de las demás fuerzas de opinión, 
podría ser idealmente buena en el papel ; eso no im- 
pediría que, por su repercusión en la lógica de las pa- 
siones políticas, por sus efectos negativos en cuanto 
a la solidez de las instituciones que creara, fuese, 
senur presidente, una verdadera calamidad nacional. 
Si queremos tener Constitución estable ; si queremos 
evitar el peligro de que a cada cambio de situación, 
a cada vuelta de los vientos políticos muera una Cons- 
titución y nazca otra, para morir al día siguiente ; si 
nos inspira pavor esa perspectiva que nos rebajaría 
a la instabilidad, rayana en la disolución, de que 
han dado triste ejemplo otros pueblos en esta misma 
América, hagamos de la reforma constitucional un ac- 



2-48 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

tu que, por las condiciones en que se realice, lleve en 
sí la promesa de una resistencia duradera a la ve- 
leidad de las pasiones y a la rotación de los círculos. 

El señor diputado Várela no parece conceder gran 
interés a este ambiente de entusiasmo, de animación 
y de lucha cívica que otros consideramos necesario 
formar alrededor de la reforma constitucional. Nos 
refería impresiones de sus viajes; nos decía haber ob- 
servado cómo en alguno de los pueblos maestros de la 
libertad política, una calma de indiferencia ha sido el 
ambiente en que ha visto desenvolverse reformas de 
este orden, defraudando las espectativas de la imagi- 
nación, que se las figuraría forjadas al calor de in- 
quietudes casi revolucionarias. Es posible que la ase- 
veración del señor diputado Várela no pueda dar base 
a una inducción demasiado general ; es posible, tam- 
bién, que en pueblos habituados a la práctica cons- 
tante y disciplinada de la vida cívica, la ausencia de 
exaltación, aparente en ciertos casos, no indique sino 
ese mismo hábito de actividad, consecuente y confia- 
da en sus resultados propios ; pero corno quiera que 
sea, lo interesante no es la agitación exterior, no es 
el bullicio, no son las turbulencias de la calle : lo in- 
teresante es que la actividad cívica de las multitudes, 
en el uso de sus derechos, se ejercite efkazmente y a 
su hora oportuna; y esto es lo que nunca falta en los 
pueblos de educación política normal; mientras que 
en el nuestro — bien lo sabe el señor diputado Várela 
— la indiferencia exterior es el signo y el presagio de 
la abstención, de la renuncia deliberada o inconscien- 
te al ejercicio del voto; es la Indiferencia fatalista, in- 
terrumpida, a plazos cortos o largos — ¡nunca dema- 
siado largos— por los paroxismos sangrientos de la gue- 
rra civil. 

Sr. Ramasso. — ¿Y desaparecerá eso con poner sim- 
plemente en una ley : ((representación proporcional», 
señor diputado? 

Sr. Rodó.— No »e quedaría en el papel. Pero supon- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 249 

gamos que todo fuera una preocupación. El señor di- 
putado sabe que hay que contar hasta con las pp 
cupaciones del pueblo. Aun cuando se exagerara 
valor de este elemento, puede contribuir en gran ma- 
nera al ambiente de prestigio nacional que se apete- 
ce para la reforma, y eso es suficiente. 

Si tendemos la mirada en derredor, fácil nos 8 
persuadirnos de que reina una apatía profunda, con 
sus matices de duda y desconfianza, en lo relativo a 
la reforma constitucional. Sin incurrir en exageracio- 
nes pesimistas, puede asegurarse de antemano que, a 
no mediar enérgicas reacciones, estimuladas en parte 
por la manera cómo quede sancionado este proyecto, 
la reforma, si se realiza, se realizará con la concu- 
rrencia de un partido único, en medio del retraimien- 
to hostil de los otros— o de los más fuertes y signifi- 
cativos entre los otros, — completado el cuadro por la 
recelosa incertidumbre de aquella parte de opinión que 
considera los sucesos políticos del punto de vista de 
los intereses de la estabilidad y del trabajo. 

No discutamos ahora si estas abstenciones envuel- 
ven o no graves responsabilidades para los partidos 
que las mantienen. Miremos hacia adelante. L03 hom- 
bres políticos iiü ¡rueden detenerse indefinidamente — 
como se detiene luego el historiador— a discernir las 
responsabilidades de las cosas pasadas. Les preocupa 
más despejar el camino del porvenir; como el médi- 
co, cuando se acerca a la cabecera del enfermo, no 
se detiene mucho tiempo a discutir con él, si el mal 
procede de sus abandonos o de sus culpas : lo que 
le interesa ante todo es combatir el mal y remediarlo. 

Señor presidente : por las consideraciones que he ex- 
puesto, y por otras que aduciré, si me parece opor- 
tuno, en el curso de la discusión, creo que esta Cá- 
mara hará obra de elevación patriótica, de consecuen- 
te espíritu liberal y de sabia oportunidad política, san- 
cionando el proyecto de la Comisión en esta parte 
que consagra, para la elección de la Constituyente, 



250 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

el alto y noble principio de la representación propor- 
cional. 
He dicho. ¡Aplausos en la Cámara y en la barra). 



El aumento de sueldo a los 
profesores de la Universidad 



(Sesión de 1 de julio de 1913) 



H. Cámara de Representantes : 

El proyecto del Poder Ejecutivo sobre remuneración 
progresiva de los catedráticos de la Universidad que 
manifiesten méritos excepcionales, está inspirado en 
una idea de justicia y tiende eficazmente al fomento 
de la cultura nacional. 

El motivo determinante de la inferioridad de nues- 
tra capacidad productora, en materia científica, no es 
tanto la falta de energías y aptitudes para la produc- 
ción, puesto que, guardando la proporción natural, 
ellas existen virtualmente como en los centros de más 
alta cultura ; sino la pobreza de los estímulos que el 
ambiente ofrece a la perseverancia en las actividades 
de ese orden, por mucho que ellas respondan a una 
vehemente vocación personal. 

Lo demuestra así la notoria desproporción entre las 
aptitudes que se revelan y llegan a manifestarse como 
promesas y esperanzas, y las que alcanzan a la ma- 
durez y dan la plena medida de sus fuerzas en obras 
definitivas. Pasados los entusiasmos de la iniciación 
y el fácil idealismo de la juventud, las exigencias ine- 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 251 

ludibles de la vida imponen, casi fatalmente, una des- 
viación de las energías del espíritu hacia fines de uti- 
lidad inmediata, que excluyen la posibilidad de raeli- 
zar obra duradera. 

En los centros donde el profesorado es una carrera 
promisora, la vocación del hombre de ciencia puedo 
prevalecer sin gran esfuerzo sobre los incentivos do 
la fortuna y del éxito material, porque si la perseve- 
rancia en sus tareas no le brinda con estos halagos 
de egoísmo, le asegura, por lo menos, la independen- 
cia y el decoro de la vida. En nuestro medio, el profe- 
sorado no ofrece siquiera esas mínimas compensacio- 
nes, y suele ser una forma de actividad puramente 
provisional que se abandona por otras más lucrativas, 
o que se comparte con éstas, sin mayor interés y es- 
tímulo. Esto es tanto más cierto cuando se trata de 
aquellas ramas de la ciencia que no se relacionan de 
manera directa y necesaria con alguna aplicación de 
utilidad que dé lugar a una actividad profesional. En- 
tonces, el profesor no renueva su especialización, o 
no lo hace, por lo menos, de la manera asidua y su- 
ficiente que sólo es posible cuando le es dado consa- 
grar a ello la mejor parte de su atención y de su 
tiempo. 

Las excepciones que a este respecto puedan seña- 
larse, confirman el sentido de la observación, porque 
permiten inferir cuál hubiera podido ser, en cantidad 
e intensidad, la obra de aquellos mismos que, en tan 
precarias condiciones, han llegado a producir y man- 
tener vivo el fecundo entusiasmo de la vocación. 

No es sólo el interés de la enseñanza universitaria 
el que exige que se propenda a hacer del profesorado 
una carrera estable y remuneradora. Es el interés ge- 
neral de nuestra cultura, que debe aprestarse ya para 
una época en que la investigación y la producción cien- 
tífica asuman el carácter autonómico y perseverante 
que sólo puede darse cuando la vocación de los estu- 



252 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

diosos no se ve obligada a desviarse en el sentido del 
trabajo puramente utilitario. 

Aceptando, pues, el proyecto sancionado por el 
H. Senado, lo hemos hecho objeto, sin embargo, de 
una ampliación y una modificación de detalle, que 
pasamos a fundar. 

Consiste la primera en extender los beneficios de la 
ley al profesorado de la Academia General Militar y 
de las Facultades de Agronomía y Veterinaria, con- 
siderando que la importancia de los estudios propios 
de cada una de esas Instituciones de educación las 
hace a justo título acreedoras a participar de aquellos 
beneficios, como medio de estimular sus progresos y de 
recompensar el esfuerzo de profesores no menos dig- 
nos de atención que los favorecidos en el proyecto 
original. Por lo que se refiere a la Academia Mili- 
tar, ha pesado también en nuestro ánimo la consi- 
deración del interés nacional que se asocia a todo lo 
que importe levantar el nivel intelectual y la cultura 
de los que se consagran a la carrera de las armas. 

La modificación del artículo 3.° en el sentido del 
artículo sustitutivo de nuestro proyecto, responde a 
una razón de equidad. Si los profesores que nunca 
hayan optado a los beneficios de la ley están libres 
de la contingencia de que sus cátedras sean sacadas 
a concurso, no se justificaría que los que han em- 
pezado a ponerse dentro del alcance de tales benefi- 
cios y luego han interrumpido sus trabajos, sean pe- 
nados en aquella forma, pues siempre representará 
una superioridad esa labor interrumpida, si se la 
compara con la situación de los que nunca han ma- 
nifestado el propósito de trabajar fuera de las con- 
diciones ordinarias de la cátedra. Creemos que como 
incentivo para perseverar en la labor, bastaría que, 
según lo establece nuestro artículo, el catedrático pre- 
miado perdiese la opción al aumento de sueldo y vol- 
viese a gozar únicamente del sueldo común, desde 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 253 

que dejara de proseguir los trabajos por que ha sido 
recompensado. 

Es cuanto creemos deber informar a V. H. 

Sala de la Comisión, 22 de octubre de 1912. 

José Enrique Rodó. 



PROYECTO DE LEY 



Artículo 1.° Los sueldos de los profesores de Ense- 
ñanza Preparatoria y de las Facultades de Derecho, 
Medicina, Matemáticas, Agronomía y Veterinaria, de 
la Universidad Mayor de la República, así como tam- 
bién los de la Academia General Militar, serán regu- 
lados de acuerdo con las disposiciones de la presen- 
te ley. 

Art. 2.° El profesor que desempeñe en forma irre- 
prochable su cátedra por el término de cuatro años, 
a contar desde la promulgación, de esta ley, y reali- 
ce a la vez, dentro de ese plazo, trabajos originales, 
descubrimientos, investigaciones con éxito, o por lo me- 
nos con plena seriedad científica, trabajos especulati- 
vos de suficiente importancia y seriedad, escriba obras 
originales o de carácter didáctico, en este último caso 
de mérito excepcional y especiaJísimo, sobre temas de 
la asignatura correspondiente a la cátedra que des- 
empeña, o que tenga con ella alguna conexión, goza- 
rá, en lo sucesivo, de un sueldo de doscientos pesos 
mensuales. 

Transcurridos tres años más en las mismas condi- 
ciones del inciso anterior, la remuneración se elevará 
a trescientos pesos. 

Vencido luego otro período de tres años en las mis- 
mas condiciones, la remuneración se elevará a cua- 



254 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

trocientos pesos mensuales para el resto de la ca- 
rrera. 

Art. 3.° Si un profesor después de haber empeza- 
do a gozar de los beneficios que acuerda esta ley, 
dejara transcurrir cinco años sin emprender y reali- 
zar, en cuanto de él dependa, trabajos de aquellos a 
que se refiere el artículo anterior, volverá a percibir 
únicamente tí sueldo común señalado a los catedrá- 
ticos. 

Art. 4.° Serán sacadas a concurso, a los cinco años, 
las cátedras que se provean con posterioridad a la pro- 
mulgación de esta ley, si los profesores que las desem- 
peñan no han hecho méritos suficientes para conscr- 
arlas. 

La declararión de que e.risten esos méritos será he- 
cha por el Consejo respectivo por dos tercios de vo- 
tos. 

A/i caso de no hacerse esta derla ración, la cátedra 
será sacada a concurso, puaUendo presentarse a éste 
el mismo profesor. 

Art. 5.° El profesor que ron anterioridad a esta, ley 
haya realizado trabajos de ln<¡ comprendidos en el ar- 
tículo 2.°, tendrá derecho a que se le otorguen desde 
luego los beneficios a que alude esa disposición. 

Para obtar a ese beneficio el interesado deberá re- 
clamarlo dentro del término perentorio de tres meses, 
en solicitud escrita y firmada, en la cual se enuncia- 
rán los trabajos ejecutados, que hayan de justificar 
| ■tición. 

Loa reclamos que se hubieren presentado dentro del 
plazo establecido en este artículo, serán examinados 
¡ior el Consejo respectivo, el cual se pronunciará so- 
bre los que considere que, se hallan en las condicio- 
rigidas por esta ley. 

Podrá también ser considerada por ei Consejo de 
ion o de Facultad la propuesta que formulen tres 
de sus miembros en el sentido de premiar los traba- 
jos de an profesor. 



DISCURSOS PARLAMENTARIOS 255 

Art. 6." Los trabajos que el profesor haya hecho 
en el ejercicio de cualquier profesión ajena a su pro- 
fesorado, no podrán invocarse, sea cual fuese su valor 
científico, para optar a los beneficios de esta ley. 

Art. 7.° La resolución que establezca si el profesor 
se halla en las condiciones exigidas por esta, ley para 
yozar de sus beneficios, será dictada sucesivamente por 
dos tercios de votos, y por el Consejo Central, por 
mayoría absoluta de votos. 

Si ambas corporaciones estuviesen- de acuerdo, la de- 
cisión, favorable o desfavorable, causará estado. En- 
caso contrario resolverá el Poder Ejecutivo. 

Los Consejos antes de resolver podrán asesorarse 
de. Comisiones o personas ajenas a la Corporación a 
que pertenecen. 

Art. 8.° El Poder Ejecutivo reglamentará la pr<>. 
senté ley. 

Art. 9.° Comuniqúese, etc. 

Sala de la Comisión, en Montevideo, a 22 de octu- 
bre de 1912. 

José Enrique Rodó. 



índice 



- 

Montalvo . - 

o 

Boüvar g. 



Rubén Darío , ^ 

Discursos parlameotarios K50 



\ 



V 



•• vui 10 ly^y 



PQ Rod6, José Enrique 

8519 Hombres de .AnéYica 

B6H7 
1920 



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